LOS LIBROS

EL ELEFANTE DE MARFIL
Nerea Riesco
Grijalbo, 2010, 542 páginas


Es Nerea Riesco, con dos novelas en su haber que preceden a ésta, El país de las mariposas (premio Ateneo Joven de Sevilla) y Ars Magica, una de las más exitosas autoras de novela histórica de este país, género por el que transita con pericia extraordinaria pese a su juventud, y se acerca a él, uno de los más populares en la actualidad, junto a la novela negra, con el rigor de quien antes de ponerse ante el teclado del ordenador se documenta de forma minuciosa, filtra esa ingente información, cogiendo lo que le interesa, y lo adereza luego con la pasión por la escritura que traslada luego al lector.
El elefante de marfil se inicia con una catástrofe sísmica, el terremoto de Lisboa que se sintió en Sevilla, y, a través de los miembros de una familia de impresores que regenta el negocio Aquí se imprimen libros, los Haro, traza una saga que recoge la vida de la capital hispalense, ciudad de adopción de la autora, durante parte del siglo XVIII y XIX. Un recorrido por las costumbres de una ciudad y una intriga, que se oculta en una de las partes de la catedral, que habla de una partida de ajedrez jugada durante la dominación musulmana de la ciudad y aplazada en el tiempo y de cuyo resultado depende el destino de La Giralda, son el núcleo de esta novela. Aparentemente.
El desastre comenzó a las diez en punto, de la mañana. Las campanas de la Giralda tañían solas, como locas. Los bancos del templo se agitaban sin importarles el peso de los fieles que estaban sentados sobre ellos y los que estaban de pie cayeron sorprendidos porque la tierra les faltaba. El púlpito amenazaba con descolgarse de su columna y un par de monaguillos asustados se acercaron tambaleantes al padre Zacarías para ayudarle a bajar la escalera.
Podría creer el lector que El elefante de marfil es un thriller histórico, de los muchos que se publican con enorme éxito desde que Dan Brown dio con la piedra filosofal en El Código da Vinci, pero eso sería reducirla. O una novela sobre el noble juego del ajedrez, como indica su portada. El juego de los escaques, como forma incruenta de dirimir las disputas, y la intriga por descubrir las reglas del juego en algunos motivos arquitectónicos de la catedral de Sevilla, son excusa argumental, pero no es lo esencial. Por encima de intrigas, misterios y claves que descifrar hay una novela de amor, o de muchos amores, porque los personajes femeninos de El elefante de marfil, los Haro, mujeres enérgicas y racionales, se enamoran de amantes aventureros que les insuflan irracionalidad y pasión amorosa. Como en las novelas de García Márquez (hay algunos referentes al realismo mágico) las vidas se repiten, de generación en generación, y los miembros de esa familia novelada se pasan el testigo sentimental. Y es en la descripción de los estadios de la pasión amorosa en donde se hace más patente la prosa sensorial, exquisitamente cuidada, de Nerea Riesco. El lector ve a los amantes, escucha sus suspiros, participa de su éxtasis.
León la recibía jovial, apretándose contra su cuerpo. La besaba en los labios, le lamía la lengua, le robaba el aire. Se colocaba tras ella y desabrochaba uno por uno, con tranquilidad pasmosa, la infinita hilera de minúsculos botones que sujetaban su enlutado vestido, desde el cuello hasta la cintura. Después empujaba suavemente la tela y acariciaba con la yema de los dedos la delicada ropa interior alargando ese momento, conteniendo el deseo.
Una narración tan ambiciosa no sería posible sin unos personajes que la hicieran creíble, y por los que el lector sintiera empatía, y un territorio perfectamente descrito. El costumbrismo no pesa, sino que ilustra, porque Nerea Riesco reconstruye ante nuestros ojos, con una técnica literaria extraordinariamente visual, la Sevilla bulliciosa de aquellos tiempos con todo lujo de detalles, en la que no falta, expresamente, ninguno de sus tópicos (toreros, cigarreras, bandoleros…), y en cuanto a los personajes la autora los crea y cuida hasta en sus más nimios detalles, los hace hablar y andar por el escenario que reconstruye, amar, comer y divertirse. Julia, la viuda de Haro, la impresora que inicia la saga; León de Montenegro, su aventurero esposo; Abel, Guiomar, el malvado Cristóbal Zapata, que se consume en su amor no correspondido, o la mismísima mamita Lula, la sabia sirvienta africana, son algunos de los esos seres de carne y hueso que salen de la imaginación de la autora y transitan durante esos cien años de historia hispalense.
Sentimientos exaltados, envueltos en excelente literatura, que se convierten en un placer para los sentidos. Porque para los sentidos, para todos, parece haber escrito Nerea Riesco El elefante de marfil.
José Luis Muñoz


ÁNGELES NEGROS
José Vaccaro Ruiz
Ediciones Atlantis, 2010. 390 páginas


Tener voz propia dentro del género negro que se escribe en España y huir del tópico no es nada fácil. La literatura negrocriminal, tan de moda en nuestros días, está incorporando nuevos valores que acceden al género con entusiasmo y reciben el premio de sus lectores. Son muchos y jóvenes. El de José Vaccaro Ruiz, un narrador al que no hay que perder la pista, es un caso extraño, un rara avis dentro del panorama. Puede que el haber llegado tardíamente a la literatura, con 65 años y una cabeza extraordinariamente bien amueblada, redunde en beneficio de sus novelas. Seguro. Vaccaro no habla sobre sí mismo, porque quizá ya se le pasó el tiempo, ni se deja seducir por experimentalismos, porque no le interesan y dificultarían las tramas de sus novelas, sino que se limita a contar historias que circulan deliberadamente por los límites de lo políticamente correcto, y es un ejercicio que hace extraordinariamente bien, con una prosa eficaz, a la que ni le sobra ni le falta nada y está siempre al servicio de una narración que no decae en ningún momento y fluye sin aspavientos.
Una serie de asesinatos, aparentemente inconexos entre si, sacude el oasis catalán. Las víctimas, asesinadas de forma brutal y por diversos procedimientos, son renombrados políticos de los principales partidos del espectro más algunos profesionales aparentemente sin tacha. Jover, un investigador desencantado, se pone a indagar la desaparición de una de ellas y descubre un inquietante nexo que une todas esas muertes mientras el peculiar asesino sigue con su frío trabajo con intención de culminarlo.
Cuida con mimo José Vaccaro Ruiz el escenario de su novela, consciente de la importancia que tiene el paisaje sobre el paisanaje, por lo que Ángeles negros está bien surtida de descripciones de algunos de los barrios por donde discurre (“El Raval es un reducto urbano insertado en el corazón de la ciudad de Barcelona adonde nadie acude con intención de hacer relaciones públicas. Si un oasis es para un desierto una zona de vida en medio de la muerte, el Raval es, para Barcelona, un agujero negro en mitad de su universo de diseño. Allí la gente se cruza procurando no mirarse, como una forma de evitar problemas. Donde no esperas que nadie te dé nada, al contrario, que te lo quite si puede, no hay interés en ser sociable”); confiere debida encarnadura a sus dos protagonistas, el asesino en serie, que se venga así de su lamentable estado de incontinencia intestinal (no es muy normal un criminal que use pañales y ése es un detalle chocante, pero no baladí, que explica su venganza implacable), y el correoso investigador, cuyas vidas transcurren en paralelo, y eso no solo lo hace a través de precisas descripciones físicas de ambos, muy naturalistas, sino también, sobre todo, a través de un tratamiento impecable de unos diálogos que Vaccaro maneja con soltura.
Ángeles negros es una excelente novela negra, muy ágil a pesar de su volumen de páginas, porque el escritor sabe soldar muy bien los pasos de su doblete protagonista, pero es también una demoledora crítica a la corrupción en todos los ámbitos de lo público, que Vaccaro parece conocer muy bien por su actividad profesional (abogado y arquitecto). El novelista dispara con arma de grueso calibre contra una clase política que no le inspira ninguna simpatía, de la que ya sabemos lo proclive que es a ser corrompida por el vil metal, pero de la que ignoramos sus más inconfesables vicios que son los que motivan la labor del justiciero y centran la novela. Vaccaro se convierte en un avezado guía de las cloacas del poder, y nunca, como en esta novela, el término fue tan acertado.
El protagonista de Ángeles negros, el encallecido investigador Juan Jover, es todo un feliz acierto; tiene rasgos del Méndez de González Ledesma, porque perteneció a la franquista BIPS y no se arrepiente de ello, y del Carvalho de Vázquez Montalbán, porque, como aquel, se refugia, de cuando en cuando, en la gastronomía y en la buena bebida, pero en su desencanto vital no es tan inocente como sus ilustres predecesores y le aleja de ellos su ácida visión de la sociedad y la ausencia de ternura.
Bienvenidos ambos al club de la novela negra: autor y personaje. Y bienvenida una literatura que entretiene mientras denuncia y deja un sabor amargo en la boca.
José Luis Muñoz


LA HIJA DE CLEOPATRA
Michelle Moran
Flamma Editorial, 2010. 445 páginas.
El auge de la novela histórica no es una moda pasajera. Recuerde el lector Quo Vadis del premio nobel polaco Henryk Sienkiewicz, Ben-Hur del norteamericano Lewis Wallace, Los últimos días de Pompeya de Edward Bulwer-Lytton, Sinuhé el egipcio de Mika Waltari o El dios de la lluvia llora sobre Méjico de László Passuth, entre otras muchas, pero ahora se publica muchísimo más en nuestro país y no son pocos los autores patrios que se apuntan al género.
La historia de Roma da para mucha literatura (aconsejo al lector que no se pierda los libros magníficos que sobre ese imperio, determinante de nuestra cultura y que nos explica el presente, tiene escritos Pedro Gálvez). La norteamericana Michelle Moran aborda en La hija de Cleopatra los avatares de Selene, y sus hermanos Ptolomeo y Alejandro, hijos de Cleopatra y Marco Antonio, cuando quedan huérfanos y son trasladados, en su calidad de prisioneros de lujo, a la Roma imperial por el vencedor de la guerra contra Egipto, Augusto, y confiados a Augusta, primera esposa de Marco Antonio. En Roma, Selene se ve envuelta en numerosas intrigas protagonizadas por un misterioso y justiciero defensor de los esclavos, que firma sus proclamas en el templo con el nombre de Águila Roja, y será testigo de la guerra de ambiciones y poderes que sacude la sociedad romana.
Con habilidad, soltura y buen ritmo construye Michelle Moran este thriller histórico en el que los ojos de la hija de Cleopatra, como extranjera, aportan su visión valiosa de ciertas prácticas bárbaras que le causan profunda extrañeza. Como en otras civilizaciones muy avanzadas, la cultura, el cultivo de las artes y el desarrollo del pensamiento no estuvieron reñidos con la crueldad, y la autora norteamericana nos ilustra, entre otras cosas, sobre el triste destino que sufrían las niñas no deseadas, que eran abandonadas en la columna lactaria (en donde algunas se salvaban por ser amamantadas por voluntarias nodrizas que se apiadaban de su situación) para ser reclutadas, siendo niñas, para los burdeles; lo que valía un esclavo, nada, alimento de las lampreas de los estanques; cómo se remataba a los gladiadores malheridos o los juicios públicos que llegaban a condenar a muerte a todos los siervos de un patricio por el delito de uno de ellos.
La hija de Cleopatra es una novela atractiva, bien escrita, con diálogos abundantes pero bien construidos, perfectamente desarrollada de principio a fin y que cumple a la perfección con los requisitos de su género, el de deleitar instruyendo.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

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