Los gatos son caseros, o callejeros, pero los primeros salen a la calle, por las noches, a través de las gateras en busca de su pareja. Sus orgasmos suenan a llanto de niños. Doméstico, sí, pero sin perder la independencia. Se adaptan a las circunstancias de la vida sin esfuerzo. No es raro ver a gatos señorones sucumbiendo a la bohemia de la calle y las tapias y cambiando el caviar del pienso por una cola de sardina. Hay gatos barriobajeros, con experiencia en mil pendencias y aspecto patibulario, con el morro mordido o el ojo saltado de un zarpazo, que se lían con gatas finas de angora.
Este gato, el de la foto, es marroquí. Nació en Tánger, y allí sigue y seguirá bien alimentado por las sobras de las comidas, relamiendo los huesos de pollo del cuscus que dejen los comensales en sus platos. Lo pueden ver si van a comer a un restaurante que se llama Mamounia y está en una de las calles de la medina de la más europea de las ciudades marroquíes. La foto es buena, pero no es mérito mío. Yo pasaba en ese momento y capté la postura del gato, sus cadenciosos pasos de ballet, y la luz, mágica, que no sé por dónde entraba, puso el resto.
De los gatos envidio, sobre todo, sus siete vidas.
4 comentarios:
Me ha gustado el retrato gatuno, tanto el de la imagen como el del texto. Ando yo ahora decidiendo si me hago o no con un gato, y tal vez por ello la estampa me ha resultado especialmente interesante.
Pues si ves este gato, Javier, fijo que cruzas con él el Estrecho.
Muy bueno. Todo es cierto pero hay algo más: el gato a veces te quiere y lo demuestra, es tu amigo aunque siempre perdure en él lo inasible.
Gracias, Martha. El gato es misterioso, independiente, elegante, muy silencioso, educado, discreto, limpio. Es un buen compañero.
Publicar un comentario en la entrada