DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 5 de enero de 2012

Ser el dueño y el único empleado del negocio tiene la ventaja de que uno lo abre cuando le place, o cuando se despierta. Olvidé el teléfono despertador en la buhardilla, así es que, cuando sonó a las nueve, debió sacar de la cama al vecino pero no a mí, que seguí durmiendo hasta las once de la mañana. Tampoco es necesario madrugar mucho ahora que no tengo a Ana Pastor como estímulo, me digo, para justificar mi vagancia en esta víspera de Reyes cuyo regalo se va a posponer hasta el día diez: me gustaría que viniera bien envuelto y con un lacito rosa. Así es que me levanté, me vestí, me calcé la gorra de leñador canadiense, que es un fragmento, apenas un suspiro, de mi octava vida, y bajé al salón comedor a encender la chimenea porque estaba helado. Con la vista en el fuego, que crepitaba alegre con un combustible formado por pequeñas cortezas y ramas, tomé mi café con leche y una porción de una tarta tatin que me hice la noche anterior agotando el stock de manzanas rojas más una verde que estaba olvidada en un rincón de la nevera y no sé los meses que llevaba allí, indultada. Mientras comía las manzanas caramelizadas y espolvoreadas con canela, ¡picante! de Marrakech, advertí que ése era un acto premonitorio, una especie de preludio. Acabadas todas las manzanas tendré que ir a por más, pero esta vez no serán cinco kilos, con una me bastará.
Subí a la buhardilla. El día estaba despejado y lucía un sol hermoso que alumbraba con una luz muy especial las cumbres nevadas de las montañas cercanas. Pude abrir, por fin, tras dos días de intentos infructuosos, los mensajes FB que se me resistían, y unos traían buenas noticias, gracias a que soplaba el Siroco, y otro, malas. La mala es que una amiga de la infancia, la que me colaba entre sus faldas (yo era un niño y ella, una adulta diez años mayor) en los cines de barrio, haciéndome cómplice silente de sus novillos, y de los de mi hermana, tiene graves problemas de salud que, desde aquí, deseo que no sean tanto y que muy pronto se recupere y nos volvamos a ver en el Café Salambó de nuestro barrio de Gracia, al lado del Verdi en donde tantos westerns vimos a hurtadillas en vez de ir a las aburridas clases del colegio. Pensaré en ella, el día de su intervención, y le enviaré todas mis energías para que salga con bien del trance. Seguro que saldrá y se pondrá buena.
Decidí que, puesto que el día era tan espléndido y mi amiga Paraguaya ha decidido no vender más prensa diaria (eso va a complicar sobremanera que yo esté a la una menos cuarto delante de mi cerveza en la terraza del bar que sirve El camarero que lee a Thomas Mann y va a perjudicar, por consiguiente, a la economía del pueblo: o voy a comprar el diario al pueblo cercano, y lo leo en una terraza de allí, o regreso con la prensa a mi pueblo para leerla en la terraza de siempre con el sol de siempre que sale a la una menos cuarto), coger el coche e ir al vecino Les a hacerme con un periódico (no tenían Público, así es que me conformé con El País) y subir luego por una carretera con enormes revueltas a Caneján, un pueblo pintoresco que está muy próximo a Francia. Dejé el coche aparcado y tomé una senda panorámica y aérea que me llevó a un villorrio semiabandonado a cuatro kilómetros, pero tuve, por el camino, dos encuentros inquietantes. Un pastor de ovejas, con aspecto de ido, me miró con expresión amenazadora cuando tomé la senda, como si el monte, el bosque, la hierba que pisaba, fuera suya. Caneján, ya lo pude comprobar tiempo atrás, no recibe con buenos ojos a los forasteros. Bueno, no generalicemos: alguna gente de Caneján. Una vez, hace años, entré en un bar y, como en una película del salvaje Oeste, se hizo silencio entre los parroquianos y todos se volvieron para mirarme. Pues una mirada parecida fue la de ese pastor de ovejas de hoy, emboscado tras las paredes de una borda, su cabaña para el ganado, y que me escudriñó con malos ojos: esas cosas se notan aunque uno no le vea, se transmite por el aire. Podía haberme acercado y preguntarle si le ocurría algo, pero no estoy para conflictos con pueblos vecinos. Así es que seguí por la senda, dejando al pastor que me miraba mal con sus ovejas y sus neuras, y disfruté, como nunca, del día, del sol, del paisaje, de la luz pasando a través de las ramas desnudas de los árboles, de las nubes ligeras que volaban por encima de las cumbres nevadas, del tapizado grisáceo de bosques sin hojas de las laderas, del murmullo de los arroyos, y me iba deteniendo cada pocos metros, un poco en éxtasis, intentando captar tanta belleza con mi modesta cámara y mi más modesto arte fotográfico, disparando tantas fotos que, seguramente, alguna me quedaría bien. Hasta llegar al final del recorrido, a ese grupo de casas medios deshabitadas (hoy estaba convencido de que lo estaban del todo porque permanecían cerradas a cal y canto, puertas y ventanas, y ninguna columna de humo salía de sus chimeneas) y me senté en un banco a leer, a terminar casi, la novela El círculo alquímico de Paco Gómez Escribano que me acompaña en las excursiones y cuando me siento ante el fuego en el sillón orejero del salón comedor (a Vila-Matas, regalo de una buena amiga, lo leo por la noche, en la cama, antes de dormir; y un libro sobre brujas del Pirineo, regalo de Mademoiselle Bonnaire, que sigue sin dejarse invitar a comer –las ocas, las ocas, las ocas-, cuando voy de un piso a otro de mi casa o después de cortar leña y comprobar que mantengo todos los dedos de las manos en su sitio). Estuve leyendo tres capítulos de la novela, al sol, en manga corta (me saqué el jersey que me regaló Mademoiselle Bonnaire y lo doblé en el banco porque tenía calor en pleno invierno y en lo más alto del Pirineo), hasta que se fue el sol y empezaron a llegar nubes que amenazaban con lluvia, de repente, uno de esos cambios bruscos que se producen en la montaña. Me alcé y emprendí camino de regreso y, mientras lo hacía, fui recolectando toda la madera que veía cortada por el camino, ramas de avellanos, sobre todo, que es un árbol que abunda por la zona y tiene una madera recia y sin corteza, y en uno de esos ejercicios de flexión para coger las ramas del suelo e irlas atando con la maravillosa cuerda que, para ese fin, me acompaña en todas las excursiones (hago un nudo corredizo que va perfecto para abrazar las ramas y que no se pierdan en su traslado), descubrí a un tipo, otro raro y amenazante, que me miraba fijamente, y con desconfianza (esas cosas se advierten, a pesar de la distancia que había entre ambos, un centenar de metros) desde un prado. Si todas las casas estaban vacías y deshabitadas me preguntaba de dónde narices había salido ese individuo, con aspecto de labriego (eso también se advierte, como él advertiría, a pesar de la distancia, que el tío de la gorra que iba con manga corta en pleno invierno y arrastraba unos leños atados con cuerdas era de ciudad, un forastero que estaba invadiendo su territorio) que me miraba con malos ojos. La cosa es que me estuvo siguiendo, en silencio, y sin acortar la distancia, buena parte del camino, que se detenía cuando yo me volvía y le miraba. Por suerte no vi que empuñara ninguna escopeta de caza. Y ya cuando regresaba al pueblo, cuando entraba y llegaba al coche (no, no me lo habían rayado más de lo que ya está, ni me habían pinchado ninguna rueda, pero hice las comprobaciones) volví a ver al pastor del principio, con sus ovejas, mirándome fijamente mientras permanecía apoyado en su cayado en un campo cercano. Lo vi porque sentí su mirada en el cogote (esas cosas se sienten, no sé por qué, pero así es) y me giré, y allí estaba, mirándome mal, mirando al intruso que había invadido su pueblo, que había pisado su camino forestal, que había recogido su leña caída de sus árboles por el camino y respiraba su aire de sus montañas en su pueblo. Me acordé de Deliverance de John Boorman. Y con imágenes de esa película regresé a casa, a las cinco de la tarde, dinamitando mis horarios. Comí, o merendé, o cené, que sé yo que hice (espaguetis con gírgolas, vino blanco verdejo, dos polvorones, tres porciones de turrón de Jijona, un café con leche, un zumo de naranja), encendí la chimenea, porque había vuelto a bajar la temperatura, y me arrellané en el sillón orejero a ver una película de la Sexta3, aunque más bien estuve contemplando el fuego, siempre hipnótico, que devoraba los leños de la excursión en la chimenea. Y luego seguí, en la buhardilla, puliendo mi relato de horror. Lástima que no pueda meter ni al pastor ni al labriego de hoy en él ni con calzador. Los dejaré para otra ocasión.
Las montañas, el apego del hombre a la tierra, las trifulcas por las lindes y las propiedades son causa de odios ancestrales y muertes y, por lo tanto, un buen tema para la novela negra rural. Y ahí está el famoso caso de Tor, un diminuto pueblo del Pirineo: siete habitantes, tres asesinatos y un asesino entre esos cuatro que sobrevivieron y ahí anda suelto sin que le hayan podido echar el guante.

Comentarios

M. Deveriá ha dicho que…
Se nota que está UD. escribiendo un relato de terror, jeje.
Y tenga cuidado con esos pastores y labriegos taimados.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Sí, debe de ser eso. Pero lo curioso es cómo se advierten ese tipo de miradas aviesas a pesar de la distancia y como yo me sentí mirado, y amenazado, y me giré. Ambos actuaban como perros guardando su territorio. Y me enseñaron, a su manera, los dientes. No llegó la sangre el bosque, pero ahí los tengo para un relato negro rural, sin duda, archivados en mi cabeza.