DIARIO DE UN ESCRITOR

Sant Cugat, 25 de diciembre de 2011 No estoy muy seguro de si el tiempo pasado es recuperable. Aunque siempre hay alguna corteza que se salva después del incendio que arrasa el bosque y éste renace de sus cenizas. Esta Navidad hago la prueba. Regreso cuatro años atrás, pero teniendo cuatro años más. ¿Es eso posible? A mi casa de mi sexta vida. A esa hermosa, amplia, luminosa vivienda que entre La Arquitecta y yo edificamos con toda la ilusión y abandoné.

Nada ha cambiado, aparentemente, con lo que tengo la sensación de despertar de un sueño. Creo que la decoración que escogió La Arquitecta fue perfecta porque han pasado quince años y no desentonan los muebles, sillones, mesas, sillas, estanterías que la conformaron. Una colección de cuadros cubre la mitad de la altísima pared del salón comedor, la zona más noble y hermosa de la casa que recibe la luz del sol desde primeras horas de la mañana a través de una puerta ventanal de diez metros de altura. Mi despacho, en la segunda planta, en el que se puede bailar, sigue igual, con mis diez mil libros que no leeré cubriendo sus dos enormes paredes laterales; mi mesa de estudio, porque ya no estoy en ella, está limpia y ordenada. Sigo subiendo escaleras, en mi inspección sentimental, mientras La Arquitecta está al mando de los fogones de la casa y la perfuma con su olor a comida.

Sobre la mesilla de noche del que fue mi dormitorio duerme el sueño de los justos En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, el último libro que estuve leyendo en mi sexta vida y dejé allí, con el punto de lectura en la página doscientos, de la que no pasé. Y eso hago, exactamente, mientras paseo arriba y debajo de la que fue mi casa y ya no lo es, buscando el tiempo perdido, los ecos de mi pasada vida que percibo en cada esquina de ese escenario que me sigue siendo fiel como si el tiempo se hubiera detenido hace cuatro años, cuando pasé las últimas navidades. Llegan los muchachos. O no llegan; se despiertan después de una noche de juerga, ojerosos, en pijama, y tienen que encorvarse, por su altura, para besar a su padre.
Ulises se sienta en el sofá blanco del salón comedor y observa, desde ese ángulo, el ciprés del jardín, que compró cuando su altura era apenas la suya y ahora debe medir veinticinco metros, es el más alto del entorno, le sobrevivirá y él lo abonará con sus cenizas. Y así permanece el viajero, ensimismado y triste, contemplando todos los cuadros y adornos de esa casa, recordando dónde y cuándo los compró, en qué viaje tropezó con esas esculturas orientales, cómo regateó ese batik, que cuelga hermoso encima de un gong chino, en un mercado de Indonesia, de qué hueso de animal están confeccionadas la docena de esculturas que adornan la vitrina del mueble lacado en blanco que tiene enfrente.
Ha prometido ese Ulises, de paso por su Ítaca, que hará los canapés del día de Navidad y entra en la cocina en donde la elegante Arquitecta, que cada vez parece más joven, se mueve entre fogones con sopas que hierven y exhalan un agradable perfume a hogar y un enorme recipiente en donde se hace el fricandó de ternera. La contribución culinaria del viajero en este día destacado va a ser muy simple. Tengo a mi disposición salmón ahumado, huevas de algún pescado, paté de cangrejo, aceitunas, alcaparras, micuit, y voy untando con todas esas sustancias rebanadas de pan de molde que luego troceo minuciosamente con tijeras hasta convertirlos en atractivos triangulitos multicolores de múltiples sabores que combino en una bandeja siguiendo una pauta cromática, como la de la paleta de un pintor.
A las dos y media llega la pequeña reina de la casa y Penélope y Ulises olvidan sus diferencias para disputársela. Con tanta gente a su alrededor la chica está seria, pero enseguida sonríen sus enormes ojos azules y comienzan a moverse barcitos y piernecitas embutidas en leotardos grises mientras va pasando de unos brazos a otros.

Junto al árbol de Navidad de la segunda planta, junto a la puerta del ascensor, están los regalos. Los vamos abriendo uno por uno siguiendo el ritual de todos los años, también de los que no estuve y hube de imaginarme desde mi exilio sentimental en el sur. El que recibo yo es de una enorme utilidad para mi nueva casa. A la pequeña reina le tocan en suerte unos diminutos pantalones de pana de juguete. Pronto le regalaré botas de montaña y una mochila para que me acompañe por los prados de Arán, piensa Ulises mirando a la pequeña reinecita de sus ojos.
La comida es larga, sin prisas. El vino blanco, tinto, el vermú rojo, el cava, llena las copas una y otra vez. Caen todos los platos de forma inexorable ante el apetito festivo de los comensales que se citan alrededor de una mesa que estrena mantel de lujo para la ocasión: un caldo con un enorme gallet napolitano que encierra una pelota de carne; los canapés que hizo Ulises y de los que no queda una muestra en segundos; el fricandó con las setas del Valle que conservaba La Arquitecta de un viaje que hicimos muchos años antes de fijar yo mi residencia en aquel lugar mágico. Los postres, especialmente el turrón de yema tostada, tienen un enorme éxito, concitan el entusiasmo de todos, son un dulce reclamo al que nadie se resiste como epílogo de esa comida de Navidad especial. Luego todos van desertando de la mesa hacia las camas, vencidos por el sueño, para echar una siesta, y quedamos frente a frente Penélope, que no me esperó tejiendo, y Ulises, el viajero, que dentro de tres horas tomará su coche y subirá del llano al monte, a su gélida casa de la montaña, dejando de nuevo Ítaca al cuidado de La Arquitecta.
Yo siempre estaré, le digo.
Y yo, me contesta.

Comentarios

Anita Noire ha dicho que…
El texto es precioso pero no le arriendo las ganancias ni a Ulises ni a Penélope. Mantener Itaca a salvo de ventolersas y llamas puede costar más de un dolor. En todo caso, si es como dice, no queda más que felicitarte. Ser Penélope es una cruz, no lo sé si lo es ser Ulises.
Marian ha dicho que…
Curiosa forma de vivir Penèlope y Ulises. Los pactos se sellan para siempre.
Un abrazo y Feliz Navidad
José Luis Muñoz ha dicho que…
En efecto, Marian. Hay pactos no escritos que se sellan en el corazón y están a salvo de incendios.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Ser Ulises y desembarcar en Ítaca resulta duro cuando luego te tienes que hacer a la mar.
M. Deveriá ha dicho que…
Hermoso escrito. Creo, sin embargo, que es preferible volver a hacerse a la mar, mi querido Ulises.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Pero a algún puerto he de llegar.
M. Deveriá ha dicho que…
Ítaca la asocio con el final del viaje. Es por eso.
MarianGardi ha dicho que…
Jose Luis, la Marian del primer comentario era yo con el blog trastocado. Ya estamos en curso.
Me encanta ese bello salón y ya imagino la casa.
Un abrazo