PAISAJES


EL LENGUAJE DE LAS OLAS
EN LA ISLA DE HIERRO
Texto y fotos: José Luis Muñoz


El océano es engañoso e imprevisible. Las islas tienen dos caras. En una se muestra amable; en la otra, en cuanto se dobla la punta, muestra su descarnada ferocidad, capaz de engullir barcos y personas, de golpear con puño de hierro las rocas y hacerlas saltar por los aires. La naturaleza vive, respira, se enfada según su estado de humor.
Cuando salgo, bien de mañana, del Parador Nacional de Hierro ─ hay que agradecerle a Fraga Iribarne que decidiera, a bordo de un helicóptero, ubicarlo caprichosamente en una de las zonas más abruptas de la isla, encajonado entre una gigantesca y amenazante montaña, que parece vaya a derrumbarse sobre el edificio, y una playa de cantos oscuros cuyo continuo rumor seda al estresado huésped que, en menos de veinticuatro horas, deja de estarlo ─ luce sol radiante que riela sobre aguas mansas y el Roque de La Bonanza, uno de las arquitecturas naturales más retratados de la isla, se recorta, oscuro con su arco perfecto, sobre un fondo de mar que titila con millones de luces como un espejo infinito cegado por el foco del sol.
Me detengo cinco minutos a la entrada del túnel de dirección única de la carretera que muere en el Parador─ ayer fueron casi quince, porque no sitúe el coche debidamente sobre la zona del asfalto rayado y el semáforo rojo no viraba nunca al verde al no detectarme ─ y sigo camino por una desierta y escarpada carretera que cruza Timijaraque, población de pescadores, atraviesa un túnel, éste sí, de dos direcciones, deja el Puerto de la Estaca, con el muelle vacío que espera el ferry de la naviera Armas, a mis pies, se retuerce por montañas en una subida imparable y tortuosa y pasa de largo Valverde, la minúscula y bella capital isleña envuelta siempre por la bruma perpetua de una nube que le tiene querencia y le impone uno de los muchos microclimas de que goza la isla.
Hay una pista sinuosa, de tierra dura y seca, que sale de Echedo y discurre por terreno árido y volcánico en donde, sin embargo crece un montón de plantas endogámicas tan bellas como extrañas, que lleva a Charco Manso, pero el Charco, no bien me bajo del coche, es todo menos manso. Está su piscina natural ─ Hierro no dispone de playas, pero si de hermosas charcas rellenadas por el mar tempestuoso en donde nadar es un privilegio de los herreños y sus escasísimos, por fortuna, visitantes ─ batida por las olas espumeantes por lo que es de suicidas intentar el baño, aunque el calor aprieta. Permanezco, durante minutos, absorto, contemplando ese continuo vaivén de olas que rompen contra acantilados negros de lava esculpidos por miles de años de tormentas que han suavizado sus aristas, y sigo mi camino hacia el Pozo de las Calcosas, un curioso asentamiento pesquero formado por un puñado de casas, con techumbre de paja, que sirven ahora de villas de recreo en verano pero permanecen deshabitadas el resto del año. Una escalera tremenda, excavada en la roca, pendiente y resbaladiza, lleva al viajero hasta el fondo del barranco impresionante en donde está ese pueblo imposible, encajonado entre una pared vertical y el océano.
Allí, el mar, está mucho más bravo que en Charco Manso; las olas, que se forman mar adentro, puro mar de fondo, empiezan a ondulan a trescientos metros de la costa, se encrespan, lucen cabellera al viento y asaltan el muelle del pequeño puerto arrasándolo bajo las aguas en un continuo ir y venir. Un peñasco, en el centro, sirve para que el agua embravecida y su nube perenne de salitre, lo salten una y otra vez, forme cascadas entre su roca resquebrajada y negra, convierta olas en secos estampidos de artillería que braman sin pausa y apagan la voz de los habitantes del Pozo, si los hubiera: no hay nadie, sólo tres hombres que reparan una casa en ruinas y restituyen su tejado venido abajo y yo, testigo mudo de los elementos.
La piscina natural del Pozo de las Calcosas es barrida de forma incesante por un mar feroz que tanto la llena como la vacía, succionando toda su agua para, a continuación, rebosarla. Quien osara bañarse en ella, en segundo sería arrojado océano adentro, ahogado entre sus aguas revueltas de espuma o machacado contra las rocas. Flota en el aire, fruto de ese constante batir de olas cada vez más grandes, una nube de agua que lo baña todo en bruma y se me llenan los labios de sabor a salitre. Miro al cielo azul y busco el viento inexistente. Es como si en ese mar poderoso alguien, en sus profundidades, lo estuviera agitando para montar este espectáculo de furia.
Me acerco con prudencia al puerto, de donde ninguna barca puede salir ─ con ese estado de la mar entiende uno que una ola lo arrastre aunque pise tierra: un golpe de mar lo tumba, el otro lo succiona, el tercero lo ahoga ─, hago cientos de fotografías, porque el espectáculo lo justifica, y subo, con cautela, a la terraza de una de las viviendas abandonadas contra cuyas paredes se estrella ese océano encabronado sin que hubiera el más mínimo atisbo de viento. Y así pasan las horas, entre olas, broncos estallidos, como cañonazos, que retumban en ese profundo barranco, hasta que decido subir por esa larga escalinata hasta el pueblo habitable en donde está aparcado el coche y preguntar a dos ociosos habitantes si los dos bares del pueblo están abiertos, porque sudo la camisa, por la subida, y tengo la garganta seca y la lengua salada.
─Uno está cerrado ─y me señala una terraza en donde han dejado mesas y sillas al alcance de cualquiera (en Hierro nadie cierra la puerta de su coche, nadie retira las llaves de él, nadie cierra la puerta de sus casas y los pocos delitos los cometen los que la visitan) ─ Y al otro creo que no ha llegado de Valverde su dueño para abrirlo.
Hay en la isla otra mentalidad y otra filosofía de vida a la que uno se adapta sin remedio. Difícil es encontrar algún bar abierto, salvo en el puerto de la Restinga; más difícil todavía un restaurante donde comer; imposible comprar un libro en la única librería y papelería de Valverde que tiene una docena y vende diarios locales; complicado hacer la compra en los dos únicos supermercados de la isla cuyos habitantes, porque sin competencia los precios se encarecen, prefieren utilizar el ancestral trueque, el intercambio del atún, vieja, lenguado, bocinegro o mero ─ pero no se le ocurra pescar a Pancho, el popular pescado que deambula por las aguas del puerto de la Estaca como Pedro por su casa y es ya una institución en toda la isla, fotografiado y filmado para la televisión canaria, porque podría ser linchado ─ por papas, zanahorias, carne de cabrito o queso de cabra. Servidumbres de una isla que sólo tiene diez mil habitantes, dos semáforos, un par de supermercados, dos hoteles, algunos apartamentos, un puñado de casas rurales y algún restaurante que abre cuando su dueño quiere. Así es que me quedo sin cerveza.
Sigo camino hasta el Mirador de la Peña, justo enfrente de los Roques de Salmor, dos peñascos idénticos en forma, aunque no en tamaño, cónicos, que parecen padre e hijo, entre los que veo el barco de pesca de un conocido faenando ─ a los pocos días de estar en Hierro uno ya conoce no sólo personas sino coches y barcos que utilizan ─, y allí, en el bello restaurante mirador, completamente acristalado, diseñado por César Manrique, el embellecedor de la isla de Lanzarote, comiendo papas arrugadas con mojo rojo y bebiendo tragos de cerveza tinerfeña Dorada, a la que me he aficionado desde que estoy en la isla, contemplo el llano de Frontera, mal llamado valle, resultado de un deslizamiento de tierras, debido a un movimiento sísmico, de 300 km3 que produjo, hace 50.000 años, un maremoto con olas de cien metros de altura que debieron sacudir con violencia las costas de América. Ahora Frontera es un conjunto de caseríos alrededor de los pueblos de Tigaday, en donde se encuentra una de las tres gasolineras de Hierro, y Los Llanillos, con sus parcelas cultivadas de plátano y piña, y mi vista, porque el día es claro, llega hasta Pozo de Salud, casi en el extremo de la isla, percibe esa espuma blanca, por doquier, que de la costa va mar adentro y certifica que el mar sigue bravo.
─¿Está cerca de aquí el hotel más pequeño del mundo? ─ pregunto al camarero.
─Ahí lo tiene ─ responde, señalándolo con el dedo.
Abajo, a mil metros por debajo de mis pies, lo tengo. Gozo de la visión aérea del Hotel Punta Grande, el más pequeño del mundo, cuatro habitaciones y muchas posibilidades de salir por la noche de estampida cuando el mar se pone serio y amenaza con azotarlo.
No he visto, en toda mi estancia en la isla, más coche de la policía que un cuatro por cuatro paseando por Valverde, por lo que le pregunto al camarero, mientras le pido tres bolas de helado y un café, si hay guardia civil en la Isla.
─Una pareja. Pero no multan ─me dice ─. Los que sí multan son los que vienen, de vez en cuando, de Tenerife. Pero se alertan unos a otros cuando los ven bajar del ferry y los que no tienen carné de conducir ese día no cogen el coche hasta que no se hayan ido de nuevo.
Su explicación me anima a pedirle una copa de vino de la isla, un blanco afrutado denominación de origen Frontera. No hay muchos viñedos en la isla, y los pocos están concentrados en esta parte, en el valle del Golfo. En 1583, un británico llamado John Hill, plantó su primera viña. Luego se animaron los lugareños y, aunque el vino no alcanza la calidad excelsa de los caldos de Lanzarote, es muy agradable al paladar y entra bien.
Más encanto para esta isla salvaje, un poco la isla de Robinson Crusoe, sin fuerzas del orden, sin tráfico, sin contaminación, sin cines ni teatros, con alimentos naturales y frescos, sin delitos ─ ¿quién va a delinquir si todos se conocen y a los diez minutos lo cogen porque no hay escapatoria? ─en donde el mar se divisa y se oye se esté en donde esté y no existe una sola industria que contamine la isla, toda ella considerada espacio protegido de la biosfera.
Hay que dar marcha atrás para coger el túnel más largo de la isla, casi su única recta, en donde el coche se puede poner por primera vez a ochenta kilómetros por hora, y salir a Las Puntas. Un estrecho puente, batido por el mar por ambos lados ─ muchas veces las olas saltan por encima y hay que correr para no mojarse ─ es el istmo que une el diminuto entrante rocoso, esa minipenínsula en donde se alza el hotel Punta Grande, antiguo almacén de pesca de perfil afilado y negra piedra volcánica, con la escarpada costa de lava negra solidificada que adquiere un relieve caprichoso cincelada por el agua. Hoy el hotel está cerrado por el mal estado de la mar y sus huéspedes reubicados en otras instalaciones; ese handicap tiene el establecimiento ─ que, realmente, por sus dimensiones, debería llamarse de Punta Chica ─ a cambio de besar literalmente el océano. Entres sus ventajas, la tranquilidad, dormir bajo el arrullo de las olas y tener una buena cocina en donde son famosas sus lapas.
En una explanada, relativamente segura, me establezco y me aferro a una barandilla de madera para contemplar el ir y venir de las olas que pasan literalmente bajo mis pies, a escasos dos metros, y rompen, cada vez, con más fuerza, levantando muros de espuma. El mar hierve bajo mis ojos, revuelto, con cientos de olas que chocan entre ellas y crean unas turbulencias de las que ningún nadador, por muy experto que sea, podría sobrevivir si cayera. Siento vértigo y atracción por esa fuerza desatada de una naturaleza salvaje y viva, por ese abismo líquido y rugiente cuya belleza seduce y atemoriza a un tiempo. Hago incontables fotos a esas miles de olas que rompen contra un peñasco solitario que parece estar allí para eso, para que lo azoten, lo barran, lo sumerjan, para continuar luego, sin perder fuerza, a morir contra la costa con un estallido final de violencia. Hago fotos de las olas por delante, por detrás, obteniendo imágenes de su concavidad perfecta antes de doblarse sobre si mismas. Siento un vértigo malsano, suicida, atrayente, y aferro mi cámara con fuerza, temeroso de que caiga de mi mano y yo, en un movimiento reflejo, intente cogerla y vaya tras ella. Llego al éxtasis con esa música feroz de aguas removidas y cantos del fondo marino en sus crestas. Dejo pasar las horas y contemplo, entonces, como el agua clona el color gris plata del atardecer del cielo, como las nubes, despeñándose por encima del pueblo de Sabinosa y el Mirador de los Bascos ─ sí, con B, porque la geografía ignora la ortografía muchas veces ─, enriquecen esa marina bravía que haría las delicias de un Turner o un Delacroix e inspiraría a Debussy notas más salvajes para su suite El mar. A medida que decrece la luz, que el sol baja por el horizonte entre nubes perfectamente dibujadas en todos los tonos del negro, la textura de ese mar inquieto y poderoso se hace más sólida, hasta parecer un lago de mercurio en el que alguien haya pellizcado olas en su superficie como pinceladas de un cuadro.
Y así permanezco horas y más horas, absorto, hipnotizado, conmovido por ese espectáculo gratuito que la isla de Hierro me ofrece hasta que la oscuridad más absoluta me despierta de esa ensoñación visual y busco refugio en el coche, éste me lleva al Parador y luego me deslizo en la cama desde donde escucho el murmullo del mar, éste sí, calmo, que me adormece.

Comentarios

umbral de las voces ha dicho que…
Este hotel podría ser el escenario para una novela de terror en la cual los personajes yelacontecer mezclen algo de Agatha Christie, con un poco de Lovecraft y una oleada tipo maelstrom de Poe. Saludos y felicitaciones por tu creatividad, Antonio
José Luis Muñoz ha dicho que…
Pues tienes toda la razón, Antonio. Ese hotel, como bien dices, sería un escenario perfecto para una historia de terror y fantasmas.
Gracias por seguirme y por tus siempre acertados comentarios
Marc Muñoz ha dicho que…
Que bonitas fotos, y espectaculares. Parece que el mar vaya a engullir la propia isla
José Luis Muñoz ha dicho que…
Celebro que te gusten, Marc. Fue un espectáculo grandioso. Tienes que ir a Hierro.