DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 1 de diciembre de 2011



Encaro el último mes de este año que, en líneas generales, es bueno. Más que bueno, diría yo. Conocí a Paula y puedo asegurar que es una chica extraordinaria, una rubia de ojos azules y cuatro meses, pronto, y eso ya justifica el año, lo cierra con buen balance. Ella es mi mejor activo del 2011. Bálsamo que compensa sinsabores. Y mi ubicación en este Valle de Valles, que, después de cinco meses, me sigue pareciendo un sueño y es una decisión de la que no me arrepiento y es otro regalo imprevisto de este 2011 que se va como todos los años, con sonrisas y lágrimas, unas que enjuagan las otras.


Reina hoy el sol para desespero de los empresarios hoteleros. La gente viene al Valle por la nieve, en invierno. Y sin nieve, hoteles y restaurantes permanecen vacíos, salvo los que están próximos a Francia, los de mi pueblo, por ejemplo, que se llenan de visitantes franceses que no suelen ir más allá. ¿Para qué si aquí tienen todo el alcohol y tabaco que precisan?




No hace frío, pero por las noches, con los cielos despejados, el termómetro baja hasta los cero grados. La casa comienza a enfriarse cuando se va el sol, que lo hace antes de lo que toca porque las montañas altas que hay a su alrededor, las del Coth de Baretges, por cierto, lo ocultan cuando todavía le queda un buen trecho para desaparecer por el ocaso. Es entonces cuando me peleo con la chimenea, casi siempre una lucha de la que salgo victorioso, salvo ayer, que un enorme tronco se resistió a arder; hoy, al atardecer, haré un nuevo intento: Soy obstinado.




Los periódicos, entre tanta mala noticia, traen, al menos, un par de buenas, o a mí me lo parecen. Una, el premio Nacional de Las Letras a José Luis Sanpedro, autor, entre otras novelas, de La sonrisa etrusca; el economista, literato y pensador, que tiene en su debe haber sido el profesor de todos los ministros de economía de este país, es personaje entrañable, lúcido y radical al que se debería clonar y multiplicar cuantas veces fuera necesarias, infinitas. Ya me gustaría estar a los noventa años, que no veré, con esa cabeza tan lúcida y ese discurso tan radical. La segunda noticia es que un buen amigo, al que no conozco personalmente pero es un colega con el que me comunico habitualmente, Fernando Aramburu, un vasco que no tiene pelos en la lengua, ha ganado el Premio Tusquets con Las horas lentas, una novela que transcurre en el País Vasco y trata el tema de ETA. Ganas de leerla cuando se publique, porque seguro que será una novela excelente y todo lo que gire en torno al tema me interesa especialmente sin saber muy bien por qué. Quiero cerrar una trilogía que inicié con La caraqueña del Maní, seguí con Tu corazón, Idoia y terminaré con Los límites del bosque o El bosque sin límites, que todavía no tengo claro como bautizarla definitivamente.




Sigo, mientras tanto, con esas correcciones de Pat Pong Road, novela que verá la luz, sobre el papel y con la tinta, en marzo de 2012. No es género negro, y tampoco estoy seguro de que sea género erótico, aunque su protagonista folla mucho, y creo que lo hace para destruirse, que es una forma placentera de hacerlo, o para demostrar que vive, o para resistirse a la muerte. Es una novela sobre un viaje, el último. Habla de la vida enfrentada al final, que siempre se tiene tan presente y marca la existencia, tema que me obsesiona, como imagino le sucede a todo el mundo, y es central en todas mis novelas, desde siempre. Imagino que es una forma de exorcismo que no siempre funciona. A veces la novela, mi novela, parece un libro de viajes, como en realidad son todos los míos. La releo (ya la he hecho dos veces y ésta, la tercera, será la última antes de enviarla a la editorial) y me produce dolor, desasosiego, desesperanza. Bueno, es lo que quiero transmitir, además de una fascinación por Oriente al que volveré, si nada se tuerce, a finales de febrero, solo o en compañía de otros.




Llamó a la puerta el cartero. Bajé corriendo los tres tramos de escaleras, pero sin soltar la barandilla (una pierna rota es un lujo que no me puedo permitir en esta casa). Me encasqueté, por el camino, la gorra de leñador canadiense que hace poco recibí como primer regalo de Navidad, para aplastar mi cabello largo y alborotado que, junto a una barba asalvajada (neologismo que debo agradecer a La Sonrisa Etrusca), que no corto porque me sirve de bufanda natural en invierno, me da cierto aire a los Carlos Marx o Georges Moustaki del que, por cierto nada sé, ni siquiera si vive. Hay gente que se muere cuando uno está de viaje y ya uni no se entera nunca de su defección. Me trajo la cartera, una amable mujer que me conoce y me saluda cuando me la cruzo por las calles del pueblo, un paquete. Menos mal, suspiré, que no era una fúnebre carta de Hacienda, de esas que parecen esquelas, porque vienen enlutadas, y tanto temo porque nada bueno anuncian. Lo abrí con la ilusión de un niño. Dentro otro maravilloso regalo de Navidad, el segundo que recibo, un libro de Enrique Vila-Matas, uno de los mejores escritorres del mundo, leo, en la contraportado, y lo sucribo, que me envía Poma R. Algú junto a hilo de coser, verde, por supuesto, y una aguja con un ojo por el que podría pasar un camello y es muy adecuada para mi cansada vista a la hora de enhebrar. Deseando estoy que se me caiga un botón. Me emociona el doble regalo. Algún día corresponderé a él.




Hace un par de días que no está Ana Pastor en los Desayunos de TVE1 y, lo siento, pero sin ella no son lo mismo. No sé si ya la han despedido de forma preventiva, antes de que lo haga el PP, y entonces habría que montar un pollo, o es que está griposa. Griposa estaba, y afónica, una dama que me llamó a continuación y con la que estuve hablando largo y tendido mientras mis ojos no dejaban de mirar esas nubes blancas, estáticas, que dejan pasar la luz del sol y anuncian buen tiempo. Mi interlocutora habitualmente es risueña y de risa fácil, lo que ejerce en mí efectos terapéuticos, pero hoy, ni ayer, ni anteayer, era su día, por lo que cambiamos los papeles y yo fui el que me mostré risueño, optimista y reidor mientras ella lloraba al otro extremo del hilo telefónico. Hilo imaginario, porque nunca hubo hilo, creo yo, y menos ahora.




A Mademoiselle Bonnaire, la granjera de Foz, hace mucho tiempo que no la veo y lo lamento y me entristece. Desde que regresé de los cayos de Miami. Debe de andar muy atareada persiguiendo a las ocas de su granja, con sus zuecos de madera hundiéndose en el lodazal, y convirtiendo sus hígados enfermos en apetitoso foie. Pero hoy me escribió y yo le contesté. Tengo la intuición de que hay en ella una buena escritora y que debe insistir en escribir, porque tiene cosas que contar y sensibilidad emocional para transmitirlas. Nada me haría más feliz que ver negro sobre blanco sus recuerdos y pensamientos. Llevo perpetuamente, desde que empezó a hacer frío, el jersey de cremallera que me regaló puesto, creo que hasta me acuesto con él.




Después de ducharme, que siempre mejora mi aspecto (al menos apacigua mi aleonada melena y doma mi barba hirsuta) leí un nuevo capítulo de la novela El círculo alquímico (Ledoira, 2011) de Paco Gómez Escribano que entra a la primera, está excelentemente bien escrita y creo me va a enganchar. Y luego, calculando la posición del sol sobre mi mesa, fui a mi bar con El País (esta vez Público se agotó) y ocupé mi plaza, que parece que está reservada, a leer el diario, beber mi cerveza y tomar el sol, tres actividades que se pueden simultanear perfectamente. Fue entonces cuando me enteré de esos premios a Aramburu y a Sampedro y me aburrí con las primas de riesgo, los mercados, Merkel y Sarkozy, los recortes y el hundimiento de Europa que vendrá después de su secuestro a manos de franceses y alemanes, que lo demás, los periféricos, parece que no somos Europa.



Un francés me buscaba, me dijo la chica del bar, el mismo francés que, según mi buena amiga paraguaya, se interesaba por un ejemplar de Llueve sobre La Habana que ella vende el pueblo y que, finalmente, no compró. Imagino que es un lector de Luchon al que conocí en Toulouse.




Regresé a mi casa con el pan de leña, que suele durarme tres días, bajo el brazo y tras intercambiar parte meteorológico con la hiperactiva panadera. Tienen en la panadería, en una bandeja de cartón junto a la caja registradora, trozos de cocas, ensaimadas, croisanes, del día anterior, me imagino, para obsequiar a los clientes hambrientos. Yo siempre tomo uno y así aligero el camino hasta mi casa y no pellizco la barra de pan por el camino desde entonces, como hacía siempre desde que iba con pantalón corto en mi segunda vida.




Como rápido, con el sol entrando por el ventanal del salón y las noticias de la 1 (alubias blancas estofadas, lomo de cerdo, huevo frito y patatas; tarta tatin, con la que reduje ayer los cinco kilos de manzanas a cuatro: no esas no son las noticias de la 1 sino la comida) y cojo la bici con mi atuendo completo de ciclista. Hay que apresurarse porque el sol dura poco. Intento subir, por la zigzagueante pista que parte del cementerio del pueblo, buen lugar para iniciar la marcha, al Guardader (mirador) de Arres. Es una subida agónica, de las más fuertes del entorno. Subo muy despacio, con la primera y sin bajarme un instante. Nadie circula por la pista que aparece cubierta por un manto de hojas caídas. Ese es el único rumor que percibo, el de las hojas cayendo de los árboles, tras bailar al viento, y el gorgoteo de los cursos de agua que avisan con un brusco descenso de la temperatura cuando te aproximas a ellos. Hay zonas de ese bosque otoñal, cuyos árboles ya muestra sólo su esqueleto, singularmente cálidas, quizá porque hasta hace unos momentos les ha estado tocando el sol, a las que suceden otras gélidas. Contrastes.



Los tres primeros kilómetros de ascenso son insoportables. Las tentaciones de dar media vuelta, constantes. Pero sigo cuesta arriba, al límite de mi resistencia, hasta que veo que se echa la noche encima y no voy a poder llegar a mi meta. Creo que es la tercera vez que intento culminar sin éxito esa excursión. Doy la vuelta a la bicicleta, en uno de los recodos, y desciendo a tumba abierta. Lo que he tardado dos horas en subir lo bajo exactamente en quince minutos con el aire frío chocando contra mi cara y la oscuridad adueñándose de todo el Valle.




Trabajo unas cuantas horas. Contesto, mientras, correspondencia acumulada y depuro los correos electrónicos de las bandejas de entrada, cientos, que no puedo leer todos por falta de tiempo. Si por algo mataría sería por ganar tiempo. Tampoco, no me serviría el tiempo a costa de la vida de alguien. Hay, entre las misivas recibidas, una carta de Rosa Luxemburgo, la primera mujer que entró en mi casa en compañía del Filósofo Rojo, un tándem revolucionario que pedalea al unísono contra la corriente del capitalismo salvaje que nos arrolla sin que podamos hacer otra cosa que gritar, gritar y gritar. Casualmente aparece hoy en una foto, detrás de una pancarta y muy combativa, en El País de hoy que leí en la terraza del bar de mi octava vida al sol. Me adjunta un artículo que escribió para Público sobre los desmanes del gobierno de CIU en enseñanza, que son terroríficos. Si alguien creyó que la derecha catalana era mejor que la española estaba muy equivocado. Son peores, por mucho que Mas parezca un clon de los Kennedy que, como políticos y personas, dejaron mucho que desear.




Después de cenar mi sopa mutante (nunca sabe igual y no tiene fórmula, y ese es su verdadero encanto) me acomodo en el butacón orejero y enciendo la estufa de hierro. Consigo que prendan los leños al tercer intento. Enseguida se caldea la casa agradablemente. Y al calor del fuego hipnótico, en el que casi arden mis pies y piernas por la cercanía, veo Reservoir dogs de Tarantino, su, para mí, mejor película junto a Jackie Brown. Curiosamente sus protagonistas, que hacen gala de los característicos diálogos tarantinianos (Harvey Keitel, Steve Buscemi, Chris Penn, Michael Madsen, Tim Roth, Lawrence Tierney y el escritor Edward Bunker, Perro como a perro, con el que bajo ningún concepto quisiera encontrarme en un callejón sin salida) hablan, en un momento determinado del film, de Pam Grier, la actriz del BlackExplosion que acabaría protagonizando Jackie Brown. Premoniciones. Bueno, la sangrienta película de Tarantino, a pesar de su exceso de hemoglobina, sigue siendo una obra redonda aunque a años luz de Atraco perfecto, la película de Kubrick de la que es un disimulado remake. Y el señor negro y rojo, porque soy anarquista, se retira a su cama a eso de la una de la madrugada, a ver las estrellas por la ventana de su dormitorio, algo que no tiene precio y a lo que me voy acostumbrando. Llegará un día en que ni me daré cuenta de ello.

Comentarios

MarianGardi ha dicho que…
Se me hizo corto el día a tu lado.
Voy a buscar pasar los anteriores.
Croisan no, mejor cruasán.
Un abrazo
Mar ha dicho que…
Un placer leerte...gracias por estos momentos!!!