PAISANAJE

LA CHICA DE PATÁN

Cuando estuve en Patán, una ciudad geminada de Katmandú a la que se accedía previo peaje ─ sus maravillas arquitectónicas estaban al aire libre, en una enorme plaza, por lo que entraba dentro de la lógica que para acceder al espacio en el que se concentraba la mayor parte de los espectaculares templos de la ciudad hubiera que pagar una entrada que servía para dos días ─, una cohorte de vendedores ambulantes, de la más diversa ralea, me seguía los pasos intentando venderme lo que llevaban. Discretos, sin demasiados aspavientos, los hombres y mujeres/ tienda me rodeaban y me mostraban lo que vendían murmurando su precio en un inglés tan malo como el mío.
De forma rutinaria, mientras tomaba fotos del entorno, negaba moviendo de derecha a izquierda la cabeza y sonreía, señalando los bolsillos de mis pantalones vacíos, para indicar mi precariedad de fondos, sin que ello desalentara a mis persiguidores de ambos sexos que, eso sí, tenían unas extraordinarias dotes de fisonomistas y no parecían dispuestos a perderme en todo el día aunque desapareciera en el interior de las edificaciones y saliera por puerta distinta de la que entrara.
Empezó a llover de forma abundante y maldije el mal tiempo, porque con sol las instantáneas podían quedar espectaculares, pero con ese cielo gris la belleza de ese entorno, un muestrario de la armoniosa y variada arquitectura nepalí, quedaría deslucido. En mi deambular que me llevó a templos, a majestuosos patios interiores de bellísimas casas palaciegas, que albergaban patios interiores y arcadas sobre columnas y dinteles de madera profusamente ornados, y a museos─ las piezas en latón y cobre de una inesperada exposición en el anejo de un restaurante eran de las que quisiera para mi vitrina, en el caso de que la tuviera ─, comprobé que una nepalí, tan bella como menuda, una autentica porcelana de delicados miembros y rostro perfecto, me seguía los pasos con una sonrisa en los labios y las muñecas de sus manos convertidas en colgadores de donde pendían multitud de collares de piedras de colores que quería venderme y cuyo precio susurraba con una voz tan dulce como sus ojos. No pude por menos que mirarla. La naturaleza había sido muy generosa con esa muchacha que no sólo era bellísima sino que desprendía dulzura y se movía con una elegancia innata, con la suavidad del terciopelo. Algo debió ver en mi mirada, seguramente mi arrobo, porque no me perdió de vista durante todo el día, esperó a que comiera, pacientemente apostada a la puerta del restaurante, soportando la lluvia que caía de forma incesante, y me siguió una vez hube acabado, inasequible al desaliento y al sol que entonces se había abierto paso entre las nubes en sustitución de una lluvia pertinaz que me había acompañado durante toda la visita para aguármela.

La plaza, con sus monumentales templos piramidales a los que se accedía por enormes escalinatas talladas en la piedra, las delicadas esculturas de Buda en todas sus advocaciones posibles, imágenes de animales sagrados, toros y vacas fundamentalmente, pero también del dios mono y del dios rata, y monstruos diversos como gigantescas gárgolas, conformaban una abigarrada estampa de una época pretérita en donde mi cámara capturaba, al azar, figuras de entre el gentío. Di con un santón de largas barbas blancas y gafas de sol que permanecía sentado con las piernas cruzadas ─mi intento por imitarle, posteriormente, en un restaurante típico, me alertó de la torpeza de mis miembros inferiores: no puedo cruzar las piernas ni sentarme en la posición del loto, carezco de la flexibilidad pertinente ─; con un grupo de nepalíes con la testa coronada por turbantes que, recostados contra una pared de ladrillo de una casa noble, charlaba animadamente; con una anciana que fumaba lo que parecía un canuto de hierba en recuerdo de épocas pasadas ─ es muy difícil descubrir a un hippie en el maoísta Katmandú actual, aunque la droga circula sin problemas y la ofrecen a los turistas─, e infinidad de porteadores, de edad avanzada, que transportaban, en enormes cestos sujetos a la frente con cintas, cargas desproporcionadas a su tamaño. Y ella, la bella nepalí, que asomaba de cuando en cuando al objetivo de mi cámara y me seguía como el león que ha seleccionado su presa y sabe que, al final de la jornada, será suya.
A medida que avanzaba la tarde y no conseguía vender ninguno de los bonitos collares que colgaban de sus muñecas, la joven bajaba su precio en rupias mientras cruzaba su mirada con la mía. Empleaba, sin reparo, todas las artes de la seducción femenina. Ella era muy consciente del efecto que causaba en mí y sabía que tarde o temprano iba a sucumbir, seguramente porque no era el primer extranjero al que engatusaba con su coquetería y encanto oriental. Salí de la plaza y me interné por una serie de callejones pintorescos y poco frecuentados, y la muchacha siguió mis pasos, a discreta distancia. Cada vez que me volvía me encontraba con su mirada y su sonrisa y era realmente imposible esquivarla y no corresponderla. Tanto ella como yo sabíamos en que iba a acabar todo aquel juego. A las cinco de la tarde, di la partida por perdida y cogí un par de collares que colgaban de sus muñecas. Pagué lo que me pidió a cambio de que me dejara fotografiarla. Con el lenguaje de los gestos ─ cuando alguien se quiere comunicar, sobra el idioma ─ le indiqué mis intenciones mientras alzaba la cámara de fotos. Y esa nepalí, de limpia mirada y bonita sonrisa, posó para mí como la más consumada profesional. Una vez efectuada la venta, desapareció, se perdió de nuevo en la plaza, ya no se hizo la encontradiza conmigo y se dedicó a la pesca de otro extranjero. Al fin y al cabo, me dije con un tono de decepción, apenas valgo un puñado de rupias.
No sé si a estas alturas seguirá vagando, a pleno sol, por la plaza de Patán o bien habrá encontrado un príncipe que la haya retirado de su cansino oficio de vendedora ambulante.
Quiero soñar que ha encontrado un fotógrafo de más valía, lo que será fácil dadas mis escasas dotes y lo parco de mi equipo fotográfico, que se habrá enamorado de su rostro, un diseñador de ropa que se haya fijado en sus proporciones perfectas para vestir en su percha sus creaciones, o un cazatalentos cinematográfico decidido a explotar la belleza de sus facciones en primeros planos: la escasa estatura nunca ha sido un problema para una actriz. Mientras, me la guardo como posible portada de una novela de tema oriental que espera en silencio su turno en uno de mis cajones, y si finalmente la publico, correré a esa plaza de Patán a ofrecerle uno de los ejemplares firmados.
Texto y fotos José Luis Muñoz

Comentarios