LAS PELÍCULAS

HABITACIÓN EN ROMA
Julio Medem
Cabe preguntarse qué le ha sucedido a Julio Medem después de la excelente, y controvertida, La pelota vasca, un documental que fue ferozmente atacado pese a su ejemplaridad, porque Caótica Ana era, como su título indicaba, una película caótica, y Habitación en Roma, remake de un film argentino que quizá no necesitara esta segunda versión, es un film evanescente, simple humo.
Dos desconocidas, una española llamada Alba (Elena Anaya) y una rusa que se llama Natasha (Natasha Yovenko) deciden pasar la noche en la habitación del hotel romano de la primera y entregarse en el transcurso de la misma a todos los placeres sáficos imaginables. ¿Se trata de un porno light o de una película erótica? Pues no, pese a que la ropa de las actrices brilla por su ausencia y los orgasmos van in crescendo, y uno se pregunta entonces si esa falta absoluta de erotismo en un film de argumento radicalmente erótico, en el que a una escena de sexo sucede otra, es algo buscado deliberadamente por el director vasco o responde simplemente a su incapacidad para transmitir pulsiones erógenas desde la pantalla.

La película es esteticista, como esos buenos anuncios de colonia de las Navidades, está bien rodada teniendo en cuenta las reducidas dimensiones del plató por el que se mueve la cámara ─ el único escenario es una cama y una bañera ─, posee una bella fotografía, pero todo en ella huele a falso: falsa la relación entre ambas mujeres, falsas las historias que se inventan, falsos hasta sus ejercicios amorosos. Natasha Yorenko es una actriz tan extraordinariamente bella como limitada y la fotogénica Elena Anaya, aunque algo mejor, no está muy lejos de su colega rusa. Hay diálogos sonrojantes, licencias poéticas de una cursilería notable ─ el flechazo de Cúpido a Elena Anaya en la bañera puede inscribirse en la enciclopedia de lo kitsch ─, reiteración sin gracia y una banda sonora omnipresente e irritante y, sobre todo, ausencia de erotismo en alguien que sobradamente ─ Lucía y el sexo ─ había demostrado conocer los resortes del género.

Uno, vista esta Habitación en Roma, añora al Julio Medem de Los amantes del círculo polar o al de sus películas telúricas sobre la tierra vasca, ese creador original que ponía un toque de magia en todas sus realizaciones y que muchos creíamos que era nuestro David Lynch.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

Honeymoons
Goran Paskaljevic

¿Qué piensa la periferia de Europa de este gran gueto económico en que hemos convertido el viejo continente? Algunas de sus respuestas están en la excelente película Honeymoons del serbio Goran Paskaljevic, la primera coproducción serbo-albanesa.
Siguiendo los avatares de dos parejas muy distintas, la de Maylinda (Mirela Naska) y Nik (Jozef Shiroka), albaneses que buscan una oportunidad en Italia para vivir sin cortapisas su amor ─el marido de ella, que también quiso llegar a Italia, desapareció en una patera y su ausencia le impide entablar cualquier otro tipo de relación sentimental en el ambiente tradicional de su pueblo perdido entre montañas ─ y Vera (Jelena Trkulja) y Marko (Nebojsa Milovanovik), virtuoso violoncelista que tiene que realizar una audición en la Orquesta Filarmónica de Viena, que dejan Serbia para dirigirse a Austria, Goran Paskaljevic realiza una amarga reflexión sobre esa Europa de fronteras cerradas que impide el paso a las personas ─ la policía italiana truncará los sueños de la primera pareja y la húngara detendrá a la segunda, a pesar de sus visados en regla ─ pero no el de bienes materiales y de consumo.
Con una narrativa muy naturalista, sobre todo en la descripción detallada de las dos bodas paralelas, eje común de las historias a las que la película de Paskaljevic debe su título Honeymoons, una en Tirana y la otra en Belgrado, de las que huyen las dos parejas para intentar alcanzar esa Europa soñada, y realizando un certero análisis sociológico y político de las respectivas situaciones en Albania y Serbia ─ afloran las tensiones raciales y religiosas en ambas historias, y en la que sucede en Belgrado el enfrentamiento entre los hermanos eternamente enemistados, uno triunfador que reparte billetes a destajo en la boda de su hija, otro fracasado y encerrado en sí mismo, que comparten la misma finca, separados por una reja, puede leerse como la resaca de los seculares enfrentamientos en los Balcanes ─ Goran Paskaljevic construye una película tan sencilla como auténtica, tan emotiva como demoledora en su crítica, y lo consigue con un elenco actoral que parece tocado por la gracia─ obsérvese la interpretación, casi muda, del padre de Maylinda cuando su esposa le reprocha su huída ─, utilizando un descriptivo costumbrismo para revestir de humanidad esos dos dramas paralelos que se estrellan sin remisión contra el muro de la intolerancia y la burocracia con que se blinda el Viejo Continente.

Suelen estar los amaneceres cargados de futuro después de noches aciagas. El de Honeymoons, con Malynda perdida en un puerto italiano después de haber sido robada por un desalmado que finge ayudarla y con Nick preso, o Vera cobijando entre las piernas el violonchelo de Makro, encerrado en un calabozo sin darle ningún tipo de explicación, en una estación de tren húngara, está repleto de amargura.
Con cuentagotas ─ recordemos Tierra de nadie del bosnio Danis Tanović, esa absurda comedia ácida sobre el conflicto de los Balcanes ─ nos llegan películas de la ex Yugoslavia cuyo epígono más visible es el barroco Emir Kusturica, en el que el espectador sin duda pensará cuando disfrute de las dos excelentes bodas que median este film, y es de desear que esta carencia de noticias del cine balcánico se remedie en un futuro porque uno sospecha que es una cinematografía tan digna como cualquiera de Europa y Honeymoons no es ninguna excepción.
Goran Paskaljevic tiene, sin duda, un punto de vista muy crítico sobre esa Europa en construcción a la que él mismo aspira, y autocrítico como certeramente refleja en un pequeño apunte que no pasa desapercibido: el albanés, confinado en un calabozo, que conversando con Nick acusa de racistas a los italianos porque los han encerrado con los negros. No hay solución.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

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