EL VIAJE

YANGON, LA CAPITAL DESTRONADA
Texto y fotos José Luis Muñoz


Siempre sucedió en la antigua Birmania, la moderna Myanmar, que las capitales no son para siempre, que sus reinos son efímeros. Los antiguos reyes birmanos, cuando accedían al poder, establecían la capital en una ciudad que su sucesor ninguneaba, apostando por una nueva.

Por esa sucesión de gloria y olvido han pasado ciudades como Bagán, Mandalay, Amarapura, Ava, Sagaing, Mingún…La Junta Militar, en su voluntad de borrar todo vestigio del colonialismo británico, prohibió circular por la izquierda, a pesar de que un buen número de coches tiene su volante a la derecha, lo que hace que los adelantamientos sean siempre arriesgados, y ha desposeído a la populosa Yangon de su rango de capital, a favor de la desconocida, y mucho más pequeña, Pynmana, adonde han ido a recalar todos los ministerios y la presidencia del gobierno ─ la ciudad está más en el centro, más a salvo de una hipotética invasión norteamericana que la costera Yangón, aducen los que tienen las riendas del poder ─ aunque las embajadas se resistan a mudarse y permanezcan en la ciudad colonial ocupando enormes mansiones en los barrios residenciales.

De su pasado como territorio británico de ultramar quedan en la ex capital amplias avenidas de circulación caótica y aceras destrozadas, desvencijados edificios oficiales, como la Corte Suprema, el Ayuntamiento, la Oficina de Inmigración o la Estación de Ferrocarril, cuyas fachadas van perdiendo su color original y se convierten en superficies herrumbrosas cubiertas por un moho oscuro, sobre los que la iglesia baptista de Immanuel parece impartir su bendición.

La pagoda de Sule marca el centro de la ciudad con su estupa dorada y afilada en una concurrida plaza en la que confluyen dos amplias avenidas. Si la de Shwedagon es el alma de la ciudad, ésta, faro de referencia gracias al pan de oro que la recubre, es el corazón que bombea el tráfico y los viandantes por todas las arterias en una frenética sístole y diástole.

Existen pocos semáforos, y casi todos en esa zona, aunque no siempre funcionan, y los guardias de de casco blanco pocas veces intervienen para detener el tráfico por lo que el viandante, tras unos momentos de duda, se jugará el físico para pasar las calles toreando coches, furgonetas y motocicletas que nunca le rozarán: a pesar del estado de carreteras y calles, del pésimo mantenimiento de los automóviles, que no pasan ninguna ITV ni nada que se le parezca, y de la escasa formación automovilística de los conductores ─ por las carreteras de Birmania no se ve ni una sola señal de tráfico─ no hay accidentes y mucho menos discusiones.

Los turistas ávidos de compras sin duda se adentrarán, tras cruzar la Maha Bandoola Road, la arteria principal de la ciudad por pasos elevados, y caminar por la Shwe Bintha, en el mercado Bogyoke Aung San, en la calle del mismo nombre, en donde venden todo tipo de artesanía del país y se admite un moderado regateo a la hora de comprar los longy, las faldas que tanto llevan varones como mujeres, estos con un complicado nudo sobre el estómago, las cajas de laca con posavasos, las figuras del buda reclinado, campanas y dragones de bronce, etc.

Pero lo más apasionante es perderse por las callejuelas paralelas que van hacia el río Yangón, trazadas con tiralíneas, que cruzan la Anawrahta Road y mueren en la Strand Road, calles estrechas que se abren entre edificios de la época colonial desastrados, a los que la electricidad, en los momentos excepcionales en que no se corta el suministro, llega a través de un conglomerado de cables imposibles que en las intersecciones forman madejas endemoniadas. Pasear por esas calles, caóticas, abarrotadas, llenas de vida y color, y también sucias, todo hay que decirlo, nos hace recordar a las de las ciudades de La India.

Hay que tener cuidado de no meter el pie en las cloacas a cielo abierto y tener alerta todos los sentidos, sobre todo los visuales, por el colorido de sus mercados al aire libre en donde los peces boquean, los cangrejos gatean para intentar escapar de su cesto y las sabrosas y enormes gambas grises saltan. El pescado llega vivo a los mercados por la falta de frigoríficos y hielo. La paleta de colores, gracias al muestrario de todas las frutas imaginables que las vendedoras extienden sobre el suelo, en las calzadas y aceras, es inabarcable, como la de los olores. Cuelgan las carnes de garfios y espantan las vendedoras, a manotazos, las moscas que, de forme reiterada, pretenden posarse sobre ellas y lo consiguen.

Respirar los efluvios que le llegan a uno, no siempre agradables, sobre todo cuando alguien abre las entrañas de un fétido durián cuya semilla carnosa, con aspecto de feto informe, dicen, quiénes se han atrevido a probarla, es dulce y deliciosa, es una aventura fascinante a través de la cual el viajero palpa las entrañas de esta ciudad que estimula sentidos que teníamos dormidos.



Hay miles de improvisados restaurantes a pie de calle: un fogón, unas cuantas banquetas de plástico azul para los comensales, un puñado de platos de dudosa limpieza y una cocinera que atiende las peticiones. Se puede comer sopa de fideos en cuclillas, con sus correspondientes albóndigas de vaya a saber qué, y mejor no preguntarlo, un dulce parecido al arroz con leche, pero con tallarines, apetitosos flanes, todas las partes del cerdo, incluidos pinchitos de su lengua, tripas y partes innombrables de su anatomía, previamente cocidas, que deben introducirse en un perol con caldo hirviendo y aderezarse luego con alguna salsa picante de curry o soja, degustar luego alguna de las deliciosas frutas, como la del pan, de maravillosa textura y sabor, entre el melocotón y la piña, y luego, una vez saciado el apetito con arrojo suicida ─ si hierve no hay microbios que aguanten el calor del fuego ─ adentrarse en el caótico barrio chino, con tiendas unas al lado de otra y escasos ideogramas, lo que llama la atención por contraste con barrios chinos de otras ciudades, de las que cuelgan chorizos parecidos a los de España, venden flanes, fideos de arroz, ese pan chino inmenso, blanco y crujiente, medicinas tradicionales, afrodisiacos, pájaros vivos...

Y de él pasar al musulmán, aunque propiamente no sea barrio sino una calle, que gira en torno a la única mezquita de la zona en donde los comercios destartalados se hacinan unos al lado de otros, sin pausa. El viajero advierte que se adentra en el barrio islámico de la ciudad porque abundan los hombres barbudos, con hábitos largos hasta el tobillo y no el longy habitual de los birmanos, y las mujeres se cubren la cabeza con velos.

En las aceras, en el exterior de los comercios, el zumbido de los generadores eléctricos atruena el ambiente: son la única garantía de que tengan luz ante los continuos apagones que sufre la capital y hacen que la venta de linternas y mecheros, estos enormes, sea uno de los principales productos de los mercados, artículos de primera necesidad.

¿Mercado? Toda la ciudad es un inmenso mercado. Todas las aceras un mostrador sin fin en donde se exhiben toda clase de productos sobre esteras o el mismo suelo. Una vendedora de sandía al corte, una de las frutas que más abunda en Birmania, coexiste al lado de un vendedor de libros viejos; la vendedora de sopas diversas en las que flotan fideos y albóndigas de pescado se codea con quien vende gafas; allí alguien escancia té; más allá, de un perol, se sirven raciones de algo que parece paella al lado de una muchacha que alquila a pie de calle un teléfono y un listín telefónico para llamar, el sucedáneo birmano de nuestras cabinas públicas; cambistas, con fajos de devaluados kyats en la mano, acechan a los extranjeros para cambiar sus dólares ante la mirada abúlica de policías a los que deben de haber sobornado. No encontrará el viajero, por fortuna, ni McDonalds, ni Starbucks, ni nada que se le parezca, no más signos de Occidente que esos edificios deteriorados, hermosos en su decadencia, cuyos colores pastel, azules, verdes, fucsias, reclaman su atención visual y acabarán cayendo a pedazos.


Por esas calles destartaladas y paralelas se llega, finalmente, al río Yangón, una ancha franja de color terroso. Un enorme ferry trasvasa pasajeros de una orilla a otra. Vendedoras ambulantes, muchas de ellas chiquillas, llevan sobre sus cabezas bandejas con frutas y flores. Pandillas de niños descalzos rebuscan en los cubos de desperdicios de las tiendas para hacerse con cartones. Y más tenderetetes con comida rápida, con aceite de cacahuete hirviente en donde se fríen carnes, verduras, fideos, empanadillas…

Uno puede acabar exhausto ante tanto ajetreo, tanta vida convulsa que se mueve en los límites de la precariedad, tanta ausencia de todo, que en la capital se hace mucho más ostentoso que en el resto del país rural, en donde la pobreza queda más disimulada porque es más uniforme y se diluye en el paisaje. Hay belleza y horror en las arterias de Yangon, a veces tan intensos que hay que desconectar de ellos y buscar el refugio de una terraza y el frescor de una cerveza Tiger, Myanmar o Mandalay, tan buenas como caras, que sirven en botellas de tres cuartos de litro.

Es el momento, entonces, de pasear por la Strand Road, que corre paralela al río, y dejarse caer en un butacón de la cafetería del hotel del mismo nombre que la calle, de estilo victoriano, en donde podremos cruzarnos con los fantasmas de Sommerseth Maugham, Kipling o George Orwell que estuvieron aquí antes que nosotros y sintieron similar fascinación porque, desde entonces, los cambios en Rangún, ahora llamada Yangón, son inapreciables más allá del nombre.

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