PAISAJES

CABO DE GATA

fotos y textos José Luis Muñoz

Franjas de nubes azules cubren el cielo. La playa es una lengua infinita que se extiende hasta el pequeño pueblo del fondo, del que destaca el campanario de una iglesia abandonada que parece minarete. Y detrás, esos montes escarpados y rocosos, testigos mudos de mares calmos o espumeantesLas olas son como escalones de agua que clona el gris cobalto del cielo y lo adorna con el blanco de la espuma. Sopla el viento con fuerza y las olas adormecen con la melodía de su furioso arrastre de las piedras de la playa.Los islotes pardos que emergen del mar son como crestas de algún extraño monstruo marino que se encuentra sumergido bajo el agua. Entre las rocas un furioso mar de espuma que nace del embate continuo de las olas. Mirar ese paisaje siempre produce un vértigo extraño. Uno imagina que se le cae la cámara al vacío, el sombrero se le vuela de la cabeza, y se va detrás de él, con un movimiento reflejo, hacia el abismo en donde te esperan esas rocas puntiagudas que sajarán tus carnes y esa agua profunda que se abrirá para que te vayas al fondo.Una tundra placentera lejos del bramido inquietante del mar. Una laguna salada en la que debería haber patos y flamencos y sólo hay sapos. Al fondo, el campanario o minarete de esa pequeña aldea de pescadores.Las casas encaladas lucen ventanas de azul añil, como las de la cercana Marruecos que en días de bonanza atmosférica debe divisarse desde lo alto de algún cerro. Un cable lleva la luz a una lámpara de porcelana morisca. Unas rosas ponen color al cuadro. El viento y el agua esculpen las rocas esponjosas de caliza que se deshacen al mínimo golpe y conservan en sus oquedades pellizcos de arena y agua. Esculpida por los vientos y las tempestades esta roca se convierte en un saurio del cuaternario que trata de engullir el encalado cortijo del fondo.Nada hay más bello que un pueblo de pescadores que huela a salitre en vez de a crema solar. En este no hay más que una modesta posada, en donde beben los del lugar y echan una partida de cartas para matar el rato. Las casas de los pescadores son bellas hasta con los despintados de sus fachadas y la ropa que se orea al viento, el mismo que trocea las nubes y deja ver entre ellas jirones de azul. Ante las puertas azules una estructura de cañas y maderas a punto del derrumbe. Y sobre la otra puerta una antena con aspecto de captar poco y mal. Tampoco hace falta si el mejor programa tiene lugar a veinte metros escasos y el escenario es un mar infinito.El cielo está de color gris plomizo y el agua maravillosamente plateada. Las olas baten ese espigón que se adentra en el mar y sobre el que tres paisanos con las manos en los bolsillos se adentran vigilando las olas. Es una paleta con pocos colores pero hay en ella el milagro de la luz que se cuela por algún orificio del techo.Las tablas de esas mesas no ven clientes en días así. El mar barre el suelo y se estrella contra su única pata cilíndrica formando una cortina de espuma. El armazón de un posible entoldado es un esqueleto metálico del que en vez de herrumbre salen vellos de punta.Como un velero, esta gaviota se detiene en medio del furioso vendaval y permanece quieta durante quince segundos. No lo está sino que vuela con mucha dificultad contracorriente en vez de dejarse llevar por ella. Con tozudez deja atrás el abandonado bar batido por las olas del que, en segundos, ha desaparecido su techo de nubes.La misma gaviota se eleva majestuosa por un cielo casi litúrgico que se abre y muestra un claro azul en su camino de nubes. Parece el esqueleto descarnado de un cocodrilo que apunta a los Montes de los Frailes, dos promontorios volcánicos, pero en realidad se trata de una vieja ancla rescatada del fondo del mar y perteneciente a un antiguo pecio. Estamos en tierra de piratas que eran mucho más honestos y respetuosos que los que han convertido nuestras costas en un espantoso parque temático. Es hora de comida para las gaviotas. Por el espigón avanza un hombre que lanza al agua restos de pescado y enseguida se forma una formidable algarabía y se cruzan los vuelos y hasta hay algún que otro picotazo. Cuento una veintena de gaviotas y una veintena de posturas y formas. El viento peina este árbol que destaca sobre un mar espejeante y un cielo que se abre entre nubes. ¿Una acacia? Nunca se medio bien la botánica y lo lamento.Nadie sabe como esta pequeña palmera mediterránea llegó a crecer al pie de ese acantilado, tan cerca del mar. Fijando la vista veo que son dos. El principio de un oasis marcado por dos obstáculos insalvables. Y me viene a la cabeza una canción maravillosa de Serrat que glosa a tan característico árbol.Esa enorme y agreste bahía se deja invadir por el espejo del agua que, de repente, se ha calmado. El sol ha ganado claramente la partida y sólo unas pocas nubes, en retirada, dibujan su sombra sobre el mar.El efecto del viento soplando en dirección opuesta a las olas crea esas crestas de agua. Desde Agua Amarga los macizos montañosos que forman el Cabo de Gata se superponen gracias a la magia del atardecer. La chica corre al ser sorprendida por una ola aviesa que fue más allá de donde era previsible. Absorta con su cámara de fotos no vio la lengua de agua y espuma que subió por la playa. Un rayo de sol, como un foco de luz, ilumina esa fuga de pies hollando la arena.Una modesta barca de pesca con un número grabado que parece un año y no puede serlo. Unos cabos enrevesados y una pequeña lancha de plástico para ir de la orilla a la barca cuando ésta quede cimbreándose en el agua frente a la playa. Luces y sombras. La luz opera milagros a última hora de la tarde. Como dar una tonalidad diferente al blanco cal de esta pared en la que una lámpara marina dibuja una sombra alargada cruzando sus propios cables. Flota una nube algodón en la porción de cielo. Y el edificio de enfrente traza una sombra isósceles, que realmente es un trapecio, que muere contra un tubo de desagüe que es todo sombra.

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