DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 16 de enero de 2012



Hoy me levanté pronto. Las nueve y media. Tampoco muy pronto. Dejé que sonara el despertador y salí de la cama media hora más tarde. Bajé a ver a Ana Pastor al salón. Me enteré de que había muerto Fraga Iribarne, mientras subía el café. Pensé en los cines de arte y ensayo, esa pequeña ventanita a la cultura que abriò durante el franquismo, con él al frente del ministerio de Información y Turismo, y por la que se colaron algunas películas interesantes que no habría visto de no existir esas salas: El sirviente, Repulsión. Mordí la madalena. Estaba mejor de salud, con algo de apetito. Miré la pantalla del televisor. Todos pasaban por el domicilio del gallego, que eso era ante todo y de ahí esa extraña amistad con Fidel Castro que los suyos del PP veían con muy malos ojos. Sobre todo ese Aznar sin bigote que se desplaza al domicilio del finado para ensalzarle.
Creo que hoy saldré a dar una vuelta. Pero antes viene el cartero. Tengo una duda. Si es una mujer, como en efecto lo es, tendría que decir la cartera. Pero en la cartera llevo billetes. ¿Y la cartero? No sé, todo suena mal. Prescindamos del sexo. El cartero que es mujer. Hace frío cuando le abro la puerta y me entrega un giro. Bajo con la gorra puesta. Me ducho luego. Las doce. Pero antes miro el correo hotmail y gmail, contesto algunos mensajes, bromeo. Mi amiga mexicana dice que me va a enviar recetas de su país, para arreglarme el estómago, pero se resiste a hacerlo. Quizá espera a que esté curado. Casi lo estoy. Ducharse con agua caliente es placentero. Estoy un buen rato bajo el chorro hirviente, hasta que casi se me salta la piel y el calor derrite la escarcha de la ventana. Me visto. Me abrigo. Me pongo un montón de prendas encima. El jersey fetiche de Madame Bonnaire, que es lo único que me queda de ella. Y una caja de galletas vacía. Y un par de libros sobre brujas que voy leyendo y me divierten. Decido sacar a pasear a Vila-Matas. Lo hago por la economía local. Así es que a las 12:45, cuando el sol acaricia la terraza de mi bar, tomo posesión de esa mesa, que lleva quince días vacía, y empiezo a leer el libro sin sacarme la gorra canadiense de la cabeza. Aun con la gorra puesta, el abrigo de piel comprado en Estambul, en el curso de uno de los maravillosos viajes de mi sexta vida, y las gafas de sol, El camarero que lee a Thomas Mann, y al que no le pregunto si terminó La montaña mágica, me pone la cerveza de euro veinte sobre la mesa. Hablamos. Él es joven y va arremangado y con poca ropa. Yo, encogido. Pero me saco el abrigo. Hablamos de política, de luchas de religiones, de la maldita crisis, de los desheredados del mundo que deberán ponerse en pie ante el capitalismo opresor. No cantamos La Internacional. Otro día. Bebo la cerveza a pequeños sorbos. Enero, pleno invierno, montañas nevadas y yo tomando mi fría cerveza porque es un ritual. Pero falla el diario que ya no lo vende mi amiga paraguaya. Así es que leo la metaliteratura de Vila-Matas, capto sus sutiles comentarios, su sentido del humor que empieza riéndose de sí mismo y del escaso éxito de sus primeros libros. Con los derechos de autor de su primer libro publicado el editor le invitó a un gin tonic. Uno, puntualiza, porque el segundo que pedí ya lo pagué yo. Me gusta leer ese libro. Lo suelo leer antes de dormir. Lo tengo en la cabecera de la cama. Fue el primer regalo navideño que recibí, una semana antes del 25 de diciembre, enviado por una devota lectora. Y disfruto hoy de su lectura al sol, y lo iré sacando cada día que haga sol para seguir sentándome en mi mesa de la terraza en donde El camarero que lee a Thomas Mann me sirve las cervezas. Y mientras leo a Vila-Matas pienso en las muchas gratificaciones que para mí ha tenido la literatura, que, realmente, ha sido mi vida, en los muchos amigos que gracias a ella he hecho dentro de la profesión, en mi relación con lectores a los que he conocido personalmente. Juan Madrid me dijo, en una ocasión, una frase que suscribo. Estaba sereno. Es un tipo con pinta de duro, broncas, exboxeador, pero legal. Mujeriego de manual. Escribo para que me quieran, me dijo. Bueno, yo no, pero sí publico para que me quieran. Y nada me hace más feliz que recibir felicitaciones de los lectores que han disfrutado con mi novela, o alguien, creo que un mexicano, que me dijo que había empezado a escribir, y a publicar, gracias a que me había comenzado a leer.
Hoy es un día de sol. Es un día para estar en esta terraza o para hacer una excursión, ya que estás bien, no del todo, pero mejor. Quizá curado completamente si te tomaras ese Acuario azul que una amiga me receta. Así es que como poco, o casi nada, algo de verdura, que salvo in extremis de que se queme una vez evaporada el agua, un triste huevo frito y una cuajada y monto en el coche.
Tengo ganas de probar las raquetas de nieve que me compré el otro día en Barcelona. Así es que subo en coche hasta Baqueira Beret. Los esquiadores se deslizan, haciendo zigzag, por las laderas cubiertas de nieve. Suben y bajan en los telesillas. Una y otra vez. A esa hora la luz es preciosa. El cielo azul tiene una tonalidad suave y el blanco de la nieva azulea. He ido conduciendo con una sinfonía de Tchaikowski en el dial y no ha sido buena idea hacerlo. Su música me deprime. Pero me ha acompañado mientras he cruzado el valle de un extremo a otro. Pensamientos fúnebres. Lo que queda del día. Si es que ya queda algo. ¿Diez, quince años? Y luego, pura mierda hasta la nada. Y con esos pensamientos optimistas conduzco hasta el enorme aparcamiento de Baqueira Beret que, a esa hora, ya está vacío. Llego cuando todo el mundo se va. Mejor.
Luce un sol suave que va camino de su ocaso mientras me anudo las raquetas a las botas, me abrigo, me encajo los guantes en las manos, cojo mi cámara de fotos y me pongo en marcha. Tomo el camino que va a Montgarri, sepultado por toneladas de nieve helada que cayó hace quince días y se mantiene por la baja temperatura. Los crampones de las raquetas se agarran bien al hielo. Cruzo placas por las que me deslizaría irremediablemente y no resbalo. Hice una buena compra. Pero hacen ruido. Ese es el inconveniente. La nieve, o el hielo, cruje bajo mis pisadas en un estruendo continuo. Camino kilómetros, hasta que pierdo de vista el coche y el aparcamiento. Me detengo para hacer fotos, muchas, fascinado por el paisaje sepultado por la nieve, por los arroyos helados, por los árboles muertos y ese cielo azul pálido que lentamente se apaga. A las cinco y media, cuando me faltan cuatro kilómetros para alcanzar Montgarri y estoy en medio de un bosque que me cobija del frío, doy media vuelta.
Montgarri, dónde empezó todo, me digo. La desdicha que fue mi felicidad que fue mi desdicha. Un trineo tirado por huskies siberianos desciende por la ancha pista, al otro lado de la montañas, la que utilizan en verano los coches, en dirección al santuario. Oigo ladrar a los perros y hasta el silbido del látigo del conductor rozando sus lomos. Un paisaje de Jack London, de un blanco cegador moteado por los abetos oscuros que han perdido la nieve de sus ramas. Me enamoré de una conductora de trineos de huskies siberianos que fue mi desdicha que fue mi felicidad que fue mi desdicha. Pero no la llamo. ¿Para qué? Nada tiene sentido, sino regresar al punto de partida, al coche, antes de que oscurezca.
Y oscurece. Oscurece cuando ya distingo el coche en el aparcamiento, pero no soy capaz de acelerar, complicado hacerlo con las raquetas que se clavan en la nieve y en el hielo y por eso demoran mis pasos. Y, mientras ando, ya exhausto, entumecido, pienso en esos relatos de montañeros que veían próximo el refugio en la nieve y no pudieron llegar a él, que se desplomaron a veinte metros de la puerta de su salvación, incomprensiblemente, y los encontraron helados. El sol se ha ido y la temperatura baja en picado, me doy cuenta de ello, y eso que, por fortuna, no sopla el viento. Y, por primera vez, me alarmo, porque no puedo acelerar el paso, porque siento que me estoy durmiendo, que se entumecen mis piernas, mis brazos al mismo tiempo que me sobreviene un sueño traidor y una voz, desde mi interior, me aconseja que me detenga. Quinientos metros. Pienso en mi relato Los surcos de la esquiadora de fondo y lo fácil que resulta dejarse morir en la nieve. Es un suicidio pasivo. Es detenerse y ya está, esperar la congelación de tu cuerpo que se produce sin dolor ni violencia, sin más trauma que el que la sangre se hiele en tus arterias. Las máquinas que aplanan las pistas, una vez han marchado los esquiadores, descienden con sus focos encendidos por las laderas. Inútil llamar su atención, porque están muy lejos. No me oirán. Además, seguro que llego, sólo son cuatrocientos metros, ya distingo perfectamente mi coche.
Puede que de repente estemos a 8 grados bajo cero. Tengo el bigote y la barba congelados, endurecidos, y no me siento las orejas; acelero, como puedo, el paso y me las cubro con las manos enguantadas. Arribo al coche agotado y apenas acierto para desembarazarme de las raquetas, subir, encender el motor y poner la calefacción al máximo. Y desciendo.
Un ciervo, ágil, cruza por delante de mí y se pierde en la ladera nevada de una montaña dando saltos. Él sobrevive con estas temperaturas extremas, y yo he estado a minutos de congelarme. Pero es una muerte dulce, nada violenta, natural y lenta que asumes como si entraras en un sueño blanco, me dice ese yo suicida que llevo dentro y debo controlar si no quiero tener un disgusto.
Una amiga argentina me estará psicoanalizando en estos momentos, como buena porteña, e interpretando que llevo años buscando un castigo con el que expiar mis culpas y no voy a parar hasta aplicármelo.

Comentarios

Poma ha dicho que…
Será por mi "Vilamatización" , pero este texto suyo podría haberlo escrito él( tómelo como un cumplido).
algecirasm ha dicho que…
Gracias porque tiene la potestad de transportarme cada vez que le leo a Arán y los momentos que describe, casi, casi hasta percibo los aromas! que maravillosa pluma tiene usted Señor Don José Luis!, Garcias y Gracias!
María Alltharomi.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Desde luego es un cumplido, Pometa. Puede tratarse de un proceso de vampirización. Ya sabe que mis preferencias literarias von por allí. Vila-Matas es extraordinario. Con sol y cerveza hoy, de nuevo.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Es usted maravillosamente generosa, María Altharomi. Las gracias se las doy a usted.
Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
No, José Luis: La culpa no existe. Olvída esa palabra y su significado. Vive feliz hasta que el final llegue solito, sin tu ayuda, consciente o inconsciente.
¡Bien!, no te has olvidado de los guantes.

¡Qué paisaje más lindo!

Cariños.
M. Deveriá ha dicho que…
Todo bellísimo, como siempre. Me da mayor sensación de frío pensar en tu certveza que las toneladas de nieve que cubren el Valle.
José Luis Muñoz ha dicho que…
La nieve transforma el paisaje y te invade por dentro mientras caminas sobre ella, querida amiga. Es como si te vampirizara. El ruido de tus pisadas rompen la quietud del entorno. Pero la invasión del frio cuando se fue el sol fue realmente espectacular. Nunca había notado una bajada tan brusca de la temperatura como en esa excursiòn por la nieve.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Ah, Susana aludida. No, imagino que me gusta andar siempre por el límite, apurar todo hasta el máximo, incluidos los dias, pero claro hacerlo eso en pleno invierno puede ser peligroso. De todas formas son apuntes al natural para una próxima novela.
Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
¡Ah!, qué susto...