DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 29 de diciembre de 2011

Hielo. Mi obsesión por el hielo se la debo a mi madre. De ella saqué algunas virtudes, y algunos tics: sacar la llave del bolsillo dos manzanas antes de llegar a mi casa; llevar el dinero en la mano cuando voy a pagar el periódico a mi amiga paraguaya o la cerveza al camarero que lee a Thomas Mann. Y obsesiones: bebidas gélidas. Suelo tomar las cervezas heladas en verano. Tan heladas que muchas veces las olvido en el congelador y me las encuentro al día siguiente reventadas. Suelo ponerme mucho hielo en las bebidas. Por culpa de una bebida helada que me tomé una noche calurosa, en mi sexta vida, tuve un corte de digestión que a punto estuvo de mandarme al otro barrio: todo me daba vueltas, la cama, la habitación, hasta el punto que hube de arrastrarme por el suelo porque caía de bruces ante la falta de equilibrio y estuve seis horas sentado en el jardín, de la que era entonces mi casa, hasta que lentamente me fui recuperando, volviendo a la vida. Desde entonces no tomo las bebidas tan frías; no las tomo, sobre todo, cuando hace una hora o dos que he comido. Ha aprendido de ese accidente que pudo haberme mandado a otra vida, la décima o undécima, la no vida, de una forma estúpida.
Hielo. Nunca fui un buen patinador. Patinaba muy torpe en patines de cuatro ruedas, estaba más tiempo en el suelo, con las rodillas destrozadas. Nunca patiné con esos otros patines en línea, que son filos de cuchillas, sobre hielo. Soy pésimo esquiador de fondo: mi única experiencia me tuvo más tiempo echado en la nieve de la pista forestal nevada que deslizándome por ella. Y desde luego ni loco subo una montaña con hielo.
Pensaba en el hielo, o no lo pensaba, o sí lo pensaba pero mi otro yo me lo quitaba de la cabeza, mientras conducía por una pista forestal hoy, inmediatamente después de comer. La pista subía recodo tras recodo y yo iba despacio, mirando el asfalto. Vislumbré un pequeño tramo helado, no hielo exactamente sino una delgada capa de nieve que no se había derretido en días y se había congelado. Me bajé del coche para comprobar su estado. No patinaba demasiado, crujía bajo la suela de la bota. Bien. Monté. Encendí el motor. Pasé aquel pequeño tramo conflictivo sin problemas, sin que patinara el coche, muy despacio, eso sí. Y seguí monte arriba, disfrutando del paisaje, de las lejanas cumbres cubiertas de nieve, del sol pasando entre las ramas de los árboles yermos, del silencio y soledad del camino, hasta que di con otro tramo helado, blanco, otra vez nieve helada, una capa fina que brillaba, esta vez más largo, y seguí, poniendo la primera, muy despacio, deseando que ese tramo acabara y volviera a pisar asfalto más o menos seco. Pero no. Y en una curva pronunciada y en pendiente pasó lo que tenía que pasar e iba temiendo cuando ya no tenía remedio y no podía retroceder: que el coche patinó, que se fue para un lado, que por mucho que aceleré se fue hacia atrás, descendió sin control unos segundos eternos hasta detenerse las ruedas posteriores en el arcén y contra la ladera de la montaña. Sé que nunca debe frenarse un coche en el hielo, pero cuando vi que me iba hacia abajo el instinto pudo más, eché el freno de mano y pie, inútilmente, claro; luego puse la primera marcha, una vez que apagué el motor, y, temblando, bajé. Aquello sí que era hielo resbaladizo. Tan resbaladizo que yo mismo me deslizaba por la pista. Miré el coche. La posición era muy complicada para salir y me maldije por mi cabezonería suicida de haber cogido esa pista. Realmente era muy difícil enderezar el pesado vehículo teniendo en cuenta el hielo, la curva y que estaba en una pendiente extremadamente pronunciada. La curva, por su relativa amplitud, me permitía maniobrar y encarar el coche hacia abajo si es que conseguía que se deslizara lentamente hacia atrás y se detuviera en el arcén opuesto cruzando la pista en diagonal. Allí, aunque no funcionaran los frenos ni las marchas, la montaña me detendría como parapeto. El peligro es que no consiguiera cruzar el coche hacia el otro lado de la pista y éste se deslizara hacia un cercano barranco y cayera al vacío. Paseé arriba y abajo, maldije el bello paisaje nevado que me rodeaba, me maldije a mí mismo, a ese otro yo imprudente que me había impelido a seguir – los impulsos irracionales acabarán un día u otro conmigo – y decidí correr el riesgo porque no había otra alternativa, o la otra alternativa era dejar el coche en medio de la pista y bajar andando dos horas hasta el pueblo más cercano con el peligro de que se me echara la noche encima y me congelara por el camino. También podía llamar a Mademoiselle Bonnaire para que viniera a rescatarme con su coche a ese punto. O llamar a la compañía de seguros, que me maldeciría y me enviaría un coche en un par de horas si es que encontraba la pista. O llamar al 112 para que bomberos y policía me abroncaran, con toda la razón del mundo, por circular en invierno por pistas forestales. Finalmente decidí que si yo me había metido en el hielo, imprudentemente, yo estaba obligado a solucionar el problema sin la ayuda de nadie, así es que subí de nuevo al coche, lo puse en marcha, quité suavemente el freno de mano, giré el volante en dirección contraria para que cuando se deslizara fuera a parar al arcén opuesto de la carretera y me encomendé a mi suerte. De nada sirvió girar el volante. En cuanto quité el freno de mano el coche se deslizó bruscamente carretera abajo y se detuvo porque se empotró suavemente contra la montaña. Por suerte se había detenido, sin que hubiera respondido ni al movimiento del volante, ni al freno de mano, ni a la primera marcha. Estaba ya fuera de la curva con lo que mi margen de maniobra para intentar enderezarlo se reducía drásticamente por falta de espacio. Además corría el peligro de que en cuanto intentara mover el coche poniendo la primera marcha el vehículo se deslizara sin freno marcha atrás por la pista helada y saltara al vacío. Nuevamente eché pie a tierra para evaluar la situación y tomar una decisión. La única solución era poner la primera marcha, avanzar lentamente hacia el quitamiedos de enfrente, que protegía la carretera del barranco, frenar, si es que respondía el freno, ir hacia atrás, de nuevo hacia delante y hacia atrás hasta que girara por completo y encarara el coche en la pista para descender por ella. Monté de nuevo y lo puse en marcha. Por suerte la primera funcionó y el coche se deslizó suavemente hacia delante hasta quedar completamente cruzado en la pista. No había peligro de colisión con otro coche: yo era el único loco que se había aventurado por esa pista de hielo. Giré suavemente el volante y puse la marcha atrás. El coche se deslizó hacia atrás. Bien. Aquel tramo no estaba tan helado como la maldita curva que me había detenido un par de metros más arriba. Maniobré seis veces más, adelante y atrás, hasta que conseguí girar el coche por completo y encararlo hacia el descenso. Pero faltaba superar la veintena de metros con la pista helada, blanca, y una curva sin quitamiedos por la que, si no dominaba el coche, podría precipitarme al vacío. En caso de perder por completo el control mi cabeza me decía que debía saltar del coche, pero en mi fuero interno sabía que no iba a hacerlo, que me dejaría caer por la ladera, dando vueltas, hasta que algún árbol me parara o siguiera hasta el fondo del valle, ochocientos metros más abajo. Así es que me puse de nuevo al volante para superar la tercera prueba de conducción sobre hielo, una vez superadas, in extremis, las dos anteriores, que parecían imposibles, metí la primera marcha, solté el freno y empecé a bajar despacísimo. Los cinco primeros metros el coche respondió sin patinar, pero luego debió pisar una placa dura de hielo y el coche se cruzó y se deslizó inexorable hacia el barranco. No frené sino que giré el volante en dirección contraria, quizá bruscamente, pero es que ya me veía volando por encima de los árboles en la última secuencia de mi vida, y conseguí corregir la deriva del vehículo y centrarlo de nuevo en la pista.
Cuando dejé a mis espaldas la pista de hielo frené el coche, bajé y respiré muy hondo. El corazón me iba a cien. Y temblaba de pies a cabeza.
Lo primero que hice al llegar a casa fue merendar. Tenía un apetito voraz.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Me has dejado en ascuas...qué merendaste ;) jajaja
Cristine Pizan
M. Deveriá ha dicho que…
Me has hecho vivir el vértigo y el miedo. Eres demasiado intrépido, querido escritor.
M. Deveriá ha dicho que…
Me has hecho vivir el vértigo y el miedo. Eres demasiado intrépido, querido escritor.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Café con leche, una palmera, dos polvorones, un vasito de vino moscatel. Jajaja. Celebraba que estaba vivo, Cristina.
José Luis Muñoz ha dicho que…
¿Intrépido? No, un loco, querida amiga. Llevo veinticuatro horas de autocrítica feroz. Menos mal que soy bastante más prudente cuando viene alguien conmigo. Hoy no he hecho otra cosa que ver el coche en aquella curva a punto de despeñarse.
Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
A que se te ha olvidado recoger leña por el camino de regreso...
Sí, menos mal que eres prudente cuando llevas a alguien más en el coche...
¡Ay, ay ay!
José Luis Muñoz ha dicho que…
¡Ostras! Cierto. Y tampoco hice fotos del incidente, y eso que llevaba la cámara. Pero no caí. Bastante hice con salir vivo de allí.
Poma ha dicho que…
Tiene usted una manera muy peligrosa de procurarse adrenalina.
Que susto ¡¡¡
José Luis Muñoz ha dicho que…
Pues sí, Pometa. Esa sensación de irse irremediablemente para atrás, sin que el freno, la primera ni nada funcionara y con el coche convertido en un enorme bloque que se deslizaba por donde el hielo quería, va a permanecer en mi subconsciente por mucho tiempo. Pese a todo racionalmente me vi capaz de salir del atolladero en el que me había metido, y salí. Eso sí, a pie de coche, hice sesudos estudios de física, calculé la trayectoria que seguiría el mosntruo una vez le quitara el freno, que de nada me sirvió: el hielo lo dirigió hacia donde le dio la gana, suerte que no lo hizo hacia el precipicio.