LA CIUDAD

VARANASI
LA CIUDAD DE LOS MUERTOS
(1)
texto y fotos José Luis Muñoz
El tren nocturno que cojo en Agra, en una estación oscura y sucia, con gente durmiendo en los andenes, bandadas de ratas que pululan por las vías y suben a los vagones, quizá por los retretes, con compartimentos en los que, pese al aire acondicionado, las cucarachas campan a sus anchas, me deja doce horas después en el andén de Varanasi o Benarés, la mítica ciudad del Ganges a la que los hinduistas van a morir y ser quemados con la esperanza de acabar así con el ciclo interminable de reencarnaciones. El tipo de la agencia me espera en el andén con un cártel y contrata los servicios de un par de maleteros ─suelen ser éstos viejos escuálidos, que a duras penas pueden con las maletas colocadas sobre sus cabezas protegidas por turbantes, un trabajo duro que no quieren hacer los más jóvenes y en el que se dejan la piel ─ a los que debo de dar doscientas rupias, cien por bulto. Es mediodía y la ciudad hierve en medio de un caos organizado en el que vacas, perros, monos, ciclistas, motoristas y tuk─tuks son evitados por el coche que toca constantemente el claxon para advertir su presencia. El hotel, lujoso, puede que uno de los más lujosos de mi periplo por la India, para hacer de ese modo más soportable la estancia en la ciudad mas miserable y sucia del subcontinente, está en medio de ninguna parte, a tres kilómetros del Ganges, en una calle concurrida de tráfico frenético que permanece inundaba y sin que se sepa bien por qué, en cuyos charcos, que casi son lagos, la gente se hunde, los ciclistas pedalean y las motos levantan cortinas de agua intentando mantener el equilibrio.
Es casi la hora de la comida. El tren debía de haber llegado a Vanarasi con las primeras luces del día. Los frecuentes retrasos hacen que se haya presentado en la ciudad seis horas más tarde, pero nadie se inmuta, no había hojas de reclamaciones en la estación de partida ni en la de llegada. A uno le empieza a calar ese conformismo que se palpa en la India, el fatalismo de que las condiciones sociales, inhumanas a mis ojos, nadie las puede cambiar y hay que aprender a convivir en medio del caos y la miseria.
La comida está buena. Soy uno de los pocos comensales en el aséptico restaurante, cuyas cortinas permanecen celosamente bajadas para no desvelar el miserable entorno de casas semiderruidas, de dos plantas, con las paredes ennegrecidas por la humedad, que rodean el hotel. El arroz con pollo está bueno, es suave, y ya casi mi paladar se está acostumbrando a los enormes botellones de cerveza Kingfisher que me sigue pareciendo la peor del mundo. Me arriesgo y pido un helado de vainilla y trato de no enterarme, pretextando mi inglés infame, cuando el locuaz camarero me dice que cuando acabe su jornada laboral le acompañe a su casa en donde tiene un pequeño bazar. Constato que detrás de todo hindú hay siempre un vendedor.
─Sorry, i spike little english.
Quiero ir al Ganges. O Ganga, que es el nombre con que los hindúes nombran al río sagrado que nace en el Himalaya, dios en un país colmado de los dioses más diversos, hasta 32.000 tantos como especies animales que han encontrado en ese territorio su paraíso. A la salida del hotel, justo en donde empieza la zona de charcos que lo aísla y hace necesario el transporte público a no ser que te arriesgues a hundir los pies en el cenagal, un tipo con bigote y nociones de inglés parece controlar el negocio de los tuk─tuks de la zona, esos taxis económicos que son motocarros que se meten por los sitios más inverosímiles y que ya conocía cuando estuve en Tailandia. Tras el agotador regateo, bajo un sol de muerte, sintiendo en la piel la humedad pegajosa de la ciudad, que me va a acompañar durante toda la estancia, rebajo el precio de 800 rupias inicial a 400, y sé que pago en exceso, pero con la condición de que me deje en la ribera del Ganges, me permita callejear sin agobios y me devuelva al hotel cuando oscurezca. Un tipo mayor con bigote y pelo grisáceo, me invita a su carromato tras intercambiar unas cuantas palabras con quien hace de patrón. Y partimos.
En nada difiere Varanasi de la vorágine de otras ciudades de la India, salvo en que aquí todo parece más ruinoso, el ruido es, aún, más ensordecedor, y la abundancia de vacas sagradas blancas ─ las negras, las pardas, no son sagradas, pero a nadie se le ocurre hincarles el diente ─ se hace más patente, cruzando las calles, deteniéndose, echándose en ellas, tranquilamente, obligando a los conductores de coches, motos, tuk─tuks, bicicletas y rick─shaws a sortearlos. No hay atascos, a pesar de la densísima circulación, de que en la calle no hay un solo espacio libre de vehículo, porque todo vehículo, por su condición, está en permanente progresión, porque la bicicleta, la moto, el tuk─tuk o el coche nunca están quietos, zigzaguean constantemente, avanzan, aunque sea un milímetro, abriéndose paso en la vorágine circulatoria y buscando su propio espacio, y no hay guardias de circulación, mejor, porque cuando aparece uno e intenta reconducir el caos inevitablemente lo producen y la circulación se colapsa entonces.
Desembocamos, tras haber recorrido kilómetros de calles de los que el asfalto huyó y el socavón no es excepción sino la norma, en una laguna urbana de varios palmos de profundidad. Los peatones, con los pantalones arremangados, hunden sus pies en esa agua sucia que se filtra del Ganges, que tiene oleaje, mientras mi tuk─tuk sumerge sus diminutas ruedas en el lago y yo, instintivamente, levanto las piernas, para no mojarme, las mantengo en vilo.
─¿Monzón? ─ pregunto.
─No, Monzón ya pasó. Agua Ganga.
Realmente resulta imposible acercarse al río como no se coja uno de esos taxis populares. El laberinto de calles me alerta de que llegamos a la ciudad vieja. Las vías son estrechas, apenas permiten el paso de un vehículo, y mi conductor aun es capaz, sin esfuerzo, de sortear al mismo tiempo un puesto de verduras, sin tirar ni un solo tomate al suelo, y la vaca que reposa echada en medio de la infecta calleja sobre el lecho de sus propias heces. Porque Varanasi, la ciudad santa de la India, una de las ciudades más sucias del mundo, está salpicada por la mierda de las cientos de vacas que pululan indolentes por sus calles y se alimentan de las basuras que nadie retira, a la que se añade la de los monos, perros y humanos. Pronto la pituitaria, acostumbrada a esa mezcla de olores infames sobre los que prevalecen el perfume de las especias o la madera de sándalo, se habitúa. Y el ojo humano es capaz de extraer la hermosura de ese inmenso basurero en donde no existe porción de calle limpia ni pared que no exude una putrefacta humedad.
─Ganga─y señala un estrecho y oscuro callejón que nace en el túnel de una vivienda tras detener el petardeo del vehículo al que ya me he acostumbrado y echo de menos, como su frenético traqueteo.
Le hago señas de que me espere. No hay problema. Nadie en su sano juicio es capaz de salir de ese laberinto de callejas, por cuyos laterales corren los desagües de las viviendas, ni va a coger otro tuk─tuk, ni va a perderse por la ciudad sin pagar, porque efectivamente se perderá. Antes de entrar en el túnel me cruzo con un puñado de jóvenes monjes hinduistas, con el cráneo rapado, que sale de su convento. Quizá la vida religiosa sea la mejor manera de sortear la miseria, te garantiza techo, comida y una cierta formación, como en la España de la posguerra que ya se nos ha olvidado, llena de moscas y miseria, de niños rapados con sarna en los orfelinatos y hombres con refajo y boina. Ya en el túnel debo esquivar un cuerpo tendido, un hombre joven y en los huesos, que nadie sabe si está vivo o muerto, a cuyo alrededor duerme un grupo de perros que también parecen estar esperando el último suspiro. Nadie le toca, lo mueve, se apiada de él. La vida y la muerte es un ciclo natural que carece de dramatismo en Varanasi. Y al final de ese túnel oscuro, húmedo, cálido hasta el desmayo, por el que me tambaleo mientras sudo a chorros ─ nunca había visto el sudor propio saltando de la piel como en Varanasi, nunca las gotas perlando de mi piel como una fuente, convirtiendo pantalón y camisa en una bayeta ─aparece un gath, uno de esos templos que se alzan al pie de las escalinatas que bajan al río y en cuyos túmulos arden los cadáveres. No hay muertos, sólo un grupo humano que chapotea en las aguas infectas, un padre que sumerge a su hija en el río lodoso, una mujer gruesa, con el cráneo rasurado ─señal de que está de duelo─, que se moja el rostro con el agua bendita, y el río, plácido, ocre, inmenso, de cuatro kilómetros de ancho, con la jungla enfrente, y cincuenta metros en su parte más honda, por donde bajan nenúfares confundidos con las cenizas de los muertos. Pienso en “El río” de Jean Renoir.
Un monje de un cercano templo hinduista, de espantoso exterior pintado a rayas blancas y rojas, como la camiseta de un club de futbol o un antiguo colchón, me invita a entrar en su santuario. Me arrepiento enseguida de aceptar su envite. En Varanasi, cosa que no he hecho en otros lugares de la India, me he pertrechado de gruesos calcetines de lana gruesa, porque para entrar en ese templo, el más sucio y cochambroso que recuerdo, húmedo en su suelo y paredes, cubierto por una capa de flores en putrefacción, que nadie barre, y destilan un líquido mortuorio, y punteado, de vez en cuando, por la deyección inequívoca de algún mono, hay que descalzarse, y bendigo mi idea de protegerme la planta del pie de esa suciedad infecta que, junto al calor, hacen que la atmósfera allí dentro sea irrespirable, que sude a chorros, que trastabille hasta el punto de perder el equilibrio. ¿Realidad o pesadilla?
Un macaco irrumpe, profiriendo chillidos, por el techo del templo, y el monje de rostro famélico y mirada acerada, con los ojos pintados de negro ─lo mismo hacen los niños, y realmente no les favorece ─ y delgado bigote, lo expulsa de un campanillazo. Un grupo de personas ora, en la conocida posición de flor de loto, en el sancta santorum, una letanía adormecedora y se me advierte que no los importune con mi cámara de fotos. Y mi guía monje se detiene ante cada uno de sus altares, me explica cada una de las inscripciones, identifica a cada uno de sus dioses ─ ya conozco a Ganesha, el feo dios elefante reencarnación de Visnú al que se le reza para que te favorezca en los negocios, pero me quedo con ganas de que me explique quién es un dios más feo aun, una especie de pastilla de jabón usada de color naranja que veo por todas partes ─, me muestra cada uno de los recovecos de ese templo maldito del que, por un instante, calibro la posibilidad de salir corriendo, zambullirme en el Ganges y dejarme llevar por la corriente a otro Gath, pero me puede la educación y el respeto y asiento las explicaciones prolijas de mi guía santo con un mecánico Very interesant.
Cuando alcanzo la puerta del templo, al cabo de media hora de explicaciones que no he entendido, estoy tan eufórico de sentir la caricia de la brisa y de no haber perecido en esa visita guiada, que le pongo un billete de cien rupias en la mano como donación y le digo, en mi inglés macarrónico, que me ha parecido muy interesante su interminable explicación, pero el monje no se conforma, acepta el donativo y pide otro tanto para él aduciendo que tiene hambre. Se lo doy, claro. Uno ya empieza a estar habituado a ese gesto de abrir el billetero constantemente y repartir rupias a diestro y siniestro, ya tiene presupuestado ese dinero de calle que encarece un viaje que parece barato y no lo es tanto. India es el país de las propinas. Cada acto, hasta el más nimio, hasta que te abran la puerta de un vehículo, lleva aparejada una cantidad de rupias.
Deambulo por esa calle paralela que discurre a orillas del Ganges cuando las luces de los tenderetes se encienden para que brille la mercadería. Hay, en una de las bocacalles, junto a un endiablado entramado de cables de luz que se cruzan sobre un poste que a duras penas aguanta ese cableado insensato y echa raíces en el río, una pastelería con un mostrador de dulces apetitosos, bolitas de coco y almendras untadas con miel, en las que se ceban miríadas de abejas anaranjadas y enormes; hay un tipo que remueve un barreño de leche, en donde se ahogan las moscas, para elaborar yogurt. Y tiendas de retales, saris, zapatos, orfebres, peluqueros, verdulerías ─ no hay país en el mundo que de la sosa verdura haga apetitosos platos─. La campana de un templo de Krisna resuena en la calleja anunciando que el día acaba y de dentro me llega la popular melodía “Hare Krisna, Hare Hare, Hare Krisna, Hare Rama”. Tendría aspecto de santón, podría pasar perfectamente por uno de ellos ─ camisa india color azafrán, comprada en Jesailmer, pantalón arrugado de lino blanco, sandalias y barba ─ si no fuera por la cámara de fotos. Encuentro, dos horas más tarde, el taxi donde lo he dejado, y al conductor dormido. Lo despierto tosiendo.
─Al hotel.
Pero no me lleva al hotel, claro, sino al barrio musulmán de la ciudad, en donde se concentran los tejedores. El fragor de los telares preside ese reducto que está algo más limpio que otros de la ciudad. En cada una de las casas de ese barrio sinuoso, se trabaja agrupados en clanes familiares utilizando para elaborar el estampado de la tela una curiosa plantilla perforada, como las viejas fichas de los ordenadores. Tras la visita por los telares me pasan a la tienda almacén con la esperanza de que haga una buena compra y deje una sustanciosa comisión al taxista. Esta vez no, ya estoy saturado de compras, y cuando me alzo del suelo acolchado en donde he permanecido, con las piernas cruzadas, para recuperar las sandalias que he dejado en la calle, el vendedor patrono, un indio musulmán de aspecto colérico, hace gestos de enfado, mostrándome la molestia que se ha tomado sacándome centenares de telas preciosas de los anaqueles sin fondo de su tienda. Hago un expresivo gesto de que no tengo dinero, que lo enfada más aún, y le digo al frustrado taxista que me lleve de una vez por todas al hotel fortaleza en donde me relajo con una ducha y el aire acondicionado.

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