─No crean que se encuentran ante José Luis Muñoz sino ante uno de sus personajes. De tanto crear tipos para sus novelas se ha convertido en uno.
El profesor de Psicología la Universidad de Málaga trazó un símil gastronómico sobre los libros a presentar.
─Les aconsejo que empiecen por el libro de relatos, si no conocen a su autor, que es como una especie de menú degustación, en donde encontrarán de todo y muy variado, y pasen luego a la novela, que es plato fuerte.
Se extendió hablando de mi curriculum literario, de la solvencia de los premios literarios que había obtenido y del aspecto visual de mi literatura, y no sólo visual.
Del libro de relatos señaló uno como preferido, Una extraña herencia, que empieza como un relato muy realista y de pronto, sin saberse cómo, hace un guiño y se convierte en relato fantástico e inquietante.
Achacó el haber ganado La Sonrisa Vertical el que tan bien resueltas estuvieran las escenas de sexo. Resaltó el elemento fantástico de las narraciones que se fusionaba con lo negro y la dificultad de leer algunas páginas por su realismo, que lo conturbaba.
De La Frontera Sur dijo que era una de esas novelas que produce enganche, no se puede dejar. Que la devoró en tres jornadas y eso que es voluminosa. Que dentro hay todos los ingredientes del género y una relación muy adictiva del protagonista, el poco recomendable Mike Demon, con una chica mexicana que le lleva directamente a la perdición. Y tras recomendar encarecidamente la lectura de los dos libros, me pasó la palabra.
Seleccionar los relatos que deben componer un libro como La mujer ígnea y otros relatos oscuros es una labor tan ardua como peligrosa. El criterio del autor es tan subjetivo que puede invalidar su selección. Me serví, entonces, de otro baremo, más neutro y ajeno a mí: reuniría relatos premiados, escasamente difundidos, más otros que han aparecido a lo largo de los últimos años en diversas antologías y revistas. Pero corría el riesgo, bajo ese criterio de selección por el que otros —miembros de jurados o compiladores de relatos para las antologías— habían escogido mis mejores relatos, que el resultado fuera un libro disperso, un cajón de sastre temático y genérico en el que todo tuviera cabida. Una vez ordenados, y releídos, me di cuenta de que el azar había jugado sus cartas a mi favor. Todos los relatos, sin excepción, podían enmarcarse dentro de los dos géneros que más he cultivado a lo largo de mi carrera literaria, el negro y el fantástico, y algunos tenían rasgos de ambos. Además, me di cuenta de que el orden de los relatos, que yo creía fortuito, obedecía a una lógica interna precisa, que el libro se abría con un relato sobre el horror pasado, la guerra civil española, y se cerraba con otro sobre el horror presente, la llamada guerra contra el terrorismo, que el primero estaba próximo en la geografía, pero lejos en el tiempo, y el otro a la inversa, geográficamente muy lejano, pero temporalmente muy cercano.
El libro, a pesar de que, como he dicho anteriormente, todos sus relatos se muevan entre lo negro y lo fantástico, es diverso y nada reiterativo, porque cada pieza que lo integra, algunas muy breves, otras más largas, difieren en tema, estilo y tono.
Hay relatos de una violencia extrema; otros en los que se cuela el humor y la ironía; los hay que intentan producir escalofríos; negros sí, pero profundamente eróticos; que se mueven en los vericuetos mágicos de la literatura, que es un mundo misterioso en sí mismo; en donde el amor no se sabe si fue realidad o sueño, y quizá no importe; bélicos y de anticipación; gastronómicos e insectofóbicos; sobre el clásico atraco que se resuelve de forma imprevista; de víctimas del más espantoso genocidio; de pandilleros y psicópatas; a uno y otro lado del Atlántico; en uno y otro extremo del mundo.
Lo que sí fue totalmente personal fue la elección del título del libro, que tomé de uno de mis relatos favoritos, La mujer ígnea, que una vez que escribí y leí me di cuenta de que era un homenaje inconsciente a Julio Cortázar, el gran maestro indiscutible del relato que me enseñó a jugar con las palabras.
¿Cómo surgió la novela? Pues, como me sucede últimamente, de un viaje. Hace más de veinte años crucé esa frontera sur que separa esos dos gigantescos países que son Estados Unidos y México, viaje por la Alta y Baja California, un escenario paisajístico casi idéntico, y quedé sobrecogido por el abismo que era capaz de crear una frontera aleatoria que partía en dos el territorio, porque lo que había al norte de la frontera nada tenía que ver con el sur. Tijuana, por aquel entonces, ya era, como ciudad fronteriza en la que se agolpaban todos los desheredados del continente latinoamericano para alcanzar el supuesto paraíso ficticio del norte, una ciudad peligrosa, pero, ni de lejos, la que se ha convertido ahora con esa guerra mal diseñada que el gobierno mexicano libra contra los carteles de la droga que causa tantos muertos. En Tijuana había alegría desbordada con música de mariachis, borracheras de tequila barato, y la miseria más absoluta en sus sórdidos prostíbulos, en las redes de esos polleros sin escrúpulos que pasan por muchos dólares pollos, emigrantes clandestinos, por la frontera sin ninguna garantía de éxito, y corrupción policial que es la norma de un país que tiene un record tan triste como increíble que sin duda es un acicate para los malhechores: el 98% de los delitos no se resuelven nunca.
Que ustedes la disfruten, o la sufran, en compañía de Mike Demon y Fred Vargas.
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