CARACAS, EL CIELO Y EL INFIERNO

CULTURAS 269 - LA VANGUARDIA
Novela. José Luis Muñoz añade dosis de violencia y erotismo a una historia absorbente: la de un editor y ex terrorista con problemas morales.
LA CARAQUEÑA DEL MANÍ
José Luis Muñoz
Algaida 2007
195 páginas
18 euros
Premio Camilo José Cela 2007


Lilian Neuman

"Maté a mucha gente sin conocerla. Maté sin que me temblara el pulso, ni me fallara la puntería...". ¿Es posible, para quien se expresa de este modo, alguna forma de redención? No es el único interrogante que plantea esta novela escrita por un señor que vive en Sant Cugat del Vallés, un hombre tranquilo que ha cultivado el género erótico e histórico (siempre con un pie en la narrativa negra), que ha ganado muchos premios y que un día hizo un viaje a Caracas y, a pocas horas de llegar, comprendió que esa ciudad extrema sería el escenario de su próximo libro. Una novela negra, una novela de alto erotismo y gran carga de violencia y una novela política que nos llena de interrogantes.
Suele suceder con los autores de novela negra: al conversar con José Luis Muñoz sobre su libro terminamos hablando, sobre todo, de la situación en Venezuela, y menos de esta historia de la que pueden citarse numerosos párrafos que describen Caracas con hermosa precisión: "Una especia de fortaleza del miedo en la que sus habitantes se han acostumbrado a vivir sitiados", vigilada por el Monte Ávila; "esa hermosa ubre de selva que separaba la capital del mar". Dice Muñoz que uno de sus amigos caraqueños le dio una idea exacta de cómo se vive en la ciudad: son tantas las rejas de seguridad que protegen las casas, tanto el pavor a detenerse en un semáforo en rojo (y de noche se los pasa de largo), tantas las alarmas y los sistemas blindados que en Caracas los que no delinquen son los que viven encerrados, mientras los delincuentes van libremente por ahí.
Pero Caracas es mucho más, es el gran salón de baile llamado El Maní (el cacahuete), que deslumbró al mismo autor, "el calor caribeño de ese viejo local decadente, medio oscuro", es el buen humor, la crítica y la protesta. Lo vemos y lo oímos estos días con mayor atención desde que Chávez emprendió su cruzada contra los medios de comunicación. Lo vemos en esta novela, en que el canal privado Globovisión azota cada día al gobierno. Es la ciudad de los contrastes y los seres vitales, de las mujeres escotadas y provocativas que, como le sorprendió a Muñoz, tienen el sexo como tema recurrente de conversación. La ciudad que da a luz a un personaje como el escritor y columnista que aquí se retrata, una pluma atrevida y cargada de talento, azote permanente del gobierno y, pese a estar en el punto de mira si no de Chávez, sí de los chavistas (a veces los más terribles son los más chavistas que Chávez), arrojado y decidido a fundar otra Venezuela.
En esta ciudad vive un hombre que se hace llamar Macario, que trabaja hace cuatro años en una editorial a la que ha dado nuevo impulso - está a punto de contratar Tarántula de Thierry Jonquet -y a quienes sus amigos quieren aunque poco sepan de él. Saben que ese entregado editor de buen criterio es vasco, y que por alguna razón hizo el camino hoy inverso: emigrar desde España a Latinoamérica. Hasta que un día Macario recibe una llamada y la voz del otro lado lo llama por su verdadero nombre: Iñaki. Son dos jóvenes que han llegado a la ciudad con orden de regresarlo para que vuelva a la acción.
Aquí comienza lo más difícil para el protagonista, pero también para el lector. Porque desde el principio se está de parte de Iñaki/Makario. De esa vida recogida en esa editorial con cristales blindados, en la entregada lectura de obras originales, en un ambiente del que nadie querría irse ni tampoco ensuciar. Muñoz afirma haberse limitado a retratar su editorial en Venezuela, la verdad es que el retrato que hace del jefe de Macario - un editor uruguayo/argentino que ya no quiere saber nada de nuevos golpes de estado - es digno de mención: "Odio a Chávez, pero más a los golpistas milicos. Ya tuve bastante en Uruguay, en Argentina, y en España mi papá. Toda mi vida ha estado marcada por ellos y huyendo de ellos".
Ningún lector se pondrá de parte de un personaje tratado de forma general y sin peculiaridades. Esto lo sabe el autor de esta novela, y algo de esto le sucedió a Iñaki que, mientras ejecutó atentados sin pensar en ninguna víctima en particular, pudo vivir matando. Hasta que un día individualizó a dos de ellas y esa imagen, la de dos seres con historia y personalidad, quedaron en su retina para siempre.
La culpa - una culpa personal e íntima que no lo redime a él ni es extensible a otros que sí pueden individualizar y de todas formas asesinar - no le evitará el infierno que se le desata en este compacto y absorbente libro que nos involucra a todos en un problema moral. Iñaki, acorralado y sin alternativa, sabrá de inmediato qué hay más allá de las verjas del jardín. Comienza así el cruento relato del mal que aqueja no sólo a Venezuela, en donde el robo y el secuestro no se conforman con ser robo y secuestro. También tienen que ser saña, violencia extrema y perverso ejercicio de poder.
Qué alternativas, personales y sociales, hay o un cierto y añorado día habrán, es la gran pregunta de este libro.
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