LA PELÍCULA

QUEMAR DESPUÉS DE LEER
Joel y Ethan Coen
¿Existe un humor judío? ¿Hay alguna característica que una a todos los cineastas de esa cultura? Es una pregunta que me hago a raíz de ver la última película de los Coen, la desternillante, de principio a fin, Quemar después de leer, concebida inmediatamente después de la seria No es país para viejos con la que comparte, sin embargo, andamiaje genérico: ambas son cintas negras. Pues yo creo que sí, que hay un nexo de unión entre los hermanos Marx, los abanderados de ese humor que no dejaba títere con cabeza, que se reía de si mismo, de lo más sagrado, que disparaba contra los poderes públicos con la impunidad de hacerlo con una gracia absoluta, que cultivaban un tipo de humor inteligente, y el cine que hace Woody Allen, cuando está inspirado, o los Coen, cuando dan en la diana.
Ozzie Cox (John Malkovich), un analista que es despedido de la CIA a causa de su carácter y su adicción a la bebida, decide, para vengarse, escribir sus memorias, con toda su experiencia en la Agencia, en un CD. Su mujer Katie (Tilda Swinton), que se entiende con el agente federal Harry Pfarrer (George Clooney), un adicto a las citas a ciegas que está casado con una exitosa escritora, le roba el CD, que llega a parar a unos empleados de un gimnasio, Chad (Brad Pitt) y Linda Litzke (Frances McDormand), una mujer con crisis de autoestima cuya obsesión es cambiarse de arriba abajo con la cirugía plástica y que cree que el CD, con una serie de claves ininteligibles, le servirá para chantajear a la CIA o para venderlo a los servicios rusos. A partir de ese momento se desencadena una serie de desaguisados en los que los caminos de todos los protagonistas se entrecruzan ─Linda Litzke y Harry Pfarrer coincidirán en una de sus citas a ciegas ─ y la CIA actuará de enterradora de los cadáveres que van dejando por el camino unos personajes que se engañan unos a los otros y son a su vez engañados. Un guión perfecto que avanza a un ritmo sincopado sin dar respiro, brillantemente puesto en imágenes por los Coen ─ esos planos, a pie de suelo, por ejemplo, de los agentes de la CIA recorriendo los pasillos de su sede central ─, interpretado por excelentes actores que aquí están en estado de gracia ─ tanto Brad Pitt, en uno de sus más insospechados registros de adicto a las pesas y a las bebidas isotónicas, como Frances McDormand, George Clooney, que explota su lado más hilarante─ cuando, en el parque, en uno de sus encuentros con Linda Litzke, cree que todo el mundo le espía y ella mismo lo es ─, o John Malkowich, que mueve a risa aunque tenga siempre el ceño fruncido, dispare o clave un hacha en la cabeza del infortunado dueño del gimnasio ─ y que tiene momentos cumbres, dentro de una serie de gags ininterrumpidos salpicados pos diálogo chispeantes, como cuando Malkowich se enfrenta a los bisoños chantajistas Pitt y McDormand, que le llaman por teléfono para pedirle dinero por el CD perdido, o la cara de absoluta estupefacción con que el jefe de la CIA va recibiendo los sucesivos informes de los desaguisados que se cometen por un CD que a nadie, ni a ellos ni a los rusos, interesa, para colmo de los absurdos. ¿A qué película me recuerda la paródica gansada Quemar después de leer? Pues a Sopa de ganso, de los maravillosos hermanos Marx, aunque siga prefiriendo el original. ¿Son los Coen sus herederos? No lo sé, pero desde luego han bebido en sus fuentes. JOSÉ LUIS MUÑOZ

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