VIAJE
LA
CIUDAD CLONADA
Lo que
veo, bajo la lluvia, es una reconstrucción que se parece tanto al original que
pocos ojos sabrían distinguirlo. No me imagino a ningún pueblo latino clonando
una de sus ciudades después de que un terremoto la destruya. Se refugiaría en
el cómodo minimalismo para levantar cuatro paredes y se quedaría tan
satisfecho. Los alemanes, no. En Würzburg, sus supervivientes levantaron cada
casa destruida, cada iglesia arrasada, y la hicieron a imagen y semejanza de la
que ya había, para que nadie notara los estragos de la guerra. Quizá con ese
exorcismo urbano trataron de acallar sus culpas.
En 1933
los nazis obtuvieron algo más del 30% de los votos en la circunscripción de Würzburg.
Vencieron. Los habitantes de la ciudad barroca confiaron su destino al partido
del odio que ya tenía una milicia, los camisas pardas, especializados en
masacrar adversarios a porrazos para que nadie se llevara a engaño al votarlos.
Doce años más tarde, dos meses antes de finalizar la guerra, la aviación aliada
redujo a escombros la ciudad. Su culpa ser una ciudad con más de cien mil
habitantes, cifra que la convirtió en objetivo a borrar. El 90% de la ciudad
fue arrasado por la aviación británica que arrojó 900 toneladas de bombas en
veinte minutos. Quizá los supervivientes, muy católicos, pensaron que eso era
una castigo bíblico por votar al diablo. Explotaron todas las bombas salvo tres
inmensos proyectiles que se exhiben en el Rauthaus, ubicado en el Grafeneckart,
residencia medieval en la que fue asesinado el duque de Eckart hacia 1200, y
que uno observa con desconfianza: las bombas las carga el diablo y el aristócrata
fue acuchillado unos pisos más arriba.
La
ciudad barroca sufre hoy los efectos de la llovizna, pero ni por esas deja de
mostrar su belleza espectacular. El otoño ha teñido de oro todos los bosques
que crecen a las dos orillas del ancho Maine y hasta las ordenadas parras que
se encaraman por las lomas que rodean la ciudad vinícola. En una de ellas se
alza la fortaleza Marienberg, en donde antes hubo un castro celta, un edificio
de cuadrícula imponente y fachada blanca ribeteada de rojo salmón que es mucho
más atractiva por fuera que por dentro.
La
fortaleza no se salvó de los salvajes bombardeos aliados, pero algo quedó de
ella. Durante siglos el castillo albergó a los influyentes obispos que gobernaron
la católica ciudad que fue sede episcopal y es hoy la capital de la Baja
Franconia, aguantaron el asedio de los campesinos levantiscos y sólo fue tomado
por el rey Gustavo Adolfo de Suecia. La austeridad de sus estancias, sin
muebles, sin más cuadros en sus paredes desnudas que los retratos oscurecidos
de los eclesiásticos, contrasta con la belleza delicada del jardín que la
circunda y los viñedos que escalan sus laderas. Cuesta imaginar que estuviera
así de vacío el castillo, así es que uno abona ese minimalismo a que todos los
muebles y enseres que albergaba la fortaleza volaron por los aires en la
salvaje guerra.

Generaciones
de obispos gobernaron Würzburg, y viendo sus rostros abotargados, su doble barbilla
y el rictus sensual de sus bocas en los cuadros que los inmortalizaron, uno
deduce que vivieron como curas mientras la población se moría de hambre. En
aquellos tiempos el capitalismo, la acumulación desmedida de riquezas, era
visible en la sotabarba de los poderosos. Alimentados de cerdo y patatas, los
obispos de Würzburg tenían la ciudad a sus pies, sólo separada por el caudaloso
río Maine que, a su paso por la ciudad, se desdobla en dos esclusas y es
navegado por barcazas.
Más
interesante que el vacío y austero castillo es su museo anejo. En sus salas
descubro algunos cuadros de Tiepolo, cinco, y un buen número de lienzos de Januarios Zick, el maestro del rococó alemán
que tiene influencias de Watteau, y dos figuras extraordinarias de Adán y Eva
rescatadas de alguna de las iglesias que fueron pulverizadas, de la fachada de
la Mariankapelle en concreto.
El Alto
Mainbrücke era el acceso más directo a la ciudad. Construido en 1473 sobre las
ruinas del antiguo puente romano, las estatuas que lo adornan cada cinco pasos
y rinden homenaje a un sinnúmero de santos (San Julián, San Carlos Borromeo, y
a los misioneros irlandeses que cristianizaron la ciudad, los santos Kilian, el
patrón, Kolotnat y Totnan, martirizados y decapitados según puedo ver en
numerosos cuadros distribuidos por todas las iglesias de la ciudad) y reyes
(Carlomagno, que consagró la catedral), que fueron erigidas en 1730 dan a la
calzada un aspecto regio y cierto parecido con el Puente de Piedra de Praga, y
es que la capital de la Baja Franconia podría ser un clon de la capital de
Chequia.
La
ancha plaza del Mercado tiene en uno de sus laterales la Mariankapelle. De la
antigua iglesia edificada en 1377 apenas quedan unas cuantas esculturas, algún
crucifijo y los cimientos. Lo mismo sucede con la Neomünster Kirche o la
catedral de San Kilian, el patrono de la ciudad, la primera barroca y la
segunda de apariencia románica: las bombas las arrasaron, pero renacieron de
sus cenizas.
La
cúpula redonda, la fachada en arenisca roja y una torre terminada en un bulbo
oscuro caracterizan exteriormente la Neomünster que lanza su escalinata a la
Schombostrabe, la principal avenida de la ciudad que recorren los tranvías en
una y otra dirección. Los ampulosos interiores de ambas iglesias, todos
blancos, recuerdan a sus hermanas barrocas de Andalucía hasta en sus trabajados
estucos de paredes y techos. Dos impresionantes altares barrocos, a ambos extremos
del transepto de la catedral, parecen haber salido indemnes de la lluvia de
fuego que se abatió sobre la ciudad, o quizá hasta eso clonaron tan
perfectamente que yo no lo noto, pero lo que me llama poderosamente la atención
es lo bien que encajan en ese conjunto reconstruido sobre ruinas humeantes una serie de cuadros
abstractos que adornan las altas paredes de la basílica, sobre los arcos de las
naves, y sustituyen a los clásicos que ardieron literalmente en el infierno.
Hay una
enorme cruz que levita sobre el altar central, en el crucero, bajo una falsa
cortina labrada en el estuco de la pared de la Neomünster. Parecido interior
tiene la Catedral de San Kilian, a la que se accede por una puerta flanqueada
por dos espigadísimas torres de techumbre puntiaguda que contrastan con la
amplitud de sus naves. Los escasos vestigios salvados de la iglesia románica se
mezclan con pinturas de vanguardia y altares minimalistas que se han excavado
bajo tierra en modernas catacumbas para oficiar misas.
Würzburg
no ha perdido la fe católica casi impuesta por las autoridades religiosas que,
a lo largo de los siglos, han regido la ciudad. Hoy, domingo, un coro
considerable de voces masculinas deleita mis oídos en la catedral, y poco
después otro, mixto, me ofrece un recital trilingüe en la Mariankapelle. Los saboreo tanto como el pastel de almendra,
nata y chocolate que me he tomado una hora antes en una cafetería abierta y
concurrida mientras veía como una hija cuidaba de su madre anciana sentada
sobre una silla de ruedas y pasaban, tras las cristaleras, los tranvías
silenciosos.
Atardece
cuando regreso sobre mis pasos al Alte Mainbrucke. Sobrevuelan el Maine
pequeñas gaviotas y algún cormorán negro. Las enormes barcazas esperan
amarradas a un muelle a que la esclusa se llene de agua. Los hijos de los
sobrevivientes de los bombardeos, o sus nietos, degustan copas de vino,
mayoritariamente blanco, acodados a los pretiles del puente. Würzburg es un
gigantesco plató que se ha construido para que sus habitantes sigan bebiendo copas
de vino y olviden el infierno que fue la ciudad.
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