LOS LIBROS DE MIS AMIGOS


JUAN BAS

Conocí a Juan Bas hará cinco años, en el transcurso de una Semana Negra, ese invento festivo-literario ideado por el hiperactivo Paco Ignacio Taibo II cuya principal atractivo es, creo yo, hacer amistades de por vida. Llovía a cantaros en Cudillero – estábamos de visita turística - y los escritores negrocriminales nos resguardábamos bajo el toldo de un bar, y allí estaba con su aspecto orsonwelliano, junto a su inseparable Fernando Marías, y un vaso de whisky en esa manaza de vasco que calza. Intercambiamos unas palabras y desde el principio tuve la sensación de que el tandem me tomaba por otro, lo que puede resultar divertido si eres capaz de seguir el juego. Durante media hora no hicieron otra cosa que preguntarme sobre la espada Tizona y yo les iba contestando lo que podía. ¿Tamaño? ¿Cuántas Tizonas hay? ¿Cuáles eran las otras espadas del Cid? ¿Quién las tiene? Al final de esa absurda disquisición sobre aceros nobles Juan me preguntó si yo era José Luis Corral – novelista de género histórico y especialista en el Cid – y le contesté que no, que era José Luis Muñoz. Por la noche, entre los tres, bajo el toldo insomne del hotel Don Manuel de Gijón – si las mesas pudieran hablar sobre las tertulias y conspiraciones que se han tejido allí – libando alcoholes diversos – Juan me ha educado y me ha dicho que no hay mejor ginebra para el gin tonic que la Bombay y en casa siempre tengo una por si viene -, con excepción de Fernando Marías, adicto a la camomila, destripamos la historia del Séptimo Arte, secuencia a secuencia, desde el cine mudo a nuestros días hasta que empezó a despuntar el sol. Éramos jóvenes. Ahora esas maratonianas charlas cinéfilas no son posibles porque el cuerpo no aguanta y el alzheimer avanza implacable. Así nació una hermosa amistad que se renueva periódicamente en buenos fogones y selectas tabernas. Y además Juan Bas es un buenísimo escritor del que envidio su brutal sentido del humor. Leyendo “Alacranes en su tinta” no me enteré del despegue de mi avión, ni del viaje, ni de su aterrizaje. Además ambos somos tintinófilos, sección capitán Haddock. ¿Qué más se puede pedir?

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