sábado, 20 de noviembre de 2010

DIARIO DE UN ESCRITOR

4 de diciembre de 2010

Escribo desde estado de alarma total. Y no por el decretado por el desgobierno de este país, previo al estado de excepción y al de guerra, que todo se andará como sigamos por este camino. No entiendo nada y que alguien me lo explique, si es que hay explicación posible. En ese largo pulso entre gobierno y controladores aéreos que cobraban, leo no sé si mal, 350.000 euros anuales y se les rebaja el 40%, que no es poco, y les obliga a un máximo de 1670 horas anuales, no hay acuerdo y los controladores abandonan sus puestos de trabajo el mismo día que el gobierno aprueba un decreto ley que fija su régimen de horas.
¿Es éste el quid de la cuestión o hay algo más de fondo? En primer lugar veo que se sigue vendiendo lo público, y los aeropuertos de este país eran algo público, de la misma forma que lo hizo la derecha. AENA está dentro de ese paquete de seguras privatizaciones y por Navidad todos los aeropuertos irán a la huelga. ¿Qué vendrá luego? ¿La sanidad, la educación? Leo, también, que este desgobierno suprime el subsidio a los parados de larga duración, esos 400 euros, por lo que condena a un millón aproximado de familias a la economía sumergida, la indigencia o la delincuencia de subsistencia. Por último reformará las pensiones el día 28 de enero. ¡Bien por la política de izquierdas! Ante esta batería demoledora de medidas, todas ellas dirigidas contra su propio electorado (¡Qué ganas de perder las elecciones tiene el PSOE!), ni una sola, ni una sola, repito, contra los que más recursos detentan en este país, la banca, intocable, que seguirá acumulando beneficios y restringiendo el crédito, ni una sola para buscar dinero en la gigantesca bolsa de fraude fiscal que existe en este país (paseen los inspectores de Hacienda por los puertos deportivos y los clubes de golf), el gobierno firma ese maravilloso decreto que regula los horarios de los controladores justo el día del gran puente. ¿Torpeza? No me lo creo, sencillamente. Y los malos, los malísimos, que ni siquiera tienen voz, que ni siquiera pueden explicar sus razones, que alguna tendrán aunque sean muy malos, malísimos, me imagino, esos señoritos controladores de mierda que se atreven a ganar tanto como esos malditos consejeros de mierda de los bancos, por ejemplo, o esos consejeros de mierda que están chupando de doscientas empresas por calentar el culo del asiento una vez al mes. Los controladores son tratados poco más o menos como los terroristas de Al Qaeda, militarizados, y deberán responder ante un consejo de guerra si no se incorporan al trabajo. ¡Joder! ¡Qué duro se ha puesto, de pronto este gobierno! ¡Qué inmensa cortina de humo! Tanta como un 11 S incruento. Y hasta se insinúa que el PP está detrás de este golpe de estado.
Curiosamente todo esto tiene lugar al día siguiente de que Pimpinela Escarlata, Julián Assange, el hombre para el que Sarah Pallin ha pedido drásticamente que sea considerado como un terrorista y eliminado de la faz de la tierra ─ maten al mensajero y olvídense del mensaje que implica un buen número de delitos ─ destapa los vergonzosos contactos entre varios ministros del gobierno socialista ─María Teresa Fernández de la Vega, Rubalcaba, Moratinos ─ y el fiscal general del estado, Conde Pumpido, con el embajador de Estados Unidos para que se desactiven todos los procesos abiertos en España para investigar el asesinato del periodista Couso, las torturas de Guantánamo y los vuelos secretos de la CIA. La respuesta de Rubalcaba es inteligente: La justicia española es rabiosamente independiente. Por suerte, aunque un juez rebelde como Garzón haya sido apartado por molesto. La hecatombe aeroportuaria ha sepultado la vergonzosa noticia y los implicados por los papeles de Wikileaks pueden respirar tranquilos. ¿Casualidad? Se olvidarán de ellos.
Mientras 600.000 pasajeros se quedan sin sus vacaciones, algo intolerable y doloroso, y me pongo en la piel de ellos y me maravillo por su aguante, y un millón de familias se queda sin nada para subsistir, algo abominablemente peor pero que no tiene esa visualización espectacular que esos miles de pasajeros atrapados en los aeropuertos porque cada uno está en su casa, si es que la conserva y no se la ha quitado el banco. Los sueldos astronómicos de los controladores alguien se los puso, imagino, alguna administración fue la responsable de ello.
Privatizar AENA está dentro de esa estrategia voraz e insaciable del capitalismo que se ha quitado todas las máscaras y va a por todas porque un gobierno pusilánime deja hacer todo, vende el estado de bienestar a precio de saldo. No sé si sufro alucinaciones pero también oí que querían privatizar las loterías del estado, que es un chollo para la hacienda pública. Si tuviera cash las compraría yo. Privaticen la sanidad, por favor, ¡pero ya!, que tengamos que vender nuestras viviendas para pagar las operaciones, que tengamos que morirnos a las puertas de los hospitales porque no tenemos con que pagar nuestra asistencia sanitaria. Privaticen las universidades, porque hay que hacer negocio de la educación, que los alumnos tengan que pedir préstamos para ser educados y media vida trabajen gratis para amortizarlos. Y bajen el salario mínimo, acaben con las pensiones y los pensionistas, mátenlos por vivir más de la cuenta. Y con los controladores hagan lo que harán con Julián Assange, liquídenlos, porque son los malos de toda esta película, o línchelos, porque esta sociedad tiene ganas de ello, de linchar a alguien aunque se equivoque de enemigo.
Y la información que dan todas las televisiones, todas, simple basura sin análisis alguno. ¡Mierda de país! En este mundo bipolar sólo hay dos colores, blanco o negro, sin matices.

29 N 2010

Sigo con mis ataques de ansiedad. Será la crisis. De los sesenta. A los cincuenta, y mira que hace años, me sentí morir. Escribí una novela para exorcizar ese temor ¿irracional? Cuando me aproximo a los sesenta tengo más motivos para tener ese temor. Quizá por eso no duermo. Y, en mis noches de insomnio, escucho el batir de mi corazón con el temor de que enmudezca.
Quizá no duermo porque crea que entregar horas al sueño sea un lujo que no puedo permitirme. Me lo digo mientras miro los 35 libros que tengo pendientes de leer. Nunca había leído tanto. He de retrotraerme a mi época de pantalón corto y mis viajes en el autobús 21, media hora desde mi casa de la calle Escorial del barrio barcelonés de Gracia, al Instituto Milá y Fontanals, tiempo que me permitía leer dos capítulos de El señor de Ballantry, por ejemplo. ¿La leí? Quizá no duermo porque tengo muchas cosas que escribir, y he de abrir todavía un buen montón de cajones y sacar de ellos escritos que he ido almacenando para este momento preciso. ¿Qué momento es éste?
El otro día vi Sacrificio, de Andrei Tarkovski. Tampoco me dio sueño, y eso que es de esas películas que lo difícil es no echar una cabezadita cuando las ves. Pues nada. Los ojos como platos. Se rompió la tecla Z, bueno, como está rota pues no puedo decir cuál es, pero es la última del abecedario, Quizá luego se arregle milagrosamente como sucedió con la letra A. (en efecto, se ha arreglado y marca, cuando quiere ella, claro). Ocurrió en un bar. La tecla quedó trabada entre sus vecinas, la X y ><. Me dio tanta rabia que se rebelara que la arranqué de cuajo del teclado y hube de reprimirme para no estrellar el ordenado contra una de las paredes del bar. Me lo imaginé, pero no fue lo mismo. Hoy el campo estaba precioso. Salió el sol, después de dos días de lluvia, y la atmósfera estaba límpida. Paseaba muy concentrado en la hojarasca del camino, en los nogales desnudos de hojas, en la dorada vestimenta de los álamos y atento al gorgoteo de pequeños riachuelos que cruzaban el camino mientras hablaba con mi homónimo sobre la incapacidad de los culpables por admitir la culpa y la ausencia de arrepentimiento de los criminales que siempre justifican sus actos. Sacamos a colación asesinos en serie, caníbales, violadores y especuladores bursátiles. Un momento de felicidad, porque la felicidad, por suerte, es cuestión de momentos, fue cuando hoy disfruté de una buena comida campestre que empezó con unas carrilleras que se deshacían, siguió con unos níscalos deliciosos y terminó con una exquisita leche frita. Luego, La Sonrisa Etrusca dibujó, a contraluz, fantasmas de humo con su cigarrillo. Me abstuve de votar en las elecciones catalanas porque no me llegó mi papeleta. Mi voto tampoco hubiera sido decisivo. Preocupa no la debacle del PSC, que todo el mundo cantaba, y la de ERC, a la que le han salido competidores independentistas, el ascenso del PP y el considerable goteo de votos hacia el partido xenófobo de Anglada. Mas presidente. Esta crisis se lo llevará por el medio, como se llevará a Rajoy. Y nos llevará a todos. Intento no ser supersticioso. Pero quedarme sin las teclas A y Z, vaya, ahora marca, debe tener un mensaje oculto. Principio y fin. Quizá sólo quiera decir que ya va siendo hora de cambiar el ordenador.
26 N 2010



Como las piezas de ajedrez caen los países de la EU por el jaque mate de la especulación. A Grecia le sigue Irlanda que, lejos de aumentar el impuesto de sociedades, el más bajo de Europa, opta por despedir a 25.000 funcionarios, y no pasa nada. Los resignados irlandeses, que con tanta fiereza se batieron con los ingleses, ya asumen que, como en los viejos tiempos, habrán de emigrar. ¿Pero adónde?Donde sí arden las protestas es en el Reino Unido. La amenaza de subir las tasas académicas hasta 100.000 USD, triplicándolas, ha sacado a los jóvenes airados ingleses. Pero no cunde el ejemplo en España. Una encuesta publicada en La Vanguardia arroja un perfil demoledor sobre nuestra conformista juventud que se resigna a su situación de paro endémico y es reacia a la protesta. Nuestros jóvenes no se asocian, no protestan, pasan de la política y del ecologismo, apenas leen y aman, eso sí, a sus padres que se han convertido en su subsidio social. Algo hemos hecho mal, muy mal, nosotros como padres. Antonio Muñoz Molina carga en la revista Mercurio contra nuestro nefasto sistema educativo. El arrumbamiento de las humanidades, de la geografía y de la historia es una de las causas del deterioro cultural de ese país que cada día que pasa me gusta menos. Duermo poco. Sueño mucho. Anteayer, con fantasmas del pasado que iban de mi mano. Ayer con John Irving. No sé cómo había entablado amistad con el escritor norteamericano, con el que estoy muy de acuerdo en muchas cosas, como que una novela debe de ser, sobre todo, una acumulación de detalles que arropen a los personajes y los expliquen. Le preguntaba a John Irving, en sueños, por la que creo que es su mejor novela, Una mujer difícil. Me miró entonces y me contestó que prefería El proceso. Estuve a punto de decirle que bien, pero no la escribió él sino Kafka. Le pregunté luego qué le había parecido la interpretación que hizo Jeff Bridges del escritor protagonista. Me contestó que fue memorable, que debieron darle el óscar por ella. Entonces me despertó un mensaje que entró en mi móvil 24 horas después de haber sido enviado. Pero seguí durmiendo, hasta que otro remitido por una mujer difícil me desveló ya por completo y me sacó de la cama, y me situó en la mesa del comedor, ante una taza de café con leche, un puñado de galletas y CNN+ noticias. Arde Londres y una isla de Corea. Viene frío. No va a venir calor. Pero mi cuerpo ya no ama el invierno, como antaño. Los años, los malditos años que veo cada mañana reflejándose en el espejo con la resignación de un perdedor. Cierro los ojos y me paseo por un paisaje nevado del Valle de Arán. Tengo sed de ese rincón. Estuve un invierno, hace muchos años, y el valle de valles es otra historia en esta época del año en que muda el verde por el blanco. En uno de esos valles está una clave de mi vida emocional. En una pista nevada, surcada por una esquiadora de fondo, quizá mi futuro. Pero sigue siendo de una belleza que me deja sin aliento, que me retrotrae a esos paisajes nevados de Brueghell el Viejo que me fascinaban en la infancia. Tamara Drewe, la última película de Stephen Frears que vi hace dos noches en mi cine, en sesión privada, como siempre, creció de película bobalicona hasta convertirse en película interesante. Una comedia extraña que me ha ido gustando según transcurrían las horas y escribía sobre ella, porque escribiendo descubría todas las claves que encerraba. De todas formas echo en falta al Stephen Frears de Las amistades peligrosas, una de mis películas fetiche.





¡¡¡22 N 2010!!! Tiene que ser un futbolista, Eric Cantona, por el que, dicho sea de paso, no siento ni la más mínima simpatía, el que lance una consigna efectiva de lucha contra el sistema bancario, y no organizaciones antisistema, sindicatos o partidos de extrema izquierda. Ni a los anarquistas, ni a los trotskistas, se les había ocurrido una medida tan simple como contundente, tan poco violenta pero tan efectiva. ¿Está usted hasta las narices de esta crisis global y de quiénes la han provocado? ¿Quiere usted hacer pupa, aunque sea por un día? Pues vacíe su cuenta bancaria el 7 de diciembre. Si un diez por ciento de los impositores del mundo hacen caso a Eric Cantona ese día veremos como el sistema se tambalea, pero de verdad. A Hugo Chávez no lo invitaría a una cerveza, porque tiene amistades peligrosas con lo más reaccionario del planeta, con lo ayatolas iraníes que lapidan adúlteras y cuelgan homosexuales, y tiene que ser muy pesado aguantarle las gracias, pero sí le envidio algunas medidas anticrisis muy efectivas como la de gravar con un 5% los beneficios de la banca. ¿Por qué no toman nota los gobernantes que bajan un 5% del sueldo a los funcionarios públicos y congelan las pensiones? Hay dinero para solventar la crisis, aunque no hay valor para exigirlo a quien lo tiene. Hoy me siento avergonzado, por muchos motivos. Como ciudadano de este mundo globalizado en el que los estafadores nos gobiernan a la sombra y nos dicen lo que debemos y no debemos hacer. Un comentarista de CNN+, que no tenía pelos en la lengua, dijo esta mañana que los mercados son el eufemismo de los especuladores. Como ciudadano de lo que creí fuera una democracia, las oscuras fuerzas de los mercados me soliviantan tanto como el FMI y el Banco Mundial. Para salvar esos mercados, para salvar a esos especuladores que se gastaron nuestro dinero, los gobiernos títeres, elegidos por nuestros votos, castigan a los que nada tienen que ver en este embolado con bajadas de sueldos, congelación de pensiones y finiquitación del estado del bienestar porque es insostenible. Lo que es insostenible, en tiempos de crisis, son los beneficios de la banca, por ejemplo, o los contratos blindados de los altos ejecutivos que están en veinte consejos de administración, los mismos que tienen casas, coches, yates y aviones a nombre de las empresas para defraudar simple y llanamente al fisco y éste nada hace por perseguirlos. La famosa globalización no es otra cosa que globalización capitalista, y el capitalismo global, insaciable, lo que busca, después de operaciones fallidas en Irak y Afganistán (no tan fallidas, que se lo pregunten a los contratistas y se mire sus cuentas de resultados, por favor) es hacerse con las últimas bolsas de negocio que todavía quedan en el mundo, en Europa en concreto, contra la se han lanzado al abordaje como corsarios: transporte, sanidad, educación, pensiones… Una vez privatizado todo esto, y ya se están dando pasos inequívocos, con la excusa de que se gastan recursos públicos en exceso ─ también los gastamos en Afganistán, en una guerra ajena en la que, antes de irnos, vamos a entrar lisa y llanamente en combate, y eso que fuimos como fuerzas humanitarias, algo que me suena a oxímoron, como guerra pacífica, y allí los especuladores, perdón, los mercados, no protestan ─estaremos completamente esclavizados y habremos perdido nuestro estado de bienestar por el que tanto se luchó y tanto cabrea a los especuladores. Pues bien, nos siguen estafando y aquí sigue sin moverse ni dios aparte de Eric Catona. Otro Mayo del 68, por favor.Segundo motivo de vergüenza. Las próximas elecciones en Catalunya. Como catalán siento sonrojo por ellas. Nunca vi una campaña más bochornosa que ésa, con unos mensajes más perversos. Mientras en un partido unipersonal su candidata simula un orgasmo y se presenta luego en paños menores ─ ¿qué tendrá que ver su sexualidad con la política, me pregunto? ─, los socialistas dicen que ir a votar les pone ─ y dale con mensajes eróticos estúpidos ─, Durán se descuelga con un torpe llamamiento a que los catalanes, los de verdad ─ habría que decirle al señor Durán Lleida que escuche el dogma de fe de Jordi Pujol, su gurú incuestionado: Catalán es todo aquel que vive y trabaja en Catalunya, sea cual sea su origen ─ follen más y tengan más hijos ─ vuelve el sexo en una campaña sobrada de él y falta de seso, o seny ─ porque últimamente solo nacen hijos de emigrantes ─ oiga, señor Durán, tan catalanes o más que usted, que también lo es ─ con lo que CIU y Artur Mas buscan arañar al votante del señor Anglada, reconocido xenófobo viguetano y ex militante de Fuerza Nueva, y Alicia Sánchez Camacho, convertida en Lara Croft, caza emigrantes clandestinos en un video juego que luego el PP retiró. El panorama es devastador y puede convertir a la sesuda, o sexuda, Catalunya en una Berluscolandia con ex presidente de club de fútbol en el Parlament incluido. Tengo la suerte de que mi tarjeta censal no llegó, así es que no votaré. Entre las propuestas maravillosas del PP en relación al problema de los emigrantes ─ el problema, perdonen, no son los emigrantes sino los especuladores, los evasores fiscales, los ejecutivos con contratos blindados, los jefes de la patronal… ─ está un famoso contrato de integración que deberán firmar los que viven, trabajan y tienen familia en nuestro país demostrando conocimientos de nuestro idioma, hábitos culturales, sociales, religiosos, etc. etc. Me parece perfecto, pero qué dicho test se pase a los 40 millones que ya somos y veremos a ver quién lo pasa. Todos fuera. El café que me tomé ayer a las diez de la noche me desveló por completo. Yo creía que me desvelaba el café de las cinco de la tarde. Me equivoqué. O ese café era distinto, el de las diez de la noche, y sus efectos eran inmediatos, Tras lidiar con la almohada y mi funda nórdica y ver que mis ojos seguían tan abiertos como dos platos, opté por coger sueño leyendo. Empecé por un reportaje, poco novedoso, sobre mi buen amigo el nazi de las SS Aribert Heim, conocido como El Banderillero, Doctor Muerte y otros epítetos cariñosos que se publicó en El País. Entre las cartas de este galeno que realizó maravillosos estudios sobre los límites del dolor humano ─ operaba sin anestesia, como en la Edad Media, y tenia debilidad por los cráneos humanos y sacar el hígado a sus víctimas─, reproducidas por el diario, había unas cuantas que hablaban de sus buenos amigos los Thysen. Sí, sí, no se asusten, del marido de la baronesa, el que montó ese museo maravilloso que lleva su nombre para lavarlo de pasadas infamias. Seguí luego con la larguísima entrevista a ZP de la que el presidente, no sé cómo, sale airoso de todas las incómodas preguntas que le hace el entrevistador─ el político se define por su cintura─ para seguir con la lectura del manuscrito que un amigo me ha hecho llegar, para que dé mi veredicto ─ hay quien me tiene en muy alta estima, y no sé por qué─ y terminé con el librito sobre La Malinche que me compré hace diez años en México D.F. y leo ahora para saber más sobre el personaje, pero es inútil, nadie sabe nada de ella. A las 4 de la madrugada, creo, se me cerraron los ojos que volvieron a abrirse a las 9 y media de la mañana.
20 N 2010Ya nadie se acuerda. Ni menciones en la prensa. Menos en las televisiones. Pero la de hoy fue una efeméride histórica que nos marcó. Franco murió un 20N de hace demasiados años. Y lo hizo en la cama, para nuestra vergüenza. No hubo ningún alzamiento, ni una huelga general, ni una insurrección armada, ni un golpe de estado. Nada de épica para poner fin a la sanguinaría dictadura. Murió de viejo y en su agonía aún tuvo pulso para firmar unas cuentas penas de muerte. En cuarenta años enterró a buena parte de sus enemigos, encarceló a otros tantos, nos reprimió a todos.

No me hice antifranquista por represión política, ni sindical. No militaba en ningún partido político ni estaba afiliado a ningún sindicato cuando a los catorce años tomé conciencia. Odié al mediocre dictador por su miseria cultural, por su censura, por tener que cruzar la frontera para ver el cine que quería ver y comprar los libros que nos prohibía, por dibujar esa España gris y cutre en la que me tocó vivir, por permitir a esos curas de negras sotanas y manos largas que me pegaran y humillaran en nombre del nacionalcatolicismo. Luego, en la Universidad, palpé lo que era la represión policial.
Cada 20N recuerdo que el dictador murió en su cama y me acuerdo, entre muchos otros, de Salvador Puig Antich.

MIS LIBROS

Esta reseña ha sido publicada en la revista digital CULTURAMAS
Marea de sangre
José Luis Muñoz
Editorial Erein, 2010. 322 José Luis Muñoz aún tiene en las librerías, como novedad, su magnífica novela La frontera sur (Almufara 2010) y La mujer ígena y otros relatos (Neverland 2010), una selección de cuentos que aseguran al lector algunos sobresaltos gozosos.
La frontera sur es una novela ambientada entre espejismos de luz y la tierra abrasada de la frontera entre USA y México. En ella se relata la violenta y dura historia de Mike Demon, un comercial norteamericano que por el irresistible deseo que siente por una camarera llamada Carmela, rompe con su monótona vida hasta terminar zarandeado por la poderosa mafia que controla el tráfico drogas. Una historia que, una vez leída con interés, nos puede resultar ajena, porque todo ocurre a miles de kilómetros y el Atlántico nos preserva de tanta maldad. Se preguntarán por qué hablo de La frontera sur si esta reseña está dedicada a Marea de sangre, un thriller que tiene como escenario la playa de Aro en la costa Brava, y les diré que leyendo estas novela apreciarán, con algo de vértigo, que la corrupción y la violencia no tienen bandera. Conviven, invisibles, con nuestra rutina cotidiana. Pero las pesadillas son más terroríficas al despertar, y más aún si éstas se han recreado en nuestra propia casa, y este es el caso de Marea de sangre.
En playa de Aro vive Ismael Ortiz, un sargento de la policía municipal, camino de los cincuenta años, que ve su existencia estancada y se abre paso entre los días con la certeza de que ya no va para joven. Convive con una mujer alcohólica, instalado en el verdadero aburrimiento, que es aquel que te inmoviliza, porque ninguna opción que tomes va a resolver nada. El extraño suicidio de una noruega y la muerte, aparentemente accidental, de un conocido, rasgarán el velo de lo que toma como real y aparecerá, con todo su color y su olor, un mundo que intuye pero del que no conoce su verdadero calado. En él topará con un siniestro pied noir excombatiente de Argelia y sin otra fachada que ser propietario de un restaurante; un concejal de urbanismo cuyos delitos, aparentemente, se reducen a no abonar sus multas de tráfico; un director de banco que tomará color por la confidencia que de él hace un empleado de su sucursal; y un benemérito, con rango de teniente, con turbias nostalgias del pasado. Personajes y espacios que le irán cercando y repitiendo, cada vez con más intensidad, que es un don nadie y depreciando un principio para él fijo: su honradez. Honradez que para él es un punto de referencia para la acción y que en ese nuevo mundo tan sólo será un prejuicio inservible. El guardia civil nostálgico se lo dejará muy claro cuando con desprecio le diga: “Sabes lo que te pasa sargento. Yo sí lo sé. Que eres tan mierda que nadie se molesta en comprarte. Quien va a perder el tiempo y el dinero.” Y las páginas van pasando mientras sigues una trama en apariencia sencilla, que te agarra con una intriga latente, pero la narración tiene veredas laterales bien medidas que plasman la vida cotidiana en la playa de Aro, ambientada en el final de los años ochenta, y nos describe a sus escasos habitantes de invierno de un modo fugaz y preciso. Personajes que tienen un avatar cotidiano plagado de renuncias y frustraciones ante la poca cancha que da vivir en una sociedad únicamente ponderada por el dinero. Si no lo tienes no eres nada. Mientras, el sargento municipal Ortiz contempla con impotencia que aquellos que tienen el poder son los que juegan sucio, y acaba haciéndose realidad que “la moral es sólo un prejuicio de pequeños burgueses”, y, en este caso, el que sufre esa “pesada lacra” cuenta con tan escaso acomodo que no puede ni prender la calefacción en invierno, como le ocurre al municipal Ortiz.
Marea de sangre tiene todos los ingredientes de la novela negra: la prostitución, el dinero negro, tráfico de influencias, drogas, yates donde se celebran negocios con serviles prostitutas y el asesinato como método de sacudiese al que estorba. Pero hay algo más, también cuestiona ese otro mundo paralelo en el que, aparentemente, no ocurre nada, que es el cotidiano y lo que tanto nos inquieta: el paso del tiempo, la decadencia física, el deseo, el desamor, la frustración y el intolerante camino que va mermando nuestras fuerzas. Todo esto le ocurre al sargento Ortiz, que a veces desea que ocurra “algo”, aunque sea malo, que rompa su insoportable monotonía, y cuando ocurre, y se prende a la vida con el movimiento de caderas de Carolina, la propia realidad le aplasta mientras corre a ejecutar su venganza contra el pied noir.
Marea de sangre está muy bien escrita y asombra con una aparente sencillez, que finalizada su lectura, no es tal, sino el oficio del buen narrador que es José Luis Muñoz. Y a ese talento para estructurar la historia se suma un valor constante en toda su obra: lo bien dibujados que están siempre sus personajes.
Leer esta novela, a pesar de contar con trescientas veintidós páginas, no le llevará mucho tiempo, le prendera la narración de una lucha desigual y la sensualidad que desprende el relato cada vez que asoma una mujer en él, pero al terminar su lectura y cerrar el libro igual llega a cuestionarse preguntas de difícil respuesta y eso será un mérito del autor y del género que cultiva.

LUIS MUÑOZ DÍEZ


LA PELÍCULA

COPIA CERTIFICADA
Abbas Kiarostami

Para esta forma de hacer y ver cine al que nos están acostumbrando, basada en un ritmo endiablado de imágenes, que apenas nos permiten prestar debida atención a lo que sucede en la pantalla, y diálogos cortantes y telegráficos, una cortesía del imperialismo americano agónico que tiene armas culturales de destrucción masiva, una película como Copia certificada puede resultar una rareza exótica, como lo podía ser, en una dimensión totalmente distinta, La cinta blanca de Michael Haneke, por poner un ejemplo cercano. ¡Vaya antigualla supone rodar cine para el intelecto en plena eclosión de los efectos visuales y el 3D!Hay directores errantes que no tienen más patria que el celuloide, universales ─ Polanski, el judío polaco casi apátrida, podría ser un perfecto paradigma ─, un club de artistas que ruedan en cualquier idioma y geografía porque sus imágenes son universales. El cineasta iraní Abbas Kiarostami parece que se ha convertido en uno de ellos, aunque no sabemos si por convicción o por obligación. Tras una carrera de enorme prestigio internacional, iniciada en su país de origen (A través de los olivos, El sabor de las cerezas), cuna de sensibles cineastas que tienen que hilar muy fino para no irritar a la censura, su brújula creativa le lleva a Italia, a la Toscana, para localizar su última y bellísima historia. ¿Exilio cultural huyendo de la insoportable y brutal dictadura teocrática que rige su país?El argumento de Copia certificada no puede ser más simple: un distinguido escritor inglés presenta su último ensayo titulado Copia certificada, mirada irónica sobre el excesivo valor que se otorga a los originales en el arte, por su valor único, frente a la fidedignas copias que, a veces, lo son de forma obsesiva. Entre los asistentes a su erudita charla, una galerista francesa, en compañía de su inquieto hijo, que invita al autor del libro a un recorrido turístico por algunos bellos paisajes de la Toscana antes de que tome el último tren de las 9 y desaparezca. A las discusiones entre ambos sobre el valor de las obras de arte originales y sus copias, que discurren dentro de una exquisita cordialidad, se suceden las disquisiciones sobre el matrimonio cuando ella se hace pasar por su esposa en una cafetería para complacer a su dueña y no hacerla salir de su equívoco. Y como pareja impostada, o no ─ y ahí está el mérito de la película, su prodigiosa ambigüedad, el que en un momento determinado el espectador crea esa ficción fabricada por ella y que él sigue, o piense que ambos dramatizan las experiencias de sus fracasados matrimonios─ discuten de forma agria y apasionada sobre la viabilidad de la pareja y la duración e intensidad del amor que se desgasta con el tiempo.Abbas Kiarostami construye un drama intenso con la única presencia de dos actores excepcionales, Juliette Binoche (premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes) y el desconocido William Shimell, ambos espléndidos en su recital, y una puesta en escena minimalista. Copia certificada se aproxima más al ensayo cinematográfico, no en la aceptación de experimento fílmico sino a lo que se entiende en literatura, que a la ficción narrativa. Es una película totalmente discursiva, que fluye con la misma suavidad que el paisaje toscano en la que está rodada y obliga al espectador a tomar parte en ese duelo sobre los sentimientos amorosos que centra las tres terceras partes de la película. La sombra de Antonioni, puesto que Kiarostami puede muy bien considerarse un seguidor del realizador milanés, es alargada y el Festival de Cine de Valladolid demuestra ser uno de los más rigurosos al conceder a esta película extraordinaria, con todo merecimiento, La Espiga de Oro.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

LA ENTREVISTA

Trasfondo
Esta entrevista ha sido publicada en la revista digital CULTURAMAS

Entrevista a José Luis Muñoz
Por Javier Vázquez Losada

José Luis Muñoz no deja de escribir. De escribir y de triunfar con lo que hace. Acaba de ganar el premio de Novela Negra Ciudad de Carmona, con La Frontera Sur (Almuzara) Y ha sacado poco después otra novela, Marea de Sangre, que reseñamos en otra sección. Y sin embargo lo que nos ocupa ahora es su libro de cuentos, La Mujer Ígnea (Neverland Ediciones), que tuve el honor de presentar en el Getafe Negro, hace unas semanas. Es un libro honesto, que contiene la voz de un escritor verdadero, poblado de relatos negros y fantásticos, que no decaen ni que los llenen de plomo.
Valga esta entrevista, también, como recuerdo de nuestro encuentro.
–Un año lleno de novedades este 2010…
Este año ha sido excepcionalmente fructífero, con tres libros publicados en España y uno en Francia. La Frontera Sur es un libro ambientado en una de las fronteras más peligrosas y tensas del mundo, la de Estados Unidos con México, territorio en el que trazo una historia de pasiones desenfrenadas entre Mike Demon, un agente de seguros de vida acomodada, y Carmela, una camarera de Tijuana obligada a prostituirse; es una novela negra, pero también una novela social que habla del absurdo de las fronteras, de la emigración ilegal, de las redes de prostitución, narcotráfico y corrupción policial que hay detrás. Mientras que Marea de sangre, que acabo de publicar, está ambientada en un territorio mucho más próximo, la Costa Brava, en los años 80, con el tema de la especulación inmobiliaria, el blanqueo de capitales, los testaferros, protagonizada por el jefe de la policía municipal de la población que se niega a mirar hacia otro lado y certificar como accidentes lo que cree son asesinatos. Novelas negras ambas, sí, pero muy distintas, no sólo en lo geográfico.
—Háblanos de la génesis del libro y la selección de los cuentos.
Realmente me resultaba complicado seleccionar los relatos que deberían integrar el libro. Opté por seguir un baremo ajeno a mí propia opinión. Reuní relatos premiados, o publicados en revistas y antologías y, curiosamente, cuando les di forma de libro me di cuenta de que tenían una extraña coherencia interna, que todos ellos eran fronterizos con el género negro, con el fantástico, que algunos eran muy eróticos, además de ser negros, o sea, que todos transitaban por los géneros que más he transitado a lo largo de mis veinticinco años de escritor.
— Son heterogéneos en tema y extensión, pero con puntos en común: su negritud, los tonos, las cuidadas atmósferas.
La atmósfera, el escenario, dibujarlo, recrearlo, es esencial para que luego los personajes se puedan desenvolver con naturalidad. Cuido mucho la ambientación. Los detalles son fundamentales. Yo suelo decir que el relato es un género muy difícil, porque es una novela bonsái que no te permite la digresión, tiene que ser perfecto de principio a fin para que funcione. Y los finales son imprevistos para el lector porque también lo son para el autor. Yo no conozco nunca el final de un relato o de una novela cuando la inicio, y eso es lo que me divierte y atrapa y, por extensión, atrapa al lector, o al menos lo intento.
—Si me tengo que quedar con algo es con la naturalidad con que fluyen los relatos, con la que desfilan sus personajes, las voces atinadas de todos ellos, incluso los más sórdidos
Los diálogos son fundamentales. Cada personaje tiene una forma diferente de comunicarse, utiliza un léxico diferente. Tengo la suerte de tener buen oído, o de estar muy atento a mi alrededor cuando entro en un bar y escucho las conversaciones. Lo mismo hago cuando viajo y me interesa luego, a raíz del viaje, armar una narración.
—Maestros, fuentes de inspiración.
Es difícil descubrir influencias. Los escritores leen, pero quizá no tanto como lo hacen los lectores. Tengo una influencia clara de Cortázar. A mi Cortázar me donó el placer por la escritura. El maestro argentino sabía convertir lo cotidiano en extraordinario. Creo que, junto con Borges, fue uno de los mejores cuentistas. Pero admiro a escritores como Malcom Lowry, porque Bajo el volcán es una de las novelas que más me ha impresionado, los clásicos rusos, los latinoamericanos del boom, los últimos premios Nobel, Jelinek, Hertha Müller, Coetzee, que me parecen todos muy acertados, y dentro del género negro tengo especial devoción por Patricia Higshmith y Mac Bhem, el autor de La mirada del observador.
—La postergación del Relato frente a la Novela.
Se empieza a hacer justicia al relato. 2010 ha sido un año con una buena cosecha. Se han publicado 88 libros de relatos, lo que no está nada mal, en España. Existen, además, relaciones entre relato y novela. Sin ir más lejos mi novela El corazón de Yacaré estaba inspirado en un antiguo relato, de mi época universitaria, que extraje de uno de mis cajones.
—Estupendo relato el que da el título al libro. Entiendo que es un homenaje a Cortázar.
Me di cuenta cuando se iba a publicar. No era consciente de ello pero sí lo fui cuando lo corregía en las galeradas. Ese territorio nebuloso entre realidad y fantasía me resulta muy sugerente, el que el protagonista no termine de saber si realmente estuvo o no con la bella cantante negra de soul creo que es uno de los puntos atractivos de ese relato de amor con fantasmas.
—Te confieso mis preferidos: Manjar de ratas, El otro Klaus, M.M, Un tal Sr Ibáñez.
Manjar de ratas es un relato de anticipación, con robots que parecen humanos y tienen sus mismas reacciones. El otro Klaus transcurre en un tren, durante la Segunda Guerra Mundial, y es un relato de espías. M.M. es un homenaje a un personaje muy querido por mí, Marilyn Monroe, a la que dedico también Mis quince minutos con Norma, que se inspira en el cortometraje pornográfico que rodó la estrella cuando era Norma Jean. Y Un tal señor Ibáñez es un relato sobre un impostor que decide seguir jugando su papel porque el trabajo de sicario tiene más alicientes para él que el de despachar al publico tras el mostrador de una oficina bancaria. Son relatos muy diferentes, con texturas y tramas variadas, y eso creo que puede ser uno de los alicientes del libro, su variedad, no sólo temática sino de estilos. Yo considero que el estilo debe de estar al servicio de la historia, y en eso trabajo.— ¿Habrá otro libro de relatos? ¿Escrito, por escribir?
Estoy preparando una nueva antología. La mujer ígnea y otros relatos oscuros es mi cuarto libro de relatos después de La lanzadora de cuchillos, Una historia china y Viajeros de sí mismos. Espero publicarlo en 2011.
—Háblanos de Getafe Negro.
La proliferación de este tipo de festivales no es más que la constatación del gran éxito de los géneros llamados populares, negro, fantástico, ciencia ficción. Espero y deseo que este festival crezca y se desarrolle y sea un referente en el territorio nacional como es la Semana Negra de Gijón.

EL LARGO ADIÓS

GOODBYE, MR.BERLANGA
José Luis Muñoz
Desapareció definitivamente el día 13 de noviembre de 2010, aunque para el cine lo hiciera en 1999 con París Tombuctú, un film crepuscular y triste interpretado por uno de sus actores fetiche, Michael Picoli, como su alter ego de ese viaje que nunca llegaría a la mítica ciudad de Mali y era su despedida en toda regla con ese grafiti pintado en una roca: Tengo miedo. A envejecer, a perder la memoria, a, finalmente, dejar de existir.Fue un director de cine inusual, el último sobreviviente de nuestras tres B de oro (los otros fueron Buñuel y Bardem), con una enorme personalidad y del que siempre se podía decir que era el autor de sus películas, porque imprimía un sello especial en ellas que las hacía inconfundibles.Maestro del plano secuencia (La escopeta nacional, Patrimonio nacional, Moros y cristianos, Todos a la cárcel), del que era un extraordinario virtuoso, sus películas siempre fueron corales, con muchos y variopintos personajes, quizá porque le gustaba estar rodeado de amigos. Era hispano y austrohúngaro, pero, sobre todo, mediterráneo y amante de la paella, y estaba en posesión de un humor socarrón que utilizaba de forma demoledora para sacudir lo más sagrado: el mito de los americanos (Bienvenido, Mr. Marshall), la guerra civil (La vaquilla), el matrimonio (Viva los novios), la caridad cristiana (Plácido). Por sus películas desfilaron todos los tópicos de nuestra sociedad, porque la España que retrató y vivió estaba repleto de ellos: curas castrenses, militares, marqueses arruinados, empresarios tacaños, beatas…Contó siempre con un guionista de excepción, Rafael Azcona, que le escribía los chispeantes diálogos de sus personajes, y con él rodó la más demoledora película contra la pena de muerte, El verdugo, la obra maestra del humor negro, posiblemente su mejor película, que burló a la censura franquista. En el plano personal Berlanga se declaró siempre, sin rubor, erotómano y fetichista ─ fue siempre defensor del tacón de aguja para las señoras ─ y rodó en Francia, cuna del erotismo, Tamaño natural, con su amigo Michael Picoli.Se olvida, y no hay que obviarlo, que Luis García Berlanga, anarquista a su manera que fintó con habilidad al franquismo que le tocó vivir ─ alguien, tan poco disciplinado como él marchó voluntario a la División Azul ─, fue el impulsor de la más exquisita colección de literatura erótica de nuestro país, La Sonrisa Vertical de Editorial Tusquets, que dirigió durante muchísimos años y en la que tuve el honor de publicar mi novela Pubis de vello rojo que él elogió con suma amabilidad.La colección literaria sigue y sus películas están para recordarnos el privilegio de los artistas: su inmortalidad.

LA PELÍCULA

CAZA A LA ESPÍA
Doug Liman
Cuando uno ve las fotos de Valerie Plame, ex agente de la CIA, y de su marido, Joe Wilson, ex embajador de Estados Unidos en Irak, y las compara con las de Naomi Watts y Sean Penn, que los interpretan en pantalla, tiene la sensación de que los personajes reales son incluso más glamurosos que los de la documentada y documentalista ficción. Plame y Wilson son una pareja de cine: guapos y elegantes, además de inteligentes.El escándalo Valerie Plame saltó a los titulares de los diarios en 2007. Como venganza a las declaraciones de su marido, que negaba ser el autor de un informe por el que Sadam Hussein había comprado grandes cantidades de uranio a Níger─ una de las muchas falacias que el siniestro tándem Bush/Cheney se inventaron para justificar su sed de petróleo y la guerra más sucia de la política norteamericana de las últimas décadas─la oficina del vicepresidente destapó que su esposa era agente de la CIA y orquestó una campaña para desprestigiar a ambos. El caso llegó a los tribunales y se saldó con una mínima condena, conmutada por el propio Bush, al autor directo del destape informativo, un caso clarísimo de deslealtad patriótica, pasando por alto al inspirador directo de toda la orquestación, Dick Cheney.La guerra de Irak, y sus prolegómenos, y la de Afganistán, lo que se conoce con el eufemismo de guerra global contra el terrorismo, la pesada herencia que ha recibido Barack Obama de su antecesor, está generando una serie de películas más políticas e intelectuales que el anterior conflicto de Vietnam, muñidor de un cine épico y emocional, pero sigue sin ofrecernos las obras maestras de aquel (Apocalipe now, Platoon, La chaqueta metálica) más allá de la ejemplar Syriana. El campo de batalla interesa menos, en el caso de estos conflictos medio orientales, que los turbios fogones en donde se cocinó toda esa operación de enriquecimiento personal de una serie de corporaciones vinculadas a los inquilinos de la Casa Blanca.Doug Liman, director de una de las entregas de El caso Bourne, cuenta, para esta denuncia implacable del juego sucio de la política estadounidense, con dos actores extraordinarios, Naomi Watts y Sean Penn, un tándem con química que repite tras los 21 gramos de Alejandro González Iñárritu, que se meten en sus papeles con prodigiosa naturalidad, pero se sirve de una realización balbuciente, paroxística y mareante, con planos filmados cámara en mano, con sus vertiginosas y molestas imágenes que obligan a cerrar los ojos, y del recurso del video digital sustituyendo al celuloide, para imprimir más realismo documental a lo que cuenta. Un claro error cinematográfico.Caza a la espía interesa por lo que cuenta, no por cómo lo cuenta. La película de Liman ilumina sobre los encontronazos entre los servicios de inteligencia y los mandatarios del país, porque los informes de los primeros no cuadraban con las tesis de los segundos, y sigue los avatares de esa pareja de luchadores por hacer resplandecer la verdad. Como casi todas las películas de denuncia política que se hacen en USA Caza a la espía se centra más en los mensajeros ─en este caso la pareja asediada por el poder ─ que en el mensaje, esa atroz mentira que ha costado cientos de miles de muertos y exige juicio y condena. Pero un mayor rigor, más sosiego en los planos y un tempo más lento habrían hecho crecer una película que el nerviosismo fílmico de Liman desbarata. De sus secuencias me quedo con una, especialmente: Naomi Watts rota, rompiendo a llorar, mientras se cepilla los dientes ante el espejo. Pocas veces la desolación y la amargura han tenido una plasmación más vigorosa y dramática: la dura espía se desmorona cuando todo se le pone en contra y el mundo, en el que creía y la arropaba, se desmorona a su alrededor.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

EL LIBRO

TRECE CUENTOS INQUIETANTES
Felisa Moreno Ortega
Editorial Hipálage, 2010
109 páginas
El relato, definitivamente, está de moda después de décadas de olvido y sumisión frente a su hermano mayor, la novela. Casi un centenar de libros de relatos publicados en nuestro país en este 2010 así lo certifican.
Trece cuentos inquietantes, el segundo libro publicado por la escritora jienense Felisa Moreno tras su formidable debut con la novela La asesina de los ojos bondadosos, hacen justicia a su título, porque se trata de una recopilación de narraciones fantásticas en las que la muerte suele tener presencia, la realidad resulta difusa y la fantasía campa a sus anchas surgiendo de lo cotidiano.
Son trece pasos precisos por el reino del fantástico, relatos abiertos y sutiles, recorridos por meandros y escritos con maestría que producen inquietud en quien los lee. Algunos, como El despertador de colores, en el que la conducta diaria del protagonista está determinada por el color que ve al despertar en su ingenioso reloj, son originalísimos; otros como El sueño dorado, que encabeza la antología, rezuman un humor crítico hacia esa locura de la cirugía plástica y sus límites; mientras que La piel de serpiente, con esa mancha informe que crece en el techo de una habitación, o el premonitorio de El motorista, son los que más inquietan, los más fantasmagóricos.
Imaginación y fantasía encapsuladas en excelente literatura, que demuestran que Felisa Moreno se mueve con igual soltura tanto en la novela como en el relato, es lo que hay en Trece cuentos inquietantes, un libro que se lee rápido y bien y que, al finalizarlo, hará que deseemos leer el próximo de esta joven y brillante autora.
JOSÉ LUIS MUÑOZ