LA CIUDAD

LA CIUDAD DE LOS MUERTOS (2)
Texto y fotos: José Luis Muñoz

Amanece en Varanasi. Cinco y media de la mañana. El coche de la agencia de viajes recorre, conmigo dentro, las bacheadas calles de la ciudad de los muertos, desiertas a esa hora. Los faros del vehículo abren una vía de luz en la oscuridad que se despereza con lentitud. Reina un silencio insólito y hay algún que otro mendigo durmiendo en la calle; pero no más que en las ciudades de Occidente. Nos detenemos a pocos metros del Ganges. Reina una luz especial, cálida, y, a pesar de que el sol no ha salido, el calor es pegajoso, agobiante, e impera una bruma que sale directamente de la calle. Sigo al guía que chapurrea un español infame, es menudo y mayor. No soy el único curioso occidental que ha madrugado para ser testigo del ritual: grupos de extranjeros, mayoritariamente italianos, cámara en mano, bajan por las callejas hasta el río en donde una muchedumbre se agolpa. Un santón bardado tañe una campana que anuncia la salida del sol. Las mujeres, envueltas en sus saris, bajan por las escaleras y se sumergen en un río fangoso; lo mismo hacen algunos hombres que se desprenden de sus ropas y se quedan en taparrabos. Asisto, perplejo, al rito visto mil veces en documentales y que parece la escena de una película. Hombres y mujeres, algunos con la cabeza rapada, señal de que están de luto, hacen inmersiones en el río. Otros beben sus aguas turbias. Algunos llenan botellas de plástico para llevárselas a sus casas. Los rezos se confunden con los flases de las cámaras de fotos. Un policía se desprende de su uniforme, da unos pasos en el río y se lava los dientes con sus aguas. Actúan como si no estuviera yo, ni mi cámara, ni nadie. Ellos y el dios río que nace en Himalaya, celebrando ese nuevo día que nace y los ilumina a ambos.
Para entrar en el Templo de Oro, lugar santo del hinduismo, que linda con una mezquita musulmana, el control de seguridad es riguroso. Grupos de soldados armados con aparatosos rifles hacen guardia por los alrededores en previsión de atentados de radicales islamistas. Paso por una serie de arcos detectores de metales y soy cacheado a conciencia. He dejado, anteriormente, la cámara de fotos a buen recaudo, en el interior de una tienda de un vendedor de té, porque no se pueden hacer fotos dentro. A esa hora, con un sol lánguido, el calor es ya sofocante. Las piedras de las tortuosas callejas del centro histórico de Varanasi rezuman humedad, como si también ellas sudaran. El olor es fuerte, una sinfonía de hedores diversos, de heces de todos los animales que circulan libremente por la ciudad, atenuado por el perfume de las especias. Del templo tengo una visión lejana, fría. No es un gran monumento, aunque su cúpula sea de oro. No hay grandes monumentos en Varanasi. Recuerdo la frase de Cristóbal Colón sobre Oriente: en donde los tejados son de oro. Y ahí sigue el oro, para certificar su frase ambiciosa, su apetencia, inútil riqueza, en manos de dioses y marajás. Para recuperar mi cámara, en pago a la prestación de servicio, le compro un paquete de té al dueño de la tienda que me la ha guardado. El guía, mientras nos dirigimos al coche, me pregunta si quiero ver una cremación. Asiento.
Siete de la mañana. Flota una extraña niebla en la ciudad. Empiezan a abrirse las tiendas y a asaltarme pedigüeños que venden cualquier cosa. El crematorio está en uno de los gaths, junto al río, y tocando la orilla, sobre unas parihuelas, yace el cadáver hinchado de una mujer, aromatizado con flores y rodeado de los suyos. Tiene la cara gris y expresión plácida. En otro lugar del templo apagan con cubos de agua las cenizas de una incineración reciente. Y hay cabellos cortados por todas partes, de los cadáveres y de sus familiares que, rapándose el cráneo, exteriorizan su dolor.
Abajo, junto al río, los familiares de un difunto realizan una serie de rituales antes de entregar el cadáver a las llamas. Y al lado de los muertos, las vacas, los búfalos de agua, sus excrementos, el agua turbia del río sagrado que puede con toda la inmundicia que se vierte en él, en donde la gente se sumerge, nada, se asea en un caldo en donde anidan todas las bacterias imaginables. Un tipo me hace de guía improvisado e interesado. Al final de sus explicaciones me pide que compre dos kilos de madera de sándalo para una próxima cremación. Le doy cien rupias, pero me las rechaza y me dice que es insuficiente, que el kilo de sándalo cuesta 150 rupias y debo abonarle, por lo tanto, 300. Las pago y huyo sin comprobar a quién queman con mi dinero.
Camino del taxi, un hedor insufrible me revuelve las tripas: un coche, con un cadáver sujeto a la baca del techo, espera turno para la cremación. Y al lado, un puesto de verduras que la vendedora extiende sobre un suelo enfangado de mierda, unos monos que saltan entre edificio e edificio de la estrecha calle, un hombre araña que anda con las cuatro extremidades y pide dinero aprovechando el horror que provoca. Pero uno ya está inmunizado a todo eso y más.
En Varanasi los hoteles son los reductos limpios de la ciudad, la fortaleza segura a la que hay que recurrir cuando el cuerpo ya no aguanta tanto caos y suciedad, el iglú con el que combatir el calor húmedo y sofocante. Agradezco esa asepsia del establecimiento, el mármol blanco de su suelo, el acomodo de una silla de afelpada junto a la mesa con mantel del comedor. Me doy un descanso al ajetreo diurno de ese día que ha empezado muy temprano mientras desayuno un zumo de mango, que está demasiado dulzón, té, puesto que el café es malo, y unos bollos infames que tienen forma de croissant. Luego, salgo a la calle, de nuevo, que ya hierve de circulación frenética. Y me aborda el tipo de los tuk─tuks, el del bigote, el que administra los taxis de la zona. Le explico que quiero dar un paseo en barca por el Ganges y ver otros templos, que quiero ver un mercado. Acordamos 400 rupias. El tuk─tuk de hoy está tuneado, tiene hasta un diminuto televisor a la altura del espejo retrovisor, aunque me temo que no funcione, y una colección de dioses diversos sobre una pequeña repisa. Me lleva al río mientras canta por el camino. Todavía no entiendo cómo es capaz de circular por esas callejas estrechas y tortuosas sin echar abajo los puestos de verduras que hay a derecha e izquierda o meter la rueda en las alcantarillas a cielo abierto. Un barquero se postula para darme un paseo mientras hago fotos al río al pie de las escaleras. Por señas le digo que quiero dar el paseo por la tarde, cuando se ponga el sol. El me insiste que ahora es mejor. Ahora hace un calor de mil demonios y mi ropa está empapada, como si me hubiera caído al Ganges.
─Hoy a las 5 y media. 300 rupias.
─400.
─350.
─Ok, sir.
Llegar a un acuerdo con alguien, sea el que sea, siempre es motivo de celebración. Estrecho la mano de mi barquero de la tarde, que no lo será, finalmente. Regreso con mi conductor al tuk─tuk y, por el camino, me dice que no hago un buen negocio con el barquero, que es un tipo peligroso, que bebe y se droga. ¿Pues por qué me ha llevado a él? No le creo. No le debe dar una buena comisión. No hay un solo hindú que hable bien de otro. Todos dicen exactamente lo mismo: que los demás engañan, menos él.
─Quiero ver un templo.
Me lleva a dos templos. Uno lo han pintado de un espantoso color rojo por fuera y está a orillas de un enorme estanque de agua completamente verde. Su interior es cochambroso.
─Monky temple─me dice cuando acabo de verlo.
Los monos siempre tienen su templo. También las ratas, las vacas, los elefantes. Al templo de los monos tampoco dejan entrar con cámara. Unos soldados me cachean cuando paso por el arco de seguridad. El edificio se alza en medio de una zona ajardinada por donde los simios campan a sus anchas, tranquilamente, y se suben a las ramas de los árboles en donde juegan. El templo es grande y está limpio y seco. Los fieles dan vueltas a su alrededor y llevan ofrendas de alimentos y flores en cajitas de cartón que depositan en los altares. Me uno a ellos, los observo, miro cómo mueven los labios, sus exagerados aspavientos, la forma en que juntan las manos, las alzan al cielo.
De regreso al hotel me entretengo con un encantador de serpientes que juguetea con una cobra. Le hago unas fotos a cambio de doscientas rupias y regreso en el tuk tuk al hotel, a la hora de la comida, a tiempo de darme una buena ducha y cambiar la ropa empapada de sudor por otra seca y nueva.
Espero a que muera la tarde para coger un nuevo tuk tuk e ir al Ganges. El barquero de la mañana me aguardará en balde y maldecirá lo poco que vale mi palabra de occidental a pesar del apretón de manos. Mi conductor me lleva a otro embarcadero, pero hay que ajustar el precio. Por un paseo en barca el muchacho que controla las barcas me pide 500 rupias. Me niego a pagárselas por cuestión de principios y le doy la espalda, enojado, mientras retrato ese ambiente que se forma cuando cae la tarde, el color del río que cambia y ahora es de un azul muy pálido.
─Cuatrocientas rupias ─ insiste el barquero, frustrado, a mi espalda, siguiéndome.
─Trescientas cincuenta o nada.
Por trescientas cincuenta rupias tengo una barca destartalada, que hace agua, y un barquero perezoso que boga a ritmo lento y se deja llevar por la corriente en el viaje de retorno. Pasamos por delante de algunos gaths. En alguno de ellos arden los cadáveres. En otro, junto al río, grupos de hombres echan una partida de cartas. La luz del atardecer confiere una plácida belleza al conjunto. Grupos de jóvenes se zambullen en las aguas pútridas, nadan en ellas, ajenas a la inmundicia que llevan. Sí, realmente el Ganges es un río de aguas milagrosas, un dios. Trato de imaginarme la cantidad de bacterias que llevan en suspensión sus aguas y que su número quizá sea la causa de que beber de sus aguas sea inocuo, de que se neutralicen entre sí unas a otras.
A las seis es noche cerrada y la barca me deja en las escaleras del embarcadero. Una multitud se agrupa junto al templo de las rayas blancas y rojas en donde estuve el día anterior. Huyo de él y le digo a mi conductor que se espere unos minutos mientras callejeo.
De regreso al hotel la endiablada circulación tiene algo de mágico. Disparo a diestro y siniestro mi cámara hasta que la luz desaparece por completo y los hombres y mujeres de Varanasi son sombras que chapotean en ese caos húmedo. Empiezo a conocer la ciudad cuando ya tengo que abandonarla: la calle inundada en la que las motos abren estelas de agua, la calle bacheada en extremo en donde el tuk tuk avanza a duras penas y a punto de romperse en medio de un infernal traqueteo.
Dejo Varanasi al día siguiente por la mañana. El coche de la agencia de viajes me recoge puntualmente en el vestíbulo para llevarme al pequeño aeropuerto. Y al salir del hotel veo un hombre, tendido sobre el barro, de bruces, seguramente muerto, al que los coches, motos, tuk tuks, rick shaws y bicicletas sortean describiendo círculos. Nadie se detiene para saber si vive o ya murió, o para sacarlo de la calle en donde, cuando oscurezca, si sigue allí, lo aplastarán los neumáticos de un coche. La muerte es un mero trámite, un paso para la otra vida, ese ciclo de encarnaciones y reencarnaciones sin fin. No, no me moriré en Varanasi, ni dejaré que me quemen, aunque ya haya comprado dos kilos de madera de sándalo, ni mucho menos que echen mis restos al turbio Ganges.

Comentarios

Biedma ha dicho que…
Excelente artículo, José Luis.

Sales de él con la impresión de haber compartido el tuk tuk, y el río y la maldición de esas tierras.
Felisa Moreno ha dicho que…
Muy bueno, me ha encantado, lo leí de un tirón.