DIARIO DE UN ESCRITOR

Vic / Barcelona, 20 de diciembre de 2011

El hombre llega pronto al cine. Sólo él sabe que se llama Abimael Koczinsky, porque ese nombre no figura en sus documentos, sólo en su mente. También lo sabe una chica portuguesa de melena rubia y ojos azules a la que recientemente le ha confesado esa identidad secreta y le responde cantando fados tristísimos de despedida. Abimael Koczinsky se dirige a la cafetería del cine. Dispone de media hora para que empiece la película. Pide un café con leche. Se fija en la camarera que le atiende: una joven y hermosa latina para la que él es invisible. Abimael Koczinsky no acaba de aceptar esa progresiva invisibilidad que le otorgan los años y arrecia con el número de arrugas en su cara y la cantidad de canas en su pelo. Es un tipo corpulento que lleva pelo y barba muy corta y viste un jersey gris perla de cremallera cerrado hasta el cuello que le regaló una chica francesa. Sonríe con los ojos, nunca con la boca. Mientras toma ese café con leche, más espumoso de la cuenta, hojea los programas del cine. El de la película que va a ver. Y antes de entrar en la sala, medio vacía, con unos veinte espectadores, y después de haber pagado el café con leche a la guapa latina, tropieza en el urinario con un anciano, más invisible que él, que repite como una letanía una frase que corrobora.
-Dios protege a los corruptos, Dios protege a los corruptos, Dios protege a los corruptos...
Se lava las manos Koczinsky. Casi nadie se las lava cuando va a los urinarios. Lo tiene observado. Hace estadísticas: uno de cada diez hombres lo hace.
Ahora está en el cine, ya, acomodado en la fila séptima, con el móvil apagado después de contestar a una serie de mensajes. Y empieza la película.
Sabina Spielrein, la judía rusa que se somete a los experimentos curativos del joven doctor Jung, le recuerda a otra persona, en su delgadez extrema y elegante, en la sensualidad de sus labios, en la hermosura, con un punto de locura, de su mirada. Koczinsky saborea ese paseo por el Belvedere vienés de la mano de Sigmund Freud, que no suelta de su boca el fálico habano ni cuando se desvanece, y el doctor Jung. Fue un invierno cuando estuvo paseando por ese mismo escenario; hacía un frío extremo, la hierba estaba cubierta por una buena capa de nieve y había que caminar con cuidado para no resbalar por el hielo. Estaba, entonces, muy enamorado de una chica de pelo rizado que se apretaba contra él tiritando y no le soltaba la mano. Viena era, al mismo tiempo, hermosa, triste y decadente, se quejaba constantemente de su perdido esplendor. Era la Viena de Relato soñado de Schnitzler, los cines porno en cada esquina, los puestos de fruta en el Ring, el palacio de la infortunada Sissí que interpretó la infortunada Romy Schneider y las vienesas altas, rubias, elegantes, que parecía fueran desnudas debajo de sus abrigos de pieles.
Sabina Spielrein se enamora de su psicoanalista y pierde la virginidad entre sus brazos al mismo tiempo que recupera la cordura a base de orgasmos y excitantes azotainas en las nalgas que alimentan su masoquismo. El doctor Jung la penetra sin desvestirse ni abandonar ese aire doctoral al que contribuye su cuidado bigote y sus gafas de las que no se desprende mientras da rienda suelta a una lujuria ordenada. Ella tampoco está desnuda, sencillamente se ha deslizado las bragas, o las ha desplazado. Pero es una secuencia de amor hermosa, piensa Koczinsky, espectador de ese drama sexual, y la judía le recuerda mucho a una mujer francesa de ojos azules. Una chica, porque podría bien ser su padre, y lo es en cierta medida.
Últimamente Koczinsky mezcla recuerdos personales con las tramas de películas que ve. Y ésta, al hablar del sexo, le lleva a otra historia, dos años atrás. Koczinsky era entonces Borja Casini, un poeta tan mediocre como romántico y apasionado que conduce su coche por una llanura andaluza, al amanecer de un día de verano. Ha llovido mucho en los últimos días y el verde del campo llega hasta el horizonte, una hierba larga que la brisa ondula formando un oleaje. Lleva bajada la ventanilla del coche porque le excita oler el aroma del campo a esa hora, cuando se despierta. Pero también está excitado, mucho, por esa cita que le espera en un hotel de Carmona.
Espera no perderse en la pequeña localidad sevillana por las indicaciones que le ha dado ella, que el recepcionista del hotel no le interrogue cuando entre ni le detenga cuando gire a la izquierda, tome el primer pasillo que sale a la derecha del ascensor y vaya directamente a la habitación 333.
La carretera es estrecha, suavemente sinuosa; el paisaje de llano es hermoso. Los árboles, aislados, destacan en ese vacío verde como esculturas, concitan su mirada. Los pueblos de casas blancas roban las primeras luces de la mañana.
Cuando deja el coche en donde ella le ha indicado, sin perderse por ninguna de las calles laberínticas de esa hermosa y pequeña ciudad sevillana, a la que volverá meses mas tarde por asuntos literarios, no mira las nobles casas que la conforman, los palacetes augustos, sus cuidadas calles que refulgen bajo un cielo ya muy azul, el de las ocho de la mañana de ese día de verano que, a esa hora, todavía es fresco.
Cuando llama a la puerta 333 tiene un nudo en la garganta. Cuando la puerta se abre, después de que haya oído a la mujer deslizarse con los pies descalzos por el suelo de la habitación, le da un vuelco el corazón, como siempre sucede en cada uno de sus encuentros. Se besan, nada más traspasa él la puerta. Sabine, como siempre, está desnuda, hermosa, oferente y huele a carne abierta: una invitación al deseo. Suele decirle él a ella que tiene un cuerpo renacentista, de modelo de Tiziano, de uno de cuyos cuadros parece sacada, con volúmenes suaves, pechos alzados y perfectamente moldeados a la medida de una mano masculina, generosas nalgas de una rotunda carnalidad rodiniana y acogedor vientre suavemente curvado en cuyo vértice se abre la tilde de su sexo depilado que es una sonrisa vertical perfecta. La besa en la boca, de pie, mientras la abraza y aspira ese aroma dulce que tienen los cuerpos al desperezarse, y luego, ya sí, la arrastra hasta la cama deshecha que guarda el calor de su cuerpo en la noche en sus sabanas, se desnuda con unas prisas impropias para una cita que no es la primera, arrancándose los pantalones, abriéndose la camisa, y se detiene un instante, para contemplarla, para deleitarse en cada una de las formas de ese cuerpo que instantes después le va a proporcionar un placer infinito. Repara en la mirada turbia que anida bajo esas cejas perfiladas, en los labios gruesos y húmedos que dibujan una sonrisa mientras piden ser comidos. Ambos están ansiosos de fundirse en ese abrazo perfecto, dejar de ser dos para ser uno en el placer irracional.
Borja Casini separa los muslos de Sabine, sin esfuerzo porque ella se rinde, y lame el sexo que instantes después va a gozar. Siente, en esa cavidad de carne tibia y húmeda, el primer espasmo de éxtasis, el latido convulso del corazón que manda oleadas de sangre a esa zona y la inunda con el néctar del placer. La bebe despacio, mientras ella se tensa y hunde sus uñas en su espalda. Y luego entra, deslizándose, absorbido, mientras la estruja con un abrazo firme, que ciñe caderas de ánfora, y devora sus labios, sedientos de besos.
La cama tiembla durante la batalla violenta y un espejo, sobre una cómoda, es mudo testigo de los rítmicos embates. Los amantes gimen, firmemente trabados, convertidos en un solo cuerpo de dos bocas, cuatro brazos y piernas. Los corazones bombean la sangre con un ritmo salvaje por las arterias. Borja siempre le dice que un día morirá en uno de esos frenéticos arrebatos sexuales y que no le importará hacerlo. El poeta nota cada uno de los orgasmos de su musa en la parte del cuerpo que tiene metido en ella, un rosario de contracciones que ciñen su columna de carne; advierte al tacto el erizamiento de la piel de los senos que sin pausa acaricia, el temblor del vientre y muslos que lo invitan ahondarse más en esa querida puerta del cielo que se abre como una flor carnívora para devorarle. Y así están durante largos instantes de delirio de los sentidos, sacrificando la vida al placer, ajenos a la realidad, disociados de la mente que ningún papel tiene en lo que sucede, deteniendo el tiempo y demorándolo.
Toma aire el poeta para la acometida final y antes resbala su mirada por ese cuerpo de piel tan fina que trasluce las venas azules que lo riegan. La boca de su amante está enrojecida por los besos y los párpados, cerrados, indican un gozoso abandono. El corazón de ella galopa bajo el seno izquierdo, con un visible pálpito. Ella es Venus y él, el fauno. Sale, un instante, el poeta / fauno del sexo de su amante, provocando una sensación de vacío en esa boca hambrienta que anida entre los muslos de Sabine, para entrar y cubrirla de nuevo, y ahora ya sí, baila sobre su cuerpo, imparable, galopa sin bridas como caballo salvaje, separando los fuertes muslos femeninos hasta formar una uve perfecta con ellos en cuyo vértice se vuelca, toca el cielo de su garganta con los dedos, descarga todo ese deseo largamente almacenado que le duele con un alarido animal, mientras ella ciñe su cintura con brazos convertidos en garras y lo alivia con contundentes golpes de vientre contra vientre para asegurarse que se ha vaciado en ella por completo.
Abimael Koczinsky regresa a la película tras esa digresión erótica que es un paseo por un pasado irrecuperable que el tiempo acabará borrando. La hermosa Sabina Spielrein, quince años antes de que un pelotón de fusilamiento nazi acabe con su vida, habla con el doctor Sigmund Freud de los progresos del psicoanálisis que lleva a cabo con ella el doctor Jung. Hablan de sexo, del acto sexual. En el transcurso del mismo, dice la elegante y hermosa judía rusa, se pierde la identidad, se anula el ego, para ser, sumado a tu amante, otra cosa, otro ser.
Borja Casini perdía su identidad en brazos de esa amante de cuerpo suave y cálido cada vez que rodaba en la cama con ella. Un embrujo que fue, sobre todo, físico. Una atracción irrefrenable y mutua de pieles al margen de sus cabezas.
Cuando Abimael Koczinsky se levanta del cine sabe que nunca más será ese Borja Casini que acudía enloquecido por el deseo a esas citas con su amante en hoteles de medio mundo. Aquello murió y sólo conseguirá revivirlo en su memoria mientras ésta no le falle. Koczinsky se siente paulatinamente invisible, algo, por lo demás, inexorable contra lo que es inútil toda lucha, y cansado desde hace tiempo. Invisible hasta con la gata Espurna que le observa, con indiferencia, la misma que él tiene hacia ella, cuando, ya por la noche, busca refugio en la cama de la comuna de Vic que regenta el Filósofo Rojo y escucha, con el miedo que siempre tiene a que se apague, ese batir furioso de su corazón que tiene su latidos contados.

Comentarios

Anita Noire ha dicho que…
Creo que la invisibilidad de Koczinsky es un algo que se expande.
Poma ha dicho que…
Corsini y Koczinsky, fantamas que engendran más fantasmas. Marvillosos por supuesto.
Anónimo ha dicho que…
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