EL VIAJE

ESSAOUIRA, LA CIUDAD DEL VIENTO
Texto y fotos: José Luis Muñoz

No me hubiera despertado si no hubiera sonado el despertador de mi teléfono móvil. El rumor de las olas, a doscientos metros, es un sedante extraordinario en este lujoso hotel SPA en el que me alojo, el modernísimo Atlas Essaouira & Spa, por fin un cinco estrellas en mi itinerario por hoteles desmochados a través de Marruecos, una habitación luminosa, con tres ventanales que dan a la playa, decoración minimalista en tonos beige y gris, salón de estar, mesa de estudio, plasma y amplísimo cuarto de baño. Un poco de lujo no viene mal de cuando en cuando, sobre todo cuando llega al finalizar un viaje. Y este hotel, aunque de una cadena marroquí, nada tiene que envidiar a los mejores hoteles europeos.

Vine a Essaouira, residencia de afamados pintores, escultores, ebanistas, escritores y vidrieristas, también un concurrido centro de vacaciones de playa, por lo que leí y vi, porque extranjeros, seducido por su belleza marítima y sus dunas, se establecieron en ella, porque directores de cine reputados filmaron en sus costas sus películas, por su puerto único, por sus bastiones y murallas que hablan de su riqueza e importancia, por la afabilidad de la gente acostumbrada a que los extranjeros recorran sus calles. Y porque la ciudad antigua es un cruce de culturas, con sus dos medinas, dos casbahs y una judería capaz de transportarme a esos tiempos de tolerancia en los que las tres grandes religiones del mundo convivían sin problemas. Essaouira, junto a Asilah, Azemmour, El Jadida, Safi, es una de las "ciudades amuralladas marroquíes".

Desayuno escogiendo una mesa que mira directa al mar. No hace mucho sol y la clientela escasa del hotel, algunos grupos de franceses con los que coincidí por la noche haciendo el check in ─ noviembre creo que es el mejor mes para viajar ─ no se ha desperezado todavía, así que voy a disfrutar de un suculento buffet casi en la intimidad, voy a hartarme sin que nadie me mire con malos ojos. Me abono al zumo de naranja ─ nunca bebí uno mejor, tan delicioso y natural ─ a la exquisita sopa harira, con la que rompen los musulmanes el ayuno del Ramadán, huevos revueltos aceptables, tomates al horno y berenjenas laminadas, y a una variedad infinita de deliciosos pastelitos que son una dulcísima tentación.

La playa. La enorme y algo desolada playa, no muy limpia, de arena fina, una amplia bahía, paraíso de windsurfistas gracias a los constantes y fuertes vientos alisios oriundos del Noroeste, a resguardo por la isla, hoy deshabitada, de Mogador, un peñasco tumbado en el que destaca la torre del minarete de su antigua mezquita y la prisión de los portugueses. Situada a los pies del Gran Atlas, Essaouira se levantó sobre una cercana isla rocosa. De cara al océano y rodeada de colinas, de bosques de thuyas y de dunas que mueren en el mar, Essaouira goza de un microclima excepcional que favorece los cultivos del cereal, al igual que el pastoreo caprino y una producción forestal que es la base de su economía .

Y al final de ese largo paseo asfaltado que bordea el arenal, la silueta blanca de Essaouira, Aṣ-Ṣawīra en árabe, que significa lugar fortificado ─ Amogdul en bereber, en portugués Mogdura, Mugador en español y en francés Mogador ─, extraño nombre que viene de la palabra árabe Souirah, que se ha ganado casi mil y un apodos: “La perla del Atlántico”, “La Bella Durmiente”, “La hermosamente trazada”, con toda razón, a 173 kilómetros de Marrakech, algo más de dos horas y media en cuatro por cuatro por una carretera serpenteante y de firme defectuoso, con un aeropuerto internacional a menos de veinte kilómetros, cerca de 70.000 habitantes afables y hospitalarios y un centro histórico que está catalogado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad desde 2001.

Avanzo por el paseo, en el que se alzan los quioscos de madera de lujosas terrazas de restaurantes, y hago las primeras fotos: a los jóvenes que juegan a futbol en la playa, a algunas mujeres cubiertas que se cruzan conmigo, al único bañista, un tipo que llega a la arena vestido con traje y corbata y deja toda la ropa amontonada para meterse en un mar que no cubre, a las primeras gaviotas que me sobrevuelan mientras la ciudad blanca, atlántica, va creciendo ante mis ojos y ya distingo la torre de la fortificación portuguesa del puerto y la muralla rojiza que rodea la medina blanca de esta ciudad Patrimonio de la Humanidad que mantiene el encanto y la autenticidad de una tierra anclada en el pasado.

Nada me extraña en Marruecos y todo, gentes, ciudades, gastronomía, me resultan familiares. Uno tiene la sensación de estar en casa, o de estar con los suyos. Más en la fortificada Essaouira, el importante puerto pesquero al norte del Cabo Sim, que se alza sobre un peñasco barrido incesantemente por un mar bravo y recuerda, inequívocamente, a los “pueblos blancos” de Andalucía.
Por este paisaje agreste y rocoso, labrado por los dedos marinos y un viento que no cesa y arremolina mi pelo, pasaron multitud de culturas y civilizaciones. La fundaron los fenicios en el siglo VIII antes de J.C que hacían escala en la Isla Mogador a su paso para el Ecuador; Juba II, rey de Mauritania, instaló en los años siguientes una fábrica de purpurina; luego llegaron los romanos, los cartagineses, los bereberes, los portugueses y los sultanes sauditas. Y hasta los ingleses con el pirata Drake a la cabeza para saquearla tras el asedio. Pero el verdadero fundador de Essaouira fue sin duda el sultán Sidi Mohamen Ben Abdallah quien, en 1780, confió el trazado de la ciudad al arquitecto francés Teodoro Conut y esa impronta europea se nota en el trazado rectilíneo de sus calles y en la anchura de alguna de ellas que alejan a su medina de las de otras ciudades de marruecos. Y, por último, la ciudad pasó a manos de los franceses antes de volver a sus naturales dueños.

Muchas de las compañías mercantes, por la bonanza de su puerto resguardado, se establecieron en Mogador que llegó a albergar a casi un millar de europeos (británicos, daneses, holandeses, franceses, alemanes, italianos, portugueses y españoles). Desde su fundación en 1765, Mogador ha sido considerada un importante cruce de caminos, culturas y civilizaciones, un gran centro portuario de comercio internacional que conectaba Marruecos y su interior con Europa y el resto del mundo. Hoy Essaouira es un conglomerado de etnias: árabes, bereberes y judíos, y eso se aprecia mirando las facciones de sus habitantes.
El puerto está separado de la ciudad. Al puerto, cerrando los ojos, me guía el olor de pescado y la algarabía de las miles de gaviotas y albatros que revolotean cubriendo el cielo, como moscas, y dan fe de la riqueza de ese mar infestado de peces. Mientras me adentro, siguiendo las últimas estribaciones de la playa que muere en él y a esa hora, media mañana, la devora la marea alta, puedo ver como por su bocana entran, en fila india, barcos de pesca con su cargamento.
Nunca vi un puerto marino con tantas embarcaciones, con tantas barcas, todas azules, balanceándose, con tantos pescadores y tantos compradores, ni tantas gaviotas al acecho que parecen hartas de pescado, que son gruesas y lozanas y tantas que podrían cubrir el sol.

La economía del lugar gira en torno a la pesca y es más que evidente. La actividad es frenética a las diez de la mañana: los que se quedan en tierra reparan redes, construyen barcos ─ sus astilleros son de los más importantes de la industria pesquera marroquí ─ mientras los demás pescan. Los barcos llegan, humeando el ambiente, y atracan por riguroso orden en el muelle. Los marineros saltan de cubierta, sin perder el equilibrio, con cajas de pescado plateado que aun boquea. Un viejo, atento a mi curiosidad de extranjero, me informa que hoy traen sardina y anchoa en perfecto francés.

Las cajas de amontonan en el muelle, apiladas, y llegan camiones frigoríficos para cargarlas y llevarlas a los mercados de las ciudades, quizá a España. La actividad es constante y el ruido incesante. Las cajas que no son cargadas en los camiones se subastan a pie de barco. Allí están los dueños de los restaurantes codo a codo con los particulares, pujando con algunas mujeres que se hacen con una caja y venden el pescado doscientos metros más allá algo más caro para sacarse una ganancia. En veinte minutos el barco está descargado. Y las gaviotas se dan verdaderos festines con el pescado desechado, ese que queda prendido en la red, enredado, lacerado por ella, destrozado, y pacientemente los pescadores extraen con sus manos. Imposible contar los barcos de arrastre. ¿Cien? ¿Y las barcas? Porque también entran pequeñas barcas, con sus motores petardeando, con pequeñas cargas capaces de alimentar a los cuatro pescadores que van en ellas y se juegan el físico entre el peligroso oleaje atlántico. Doy la vuelta al puerto, fascinando, sin irme. Paseo por todos sus muelles. Descubro a un pescador que ha capturado un pequeño escualo, lo eviscera con un afilado cuchillo, junto al agua, le corta cabeza y aletas y se lo lleva. No debe de ser bocado exquisito el hígado de tiburón a juzgar por el poco éxito que tiene entre los cientos de gaviotas que revolotean de forma incesante por encima del puerto: sólo una lo picotea y lo deja, asqueada. Llega otro barco y una masa de gente, un centenar de personas, se arremolina dándole la bienvenida, y también agentes del orden, policías elegantemente uniformados que destacan entre los harapientos pescadores, que están allí para que no haya peleas. Gritos, discusiones y graznidos de gaviotas con el ruido de fondo de los motores de los barcos que hacen temblar sus cubiertas ajadas.

Dejo el puerto, no porque quiera, sino porque si no dejaría de ver la ciudad, y entro en la fortaleza portuguesa que lo defiende, un baluarte y un pequeño muro, un lugar ideal, por su elevación, para obtener panorámicas del puerto y de la ciudad porque se alza justo entre ambas. Mientras subo a la torre, por una empinada escalera de caracol abierta en la roca, la nube de gaviotas se hace densa. Sopla allí el viento y las aves se dejan llevar simplemente por las corrientes, subiendo o bajando según sean cálidas o frías, como verdaderos veleros con plumas. Hay tantas, tantísimas, que resulta imposible no sacar una foto sin que se crucen, al menos, tres de ellas en la instantánea. Pienso en Los pájaros de Hitchcoock. Si se pusieran de acuerdo nos aniquilaban en un segundo.

Dejo el baluarte y me acerco a la medina por un paseo construido sobre un corto rompeolas tras traspasar el arco de la Puerta de la Marina. En una esquina tres marinos descuartizan montones de pescado y grupos de gaviotas se pelean a picotazos por coger los restos. Hay una que casi se atraganta con un trozo de pulpo, mucho más grande que su pico, que engulle con dificultad, atragantándose para que ninguna compañera le dispute, en el último momento, su bocado.

Essaouira fue trazada por un arquitecto francés que había sido profundamente influenciado por el trabajo de Vauban en Saint –Malo, y algo tiene de francés su silueta. Un arquitecto genovés fue el responsable de la construcción de la "scala" en las murallas occidentales que miran hacia el mar, y otro arquitecto, esta vez británico, es el autor de la Puerta de la Marina. De esta forma, Essaouira se convirtió en un excepcional ejemplo de una ciudad fortificada de finales del s. XIX, construida según los principios de la arquitectura contemporánea militar europea en el contexto del norte de África. Siempre hubo globalización y mestizaje, porque el hombre, para evolucionar, dejó el sedentarismo para ir de aquí a allá y absorber los avances de otras culturas.

El contraste entre la muralla, rojiza, al hambra como la de Marrakech, y las casas blancas de la medina, más el cielo de un intenso color azul y el mar espumeante y brillante como un espejo, embellecen las fotos que hago. Cruzo la plaza Mulay Hassan, recorro, sin hambre, los chiringuitos de pescado, alineados en perfecto orden y muy parecidos a los que antiguamente había en la Barceloneta, que no tienen nombre sino número. Desde luego el pescado es fresquísimo, todavía vive en los expositores con fondo de hielo picado.

De cada uno de esos puestos de comida rápida e informal ─ el restaurante es una cocina al aire libre, cuatro mesas alargadas y algunas sillas: el mismo esquema que los comedores de la Jemaa El Fna de Marrakech ─ sale un camarero sonriente agitando la carta que se dirige en francés o español a mí, me suelta de corrido los pescados que ofrecen, el precio con bebida y pan y, sobre todo, me pide que memorice el número del restaurante para cuando regrese con más hambre. Hasta 25 restaurantes cuento. No tengo hambre a la una del mediodía.

En uno de los lados de la plaza, la más amplia de la medina, que quizá fuera la plaza de armas, se alza el bello edificio blanco que alberga el restaurante Vero, tapas españolas, dice escrito en azul en su fachada, en cuya carta anuncia paella, gazpacho, tortilla de patata, pero no jamón: el cerdo sigue siendo inmundo. Y en un cartel veo anunciada una actuación de Paco Ibáñez, y es que Essaouira alberga anualmente el festival Gnaous y de Músicas del Mundo que atrae a miles de visitantes.

Hay en la medina una calle para turistas, que ocupa una posición central, un zoco inmenso con tiendas pequeñas en cuyos exteriores cuelga de todo. Hay tiendas de objetos de piel, de joyería pretendidamente de plata ─ que casi nunca es ─, de foulard y pañuelos, de cajitas de thuya, cuyos bosques rodean la ciudad, primorosamente trabajadas ─ la industria maderera, textil y alimentaria, y al comercio de productos de artesanía, marquetería y joyería en particular son, con la pesca, su modus vivendi ─., teterías, pastelerías marroquíes con sus dulces apetitosos, un ambiente no muy diferente al de cualquier pueblo de costa sino fuera porque los hombres van con chilaba y las mujeres, buena parte de ellas, con el rostro cubierto o con el pañuelo en la cabeza.

Pescadores, comerciantes y artesanos pueblan esas calles, lo que supone un atractivo enorme para artistas venidos de todo el mundo. Un ambiente tranquilo donde sastres, tintoreros, herreros, carpinteros y pintores conviven puerta con puerta en ardua competencia. Lo angosto de los talleres y tiendas saca a la gente a la calle, y es ahí donde la vida fluye sin prisas. Hay, entre las tiendas, pequeños y deliciosos ryads, el equivalente marroquí a nuestros hoteles con encanto, que están muy de moda y permiten al viajero alojarse en el corazón de la ciudad.

Decido perderme, salirme de esa fila de turistas compacta que invade la calle y va de tienda en tienda, como abejas en permanente libación, y salen de ellas con bolsas negras, las que aquí utilizaríamos para la basura y ellos para meter las compras, porque no hay un solo extranjero que entre en una tienda y no salga con algo comprado, aunque no le guste por culpa de las artimañas de estos comerciantes milenarios que se pasan sus enseñanzas de padres a hijos. Y dejo la calle principal, me meto por las laterales, vacías, estrechas, tan estrechas que a veces uno parece a punto de quedar atrancado, un dédalo que huele a humedad, una sucesión de puertas pintadas en rabioso color azul, como las cenefas de algunas casas, como casi todos los marcos de las ventanas, ese azul intenso del cielo que contrasta con la cal de los muros. Por esas callejas no hay nadie, salvo algún niño, salvo alguna anciana cubierta, salvo algún lugareño a lomos de una bicicleta o arrastrando un carro de naranjas. Calles y más calles a través de las que se escucha el rumor incesante de ese mar bravo que azota la muralla y no veo, que presiento, que casi me moja. Calles húmedas, como si hubiera llovido; callejones que, tras un devenir zigzagueante, a derecha, a izquierda, me abocan a la puerta de una casa y me obligan a desandar lo andado; bajísimos pasadizos cubiertos por arcadas sobre las que se yerguen otras casas; puertas pequeñas que me hacen sospechar que los moradores de la ciudad debieron de ser muy bajos para no golpearse la cabeza con el dintel al entrar. En esa ciudad recóndita, a la que nunca llega la luz del sol por su estrechez, descubro hammanes que dan masajes con aceite de argán, destartalados ryads, artesanos que trabajan al final de su tienda oscura y mueven la mano para saludarme.

Y sorpresivamente llego a la muralla, a una calle estrecha que la circunvala a medias, a una rampa de piedra, con artesanos de madera de thuya a ambos lados, que no salen de sus tiendas, que no me asedian para venderse sus creaciones de marquetería, que me lleva a lo alto del muro, al paseo almenado defendido por gruesos cañones de bronce construidos todos…en España, sobre el 1700, fabricados, según consta en ellos, en bajo relieve, en Barcelona, Sevilla y Cádiz, con el escudo monárquico, comprados, imagino, que los portugueses, heredados por los marroquíes, piezas imponentes que defienden la plaza de los ataques por mar, que dispararían contra la flota del pirata inglés Drake cuando sitió la ciudad.

El mar rompe con fuerza bajo la muralla. No parece el mismo mar que hay junto al hotel, frente al deshabitado islote de Mogador. El viento juega con los hábitos negros, usanza iraní, de tres mujeres que pasean por lo alto del baluarte. Me asomo entre las almenas. Abajo, en la roca esponjosa sobre la que se asienta el muro defensivo, el mar ha formado lagunas de agua calma. Desde ese punto, la vista sobre el puerto y la torre de la fortificación en donde he estado una hora atrás es perfecta. Me dirijo al torreón de la sección de esta muralla. Un pintor tocado con sombrero de paja, para defenderse del son, ofrece su obra pictórica, hermosos cuadros con motivos urbanos y figuras de moras cubiertas en los que emplea sólo el azul y el negro porque el blanco es el de la tela. Aunque simples, son muy bellos. Regateo. Me llevo tres por el precio de dos. Cruzo una sonrisa con el pintor que reanuda su trabajo una vez efectuada la venta y tendrá los cuadros que yo me llevo, o unos muy similares, en veinte minutos, terminados.

Desde el torreón fortificado, que hace esquina en la muralla, se tiene una visión distinta de la ciudad, de su otro lado, más salvaje, azotado por olas incesantes que harían las delicias de los surfistas sino fuera letal bañarse en ellas. Quien caiga a ese mar espumoso es hombre muerto: o se ahoga en el fuerte oleaje o se rompe la crisma contra los cientos de rocas. Y desde ahí, desde esa posición, recuerdo el plano exacto que rodó Ridley Scott en la notable “El reino de los cielos”. En Essaouira desembarcaban los cruzados camino de Tierra Santa, a ese mar embravecido llegaban las embarcaciones creadas por ordenador a esa costa salvaje en donde reinan las olas y el viento. No fue la primera película que se rodó en este espectacular pueblo. Orson Welles ─ que tiene una plaza en la villa ─ filmó “Otelo” aprovechando la belleza intacta de sus murallas y Oliver Stone algunas escenas de su mediocre “Alejandro Magno”.

Hora de comer. Hay tugurios locales, restaurantes de dos mesas y escasa higiene, pero temo por mi estómago y retrocedo hasta la plaza Muley Hassan y tomo posesión de una mesa en un restaurante convencional. Sopa harira, para compararla con la que me han ofrecido para el desayuno en el hotel Atlas, y una dorada al horno con buenas patatas. No hay cerveza, estamos en la medina, muy cerca de una mezquita, y debo conformarme con una fanta. Cuando tomo el te a la menta, con que remato el ágape, el muecín, la voz grabada del muecín, llama a la oración desde todos los minaretes de la ciudad.

No hay que perder el tiempo. Anochece temprano, antes de las seis, y del pueblo al hotel hay, andando, una hora de paseo. Vuelvo a la medina. La luz ha cambiado, a mejor. Las fotos salen más bellas. Me gusta esa luz atlántica, blanca, la luz de Lisboa, la ciudad blanca, en esta otra ciudad blanca mucho más al sur. Seducido por el rumor de las olas, vuelvo a la muralla. El paisaje ha cambiado. El oleaje, por la tarde, porque el viento ha arreciado, es mucho más violento. Las olas se estrellan, espumando, y cubren lo que antes eran plácidas piscinas naturales en las rocas, y alcanzan la misma base de la muralla en donde se disuelven rabiosas. Calculo que son olas de cuatro o cinco metros, imponentes. Vienen seguidas, bramando, en grupos de siete, in crescendo, la séptima la más violenta, y luego se calma y vuelta a empezar. Flota en el aire el agua del mar y es tan violento el temporal que han desaparecido hasta las gaviotas que prefieren la tranquilidad del puerto. No soy el único que se queda clavado, entre las almenas, subyugado por la violenta fuerza de los elementos. Hay nativos, parejas de chicas, parejas de chicos, casi nunca pareja de chico y chica, con los ojos clavados en el espectáculo. Un vendedor ambulante de pasteles, que tienen muy buena pinta, me los ofrece poniendo la bandeja bajo mis ojos.


-¿Quiere un pastel, Monsieur?
─Acabo de comer. Estoy lleno.
─Ningún problema. Luego.
─Eso, luego.
Pierdo la noción del tiempo. No sé cuantas horas permanezco embobado en la muralla, viendo como rompen las olas. Luego sigo, por el dédalo de calles, por los pasadizos, por los túneles, por ese laberinto que me lleva al mercado de pescado del interior de la población en el que ya no queda pescado y sí gaviotas, y hago una foto a un vendedor de especias al que no parece hacerle mucha gracia que le apunte con mi objetivo. Estoy en la zona del mercado, no hay duda. Avanzo por una estrecha calle en la que se alinean las verdulerías, y desemboco en una calle ancha, que va de una puerta a otra de la medina, puertas que no conozco, y que parece ser la calle principal para los habitantes de Essaouira, por donde pasean, por donde compran, del mismo modo que los turistas se mueven por la calle en donde están todos los comercios para ellos. Aquí no. Aquí hay tiendas de comestibles, sobre todo. Tiendas de grano. Y pájaros, parecidos a los gorriones, pero con plumaje de color, que se lo comen sin que el dueño de la tienda, que bebe té en un vaso, haga el menor gesto por ahuyentarlos.


Atardece y hace frio. Me alegro de haber cogido un fino jersey. Me lo pongo mientras dirijo mis pasos a la terraza de una tetería. Me siento y pido un té a la menta. Y cuando me lo sirven, el vendedor de pasteles, el que me encontré en la muralla junto al mar, viene en mi busca con su dulce cargamento.
─¿Se acuerda, Monsieur? Me dijo que luego me compraría unos pasteles.
No tengo escapatoria. Dije “luego” y ya es luego. Y además, esos pasteles marroquíes de almendra, cacahuete y coco están riquísimos. Compro tres por dos. Creo que le doy más dinero de la cuenta. Así se mal acostumbran.


Ya anoche cuando salgo de la medina que aparece iluminada con algunos focos. Todavía tengo una visión hermosa de la fortaleza del puerto rodeada por cientos de gaviotas, y del puerto, con los barcos varados, fuera del agua, contra el morado del cielo. Luego el paseo hacia el hotel, por la bahía de Mogador que tiene su propio clima, su mar calmo lamiendo una playa verde a causa de los focos que la iluminan. Ha refrescado mucho desde la mañana, ha bajado la temperatura unos quince grados.


Sueño con una sopa harira cuando veo la silueta luminosa y moderna de mi hotel. Y empiezo a entender por qué Jimmi Hendrix se perdió por estos lares ─ en una vecina población hay restaurante y hotel que llevan su nombre ─ y por qué Cat Stevens se hizo musulmán y se convirtió en Yusuf Islam. Essaouira tiene la respuesta.


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