LA ENTREVISTA

Conocí a Nerea Riesco en una Semana Negra, ya saben, ese club de amigos que se reúne una vez al año en la ciudad de Gijón. Nos hicimos amigos, buenos y leales, porque las amistades que nacen en la Semana Negra son para siempre, tienen algo de sacro. Leí a Nerea Riesco, su última novela, El elefante de marfil, con motivo de presentarla en Granada. Me fascinó. La frase de Margaret Atwood de Si te gusta un libro no quieras conocer a su autor no iba con ella. Claro que yo conocí a la autora antes que a su obra. Les invito a acercarse a Nerea Riesco, a su obra - Ah, lo siento, yo la tengo más cerca, pero ese es uno de los privilegios que tengo como escritor -, a sumergirse en ese laberinto de pasiones incandescentes, de buena literatura que es El elefante de marfil. No se arrepentirán. Esto es lo que hablamos sobre su novela y el privilegio de escribir.
HABLANDO CON NEREA RIESCO

JOSÉ LUIS MUÑOZ. Como un diamante muy pulido, tu novela tiene muchas caras y la virtud es que consigues que todas refuljan. Hay en la novela una apasionante intriga que gira, precisamente, en torno a esa pieza de marfil que pasa de las manos de unos personajes a otros y en la que están involucrados los miembros de la orden de San Juan de Acre para que alguien encuentre las reglas del juego y juegue esa partida aplazada en el tiempo. ¿Cómo se te ocurrió esa intriga? Háblanos un poco de la génesis de la novela, qué te movió a escribir esta historia?
NEREA RIESCO. La idea surgió de pronto, hace ya algunos años, cuando llegaron a mis manos las copias de unos documentos fechados a finales de 1755. En ellos se hablaba de un terrible terremoto que desmanteló Sevilla y dañó seriamente la Giralda. Investigando más a fondo en los documentos que se imprimieron en la ciudad y que hablaban del desastre, encontré uno delicioso. Estaba redactado en forma de romance y supe que se vendió como amuleto protector. Los habitantes de la ciudad lo llevaban siempre encima. Se imprimió en el negocio regentado por una mujer: la viuda de López de Haro. Y entonces los vi a todos… a todos los personajes que conforman El elefante de marfil, susurrándome su historia de amores apasionados, odios alimentados durante años, envidias que empujan al asesinato y compromisos heredados de aguerridos antepasados que invitan a vivir peligrosas aventuras: bandoleros, “bailaoras”, toreros, monjes, cigarreras, ilustrados, esclavos negros… un mosaico que exhibe geografía humana de la Sevilla del siglo XVIII. Fue como un flechazo. El terremoto me sacudió a mí también.
JLM. Es una novela histórica ambientada en el siglo XVIII que mira al pretérito, hacia el XV, cuando la Sevilla musulmana capitula ante el rey Fernando. La novela es prolija, porque recoge un amplio período de tiempo, desde ese famoso terremoto hasta la guerra de la independencia y la constitución de Cádiz. Eso supone un esfuerzo narrativo por tu parte, mantener esa tensión durante tantos años y páginas y que no decaiga. ¿Cómo lo consigues?
NR. Escribir una novela se parece un poco a cocinar un elaborado plato sin que se te peguen los ingredientes a la sartén, cuidando de no pasarte con la sal o no equivocarte con la medida de la mantequilla. Si cometes un error, da igual que los productos utilizados sean de primera calidad; a nadie le gustará tu plato. Pasa lo mismo pasa con una novela. Normalmente la historia está en mi cabeza pero va tomando forma mientras peso sus “ingredientes”. Me considero una contadora de historias, así que calculo: un poco de misterio para los que tienen alma de investigadores privados, una pizca de romanticismo para los pasionales, dos cucharadas de historia para los que se deleitan conociendo el pasado, y un chorrito de ajedrez para los amantes de ese juego… todo cocinado a fuego lento. He tardado dos años en elaborar El elefante de marfil, luego le toca al lector decirme si me ha quedado “rico”.
EL AJEDREZ
JLM. Para él, que un joven dominase los entresijos de ese juego era igual de trascendental que la lectura de los clásicos o el dominio de las leyes de la versificación, porque el ajedrez desarrollaba la capacidad de previsión, la prudencia, la perseverancia, y el equilibrio del cuerpo y de la mente. Consideraba cada una de las piezas como una parte de la gramática, como un elemento de la lengua que daba, en cada partida, forma a palabras, frases, párrafos, hasta completar una elegía o una maravillosa novela de aventuras.
El ajedrez es fundamental en la trama de tu novela, que gira alrededor de ese elefante de marfil, el alfil actual, el descubrimiento de las reglas de juego y esa mítica partida, aplazada durante siglos, que debe desempatar a las jugadas por Alfonso X El Sabio con Axataf y decide el destino de la Giralda. El ajedrez está muy presente en la novela, en el título, en la portada con escaques, en las numerosas citas sobre el juego de Kubrick, James Mason, Cortázar, Sartre, Capablanca, Juan Benet, que encabezan cada uno de sus capítulos, en el centro de la intriga de la novela con esa búsqueda de las reglas del juego en la catedral de Sevilla, en movimientos de partidas que reproduces.
NR. ¿Acaso el mundo no es más que es Un gran tablero que nos acoge. Nosotros creemos que manejamos las piezas de nuestra vida, pero eso no es cierto. ¡Nosotros somos las piezas!
JLM. Hay, en la novela, una metáfora en torno al ajedrez, batalla del intelecto, sin sangre, para dirimir los conflictos sin guerras. Alfonso VI acepta el desafío del rey al─Mutamid y, al perder la partida, abandona el asedio de Sevilla. Lo mismo hacen Fernando III y Alfonso X El Sabio, una utopía que me parece muy hermosa y con la que la humanidad podría haberse ahorrado millones de muertos. ¿Por qué esa fascinación por el ajedrez, que comparto, un deporte mental que, por desgracia, está en desuso?
NR. El ajedrez es como la vida misma; cada decisión que tomamos en ella nos abre múltiples caminos, posibilidades, oportunidades, peligros… tenemos que ser lo bastante hábiles como para saber elegir lo que más nos interesa en cada momento. Desde que decidí que el escenario de mi novela sería Sevilla, me vino a la mente la conquista cristiana en la que estaba presente el que años después sería Alfonso X el Sabio. Él era un gran amante del ajedrez y me lo imaginé tramando estrategias militares durante los dos años que duró el asedio, como si la ciudad fuese un enorme tablero. A fin de cuentas iba con su padre el rey, con una reina que era una figura llamada “Virgen de las Batallas” que aún se conserva en la Catedral, con los caballeros de las órdenes militares y el religioso que podría identificarse con el alfil y que más tarde sería el primer obispo de Sevilla. Por otra parte, los musulmanes intentaban defender su torre (la actual Giralda) con otra torre (la Torre del Oro). Me apreció muy evocador. Así que estructuré la novela como una partida de ajedrez: inicio; medio juego y final. Incluso los personajes de la novela son como piezas; cada uno cumple su misión. Sería estupendo que las batallas se librasen en tableros y que, tal y como ocurre en el ajedrez, cuando se terminase la partida, fuera cual fuera el vencedor, ambos contrincantes se levantaran y se dieran la mano en señal de respeto. Pero está claro que, como dice el poema, no somos más que piezas de ajedrez movidas por un gigante loco, lanzadas una por una a la caja de la nada.
EL TERREMOTO
JLM. El desastre comenzó a las diez en punto, de la mañana. Las campanas de la Giralda tañían solas, como locas. Los bancos del templo se agitaban sin importarles el peso de los fieles que estaban sentados sobre ellos y los que estaban de pie cayeron sorprendidos porque la tierra les faltaba. El púlpito amenazaba con descolgarse de su columna y un par de monaguillos asustados se acercaron tambaleantes al padre Zacarías para ayudarle a bajar la escalera.
La tierra tardó unos cinco minutos en acomodarse y, cuando terminó de hacerlo, lanzó una especie de suspiro lánguido que dio paso a un silencio estridente. Una tranquilidad polvorienta que poco a poco se fue diluyendo entre pequeñas quejas, entre Dios míos, lloriqueos de bebé, gritos de adultos, berrinches de beatas que aumentaron su volumen hasta alcanzar un sonido de angustia ensordecedora. Un clamor de voces desesperadas solicitaba al unísono misericordia, piedad y confesión. Una balada triste y dolorida que encogía el alma.
La novela casi se inicia con esa catástrofe sísmica, el terremoto de Lisboa que se sintió en Sevilla, un inicio espectacular. Además este aviso telúrico, de las entrañas de la tierra, es el desencadenante de la novela. ¿Cómo se te ocurrió?
NR. Creo que era Hitchcock el que decía que, tanto las películas como las novelas, debían comenzar con un terremoto y luego ir creciendo. Cuando encontré los documentos de los que te hablé antes y que describían un suceso real, no pude contenerme. Fue el famoso “terremoto de Lisboa”. Causó más de cincuenta mil muertos y provocó un maremoto que asoló Cádiz. En aquellos tiempos la escala sismológica de Richter no era utilizada pero se ha llegado a la conclusión de que tuvo una magnitud 9.0, comparable con el de Haití, ¿te imaginas? Tenemos la idea de que este tipo de desastres acontecen en lugares lejanos. Mucha gente desconoce que este terremoto vapuleó media Europa y el norte de África.
EL AMOR
JLM. Nunca se sintió tan intimidada por la belleza de nadie. A veces se permitía fantasear con él. Lo imaginaba forzando la puerta de su alcoba en plena noche, avanzando hacia ella, serio, firme, seguro, iluminado únicamente por la metálica luz de una enorme luna llena. León apartaba de un tirón certero las sábanas que la cubrían y la tomaba en sus brazos con la dulzura con que se mece a una criatura. Ella entonces le rodeaba el cuello y hundía el rostro en el pecho moreno aspirando su olor ahumado mientras él caminaba hacia la puerta para subirla en un navío fantasmagórico que zarparía dirección al mar Caribe.
Vayamos a otra de las refulgentes caras de esta novela. Es una novela de amores y pasiones, pero también lo es de intrigas que giran en torno a esa clave de bóveda que se desprende de la catedral de Sevilla durante el terremoto de Lisboa y guardo un secreto oculto, la Piedra Postrera. El amor. Porque El elefante de marfil gira una y otra vez en esos cien años de andadura, alrededor de ese sentimiento que escapa al control racional y nos hace tan felices como desgraciados.
NR. El elefante de marfil es, ante todo una novela de amor. Tenía muchas ganas de escribir sobre el amor en todas sus manifestaciones: el romántico, el pasional, el amor a otras culturas, el amor incondicional, el amor a la familia, el amor a la gente que no lleva nuestra sangre y a la que queremos más que a los que la llevan… y también quería escribir sobre el amor arrebatado que termina por convertirse en odio. El amor mueve el mundo y es el eje central de mi novela. Los que se adentren en sus páginas tienen que ir con el corazón bien pertrechado. LA SENSUALIDAD
JLM. León la recibía jovial, apretándose contra su cuerpo. La besaba en los labios, le lamía la lengua, le robaba el aire. Se colocaba tras ella y desabrochaba uno por uno, con tranquilidad pasmosa, la infinita hilera de minúsculos botones que sujetaban su enlutado vestido, desde el cuello hasta la cintura. Después empujaba suavemente la tela y acariciaba con la yema de los dedos la delicada ropa interior alargando ese momento, conteniendo el deseo.
Dibujas con perfección y detalle los estadios de la pasión amorosa, dotas a esos párrafos con una sensualidad enorme. El lector ve a los amantes, escucha sus suspiros, participa de su éxtasis.
NR. No puedo evitarlo. Para mí no son personajes, son personas. Los tengo presentes y palpables, mucho más que a gente de mi propia familia. Sé cuándo nacieron, cómo se sienten, si sufren, aman o si tienen miedo. Quiero que el lector los conozca tal y como son, que se cuele en sus alcobas, que alcance a sentir el tacto de la piel de doña Julia, el olor de la intimidad de los amantes, el sabor de los labios de León o del bandolero Ventura. Me dilato en las descripciones sensuales porque es en la entrega de nuestro cuerpo a otro ser humano en el que confiamos por encima de todas las cosas, en donde se encuentra de verdad nuestra esencia. El lector conocerá mejor a mis personajes si sabe cómo se les eriza la piel con una caricia.
LOS PERSONAJES
JLM. Se hablaba de sus habituales visitas al Compás de la Mancebía, donde cambiaba su salario por el amor venal de mujeres opulentas que le acunaban en sus brazos de matronas, sobre las que navegaba en un vaivén de barco en una noche de tormenta, dejándose guiar por sus aguardentosas voces de sirena, ahogándose en el profundo remolino que se escondía entre sus piernas para resurgir de golpe como un recién nacido, húmedo, tibio y oliendo a marisco. Después dormía la mona junto a ellas y despertaba aturdido, extenuado, como un náufrago recién llegado a la playa.
El pobre Cristóbal que no consigue a doña Julia y debe conformarse con el sexo de pago. Esta es la trágica historia de un amor no correspondido. Un personaje dramático y frustrado, por el que siento conmiseración, es Cristóbal Zapata, enamorado en secreto de doña Julia, a la que nunca consigue y que incluso le busca novia.
Fíjate que a mí la historia de amor que más me conmueve, de esta novela, que es una sucesión de historias de amor, es el eterno enamoramiento de Cristóbal Zapata por doña Julia, que nunca le declara su amor, que se reconcome por dentro cuando aparece León de Montenegro tan seductor, pero permanece siempre al lado de doña Julia, en todos los trances, sin recibir nada a cambio.
Él sintió los finos dedos en su cabeza. Aquellos dedos que tanto había deseado, aquellos que alguna vez rozó sin que ella pareciera darse cuenta en el trajín del trabajo diario. Un irrefrenable impulso le obligó a atrapar su muñeca. Se llevó mano de la mujer que había amado durante toda la vida a la boca y besó la palma con desesperación.
Cristóbal Zapata y su amor no correspondido por doña Julia. Creo que en el libro resulta muy atractiva la tensión amorosa que se establece entre Cristóbal Zapata, el fiel maestro del taller de imprenta AQUÍ SE IMPRIMEN LIBROS, que siempre ha amado calladamente a doña Julia, y León, El Pirata, el recién llegado que consigue enamorarla y casarse con ella. Es uno de los muchos centros sentimentales que estableces. A mí el personaje perdedor de Cristóbal Zapata me produce pena. Encima, doña Julia, le busca pareja.
NR. Me emociona que seas comprensivo con Cristóbal Zapata. Cuando voy a los clubs de lectura, no suele ser el personaje más popular entre los lectores, precisamente por ser considerado “uno de los malos”. Pero a mí también me conmueve. Nada de lo que ocurre en su vida está controlado por él, y eso es muy triste. Considero que El elefante de marfil es mi novela más ambiciosa, y no sólo por abarcar un periodo de tiempo tan extenso, sino por la cantidad de personajes que recorren sus páginas. Me preocupaba mucho para que cada uno de ellos tuviese su propia personalidad; que estuviesen vivos. No quería que los malos se pareciesen en su maldad, que tuviesen las mismas maneras de manifestarla o que se encorsetaran en clichés. Cristóbal Zapata es la prueba más palpable de ese esfuerzo, y por eso me gusta tanto.
JLM. Pero ya no parecía una niña. Se le había afinado la cara, el cuello, la cintura… pudo ver cómo las costuras de su vestido estaban tensas a la altura de las axilas. Sin duda ya le estaría naciendo el pecho. La muchacha sujetaba una tajada de melón y la sorbía distraída, atrapándola con deleite entre sus labios color rojo sangre, emitiendo un sonido apenas perceptible que a él le recordó al de los terneros cuando succionaban las ubres de sus madres.
Lo que ve Cristo, el hijo del infortunado Cristóbal Zapata, en Guiomar, la nieta de doña Julia. Se repiten las historias amorosas en el libro, que es una saga familiar de una familia, los Haro y los Montenegro, y Guiomar, su nieta, del bandolero, reconvertido luego en guerrillero durante la guerra de la independencia, Marqués de las Veredas, que es el equivalente del pirata León de Montenegro, el gran amor, y marido, de doña Julia. Es una saga de amores, y muchos frustrados, no correspondidos, que son los más trágicos. Curiosamente lo que no consigue Cristóbal Zapata con doña Julia está a punto de conseguirlo la hija de este, Julita, que consigue enamorar al hijo de ésta, Abel, aunque luego todo se frustre de una forma muy dramática. Los amores tienen una presencia capital en tu novela.
NR. Ya te dije. El amor mueve el mundo, los planetas, provoca guerras, desata pasiones. El amor nos hace sentir vivos. El amor me hace sentir viva. No puedo eliminarlo de las pócimas que, en el fondo, son mis novelas. El amor es siempre el ingrediente principal de todas ellas, aunque en El elefante de marfil quede más patente que en otras. Lo que ocurre es que no siempre se trata de un amor de novela rosa. También hay pasión, deseo, sexo… en la escena que describes, más que amor, lo que hay es un deseo inmoral y enfermizo que en un momento determinado pudo rozar la pederastia.

JLM. El chismorreo popular aseguraba que mamita Lula llegó al puerto de Sevilla en un navío de esclavos que olía a marfil y tiranía procedente de un pueblo africano llamado Yoruba, cuna del vudú. Decían que venía escuálida, que en su cabello enredado como cuerda hacían nido los piojos, que traía pústulas supurantes en los Ojos y en los labios y que emitía chirridos de criatura salvaje. Con el paso de los años, marmita Lula aprendió a hablar con acento andaluz y se hizo camarera de Nuestra Señora de los Ángeles en la Hermandad de los Negritos.
Dibujas muy bien los personajes secundarios. Mamita Lula es uno de los más entrañables. Percibo en ella algo de realismo mágico.
NR. Posiblemente. Pese a todo, mamita Lula, la esclava negra de la familia de Haro, fue una de las razones por las que añadí una “Nota de la autora” al final de El elefante de marfil. Cuando entregué la novela a mi editora, recuerdo que se sorprendió con ese personaje que recordaba a los esclavos de algodón en América. Por eso me pareció adecuado explicar que no se trata de una imagen lírica, ideada para dar fuerza a la novela. Es cierto que en Sevilla, en aquellos años, había esclavos negros. Los traían los barcos hasta el puerto y los vendían en las gradas de la Catedral. Las familias pudientes los adquirían como si se tratase de artículos de lujo y, en muchas ocasiones, les tenían tanto aprecio que los trataban como a uno más y se les enterraba en el panteón familiar. De ahí surgió mamita Lula.
JLM. Resulta muy sorprendente, en la novela, esa doble cara que tiene Monsieur Verdoux, el afrancesado, una especie de preceptor, en apariencia tan pacífico y civilizado.
NR. Me encanta monsieur Verdoux. Pero no quiero que hablemos de él.
JLM. Hay personajes de rompe y rasga, como esa sensual niña Candela, bailaora y cigarrera que embelesa a Cristo, el hijo de Cristóbal Zapata que cuando fuma los puros que salen de la fábrica aspira el olor de los muslos contra los que la cigarrera lía el tabaco.
NR. La niña Candela es una delicia de personaje. Una niña gitana que baila en un tablao flamenco, que trabaja en la fábrica de tabaco y que termina por convertirse en una de las personas más influyentes del país con la llegada de los franceses. Me encanta.
LA IMPRENTA
JLM. La piel se le cuarteaba de puro hastío entre esas paredes que imprimían historias que hacían soñar a los demás, pero no a ella.
La novela es también la historia, el día a día, de esa imprenta, AQUÍ SE IMPRIMEN LIBROS, que regenta doña Julia, la viuda de Haro, una mujer de carácter donde las haya, y que pasa de una generación a otra, a través de la que explicas el devenir de la ciudad durante cien años casi. Además creo que esa imprenta que describes con tanto detalle, existió.
NR. Sí, también lo explico en la “Nota de la autora”. De hecho, los documentos describiendo el desastre del terremoto de los que he hablado al comienzo, salieron de allí. Fue la mejor crónica que se hizo del suceso, hasta tal punto que los ciegos la aprendieron de memoria para recitarla por la calle y las personas lo llevaban encima, como si se tratase de un talismán, para protegerse de las réplicas. La imprenta de la viuda de Haro existió, y lo hizo con una mujer dirigiéndola.
COSTUMBRISMO
JLM. Llevaban dos semanas preparando la fiesta. Colocaron un toldo en el patio para que el sol del mes de agosto no derritiese el merengue ni a los invitados. Trajeron un barril de vino de Villarreal, sangría y limonada. Cocinaron gañotes rellenos pasas de Corinto, meolladas agridulces, picatostes, ensalada, perdices en manjar blanco y una enorme tarta de tres pisos. Colocaron mesas formando un cuadrado debajo de los arcos del patio y situaron las viandas.
La misma sensualidad que utilizas para las efusiones amorosas está en las recreaciones de desayunos, meriendas y cenas que abren el apetito del lector. Estos detalles ambientales se agradecen, porque retratan ese momento.
NR. Me encantan las descripciones sensoriales. Normalmente los escritores tienden a quedarse en la relato de lo que ven y lo que oyen. Pero a mí me gusta analizar el estremecimiento que produce en el cerebro el resto de los sentidos. Describir el olor de la canela, el sabor de la piel del ser amado, el tacto del terciopelo en las yemas de los dedos…

LOS TÓPICOS
JLM. Costillares llevaba la espada en su mano izquierda y con la derecha abrió el abanico. Con un solo golpe de muñeca citó al animal, que cayó en su trampa y se dejó torear con el abanico como muleta. La gente estaba al borde de la conmoción; gritaban olé y aplaudían a ritmo de pasodobles. Lleno de orgullo, Costillares entró a matar y, tras una estocada certera, el toro cayó a la arena envuelto en un estertor de sangre y muerte ante el clamor del público, que terminó de perder la compostura. Tiraban a la plaza claveles, gallinas vivas, hogazas de pan, ristras de chorizos, de morcilla serrana…
Esta corrida, que no sé si es real, me resulta asombrosa. Es muy divertido el diálogo, a golpe de abanico, entre Rosario y Abel durante la corrida de Costillares. En tu novela hay piratas, toreros, bandoleros, señoritos, nobles, afrancesados, esclavas negras, cigarreras, artistas… ¿Era realmente Sevilla así en el siglo XVIII o has echado mano, conscientemente y con alevosía, de todos los tópicos del andalucismo?
NR. Por las páginas de El elefante de marfil pasean los típicos-tópicos personajes de la Andalucía de la época, pero no por eso menos reales. Sevilla estaba plagada de gente así: bandoleros que robaban a los ricos para dárselo a los pobres, que lucharon contra los franceses en las guerras de guerrillas, a los que el pueblo consideraba héroes. Había “bailaoras”, porque en Sevilla existía una escuela para educar artistas. La escena taurina que describo y el propio torero Costillares son reales. También paseaban por las calles un buen número de cigarreras… e ilustrados como Pablo de Olavide o Alberto Lista… o los esclavos negros. No me invento nada.
JLM. Leyéndote creo que estás de acuerdo con los preceptos de John Irving de que una novela es un cúmulo de pequeños detalles ambientales que arropan la acción y sus protagonistas, y que los explican. Hay mucha literatura en tu novela, amor por la palabra bien escrita, por el redondeo de la frase, por la imagen precisa. Se nota un trabajo de corrección incesante, de pulido de la piedra que es la palabra. Los profanos de esta profesión creen que lo nuestro es inspiración, es inspiración, magia. Pero hay algo más. Hay trabajo y volver una y otra vez sobre el texto.
NR. Cuando imparto talleres de creación literaria siempre digo que no basta con tener talento para ser escritor, también hay que se constante. Una novela exige un trabajo de muchas horas al día durante (en mi caso) al menos dos años.
JLM. La novela es una larga saga familiar que incluye a tres generaciones, los descendientes de Julia, la viuda de Haro, y León de Montenegro, y su imprenta, que parece se van pasando el testigo. León de Montenegro se lo pasa a Abel, éste a su hija Guiomar. La maldad y el odio visceral que siente Cristóbal Zapata lo transmite a su hijo Cristo.
Lo que más me gusta de tu novela es que sea muy sensorial, que parece estar escrita con los sentidos, con todos. Es muy visual, olfativa, táctil. Realmente te traslada a un tiempo pretérito que construyes de una forma prodigiosa. Hay una multitud de detalles históricos, que están bien imbricados, no perjudican la narración. Es una novela deliciosamente costumbrista, pero atravesada por las pasiones amorosas. Y hay buena literatura, muy buena literatura.
NR. Gracias José Luís. No sabes cuánto valoro tus palabras, por amigo y porque, como escritor, sabes el trabajo que supone crear un mundo literario que no se deshaga por las costuras.

JLM. Y por último, Nerea, explica, si es que se puede explicar, porque esta obsesión por novelar el pasado y no el presente, que te mueve a circular por un tiempo que no es el tuyo que entraña, además, la dificultad añadida de la documentación.
NR. Si tuviese la máquina del tiempo, viajaría al pasado. Me intriga, me seduce, quiero saber más de él para poder entender mejor lo que somos en la actualidad. Ser escritor es la mejor profesión del mundo porque te permite vivir lo que jamás podrás vivir por aquello que decía Kundera: la insoportable levedad del ser. Así recreo el escenario en el que quiero moverme. De todas formas, pasan los siglos pero los seres humanos no cambiamos. Nos movemos por los mismos intereses, tenemos miedo a las mismas cosas, repetimos los mismos errores. Nos mueve la envidia, el amor, el odio, la venganza, el deseo de poder, el dinero… escribir del pasado es escribir del presente y el futuro.
JLM.Y ¿por qué escribes?
NR. Para ser inmortal.

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