DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 12 de enero de 2012




De nuevo en el Valle después de dos días en Barcelona. Una niebla espesa me hizo compañía, de regreso, hasta más allá de Lleida, lo que me impidió disfrutar de los árboles frutales, de sus manzanos, sobre todo, sembrados al lado de la carretera. Luego, pasado Alfarrás, la niebla se abrió y me acompañó la luz y un cielo luminoso hasta llegar a casa.
Se me hizo breve el camino. Pensando y rememorando, que eso hago cuando conduzco, además de procurar escuchar música clásica si doy con la emisora adecuada. Rebobinando en mi cabeza los últimos filmes que vi. Las buenas películas son las que crecen cuando ya las has visto. Las malas se olvidan en cuanto se encienden las luces y te levantas de la butaca. Es como el buen café, que te deja su sabor en la boca buena parte de la tarde aunque lo hayas tomado al mediodía. Lo mismo pasa con los buenos sueños, que crecen si consigues recordarlos. O los viajes, cuyas secuencias te asaltan constantemente con olores, imágenes, sonidos que reviven dentro de uno. La mente es un cinematógrafo que no se cansa de proyectar imágenes.
Vi dos películas, el mismo día, y tuve un sueño, que fue como una película. Drive. La historia de un conductor que trabaja como especialista en filmes de acción y alquila sus servicios a hampones que perpetran atracos para facilitarles la huida una vez han cometido la fechoría. Basada en una novela muy corta de James Sallis que acaba de editar RBA y yo regalé al Destilador Cultural que cumplía años, 29, y me hacía a mí, como progenitor orgulloso, un poco más mayor. Un buen ejercicio de estilo, la película, pero con un exceso de violencia gratuita. Además no se emplean armas de fuego casi sino cuchillos, martillos, tenedores, para que la sangre salpique la pantalla del cine Verdi, además de la cazadora de ese conductor letal. Hay una presencia fugaz de Christina Hendricks, mi mito erótico de Mad Men, que dura dos minutos en el film y además sale gorda y desastrada: la revientan de un disparo.
La otra película, vista en el Verdi, es El Topo, sobre la novela de John Le Carre, y es un desfile de buenas interpretaciones, empezando por Gary Oldman, pasando por Colin Firth y terminando con John Hurt, Control. El mundo real del espionaje no tiene ningún glamour, no hay coches de lujo ni chicas espectaculares, y los agentes viven modestamente y suelen ser alcohólicos que se anastesian con whisky la cavidad del alma que no tienen. Las tétricas cloacas del estado retratadas en su estado grisáceo en la época de la guerra fría con el bloque soviético. En esos ambientes no hay amigos, o los amigos duran hasta que tienes que matarlos porque se pasan el enemigo. Y los matas sin dudar, aunque sean tus amantes.
La tercera película está en mi cabeza, fue un sueño que tuve. Últimamente confundo ficción y realidad y no soy capaz de descubrir qué es una cosa y qué otra. El sueño, que en realidad parecía una película, podría llamarse La habitación 511. Lo tuve en esa habitación del hotel Balmoral, en donde recalé agotado por el viaje en coche desde Arán a Barcelona, acompañado con la misma niebla, que lleva días sin levantarse y empezaba en Alfarrás y terminaba llegando a la Diagonal. Me tomé, en un bar de la esquina, un pastel de tortillas y una cerveza y me dije a mí mismo que lo mejor era dormirme para paliar el cansancio de la conducción. Eso hice con la tele encendida, que siempre es buena compañía para esos menesteres. Y tuve un sueño erótico que, en realidad, se parecía mucho a un relato que escribí hace muchos años y se publicó en una compilación: El regalo de Navidad. Porque el sueño era eso, el regalo de Navidad que se daban mutuamente dos extraños: sus cuerpos respectivos para gozarlos sin límites ni pausas. Estando a dos semanas pasadas de Navidad el sueño era, per se, absurdo. Pero eso pasa con todos los sueños. Además yo no era el protagonista, sino un espectador del sueño, una especie de convidado de piedra voyeur sentado en una esquina de la habitación, y esa es la razón de que hable de un sueño/película. Aunque quizá sea una película y deba mirar en Google por si existe una con ese título: La habitación 511. El sueño era tan vívido y real como los que tiene mi protagonista de esa historia de terror que ya he terminado, que no es de horror sino misteriosa, gótica y romántica, cuyo protagonista, un escritor de novelas de género fantástico, hace el amor cada noche con una chica que parece un fantasma y lo abandona puntualmente en su cama a las seis de la madrugada. La chica del sueño al que yo asisto como espectador es rubia, alta, elegante y muy bonita. Viste toda ella de negro, con medias de ese color, hasta medio muslo, y también lo es su ropa interior. El protagonista del sueño, que no tiene cara ni edad, es un personaje comodín, aguarda desnudo y expectante en la cama. Durante cuatro horas, hasta que oscurece, los dos amantes hacen el amor de todas las formas posibles con el entusiasmo de un primer encuentro y la química de la piel funcionando hasta las últimas consecuencias: se besan, se lamen y se devoran. Son dos desconocidos que se han citado en esa habitación del hotel para darse placer, sin más, en la habitación 511, y hasta ese momento no se habían visto sino de forma circunstancial en la barra de una cafetería. Entre orgasmo y orgasmo, hablan de sus cosas, de su situación personal, de sus parejas e hijos que tienen. Y vuelven a hacer el amor. Ella tiene un cuerpo precioso y elegante y goza del sexo de forma desbocada y desinhibida. Disfruta de mí, le dice en uno de sus arrebatos eróticos, y se deja penetrar por cuarta o quinta vez, separando mucho sus muslos y abrazándose las rodillas. Quizá no es un sueño, me digo, sino que estoy recordando una película muy notable de Patriche Chereau, Intimidad, que me causó muy buena impresión cuando la vi hace unos lustros y me la sigue causando cada vez que la reviso. Los amantes del sueño, antes de despedirse, se citan para un próximo día. Eso me suena a una película del desaparecido Robert Mulligan: El próximo año, a la misma hora. El cine se mete en los sueños, imita a la realidad o ésta imita al cine. Cuando me despierto, en la habitación del hotel Balmoral, estoy solo, no hay nadie y la tele sigue a lo suyo. Así es que todo ha sido un sueño, sin posibilidad de que realmente haya pasado así, me digo desilusionado. Y además yo no era el protagonista del sueño sino un espectador del mismo. Pero tengo dudas, como el protagonista de mi relato que se llamará, finalmente, El último inquilino (barajé otros nombres, pero me quedo con el primero que le puse a esa narración corta que ha crecido tanto que se ha convertido en una novela breve) y bajo a la recepción para preguntar si han visto a una chica rubia y elegante subir a mi habitación. El recepcionista, que es un empleado discreto y amable, se queda muy sorprendido por mi pregunta y mueve la cabeza negativamente. Cuando suben chicas a las habitaciones lo que quieren los clientes es que pasen desapercibidas. Así es que yo, para el recepcionista, soy un espécimen extraño.
Pues venía soñando con esa rubia, de regreso a Arán, la de esa película que he soñado y podría llamarse La habitación 511, que quizá deba convertir en relato, o incorporar a una novela inédita que transcurre en habitaciones de hoteles, antes de que el sueño se desvanezca, y en las dos películas que vi en esa corta estancia relámpago en Barcelona, y en la fiesta de cumpleaños que organizamos para el Destilador Cultural y en los regalos que recibió además de ese Drive (la última novela de Carlos Zanón, un colega al que hay que seguir; Bajo el volcán, la buena adaptación de la novela de Malcom Lowry por parte de John Huston), y en la cena que me comprometí a elaborar e hice. Una sopa txalapeña, y mientras cortaba los tomates, los pimientos, los ajos y la cebolla pensaba en mi buena amiga pueblana; y unos solomillos con jerez y champiñones fileteados.
La casa estaba fría después de dos días de ausencia y hube de cortar mucha leña en el garaje, y quemarla, para que, poco a poco, se fuera calentando. Vi alguna película, pero sobre todo, estuve pendiente de las ondulantes llamaradas que iba alimentando con nuevos leños, y dormité, de cuando en cuando, con la esperanza de seguir en ese sueño con la chica rubia de la habitación 511 y no ser espectador, sino actor, de todo lo que tiene lugar en esa cama doble del hotel Balmoral. Pero nada. Así es que me voy a la cama, a dormir, con la esperanza de que la chica aparezca en mis sueños nocturnos y haga breve esta noche fría que cubrirá, una vez más, mis ventanas de escarcha.
La vida es sueño. La mía, sobre todo.

Comentarios

Poma ha dicho que…
Que sueños más chulos tiene usted(Aún siendo solo espectador),algunas solo soñamos con quemar; facturas, impagados y sobrevivir.
:)
Anita Noire ha dicho que…
Es curioso lo que ocurre en algunos sueños. En ocasiones pienso que eso que decimos soñar pertenece a ese mundo desdoblado que llevamos a cuestas. Es curioso que en esos sueño saboreamos la piel de otro y al despertar, colocados en la realidad, en la punta de la lengua encontramos el sabor de su sexo. Somos humanos y por eso nos desdoblamos o soñamos, vaya ud. a saber. En todo caso, lo que importa es que ese sueño o desdoblamiento, quede en el recuerdo y de vez en cuando tengamos picor en la punta de la lengua. Voto por eso.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Venga, venga, Poma, que seguro que cuando usted cierra los ojos tiene fantasías sin facturas. Aunque reconozco que en este año 2012 esas van a ser las pesadillas de muchos. Pero hay que evadirse.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Los sueños, Anita, son un viaje a otra dimensión. Unos nos producen placer, otros, angustia. Algunos sueños se hacen realidad. O a veces es mejor dejarlos allí, en el limbo de los sueños. Lo curioso del caso es que previamente a ese sueño en ese hotel estaba escribiendo ese relato fantástico con un tema parecido. Bueno, imagino que el sueño vino a raíz del relato en el que he estado trabajando toda esta semana. Pero la protagonista del sueño nada tiene que ver.