PAISAJES

OCEAN DRIVE
texto y fotos: José Luis Muñoz

La Collins Avenue se remansa al llegar a South Beach ─ en Estados Unidos quién no sepa con precisión los puntos cardinales está irremediablemente perdido ─ hasta convertirse en Ocean Driver. Las terrazas y el ambiente de ociosidad son parte del paisaje de esta sección de la ciudad de Miami que en realidad es un cayo integrado a la urbe por cuatro kilométricos puentes.
Abundan en South Beach las tiendas de alquiler de bicicletas y los ciclistas comparten sin altercados las aceras con los peatones. El ritmo de la vida se ralentiza y aquí nadie tiene las prisas que hacen de Nueva York la ciudad más dinámica del mundo. Miami es un apetitoso dulce que conviene saborear. La tradición cubana de liar puros se mantiene muy viva en la calle. Al lado de uno de los muchos restaurantes que jalonan, sin respiro ni dejar hueco, Ocean Drive este hombre lía cigarros habanos que vende con la goma todavía fresca a los transeúntes que no se resisten a probarlos. Cuando a un escritor mexicano que recién terminaba un libro sobre un revolucionario cubano le preguntaron por qué lo presentaba en Miami respondió, sin dudarlo, porque era la segunda ciudad del mundo con más cubanos después de La Habana.
Por la mañana los atuendos, como los de estas esbeltas chicas, son informales. Bajo las camisetas asoman los tirantes de los trajes de baño que se acaban de secar después de permanecer echadas en la playa. La primera mira el suelo, quizá al bordillo, mientras sostiene lo que parece un paraguas, pero no creo, porque no está el día nublado.
Aunque no lo vean, esta guapa morena de rasgos latinos y perfectos y figura estilizada que lleva las gafas de sol sobre el cráneo ─ exactamente como las lleva el fotógrafo que dispara su cámara desde la acera de enfrente ─ bebe un mojito, incomparablemente peor que los que hacen en La Habana, mientras su compañero de mesa, que no me interesa y por eso capto sólo su mano, espera que se deshaga el hielo de su Coca─Cola Este muchacho negro con rastas en su rizado cabello marcha por la acera cantando, quizá una melodía de Bob Marley y The Waillers. La tonalidad de chocolate con leche de su piel me parece perfecta.
El Tropical Café puede que sea el antro más ruidoso del conjunto de locales que no se dan tregua en Ocean Drive. Allí se bebe, más que se come, roncitos, mojitos, daiquiris, y, sobre todo, se baila al ritmo del Caribe. Es un local frecuentado casi exclusivamente por latinos y de aspecto canalla.
Esta chica flaca sirve de reclamo, o lo intenta, en el Tropical Café. Carta en mano e indumentaria mínima ─ pero al tanto, que lleva sujetador debajo de la pieza superior de su bikini de tigre rosa─ luce un vistoso colgante en su escote y unos grandes aros se balancean en los lóbulos de sus orejas
Este típico WASP no cuadra en la puerta del Tropical Café. Por eso quizá lleva en los hombros ese par de guacamayos tan vistosos. La cámara que le cruza la camiseta roja me aclara rápido el misterio. El tipo se gana la vida como fotógrafo del local y los pajarracos son el reclamo que coloca sobre los hombros de los turistas para que se lleven un recuerdo. Observen que, entre las fotos de las mulatas que actúan en el interior del local, y además de anunciar que tienen accesos para minusválidos que quieran ver a las bailarinas para mortificar su inmovilidad, hay otro letrero que dice que exigen pasaporte o permiso de conducir, sin excepción. Un norteamericano que no tenga coche y no sepa conducir difícilmente podrá disfrutar del bailoteo del local.
La bonita muchacha negra que está a la entrada de un restaurante me recuerda a Pam Gries, la actriz de color que rescató Tarantino en una de sus mejores películas, pero ésta es mucho más guapa y femenina. No sé si convenció a la pareja para que entraran el restaurante. Se entiende su celo profesional porque ella, como todos los que trabajan en los restaurantes de esa avenida de Miami Beach, no tiene sueldo sino comisión.
Un cuidado carro antiguo, primorosamente pintado en colores pastel, como los que hay en La Habana, sólo que en la capital de Cuba son destartalados y éste luce reluciente y lo conduce un muchacho con tupé al que no espero.
Color típico de Miami Beach en la fachada de este elegante y pequeño hotel de tres plantas de Ocean Drive en donde las alturas de los edificios no superan la de los cocoteros.

Entre las palmeras un aeroplano que parece de juguete. Esta mujer negra con aspecto de indigente se sienta sobre el césped y empieza una conversación consigo misma o con el dedo que tiene extendido. Miami es un buen lugar para la indigencia: sol todo el año, agua por todas partes, cocoteros en caso de hambre. Los lunes al sol.
Sorprende de este tipo sus ojeras y su delgadez. Sobre todo sus ojeras que parece haberse pintado. ¿Lleva agua en la botella de plástico o bien ginebra? Dobla las rodillas y se encorva. Quizá vigile, para que nadie le mire, cuando se disponga a orinar dentro de ese parterre, pero seguro que no lo hace porque orinar en la vía pública es ir derecho al calabozo.
Típica arquitectura de Miami. Se puede observar en la fachada de este edificio los colores del cielo de la ciudad a la puesta de sol. La muchacha tira de su mochila mientras aprieta los dientes. Acaba de llegar al paraíso de Florida y busca su hotel. El césped es el lugar indicado para que este voluminoso ciudadano haga su siesta. Siguiendo la moda, exhibe su calzón azul.
Esta rubia muy deportista que va sobre patines espera, con impaciencia, a que el semáforo vire del rojo al verde para cruzar Ocean Drive a toda velocidad. Sostiene un par de pesas en los brazos para hacer musculación mientras patina. Seguro que cuando hace el amor se coloca delante de la cama un metrónomo.

Ejemplo de la arquitectura Art Decó que abunda en esta elegante ciudad marítima. Figuras femeninas, ángeles y motivos vegetales ornan este edificio comercial deliciosamente kistch, un helado de vainilla hecho piedra.

Esta patinadora tatuada está completamente en trance escuchando la música de su ipod. Con las manos nos dibuja las notas musicales. Su cabello negro flota sobre sus ojos invisibles.

Este tipo calvo que camina a pecho descubierto y luciendo todo tipo de extraños tatuajes en la piel bien podría ser miembro de Supremacía Blanca, por ejemplo. Levanta la ceja porque me ha visto haciéndole la foto, y también se da cuenta, aunque no sea el objeto de la instantánea, otro transeúnte que sale en el cuadro. En el antebrazo lleva tatuado un alambre de espino. Los tatuajes del pecho son letras cuyo significado cabalístico ignoro. Cuando nos cruzamos vocifera alguna maldición o insulto al fotógrafo y sigue su camino marcial. Aventuro que en casa tiene una Smith & Wenson y mamporrea a su obesa compañera si no tiene una helada Bud en la nevera.
En la calle cinco fotografío este vistoso edificio que inclino para que quepa en la instantánea.

Y a este homeless que se inclina hacia delante al andar.

El Tequila Chicas es otro local de copas que hace honor a su nombre. La chica de la entrada me convence para que me siente y descanse de mi trabajo fotográfico y alivie el dolor en las plantas de los pies después de cuatro horas de caminatas. Pido un daiquiri y me emborracho suavemente, llegando a ese punto alegre pero inteligente. Lástima que no encuentre a nadie para compartir mis ocurrencias. En momentos así es cuando lamento viajar solo.

Parece un barco, pero está metido tierra adentro y tiene cimientos sobre la tierra, por lo que nunca se moverá. Vivir en ese barco, asomarte a cubierta y ver siempre la misma vista, el mismo puerto, tiene que ser muy frustrante.
Cuando cae la tarde se encienden los vistosos rótulos de los establecimientos comerciales.

De regreso a mi hotel un avión deja atrás una amarillenta farola y atruena el ambiente. Antes de subir a mi habitación compro unas patatas saladas y tres cervezas en un supermercado regentado por dominicanos. Y miro la tele, con los pies sobre una mesa redonda, como un habitante más de esta ciudad

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