DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 30 de diciembre de 2011

Creo que voy disfrazado de leñador canadiense dentro de mi casa. Bueno, esto, el Valle, no es Canadá, pero algo se parece, en otra dimensión. Canadá, por sus pequeños bosques, por sus pequeñas cascadas, por sus pequeños ríos, comparado con la grandiosidad del paisaje de ese país norteamericano, y Escocia, por sus lagos, los de Liat, especialmente, que parecen sacados directamente de los Highlands. Pantalón de pana, gorra de visera, camiseta de algodón adquirida en México hace unos cuantos lustros, una camisa a cuadros comprada hace una semana en un mercadillo de Vic y que abriga un montón (con estas camisas me ahorro ponerme el jersey que me regaló Mademoiselle Bonnaire) y unas zapatillas que me vienen algo grandes y es de los pocos vestigios físicos que llevo conmigo de mi séptima vida. Con esa pinta, y las gafas de presbicia colgadas del cuello (feo palabro ése: presbicia) más unas gafas de sol, regalo de mis cachorros por Navidad, suspendidas del cierre de la camisa (no hace sol en la casa, menos a las ocho de la tarde, pero de ahí cuelgan como vestigio de mi irracionalidad) bajo los dos tramos de escaleras que van de la buhardilla al salón comedor con un puñado de papeles viejos en las manos, para quemar, que he aligerado de mi caótica mesa de estudio.
Llego en buen momento porque el fuego de la estufa de leña languidece, apenas es una tenue llama rojiza que besa un tronco, así es que lo avivo con esa carga de papeles de todo tipo, fundamentalmente apuntes manuscritos para una conferencia que di en Samatán, la ciudad de las ocas, el mes pasado, aunque también hay entradas de museos, mapas de Burgos y Toulouse, billetes de metro, facturas de visa.... Mientras avivo el fuego con ese combustible de papel (los troncos que arden dentro también podrían haber sido papel, me digo) me siento en el butacón orejero verde y pesco de encima de la mesa un País Semanal atrasado que no leí en su momento. Bueno, tampoco es tan atrasado, es del 18 de diciembre. Hay una entrevista con Tom Waits, que devoro, después de dejar para otra ocasión la de Gary Oldman a propósito de El Topo.
Me gusta la voz aguardentosa de Waits. El tipo tiene dos años más que yo y calza siempre sombrero, como yo esa gorra canadiense con la que me voy casi a la cama y no se separa de mi cabeza. Eduardo Lago, que firma la entrevista, tiene frases muy acertadas sobre el músico: “Su voz hace pensar en alguien que se ha curado el resfriado durmiendo la borrachera en una tumba”, por ejemplo. Waits, que no tiene voz melosa (tampoco la tenía Janis Joplin ni Louis Amstrong), arrastrará siempre su pinta de outsider aunque nade en millones, beba buen whisky de malta y conduzca coches de lujos. Es un personaje de carretera (y él dice que su época más feliz fue esa, cuando hacía autostop y viajó de un extremo a otro de USA) que parece sacado de la mente de William Burroughs y Jack Keruac. En las películas en las que ha intervenido los directores sólo le piden que haga de sí mismo y con eso ya tienen bastante. Y les sobra. Le recuerdo en Vidas cruzadas de Robert Altman, en Jugando en los campos del Señor de Héctor Babenco, en Drácula de Coppola..., y siempre salía borracho. Cuando el entrevistador le pregunta por su ruido favorito, Waits responde: El estampido de un revólver disparado lo más cerca posible de las orejas.
Leída la entrevista y postergada la de Gary Oldman (precisamente el Drácula de Coppola) subo de nuevo a mi buhardilla con mis dos gafas y mi gorra de visera.
Ando liado desde hace tres días con un relato de una extensión mediana. El marero. Como me sucediera con El mal absoluto con un programa sobre Auschwitz y la solución final, que precisamente reponen hoy por televisión en la 2, un reportaje sobre la Mara Salvatrucha concitó mi interés hace cuatro noches, mientras vagueaba delante del televisor. La cámara enfocaba a un marero que hablaba de forma pausada y educada sobre los sesenta y cinco asesinatos que tenía a sus espaldas, un tercio de ellos mujeres. Hablaba sin ninguna emoción de sus crímenes, con la misma naturalidad que yo hablo sobre Thomas Mann con el camarero que lee La Montaña mágica o intercambio impresiones sobre el tiempo que tendremos con la panadera del pueblo. Me di cuenta, escuchándolo, que el asesinato, cuando se convierte en un hábito continuado, pierde su carga transgresora para quien lo comete del mismo modo que el cirujano deja de atormentarse cuando se le muere el tercer paciente en el quirófano. Un monstruo nunca puede tener empatía con la víctima porque terminaría destrozado por sus propios actos. El tipo hablaba de la muerte como si fuera su oficio, y lo era, y alardeaba de ser un experto. Ese marero del televisor no sabe que me he apropiado de su alma, si es que tiene (lo dudo) y lo he convertido en protagonista de un cuento de veinte páginas que está en mi ordenador reelaborándose días tras día hasta que lo dé por concluido y lo deje archivado en una carpeta y allí permanezca hasta que le dé alguna salida, si se la doy.
—¿Y por qué asesina?
La pregunta del periodista podría resultar una tremenda obviedad teniendo en cuenta quién era el entrevistado. Aníbal Ribera no era un marero cualquiera. Decían de él que había pasado de la lactancia, que no tuvo, porque quien trajo al mundo a ese demonio lo abandonó en cuanto le vio la cara, a empuñar un AK 47. De niño sicario, criado en la calle, a jefe de mara. De jefe de mara a terror de todos los jefes de maras del quinto distrito de Guatemala City en el que imponía su ley y vasallaje...
Y aun hoy, veinticuatro horas más tarde, tengo visiones de esa pista helada que ayer pudo conmigo. O yo pude con ella, puesto que logré salir de su gélida y resbaladiza trampa y regresar a mi hogar. Veo el coche en la pendiente, en aquella curva, deslizándose por la capa de hielo y me coge frío de muerte. Pero mi otro yo, el enloquecido, el que me llevó a ese lugar maldito de la montaña, me ha desafiado hoy a regresar a ese punto para superarlo. Mi yo racionalista lo ha mandado a paseo, evidentemente. ¡Qué miedo me da ese tipo irracional que habita en mí!

Comentarios

Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
Menos mal que en ti impera Eros y no Tánatos.
Poma ha dicho que…
Si que da miedito , si, ese otro/a que se cuela en nuestra racionalidad.