EL PINTOR

DISFRUTANDO RENOIR
José Luis Muñoz
Durante mi última estancia en Madrid tuve la suerte de disfrutar de la extraordinaria muestra que exhibe el Prado del pintor impresionista. Renoir siempre me pareció un pintor excepcional y amable, que captaba la belleza de las cosas y, sobre todo, de las mujeres. Sus cuadros transmiten felicidad al instante, ya se trate de un bodegón, unas damas en el palco de la Ópera, unas bañistas o unas muchachas en un baile de pueblo. Alguno de los cuadros de la muestra, las bañistas, los conocía de verlos reproducidos en los numerosos libros de historia de la pintura que tenía mi padre. Verlos al natural me ha deparado una emoción difícilmente transmisible y me ha trasladado de un soplo hacia la infancia, cuando las mujeres tenían par mí la magia extraordinaria de lo irreal, soñado e inalcanzable.
La barca lavadero de Bas Meudon (1874)
La pintura muestra el afluente del Sena a su paso por Meudon. La barca-lavadero, que utilizaban las clases humildes para lavar la ropa, ocupa el lugar central, aunque todas las formas se tratan con la misma pincelada ligera y suave, y en la composición no hay un foco de atención particular. No me gustan especialmente los paisajes de Renoir, como éste, que carecen de fuerza. El tono es demasiado desvaído y difuso para que haga mella en la retina. No existe un centro del cuadro en el que fijar la mirada.
Autorretrato (1875)
Me llama poderosamente la atención el vigor de este retrato. Lejos de la imagen bucólica y algo gruesa, un cuerpo dado a la buena vida, que se suele tener del pintor, aquí Renoir es un joven de mirada incisiva, cabellera revuelta que destaca sobre el fondo del cuadro. La paleta de colores, limitada, con grises, azules y rosa para el rostro, es suficiente.
El puente de Chatou (1875)
Este lienzo representa el pueblo de Chatou y su puente visto desde el restaurante Fournaise en donde solía comer. Renoir saca un envidiable partido del color azul, y pinta las aguas del río con técnica puntillista. Es Renoir, pero podría ser muy bien Monet a quien parece imitar
Palco en el teatro (1880)
Uno de los cuadros preferidos de la muestra. Renoir capta la belleza de sus modelos. Este Palco es el último lienzo de una de las series más ambiciosas de Renoir, todas con el teatro como escenario y con los espectadores de la ópera como protagonistas. La pose de la hermosa mujer, mirando fijamente al pintor, mientras apoya su cabeza en su mano enguantada contrasta con la niña de espaldas que luce una espectacular cola. Renoir capta con precisión ese ambiente sofisticado y mima los detalles del elegante vestido oscuro de la espectadora. Dos figuras femeninas que resaltan por su belleza.
Cebollas (1881)
Mi bodegón preferido de la muestra. La media docena de cebollas y el ajo solitario brillan con luz propia en esa mesa con mantel. Fue realizado en Nápoles, durante la estancia del pintor en Italia, a finales de 1881. Cómo consigue Renoir pintar la textura de las cebollas con tanta precisión y conferir belleza a tan modesto alimento es un misterio. Para el fondo emplea pinceladas azules paralelas.
Peonías (1880)
Las peonías no tienen la intensidad, a mi parecer, de las cebollas. Es un bodegón hermoso, aunque las flores estén algo marchitas. Sus colores son apagados. Llama la atención que las flores parecen cortadas por los bordes del lienzo en un deseo por evitar todo espacio abierto o vacío. “Pintar flores me relaja. No tengo la misma tensión que cuando estoy cara a cara con un modelo”, dijo Renoir.
Bañista rubia (1881)
Sin duda el cuadro más sensual de la muestra, paradigma del ideal bucólico de belleza de Renoir que buscaba modelos redondeadas y protuberantes con marcados atributos femeninos. Los pechos grandes y erguidos, las caderas, abundantes y el rostro de una dulzura angelical, renacentista, hacen de este desnudo una obra exquisita y arcádica. Si he de poner alguna pega resalto el fondo, desvaído, con el que le figura se diluye. El cuerpo tiene una estructura piramidal, ancho desde las caderas y que se va estrechando hasta llegar a la cabeza.
Bañista peinándose (1885)
La belleza del cuadro está en la pose sensual de la modelo retocando con ambas manos su peinado. Mientras una mano se cierra sobre su coleta, la otra parece acariciar el cabello. Senos, brazos, vientre, nalgas y muslos, cubiertos estos con una blonda, están perfectamente detallados y experimentan una tensión con la subida del brazo que acentúa sus volúmenes. La modelo representa los cánones de belleza de su autor, amante de las figuras voluptuosas. El fondo paisajístico hace un flaco favor al cuadro, es claramente mejorable o prescindible.

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