LA CIUDAD

MI BADAJOZ PARTICULAR
apuntes alrededor de un paseo

La puerta de Palmas, entre dos torres almenadas de planta circular, oreada por la brisa del próximo Guadiana, ese río que aparece y desaparece pero que por tierras extremeñas es constante y es claro camino a la vecina Portugal, es una buena entrada a la ciudad bañada por esa luz blanca, atlántica, la misma, pese a la distancia del mar, que baña Lisboa, la ciudad blanca por excelencia. Por calles de suave pendiente, respirando ese aire limpio de la mañana, mis ojos se pierden, literalmente, en las fachadas de todas las casas, de las más modestas, de esas que tienen el encalado resquebrajado y plantas colgando de sus balcones, pero, aún así, captan esa luz especial del sol. Apenas nadie por las calles. Sólo un leve susurro del viento que limpia la atmósfera. Y, de vez en cuando, un aroma a comida de una cocinera madrugadora que escapa por alguna ventana abierta. Por una calle cualquiera, estrecha, mi vista tropieza con la delgada torre blanca del convento de las Descalzas. No sé qué tiene esa ciudad que hasta lo más anodino, lo que no figura en ninguna guía de viajes, resulta bello, de tan cuidado. En cada cruce de calles, un regalo para la vista. Difícil tropezar con ciudad más limpia y cuidadosa de sí misma, con paisanos tan amantes de su entorno.
En las ventanas del Casino, de aires noucentistas, la magia refleja los edificios cercanos recortados contra el cielo de un azul imposible. Los medallones de estuco, las cenefas que recortan puertas y ventanas sobre el fondo siena de su fachada, relucen con la luz de ese sol que uno no sabe bien cómo es capaz de meter sus rayos por las estrechas calles del centro de la ciudad. Badajoz es una ciudad sabia, de inteligentes habitantes que la saben apreciar. Si no fuera así, no se entiende esa sinfonía de colores en las paredes de sus casas. El blanco, cualquier blanco es hermoso. Pero este carmesí, suave, que se extiende por la fachada de un bar modesto y contrasta con la blancura de la cenefa dice todo de unos paisanos orgullosos de su paisaje urbano al que miman y contra el que no se atreven los grafiteros. La catedral tiene aspecto de castillo. Empezada a construir en el siglo XIII y terminada en el XVIII, la sobriedad de su fachada neoclásica, mal casa con la delicada presencia del vecino ayuntamiento que, como el casino, es siena. La Plaza Mayor es abierta, pero semipeatonal. Bares y cafeterías antiguas compiten en aceras con quioscos de diarios. Al sol los paisanos consumen sus cervezas y tapas, charlan de lo suyo, se relajan en su día sabático que han empezado sin mucho madrugar. El corazón de la ciudad, en donde se alinean el poder de Dios y el de los hombres, es el emblema de una ciudad apacible en la que se paladea el silencio y el gusto por el paseo. Cuelgan al aire, junto a una iglesia blanqueada en donde se agolpan invitados a una boda, trajes de faralaes infantiles que anuncian, con premura, fiestas de disfraces mientras, bajo ellos, juegan infantes.
Una puerta color salmón, un ojo en un muro pintado en color salmón, permite una ojeada furtiva a la Plaza Alta, paradigma de la restauración que ha llevado a cabo el ayuntamiento en su afán de recuperar y embellecer zonas deterioradas de la ciudad. Arcadas y balcones de la plaza Alta exhiben una discutible decoración cuadricular, de tablero de damas, en el que se alternan blancos, grises y granates que llama la atención. Es la más antigua plaza de la ciudad, junto a sus murallas y la torre de Espantaperros. Hace unos pocos años la plaza estaba abandonada, era pasto de la marginalidad. Ahora es uno de los enclaves más agradables de Badajoz. Un camarero, que intuye clientela, monta mesas y sillas en esa plaza porticada en la que la luz llega con más intensidad mientras dentro se preparan tapas, se alinean las jarras de cerveza que pronto, cuando se siente el primer cliente, van a circular del mostrador a la terraza. Ese fino jamón de bellota cortado con tiento de la pata con cuchillo jamonero; esas migas pastoriles, plato de pobres que ahora es joya gastronómica; el morcón, el queso, la tortilla de patatas, regado con blancos de la Vega del Guadiana. Bajando por una pendiente se llega a una de las puertas de la impresionante alcazaba, una de las más grandes y mejor conservadas. Dentro, entre jardines cuidados con esmero, el bonito edificio de la Biblioteca de Extremadura se alza bajo la sombra de una palmera aislada, bella como una escultura, y la escolta de una ermita. Y desde las almenas de la fortaleza árabe el Guadiana y sus puentes, cuatro, las terrazas de las casas de la ciudad rematadas por las antenas de televisión que se alinean a sus orillas, la torre de la catedral que parece castillo, el rumor lejano de los coches pasando sobre los ojos de los puentes. Se puede recorrer todo el perímetro de la alcazaba, que se alza sobre el cerro de La Muela, por su paseo elevado que corre paralelo a sus muros almenados. Abd al – Rahman Ibn Marwane, el fundador de la ciudad, levantó esta extraordinaria fortaleza que es una de las mejor conservadas de la época. Interesa recorrerla porque, deteniéndose en cada uno de sus baluartes, la perspectiva de la ciudad es cambiante. Por la empinada calle de San Atón, con pendientes que hacen acelerar nuestros pasos a desgana, se atraviesa un barrio humilde de casitas cuidadas y gentes que viven en la calle, que hacen de ella su patio trasero, y, por tanto, barren, friegan, cuidan ante sus hogares que mantienes abiertos a la curiosidad ajena, y se llega al Guadiana que forma islotes en su lento discurrir. Por las márgenes del Guadiana, convertidas en paseo para el disfrute de los pacenses, se corre, se va en bicicleta, a lomos de caballo, junto a ese río hermoso que es brisa. En noches de estío se abren terrazas que sirven vinos y miran a las estrellas de un cielo límpido.
El esbelto puente Real (1994) cruza el río, compitiendo con el antiguo puente de Palmas (1596), el puente de la Autonomía y el de la Universidad, los cuatro que cruzan ese camino de agua que es el Guadiana. En el río, que fluye suave hacia la vecina Portugal, islotes recubiertos de vegetación ofrecen refugio a aves acuáticas que anidan en ellos. Y de nuevo al centro de la ciudad, buscando esa gente que se levanta tarde los sábados, que pasea al encuentro de los amigos, a hacer sus provisiones en las tiendas, el frenesí comercial al que ninguna ciudad es ya ajena. Y esa luz maravillosa que se refleja en las blancas fachadas de sus casas, que hace que esa decoración de estuco color albero, con ese león sentado coronando una columna, destaque con fuerza y dé prestancia a la vivienda.
En la plaza Minayo, Miguel Ángel Celdrán, actual alcalde de Badajoz, que ha recibido el encargo de mimar ciudad tan hermosa, mandó se alzara el monumento al controvertido Godoy, príncipe de la Paz amado por unos y denostado por otros, en una actitud curiosa y elegante, con vestimenta afrancesada, sable en ristre y pisando un cañón. Un pacense ilustre que nació en esta ciudad fronteriza de la Lusitania romana bañada por la luz atlántica.

texto y fotos JOSÉ LUIS MUÑOZ

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