CINE / LOS DOMINGOS, DE ALAUDA RUIZ DE AZUA
No coge por sorpresa al
espectador la extraordinaria calidad cinematográfica de Los domingos, la
muy merecida Concha de Oro del último festival de San Sebastián, teniendo en
cuenta quien es la directora. Alauda Ruiz de Azua (Baracaldo, 1978), tras el
éxito de sus Cinco lobitos (Goya a mejor dirección novel), vuelve a
conmovernos con este drama familiar que gira en torno a la vocación religiosa,
a la llamada de Dios, y no es extraño porque en su anterior película que giraba
sobre la muerte de una madre y sus repercusiones familiares, también estaba esa
pulsión religiosa que es muy profunda en la sociedad vasca tradicional.
Ainara (una Blanca Soroa
sencillamente luminosa en su debut cinematográfico) es una adolescente
brillante que aspira a ser universitaria cuando se despierta en ella, tras unas
convivencias escolares en un convento de monjas de clausura, una vocación
religiosa imparable. Su deseo de ingresar en un convento choca con la oposición
cerrada de su tía Maite (Patricia López Arnaiz borda su papel), que la
considera su hija tras la pérdida de su madre, y la actitud ambigua de su padre
Iñaki (Miguel Garcés) que está atravesando un complicado momento económico.
Los domingos es un drama familiar
cocido a fuego muy lento que tiene un arranque que puede ser desalentador para
el espectador impaciente, pero luego alza el vuelo y lo hace hasta la
estratosfera. La directora vasca retrata con precisión las tensiones de ese
núcleo familiar muy tradicional presidido por la abuela María Dolores (Mabel
Ribera), en donde hay algún verso suelto como el marido de Maite, el argentino
Pablo (Juan Minujín) —a destacar su divertido monólogo con Dios para intentar
disuadir a su sobrina—, y en el que afloran rencillas económicas entre hermanos
(para salvar el restaurante que regenta Iñaki, se hipoteca la casa familiar).
Lo medular de Los
domingos es la fe religiosa inquebrantable de la joven Ainara — a destacar
su éxtasis religioso en la misa de difuntos—, que no se quiebra a pesar de ese
escarceo amoroso con su compañero de coro Mikel (Guille Zani). Una vocación alimentada
y alentada por el joven sacerdote que la asesora espiritualmente en el colegio
y las religiosas que le imparten las clases.
Los domingos
está en las antípodas, por ejemplo, de Camino, la crítica feroz contra
el estamento religioso, concretamente el Opus Dei, que hizo Javier Fesser en
2008. Uno de los méritos de Alauda Ruiz de Azúa es su exquisita equidistancia
ante lo que cuenta, su neutralidad al tratar con sumo respeto la vocación
religiosa de la joven Ainara. La realizadora deja que cada espectador tome sus
propias conclusiones sobre si la iglesia manipula o no a la joven —la madre
priora (Nagore Aranburu), quizá el personaje más turbio, quiere saber hasta
donde llegó ese escarceo amoroso de la novicia e insiste en conocer los
detalles, si hubo algo más allá de los besos— para llevarla a su redil. Frente
al rechazo frontal de Maite, que no quiere perder a su sobrina Ainara y lo
dramatiza todo, la actitud más comedida de su padre Iñaki, quizá por intereses
económicos simplemente (su hija, en el convento, no generará gastos).
Actores en estado de
gracia para una película cuyo argumento podría parecer, en un principio, no ser
muy atrayente pero que la pericia de una gran directora convierte en un fresco
de la sociedad tradicional vasca en donde la iglesia tuvo una presencia muy
destacada incluso en sus momentos más convulsos y no siempre acertada. Unos
espectadores pueden ver Los domingos como una crítica velada al
sectarismo eclesiástico, otros, por el contrario, como banderín de enganche
para jóvenes en una iglesia que se resiente por la falta de vocaciones, y ambas
interpretaciones están en la película, pero unos y otros convendrán que están
ante una gran película.
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