LA FIRMA INVITADA

Este relato, conmovedor, pertenece a la serie de cuentos que escribió hace algún tiempo sobre la emigración canaria hacia América, más concretamente a Cuba, y que tituló los Cuentos del Valbanera. El cuento fue publicado dentro del libro de relatos "Maneras de morir", editado por la Diputación de Badajoz y el Ayuntamiento de Montijo, a raíz del premio González Castell, en el año 2000. José Antonio Leal Canales, cacereño, su autor, acaba de ganar el premio de novela Ciudad de Badajoz.
Las ilustraciones que acompañan el relato son cuadros de artistas cubanos y grabados de época.

AUNQUE TÚ NO ME OIGAS
José Antonio Leal Canales

Tú no puedes entenderlo, pero he sentido un gran alivio cuando he visto en mi piel, en mis brazos, también en mis pechos, las mismas manchas rosáceas que aparecieron en tu vientre. Ahora ya nadie podrá separarnos porque llevamos sobre nuestros cuerpos la misma marca, la indeleble huella que nos mantendrá unidos a través de los tiempos. Desde la tristeza te lo cuento, aunque no me oigas, Antonio, aunque tus ojos ya no puedan ver las lágrimas que apenas se deslizan sobre mis mejillas, porque ya no me quedan fuerzas para llorar siquiera.
Él no tuvo la culpa. No sé lo que daría por poder decirle lo que ocurre, antes de que su imagen se nuble en mi mente. No quisiera que este dolor que habremos de causarle lo atormente el resto de su vida.
Aún recuerdo aquella tarde, cuando lo vi por primera vez en el salón de baile. Llevaba una camisa blanca y desabrochada, mostrando el color moreno de su pecho, y esbozaba una sonrisa abierta y blanca que quise desde el primer momento que fuera mía. Era un domingo festivo, el día gordo de San Telmo, el patrón de La Rocosa. Un día feliz de procesiones, liturgias, borracheras y bailes. Dios mío, de eso no hace tanto tiempo. La gente que abarrotaba el local de don Tulio no fue obstáculo para que él y yo supiéramos desde el principio que nos pertenecíamos, que habíamos nacido el uno para el otro. Son cosas raras, misterios del amor que tú no entiendes, hijo mío.

Acepté a la primera su invitación, aunque bailar yo no sabía. Ni él tampoco. Pero cuando apoyó su cuerpo de hombre sobre mis pechos sentí por dentro un fuego que me llegó al alma. Luego todo lo hicieron las estrellas. No es posible que fueran las mismas estrellas que ahora, lentamente, han empezado a salir en el cielo. Durante nueve noches conté las estrellas, una menos cada día hasta llegar al momento en que no tuve que contarlas porque él vino a por mí. Parece que lo estoy viendo. Se quitó el sombrero y miró arriba, a la ventana desde donde yo le había esperado durante nueve noches. Anhelante y temblorosa, tuve que hacer un gran esfuerzo para no lanzarme desde la misma ventana a sus brazos. Cómo podrías entenderlo.
Luego todo sucedió de prisa. Él trabajaba en los campos del conde, el cacique que exprimía como limones de carne la sangre de los jóvenes de La Rocosa. Toda la isla era del Conde. También el abuelo trabajó toda su vida en las plataneras del Conde. Allí mismo, sobre la marcha, aprovechando el descuido de los capataces, le pidió mi mano. Mi padre me lo dijo aquella tarde, sin pararse a mirar si a mí me apetecía. El Antonio te pide en matrimonio, y a mí me parece que es un hombre honrado, me dijo, al tiempo que cenaba, mientras yo, asomada en la ventana, había empezado a contar las estrellas que habrían de llevarme a sus brazos. Sí padre, le dije, sin más palabras, sin mostrar siquiera mi contento, porque no está bien visto que las mujeres manifestemos alegría por estas cosas.
Nos casamos muy pronto y nos quedamos a vivir con el abuelo, hasta que pudiéramos tener una casa para nosotros. La culpa de que se fuera la tuvo el conde.
Volvía a casa tarde y cansado después de una jornada dura de trabajo en las plataneras, pero era feliz a mi lado, cuando recostaba su cabeza sobre mi pecho o trataba de notar el movimiento de tu cabecita, apoyando la palma áspera de su mano sobre mi vientre abultado. No pudo conocerte. Sólo el recado de que te pusiera su nombre nos dejó cuando tuvo que marcharse a América. Llegó un día con unos papeles que anunciaban la partida del vapor para Cuba. Otros ya se habían ido antes. A partir de entonces no tuvo descanso. Vendió lo poco que teníamos y decidió emprender la huida para buscar la dignidad en otra parte. Si las cosas iban bien, nosotros lo seguiríamos más tarde.
Parece que aún lo estoy viendo descender los bancales con la maleta de cartón duro sobre los hombros. Abajo lo esperaba la lanchita del tío Julio, amarrada en el muelle de La Rocosa, entre las aguas verdes. Se paró un instante para mirar el volcán de Isla Grande, y luego volvió su vista a los bancales, a las tierras pardas que dejaba, lo único que había conocido desde siempre. Luego nos miró a nosotros. Yo tenía los ojos inundados en lágrimas y el abuelo levantó la mano derecha muy despacio, con el gesto ceñudo de los que ya han perdido la esperanza. Le dije adiós también por ti, pues noté en el vientre el movimiento, la señal que le hacías. No puedo saber si en ese instante él se secó una lágrima o se limpió el sudor. Desde tan lejos no lo veía. Por otra parte, jamás lo vi llorar. No está bien visto que lloren los hombres.
Para cuando llegó su primera carta tú ya habías nacido. Todo en ella giraba sobre ti, que cómo eras, que a quién te parecías, que si te habría salido un diente. Lo imaginaba escribiendo a la luz tenue de una bombilla en una pensión de mala muerte en La Habana, afanándose en el trazo de su letra gorda, difícil y apretada en los bordes, como de quien no fue nunca a la escuela, pues a los ocho años empezó a trabajar en las tierras del conde. Para qué le habrían de servir las letras en las plataneras, donde sólo sirven los machetes y el sudor. Decía que estaba bien, después de un viaje que había durado más de un mes, hacinado entre tantos otros que, como él, habían partido para buscar un trabajo más digno. Comentaba que los habían retenido antes en Ciscornia, una especie de prisión adonde iban a parar todos los emigrantes, hasta que al gobernador de la provincia se le ocurría dar el permiso de trabajo. Pero me decía que yo no tenía nada que temer, que a nosotros no nos llevarían allí, porque ya estaba solucionado el problema y ahora recibían a los emigrantes con los brazos abiertos. Había empezado a trabajar en un ingenio azucarero y el trabajo era duro. Pero no tendría que esperar mucho para mejorar la situación. Pronto tendría pagado el pasaje del barco y cobraría por fin un salario. Nada deseaba más, según decía en su carta, que nuestra llegada. Ahora se sentía solo, pero los comienzos son duros en todas partes. Decía en su carta también que cuando tenía permiso se iba por el puerto, a emborracharse en las tabernas para olvidar. Como iban varios de las islas, cantaban todos juntos las coplas de la tierra: esta noche no alumbra la farola del mar, o para el vuelo golondrina, ya se sabe, canciones que cantan los hombres en las fiestas, pero que son muy tristes. A mí se me pone en la garganta un nudo que no me deja pasar la saliva, como si me ahogara, cuando las escucho. Todo esto decía en la carta, cuando se desviaba de sus preguntas obsesivas, que ésas, Antonio, eran todas para ti: que si dormías mucho, que si eras comilón como él, que ya te había comprado un regalo -un sonajero, dijo- en el puesto de baratijas de un isleño, que es como llaman allí a los de nuestra tierra. Lloré cuando don Magín, el maestro, nos leyó la carta. El abuelo lo llamó para que nos la leyera, porque yo leo muy mal, me encasquillo con las letras. Pero don Magín sabe leer muy bien, con firmeza, no se equivoca nunca, y pronuncia las palabras como si las sintiera. El abuelo lo escuchaba con la boca abierta, y él de repente se paraba y nos miraba al abuelo o a mí, como para ver si estábamos entendiendo. Y luego seguía. Nos leyó la carta hasta tres veces, para que nos enteráramos bien de las condiciones del viaje, de este viaje, Antonio, que ya no emprenderemos nunca. Estoy deseando que vengáis para poder abrazarte, a ti Candelaria, que te echo de menos, y al niño que no conozco pero me imagino a cada instante. Eso fue lo último que dijo.
Cuando nos enteramos de la fecha comenzamos los preparativos de este viaje que ya no irá a ninguna parte. Nos trajo el tío Julio, igual que a tu padre. Con el vaivén de las aguas sobre la lanchita te adormeciste sobre mi pecho, igual que ahora. Ni siquiera te enteraste del viaje. El tío Julio es poco hablador, como buen marinero, un hombre acostumbrado desde siempre a la soledad del mar. Nos dejó en la playita de Santa Teresa, para no meterse en el laberinto del puerto, según dijo. Luego anduvimos durante toda la noche hasta llegar aquí. Durante varios quilómetros, que se me hicieron eternos, te traje a ti en un brazo y con el otro traje la maleta, donde aún guardo la poca ropa que te tengo.
Nunca había visto tanta gente en ningún sitio. Ni siquiera en el pueblo cuando nos juntábamos para una boda. Era tanta la gente que me encontraba perdida. Los que somos de lugares pequeños nos encontramos mejor en los sitios vacíos. Pero toda esta gente desconocida me causó terror. Yo noté que tú también lo sentías y a veces llorabas, como si me pidieras una explicación con tu llanto. No podías entender tanto alboroto, tanto ruido. Procuré calmarte, mientras preguntaba asustada a la gente adónde habría de entregar la comendaticia que me había firmado don Isidro, el cura, y los papeles del alcalde. La gente aquí no era amable, al principio, apenas te señalaban hacia el lugar con el dedo, sin mirarte, y otros ni siquiera contestaban. Todos estaban en el muelle por la misma razón. Esperaban la llegada del barco que habría de llevarnos a América. Había también otros niños, incluso algunos más pequeños que tú, Antonio. Eso me consoló. Me alegré cuando los vi, porque no era la única madre que sufría en mis carnes el suplicio de verte en este trance.
Luego, una vez que nos hicimos un hueco y pudimos acomodarnos, la gente cambió de aspecto. Parecían más humanos. Iban también a América, como nosotros, Antonio. Todos habían colocado sus equipajes en el suelo y alrededor de sus arcones y de sus maletas vivían, vigilantes a sus posesiones igual que al horizonte, por donde habría de aparecer el barco.
Sin embargo, pasó la fecha, anunciada tantas veces como desmentida, y no llegó ningún barco. Siempre el mismo horizonte vacío y las gaviotas que bajaban al puerto para comer los excrementos. Los hombres hablaban de una guerra y fumaban sus cigarros con la mirada perdida en el horizonte. Cada día que pasaba me preguntaba si vendría el barco, igual que todo el mundo, y sobre todo me preguntaba si me devolverían el dinero del pasaje que tanto sudor nos había costado ahorrar. Nada más llegar entregué el sobre en la caseta del consignatario, todo el dinero que traía. El hombre me acercó un papel para que lo firmara, sin darme explicaciones. Como leer no sabía, dejé que me llevara el dedo sobre la cajita azul de tinta y apoyara luego éste en la base del escrito. Noté su mirada entre mis pechos como un escalofrío. Luego te hizo una caricia, Antonio, e intentó mostrarse amable conmigo. Tenía buen aspecto y al principio me dio confianza. No todos los hombres son capaces de acariciar a un niño. Me preguntó tu nombre y supo de tu padre, de su estancia en Cuba, de los motivos que nos llevaban a América.
Fue después de tu primer vómito, cuando ya la fiebre te tenía prisionero y habían aparecido por tu cuerpo las manchitas rojas, cuando se presentó en el muelle, donde yo te tenía entre mis brazos y trataba de calmar tu llanto. Se dirigió a mí con mucha educación y me presentó al doctor, un hombre muy mayor que llevaba una cartera de cuero muy vieja. Él nos dijo que no podrías seguir aquí, en el suelo, en medio de tanta gente, expuesto como estabas a coger infecciones, y me recomendó que te llevara a algún lugar más protegido, donde pudieras estar a salvo del calor. Le dije que esperaba al barco y entonces supe por don Siro, que así se llamaba el consignatario, que quizás la cosa se retrasaría, que había estallado una guerra en Europa y por esa razón ahora no venía ningún barco.
Me ofreció su casa, no lejos del puerto, y me presentó a su esposa. Era una mujer que parecía estar enferma, con grandes ojeras, que seguramente era mayor que él. Se lo agradecí y acepté la invitación por ti, Antonio, porque veía que no estabas bien, que vomitabas la leche de mis pechos apenas te la daba y, sobre todo, porque allí podría verte el médico. Por fin, gracias a su generosidad, podrías dormir en una cama y recuperarte, en tanto llegaba de una vez el barco que habría de llevarnos junto a tu padre.
Aquella misma noche utilizó tu llanto como excusa para presentarse en la alcoba. Se interesó por ti, en tanto yo trataba de cubrirme los pechos con las sábanas. Poco a poco se fue acercando a nosotros. A pesar de su amabilidad, me di cuenta enseguida de sus intenciones. No encendió la luz, ignorando que yo se lo pedía. Se acostumbró en un instante a la oscuridad de la alcoba y, bordeando la cama, en tanto aparentaba consolarte, se fue acercando a mí. No es nada, no es nada, me decía, intentando tranquilizarme, al tiempo que se acercaba, sudoroso y encendido. Posiblemente habría bebido porque al acercarse a mí le olí la boca ebria y vi el brillo de sus ojos. Inútilmente intenté una débil protesta, cuando apenas yo sabía si tendría el valor suficiente para acariciarme, pero apenas un quejido débil escapó de mis labios, ya ocupados por la fuerza de los suyos, invadida ya mi boca por una lengua gorda y pastosa. Conseguí gritar a pesar de su fuerza, con la esperanza de que lo oyera su mujer en el cuarto de al lado y viniera en mi ayuda. Tal vez por ese motivo se apartó de mí, en tanto yo recogía enfurecida las cosas que había sacado de la maleta y te envolvía en el cobertor, antes de salir de aquella alcoba impura para entregar tu llanto a la noche.
Volví asustada al muelle, tratando de localizar el mismo sitio donde habíamos estado, sin escuchar el reclamo del hombre que nos siguió unos pasos suplicando que volviera. Nuestro antiguo lugar había sido ya ocupado por otros que habían extendido por el suelo sus útiles, sus arcones y maletas, y dormían con la inquietud bajo el brazo el corto sueño de la esperanza. El muelle estaba ocupado en su totalidad por cuerpos dormidos y se oían toses resecas y llantos de niños que hacían de coro a las olas que se batían contra los arrecifes. Te notaba intranquilo, Antonio, latiendo tu corazón asustado contra el mío, que no lo estaba menos. Como todos los que allí esperaban, yo también deseaba la llegada del barco, pero tu llanto intermitente, tu rechazo a tomar el alimento que sin pudor te ofrecían mis pechos desnudos, o el vómito repentino cuando conseguía que tomaras la leche caliente, me tenían asustada. Necesitaba que te viera un médico, pero nada podía hacer por conseguirlo. Ni siquiera sabía adónde habría de ir de madrugada, cuando te subió la fiebre de golpe y me quemó tu cuerpo.
Hubo rumores en la mañana y sonidos de cascos de caballos sobre los adoquines del muelle, que despertaron a los que aún dormían. Se echaron pregones ordenados por el gobernador de Isla Grande. Decían que el barco no vendría; que habría que salir del muelle por orden del gobernador; que había estallado una guerra en Europa.
También se habló del tifus. Palpé tu vientre entonces y estaba muy tenso. Apenas levantabas la cabeza para mirarme, ni siquiera cuando trataba de sonreírte, de hacerte alguna gracia, una cosquilla, cualquier cosa que distrajera tu atención, como hacía antes, cuando me devolvías en seguida un manantial fresco de tu risa. Fue entonces cuando levanté tu blusita y vi por todo tu cuerpo estas manchitas rojas, dibujos en la carne, por el pecho, en el vientre, en las nalgas, como si un dios caprichoso y cruel te hubiera tatuado torpemente.
Busqué desesperadamente al médico del puerto. No estaba, y nadie sabía dónde podría buscarlo. Entonces dejé la maleta donde estábamos y contigo en brazos subí al Barrio Alto. Llamé a las casas que no me abrieron, escuché desde las ventanas las duras palabras que me advertían de la mendicidad prohibida, y los golpes en las puertas que se cerraban tras escuchar mi llanto. La noticia de que el tifus se extendía desde el muelle había llegado muy de prisa al Barrio Alto. Nadie quería saber nada de los que de allí veníamos, ni había médicos que pudieran encargarse de los muchos enfermos que mendigaban una curación en la ciudad.
Miraba desde aquí, difuminada en la calima, la silueta de La Rocosa, y hubiera dado mi vida por volver sobre los pasos, si el tío Julio pudiera haber escuchado mi llanto. Y pensaba también en el abuelo, que se había quedado solo en nuestra casa colgada sobre el barranco, y nada sabía de nosotros. En ese trance estaba cuando alguien abrió una ventana y me llamó. Me preguntó por ti, que cómo estabas. Te ofrecí a la señora abriendo la ropilla para que pudiera ver desde arriba las manchas rojizas de tu piel.
Me señaló una calle más arriba, y me dio las indicaciones precisas. Era una casa grande, antigua, con un jardín delante cubierto de césped, que regaba un hombre negro. Él mismo me abrió la puerta y me indicó la entrada a la casona antigua. Tuve que esperar algún tiempo antes de que saliera el doctor, pero me pareció una gran ventura que pudiera atenderme. Tuvo que compadecerse de nosotros, porque nos miró desde la tristeza, después de levantarte la camisa y mirarte con una lucecita entre los ojos.
Siento decirle que es el tifus, señora, me dijo, y escribió en un papel el nombre de las medicinas que debería darte, mientras me indicaba la dirección de la botica. Supo desde el principio que no tenía dinero para pagarle, porque ni siquiera me dejó decirlo. Corrí con la fuerza que me permitieron las piernas hacia aquel lugar, contigo en los brazos. Era una plazoleta donde se agolpaban en desordenadas filas muchos hombres y mujeres, algunas con niños en los brazos, como yo misma. Pregunté si era allí la botica y me respondieron que así era. Pero también me dijeron que no servían medicinas sin dinero, pues de sobra ya sabían que muchos no llevaban encima más que lo puesto, y todo el mundo andaba alarmado con el rumor de la extensión del tifus. A los indigentes nos remitían al muelle, donde decían que había bajado un médico de urgencias, puesto por las autoridades, para atender a los emigrantes. Pero casi nadie hacía caso de esta razón.
La extensión de la enfermedad había desbordado las previsiones y en la botica dijeron que no quedaban medicinas. Luego cerraron las puertas.
Entregada al dolor de ver cómo te devoraba la enfermedad, bajé de nuevo al muelle por si fuera cierto lo que decían. Habían habilitado la propia caseta del consignatario y algunos médicos se repartían entre la gente, tratando de atender, entre el delirio, a los muchos que ahora los reclamaban. Conseguí que nos hicieran caso, cuando por fin te vieron las manchas extendidas sin solución sobre tu cuerpo. Te tendieron en un lecho de mantas oscuras y te observaron. Fue entonces cuando no sentí la fuerza de mis brazos, aligerados de tu cuerpo, ni calor en mis entrañas. Tuve que apoyarme sobre la pared de la caseta para no caerme, mientras alguien te cogió envuelto en una sábana y te llevó adentro. Al menos ahora estabas en las manos de un médico, y creí encontrar entonces el consuelo que no había tenido.
Ni mi esperanza ni mi reposo pudieron durar mucho. Apenas unos minutos después salió a buscarme una monja, que oficiaba de enfermera, para traerte de nuevo a mis brazos. Me dijo que tuviera fe, que te habían puesto una inyección que te reanimaría, pero al mismo tiempo que sus palabras, sentí en el alma la punzada de su mirada de lástima.
Esperé. Durante mucho tiempo esperé sin esperanza en la sala abarrotada de enfermos que habían desbordado ya el trabajo de los dos o tres médicos. Luego algunos hombres llegaron con parihuelas tristes, arropando con mantas a quienes querían ser trasladados al hospital de pobres. Hay muchas maneras de morir, Antonio, aunque tú ya no lo sabrás nunca. Palpé tu cuerpo enrojecido y vi que todo en ti era síntoma de muerte. Tu pequeño corazón ya no latía. Tus ojos tan abiertos habían dejado de ver. Yo misma te los cerré para que desde el otro mundo no siguieras contemplando más muertes. Y ahora sigo aquí, sin llorar ya siquiera, hablándote, acunándote en mi pecho, que ha empezado, como el tuyo, a enrojecer. Mi única esperanza es que no descubran que estoy hablando a un cadáver. Por eso te hablo, Antonio, para que crean que estás vivo, mientras contemplo el extenso horizonte, calimoso y desierto, y espero a que me llegue a mí también la muerte, para que nadie pueda separarme de ti.

Comentarios