SOCIEDAD


ANA BOTELLA
 
 

Esta señora no me gusta nada. Ni su aspecto, y mucho menos lo que piensa bajo su cabellera cardada. Le cogí ojeriza con el bodorrio de su hija, ese al que asistió el amigo Correa y El Bigotes, ambos emperifollados. Nadie la eligió para su cargo, pero está allí, presidiendo el ayuntamiento de la capital del Reino, un puesto que demuestra le viene ancho desde que se fue a un Spa como respuesta a que unos jóvenes murieran aplastados en una macrofiesta. Tampoco me gusta su marido, con o sin bigote, que debió ser el que le dio clases de inglés texmex y le permitió alzar la taza de café con leche, en vez de la de té, para brindar por Madrid olímpica antes de que se desinflara el suflé. Ambos hacen buena pareja. Mala pareja, claro, de aquellas que si ves en una fiesta tienes que huir para que no se te atragante la bebida. Su última guinda me coge descolocado. Se ha debido de inspirar en Hungría y por ese camino se puede llegar a parecerse a los de Amanecer Dorado. En Hungría los pobres son delincuentes por el hecho de no tener vivienda y estar en la calle, como en Italia tienes que haber muerto si eres negro para ser nacionalizado italiano. No sé si las mazmorras de Budapest son más confortables que sus calles. La señora Botella, cuyo peinado tampoco me gusta, echa mano de ordenanzas municipales para prohibir la mendicidad que da muy mala imagen a Madrid. Hay que esconder a los pobres, pero con tantos al día, que crecen a nivel exponencial, lo veo tarea difícil, quizá en el Bernabeu cuando no haya partido. Mil euros si intentas limpiar los cristales sucios de un coche o vender kleenex mientras el semáforo pasa del rojo al verde. Setecientos cincuenta si te pillan pidiendo dinero en las aceras por las que hay que circular y no detenerse, como en el franquismo del que ni ella ni su marido han renegado. No sé si contempla penar a los que hacen malabares, echan fuego por la boca y a los perroflautas. Antes habrá que darles a los pobres los setecientos cincuenta euros para que paguen su multa, con financiación bancaria. Los músicos de la calle, o los del metro, tienen que haber salido del conservatorio y presentar papeles conforme optaron a la banda municipal y no fueron aceptados. Ojo con salirse de la acera y que te vea un policía municipal: eso también lleva aparejada multa. Como cruzar en disco rojo siendo peatón. Además, como peatón, te pueden hacer soplar por si llevas una cerveza de más en el estómago, que ya es lo que les faltaba a los bares para que tiren cohetes. Al delirio privatizador le sigue, solapándose, este delirio prohibicionista tipo 1984, ampliamente superado después que la NSA espiara 60 millones de llamadas telefónicas en un mes, es decir, todas, y analizar todo lo que se publica en la red, es decir, esto también. Ser pobre es un delito, porque la pobreza es muy fea, produce daño a la vista, pero ser ladrón a gran escala está muy bien visto, porque robar a destajo produce riqueza a quien roba, mueve la economía, da empleo a la tripulación de tu yate de lujo, y cada vez que los cuento hay más, ladrones a gran escala y yates de lujo. Las cárceles están llenas de pequeños ladrones pero vacías de los grandes para los que se legisla a medida para que no pasen un día entre rejas si se les pesca haciendo ingeniería financiera, algo que suena muy bien. Si no hay manteros, la gente no puede hacer malabares, los malos músicos no pueden tocar el acordeón y los pobres son retirados (en mi distopía Ciudad en llamas a todos se les saca de la calle a balazos, pero todo llegará, no se preocupen), y ya no podemos beber una cerveza por si nos pasamos un disco en rojo o nos caemos del bordillo, los pobres van a comenzar a robarnos, y espero que sea con buenos modales, y habrá que subirse los cajones de cervezas a los pisos que serán nuestra república independiente en dónde mandaremos algo hasta que nos desahucien. Claro que ya nos roban a diario y nos sacan el dinero de los bolsillos sin necesidad de exhibir ninguna sirla ni alargarnos la mano. Esta guerra ya la hemos perdido precisamente porque no reaccionamos a tiempo y les hemos permitido todo, y si hemos protestado ha sido con tanta educación que no nos han hecho caso. A veces los malos modales son imprescindibles, sobre todo cuando se va en serio. Damos un manotazo a quien mete la mano en el bolsillo para birlarnos la cartera, corremos tras él por una menudencia, pero seguimos andando tan frescos con las pensiones hundidas en la miseria, recortes laborales, sanitarios y en educación, impuestos a la alza, ricos evasores y políticos con sobresueldos, mientras sufragamos aeropuertos fantasmas, bancos en quiebra porque tiraron el dinero o se lo dieron a sus directivos, edificios faraónicos que se caen y asfaltados sobre asfaltados de nuestras autopistas que doy fe que son las mejores de Europa en cuanto al firme. Además de pobres nos están convirtiendo en gilipollas. Mírense en el espejo y ya se verán las orejas de burro.

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