DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 13 de diciembre de 2011


08:55
La razón por la que a esa hora suena el despertador es sólo una: llegar a tiempo a los Desayunos de TVE1

09:00
Tomo café con leche y lo acompaño con uno de los pastelillos árabes que me trajo un amigo de la ciudad que fue el eje de mi séptima vida. Veo y escucho a Ana Pastor, de la que sigo enamorado. Hoy no tiene a un tipo tan maleducado y falsamente campechano como José Bono que se pasó ayer con ella tres puertos. O cuatro. Se refirió a despectivamente a La Chacón, hablando de la ministra de Defensa en funciones; le dijo que no contestaba a sus preguntas porque no le daba la gana; comparó a Ana Pastor con la señorira Rottenmeier; y comentó, fuera de su contexto, la expresión del genial y desaparecido Pepe Rubianes La puta España refiriéndose a él como un tal Rubiales.

10:15
Busco, sin éxito, un mail de La chica que cantaba fados. Hoy no toca. Quizá mañana. Puede que nunca.

11:00
Hay una edad en la que el cuerpo se siente. La que tengo. Al dolor de lumbago, que me agarrota desde hace unos días, se une el de la cicatriz de mi lejana operación de hernia inguinal, que se reaviva en invierno, molestías en el menisco y un dolor en la pierna derecha que no sé si está relacionado con los tres precedentes o va por su cuenta. Mientras no me caiga por la escalera puedo respirar tranquilo.

11:30
Además del cuerpo, fallan otras cosas: el lavavajillas. Algo debe de andar mal que no funciona. Lo vacío. Está inundado. Quito el filtro. Está limpio. Malo. Eso quiere decir que el filtro no ha filtrado nada y la porquería de los platos obtura el desagüe. Aviso a la inmobiliaria del desastre doméstico para que me envíen un operario. No viene. Mientras, lavo a mano los platos, lo que es mucho más lento pero me relaja.

12:00
Toca peluquería para reducir mi melena de Búfalo Bill y dejarla de acorde a la recortadísima barba que ha menguado el tamaño de mi rostro, pero las tres veces que paso por delante del establecimiento veo a la peluquera y a su ayudante ocupados con sendos clientes y no hay cosa que deteste más que esperar en una peluquería. Bueno, sí, esperar en la consulta del dentista.

12:30
Compro Público a mi amiga y vecina paraguaya. Le comento lo bueno que estaba el vino argentino que descorchamos cuando recibí visitas y fue muy digno acompañante de un exquisito entrecotte. No es por agradecer un regalo.

12:40
Ocupo la mesa de mi bar. El sol no le alcanza. Tampoco a las 12:45 cuando ya tengo la cerveza sobre la tabla y he leído parte del periódico. Un economista argumenta en un artículo de opinión las desastrosas medidas que se toman en Europa que no harán más que agravar la crisis. Seremos como los chinos, con salarios de chinos, seguridad social de chinos y condiciones laborales de chinos, es decir: esclavos.

12:50
El camarero que leía a Thomas Mann sale a la calle a darme conversación. Va con camiseta de manga corta. Es menos friolero que yo, que no me quito el jersey de cremallera que me regaló en su momento Mademoiselle Bonnaire y llevo encima un abrigo fino de piel que compré hace diez años en Estambul. Le pregunto si ha terminado de leer La montaña mágica y él entiende que le pregunto por La pérdida del Paraíso. Me contesta que no, que no tiene tiempo por los estudios. No le saco de su error. Hablamos de política. De los artículos de opinión de la prensa, que es lo que nos interesa de un diario. De los libros digitales, que no nos gustan. Del sistema sanitario, que nos van a quitar. De los gastos farmacéuticos, que se podían haber reducido hace muchos años con las recetas de genéricos. De las mafias farmacéuticas, que son lo peor que tenemos en el planeta. De esa gigantesca estafa de la Gripe A que fue un soberbio montaje de los laboratorios para forrarse a nuestra costa.

13:15
Termina nuestra conversación sin que el sol haya llegado a mi mesa. Hay una nube. Pago mi euro veinte de costumbre y regreso a casa.

13:30
Corto leña en el garaje. Empiezo a tener una cierta habilidad. Me pongo un guante, y las gafas de buceo para preservar los ojos. Con una mano aguanto el leño sobre el tronco de madera y con la otra descargo un golpe seco que suele partirlo por la mitad. A veces tropiezo con gruesas ramas que se me resisten y he de pegar siete u ocho hachazos. Lo difícil es propinarlos en el mismo sitio. Al cabo de media hora estoy agotado. Pero ya he llenado el enorme capazo que compré ayer y con esa provisión de leña tengo para todo el día.

15:00
Como una ensalada con lechuga, maíz y atún mientras veo el telediario. Luego frío un huevo. Remato con tarta tatín con crema de leche y cortado.

16:00
Le envío la receta de una sopa mexicana de tomate a una amiga. Es una forma de compensar el libro que me regaló de Enrique Vila-Matas y la aguja enorme por cuyo ojo cabe un camello.

17:30
Enciendo la estufa de leña porque empieza a hacer frío. Al calor de las llamas, arrellanado en el butacón orejero, leo tres capítulos de El círculo alquímico, la novela del colega Paco Gómez Escribano.

18:30
Se está tan bien ante el fuego que sucumbo a una discreta siesta. Dura hasta que languidece la llama.

19:30
Escribo, ya en mi buhardilla, una reseña elogiosa de La niña que hacía llorar a la gente, la extraña y provocativa novela negra de Carlos Pérez Merinero que publica Garaje Negro. Hay una parrafo, en concreto, que me gusta mucho y tengo subrayado: Y las páginas en blanco- ésta es una de las pocas cosas que estoy aprendiendo de este oficio de escritor en el que no haré carrera -, y las páginas en blanco, sí, hay que asesinarlas, llenándolas de palabras.

20:00
Publico un par de entradas en el blog Bajo el volcán: una foto del Valle que conseguí el pasado 4 de diciembre: un paisaje de árboles sobre fondo oscuro que parece un cuadro; y un artículo sobre Jorge Semprún que ya se publicó en Otro Lunes.

21:00
Ceno sopa de calabaza mientras escucho las noticias de las 21:00. Como me quedo con hambre, doy cuenta de un poco de queso de cabra con pan con tomate. Como me sigo quedando con hambre, me bebo un vaso de leche. Y luego exprimo una naranja. Y sigo teniendo hambre pero me aguanto.

22:00
Enciendo el fuego apagado con la incorporación de nuevos troncos. Bajo la protección de las llamas veo un capítulo de la excelente serie inglesa Abbey Dowton que dan por Antena3. Dos actrices conocidas en ella: Elizabeth McGovern, a la que no había vuelto a ver desde Ragtime de Milos Forman, y Maggie Smith. Disfruto con ella. El personaje que mejor me cae es Bates, el ayuda de cámara cojo que se enamora de una criada.

23:30
Busco en el ordenador la reseña de La niña que hacía llorar a la gente, para corregirla. Pongo en el buscador la palabra La niña y aparecen dos archivos más además del que estoy buscando: uno es una foto y el otro un poema pésimo que escribí en el clímax de mi séptima vida. Abro el archivo fotográfico: una niña, en efecto. Al principio no la reconozco; luego, sí. Tendrá cuatro años y está muy seria, sentada a horcajadas sobre un columpio en una playa de Huelva de la que se ven, al fondo de la instantánea en blanco y negro, parasoles. Lleva un traje de baño oscuro con tirantes. Los pies, rebozados de arena, creo que no le crecieron, que son los mismos que tuvo cincuenta años después, ahora. Me cuesta reconocerla en sus rasgos infantiles. Me doy cuenta de que parece un chico travieso, y no una niña, quizá por el pelo corto y esos labios tan finos de esa boca que no sonríe ante el fotógrafo, seguramente su padre. Luego esos labios se ensancharon y esa boca hermosa sonrió de una forma perenne. Lo que más se parece a lo que llegó a ser cincuenta años después son sus piernas, la forma de ellas que no cambió. Y los pies, que no crecieron, que nunca fueron de adulto sino de niña, o de japonesa. Esa niña de cuatro años, que me mira y a la que miro, no sabe en esos momentos nada de lo que será su vida ni, por supuesto, que se cruzará en mi camino cuarenta y cinco años después y yo sucumbiré a esa sonrisa que, en esa vieja foto infantil que yo guardo, no está. La magia de una foto y toda la historia que lleva consigo. La casualidad, o no, de que esa instantánea perdida en uno de los cajones de mi ordenador salga a la luz hoy junto a ese pésimo poema de amor. La niña que hacía llorar a la gente. A mí.

Comentarios

Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
¡Ay!, José Luis; después de este post tendrás una cola de mujeres dispuestas a cuidarte... Ya lo veo: el pueblo lleno de voluntarias con agujas enehebradas en una mano y botiquines de primeros auxilios en la otra.
Poma ha dicho que…
Si ,si , suscribo el comentario de Susana.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Desde que usted me ha dejado me han venido todos los males, oiga. Creo que estoy buscando madre. ¡Qué tiempos aquellos en los que uno tenía una que le cuidaba, le traía leche caliente con yema de huevo crudo y azúcar a la cama y le tomaba la temperatura!
Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
Bueno, bueno... candidatas no faltarán, se lo aseguro, joven: hay muchas mujeres con instinto maternal a flor de piel. No pierda las esperanzas.