DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 17 de diciembre de 2011

Y de pronto llegó el invierno. De un día para otro. Después de una tarde insólita en la que el vendaval del Cantábrico, que estuvo entrando en el Valle, subió la temperatura ambiente para luego bajar de golpe y nevar. Y nieva. Y sigue nevando. Veinticuatro horas seguidas.



La nieve transforma este paisaje ocre del otoño en blanco, viste de invierno estos bosques de hoja perenne de pinos negros y abetos que cubren los montes hasta donde mi vista alcanza. Como un niño pequeño, como el niño pequeño que hace mucho tiempo fui y quiero seguir siéndolo hasta el final, porque creo que vinimos al mundo para jugar, fundamentalmente, cogí mi cámara y abandoné el interior de mi casa útero, que estos días, con el frío exterior, es aún más útero, y salí a recorrer los campos que hay a un tiro de piedra de mi puerta a pesar de que nevaba con insistencia y los copos volaban, por el viento, en dirección a mi rostro, se metían en mi boca.
Los caballos del Coth de Baretges, mis caballos de toda la vida, pastaban ajenos a la nieve, trataban de arrancar del suelo la poca hierba helada que quedaba en la pradera en donde los tienen ahora que llega el invierno. Tenían las crines empapadas, algunos hasta heladas, y se acercaron a mí creyendo que les iba a llevar a un lugar más abrigado. En cuanto supieron que yo no tenía potestad para hacerlo, se alejaron. En un corral cercano, bajo techado, los corderos se quejaban con balidos del frío. Y a las gallinas y gallos ni se les oía.



Tomé luego el coche e intenté llegar a una cota más alta del Valle, a Baqueira Beret, en donde está la estación de esquí. No lo alcancé por prudencia. A partir de Salardú los copos eran mucho más grandes, volaban en todas direcciones azuzados por el viento, cuajaban en la carretera que se cubría con un manto blanco inquietante y peligroso, por lo que, en cuanto pude, giré y descendí de nuevo perseguido por esa nevada que no daba tregua y pintaba montes y pueblos de Navidad.
Hacía día de estar encerrado en casa, pero no lo estuve. Tras cortar leña (hoy, un tronco que se me había resistido tres días, saltó en pedazos tras el primer hachazo que le di en su alma), encender la chimenea con periódicos (nunca lo haría con libros, querido Manolo que se te echa mucho en falta) y hacerme la comida (inventé, o no, quizá ya exista, un plato de espaguetis de cuya receta informo: una vez cocidos los espaguetis se echan a una sartén con un poco de aceite; se corta queso azul, nueces y almendras picadas y se añaden; se remueve hasta que el queso se funde; se vierte un poco de crema de leche, se sigue removiendo hasta que la absorba, y al plato y a comer), y dormitar ligeramente en el sofá orejero, cogí de nuevo el coche y fui a Vielha, al cine, aunque la infame película que vi no justificó el paseo, sí las fotos de postal navideña que hice luego saliendo de la diminuta y fría sala de proyecciones. Los copos de nieve que seguían cayendo a las ocho y media de la noche estaban a juego con las iluminaciones navideñas de la capital de Arán. Y regresé de nuevo a casa, iluminando con mis luces largas esos gruesos copos de nieve que bailaban delante de mí y se iban posando en el cristal del limpiaparabrisas.



La foto que ilustra este texto la hice desde mi ventana. Muchas veces me creo que he sido transportado a un cuadro. En estos momentos estoy dentro de uno de mis lienzos favoritos que me fascinó desde la niñez y pude ver, finalmente, en un museo de Viena si la memoria no me traiciona: Cazadores en invierno, de Brueghel. Pues desde el interior de ese cuadro escribo.

Comentarios

Poma ha dicho que…
Usted escribe desde "Cazadores en invierno (o en la nieve)" y es por mimetismo con el entorno.Yo entro en algunos cuadros para imaginar historias opuestas al entorno.