DIARIO DE UN ESCRITOR

Miami, 16 de noviembre de 2011
Hoy el desayuno no me parece tan malo. El zumo de naranja es más que aceptable. Caen tres vasos. A los huevos revueltos sin sal me acostumbro. Algo que parecen magdalenas son letales: me las dejo tras mordisquearlas. Pegajosas y húmedas y con sabor a cilantro. Creo que si un panadero de España se instalara en este país (o de Francia) su éxito sería completo. ¿Puede un país no tener pan? Eh aquí uno. El café no me molesto en probarlo, lo cambio por un vaso de leche, que está bien.
Sigo el programa previsto. La bici me la encuentro en donde la dejé. Nadie se la llevó. No podría con semejante armatoste que debe de pesar una tonelada. Así es que me pongo a pedalear con mis bermudas, mi camiseta cutrosa y llena de agujeros, las sandalias de Coronel Tapioca, las gafas de sol y el casco amarillo hacia Ocean Drive, sin perder un solo instante la referencia del mar que queda a mi derecha y hoy está revuelto, con bandera roja en los puestos de salvavidas que fotografío uno tras otro porque me parecen bellas y entrañables esas casetas de madera primorosamente pintadas con colores pastel.
El camino tiene pocas pendientes, transcurre por aceras amplias y desiertas (poca es la gente que pasea y prefiera la locomoción natural al del vehículo) que de cuando en cuando abandono para mirar la playa. Hay tramos en que la pista para ciclistas va paralela al mar y es una gozada. Hace calor, pero se soporta por la brisa marina, que sopla con fuerza, y por las nubes, que siguen dándome un respiro. Además, cada dos kilómetros hay duchas para refrescarse el cuerpo.
Ocean Drive es una calle que no tiene fin. Miles de números. La carretera va siguiendo esa delgada lengua de arena en la que está Miami Beach y salta, de vez en cuando, alguno de sus numerosos canales por puentes. En un malecón batido con furia por el mar alborotado encuentro a un grupo de pescadores dominicanos, los mismos que encontré hace cuatro años. O me lo parecen. No cambian las costumbres. Bajo el puente descansan los pelícanos, los descendientes de los que vi tres años atrás. Y por el paseo llama la atención ver octogenarios haciendo footing o a lomos de bicicletas más ligeras que la mía.
Sorprende de este país el civismo de los automovilistas. Te dejan pasar siempre, incluso dan marcha atrás si consideran que te están barrando el camino. La gente es amable, salvo excepciones, aunque no muy comunicativa. Y nadie se mete con uno, lo que está bien. Y cada uno va vestido cómo le da la gana, lo que es una gozada. Para viajar a Miami la prenda imprescindible son los bermudas.
Después de 35 kms tengo sed, y hambre. Pero mi restaurante preferido, uno que está en un palafito sobre el mar, ha cerrado por traspaso de negocio contradiciendo mi idea de que todo sigue igual tres años más tarde. Me quedo bastante frustrado porque ése, además de ser un restaurante aceptable, gozaba de unas inmejorables vistas marinas.
Voy a otro, que he visto al pasar con la bici. Está al borde de un canal marino. Algunas de sus mesas, al borde mismo del agua. Cojo una un poco más adentro, por prudencia. Estoy mareado de hambre y sed y sólo falta que me caiga a ese canal abundante en cocodrilos. Me entiendo con el camarero con mi inglés elemental de supervivencia, el que te permite comer y coger los aviones sin perderte. Me traen un plato enorme con media tonelada de ensalada sin sal ni aceite, unos cuantos trozos de pollo, encima de ella, picatostes y salsa de queso. Todo revuelto. Echo en falta una bolita de helado para completar el conjunto. Y que lo rieguen con café. Total, todo se mezcla, deben pensar, por lo tanto lo mezclamos de entrada y así vamos más rápidos. Como hay hambre doy cuenta de casi todo el plato, salvo la aburrida ensalada, que la dejo. Caen, por el camino, tres cervezas Coronas con lima, heladas, lo mejor de la comida. Y observo a los otros comensales, gente feliz, me doy cuenta de ello, gente muy risueña, tanto como la dueña del restaurante, una mujer con gafas de sol que atiende la barra del bar y da un campanillazo cada vez que un barco pasa por delante del local y espera que el cercano puente levadizo se alce para poder pasar. Me quedaría a dormitar un buen rato. Pero decido seguir leyendo la novela de Carlos Pérez Merinero. Y luego, tras pagar y dejar ese dichoso diez por ciento de propina, vuelvo a montar en mi bólido chino y emprendo, lentamente, el camino del hotel, esos otros 35 kilómetros que hago sin detenerme casi, sólo una vez cuando, ¡horror!, se volvió a salir la cadena y yo, solito, sin mancharme en exceso los dedos de grasa, fui capaz de arreglarla, y con mucho sueño, tanto que una vez que entro en mi habitación no me resisto a hacer una pequeña siesta de...nueve horas.

Miami, 15 de noviembre de 2011

Cuando me levanto no sé que voy a tener un mal día. Una mala mañana, no exageremos. Pero ya me levanto con el pie izquierdo. Y torcido. ¿Jet lag? ¿Hambre canina? Tomarme el mojito de agua no fue buena idea ayer. Debí comerme una pizza. O unos espaguetis. Bajo a desayunar, muerto de hambre, y el tipo de los desayunos, un gigante negro, creo que me dice que me hacen falta vales. ¡Qué vales! Bueno, voy a recepción y suspiro de alivio: la chica es hispana; eso lo atestigua su cara y el letrerito con su nombre: Lorena. Pero, por si acaso, en mi pésimo inglés de haberlo estudiado veinte años en la Berlitz, el Instituto Británico y el Americano, que pasé por todos y no me sirvió de nada, le pregunto si habla español. No dice sí, sino que gruñe. Mal asunto. Me fijo entonces en su cara: una gordita antipática con acné y gafas. Podría ser una gordita simpática con acné y gafas. Pero no. Hoy no tengo mi día. Le explico que su colega del restaurante me pide vales para el desayuno. Sin decir nada consulta mi reserva y tarda un montón en encontrarla. Mientras, atiende a dos llamadas y cobra a dos clientes que se van. Crece mi hambre, y mi mala leche. No está el desayuno en su reserva, me dice. Sí está el desayuno en mi reserva, le digo. Es muy extraño, me dice, en todos los años que llevo aquí nunca la reserva se hace con desayuno. Pues yo lo hice. Descuelga el teléfono. Habla con alguien. Lo están mirando, me dice, colgando. Y añade, para provocarme: Quince minutos. Podría ser peor: un par de horas. Voy a la habitación, muerto de hambre, y eso que los desayunos norteamericanos no suelen ser muy buenos a no ser que pagues un pastón por ellos. Las tarjetas se han desmagnetizado, las dos: no abren. Vuelvo a bajar y le pido a la chica simpática nuevas tarjetas. Me las hace, sin protestar. En dos minutos estoy de nuevo abajo con mi impreso de reserva con los malditos desayunos incluidos. Se lo muestro, irritado. Por hambre uno puede matar, me doy cuenta. Le digo, muy secamente, que no me haga perder más tiempo. Me lo hace perder. Rellena con parsimonia y a mano cinco vales, cinco papeluchos, y luego desaparece cinco minutos en su despacho, uno por vale. Me estoy mareando, y el hambre, unida al cabreo, es mala combinación. Finalmente aparece y me entrega los papeles. Aquí los tiene. Y me dice De nada, cuando se los arranco de las manos.
Bueno, el desayuno no es gran cosa. No hay sal en los huevos revueltos. Pero el zumo de naranja es aceptable. Y los yogures. Y además, tengo hambre y poco me importa la calidad de los productos, lo que mi estómago precisa es llenarse, y se llena de queso, jamón de york, huevos revueltos, zumo de naranja y ese café aguado que hacen los norteamericanos y se lo toman por litros.
Con bermudas, camiseta cutre y las sandalias del Coronel Tapioca me voy a alquilar la bici. El trasto es chino. Es enorme y pesado. Eso sí, tiene un sillín que parece un sofá por sus dimensiones y en el que te puedes dormir pedaleando. Por suerte Miami tiene pocas pendientes y no son muy largas: los puentes. Para ir de Miami Beach a Miami Dowton tengo que coger una carretera de tráfico congestionado que va saltando de isla en isla. Por suerte tiene un marcado carril bici que respetan los coches. El día está soleado, hace calor, sudo, pero de cuando en cuando una nube me da un respiro. Invierto tres cuartos de hora en llegar al Dowton y pierdo cinco minutos ante uno de los puentes levadizos que se alzan para dejar pasar a un velero. Sigo camino cuando el puente recupera la normalidad y en Briskay Avenue la cadena de la bici se suelta. Maldigo mi suerte porque no hay manera de volverla a su lugar y lo único que consigo es ponerme las manos perdidas de grasa y hacerme un rasguño en un dedo con los dientes aserrados metálicos del circuito. Perfecto: a ver si se me infecta y me cortan el dedo. Llamo por teléfono a la casa de las bicis y les explico el percance. En veinte minutos tiene un chico allá, me dicen tras describirles, más o menos, en donde estoy. Los veinte minutos son tres cuartos de hora al sol. Bebo agua. Pero no puedo leer: con esas manos no puedo hacer nada. Podría dar, en ese momento, la mañana por perdida y cancelada, pero últimamente he aprendido a calmar mis estallidos de rabia gracias a las enseñanzas recibidas por una guru de mi séptima vida: Por mucho que te cabrees, no cambias las cosas. Cierto. Así es que no me cabreo en esos cuarenta y cinco minutos al sol bebiendo agua. Al final viene un tipo latino y cuadrado (aquí hay mucho tipo cuadrado, blancos y negros) y me arregla la cadena en un momento, ante lo que pongo cara de imbécil. No sé lo que hace, la verdad. Y me lleva a una estación de servicio a lavarme las manos.
Miami sigue igual a cómo la dejé hace tres años. Hasta están los mismos manifestantes que vi entonces protestando por un parque público prometido y que el ayuntamiento no llevó a cabo. Parece que no les han hecho caso y siguen protestando con sus carteles dando vueltas a la acera una y otra vez. Tres años. Y el resultado ha sido gastarse las suelas de los zapatos y quedarse afónicos. Aquí todo el mundo protesta, me dice el latino, como si lo censurara.
Con mi bici arreglada, y sin detenerme, voy a Key Biskaine. Tres cayos, tres puentes, uno con bastante pendiente, y un buen montón de kilómetros por el Key Biskaine hasta llegar al Cabo Florida en donde está mi restaurante dominicano al que siempre acabo yendo. Antes de subir, inspecciono la laguna marina, buscando al manatí: no está. Si dos enormes iguanas verdes que no se dejan fotografiar. Y subo por las escaleras de madera, tras encadenar la bici, al restaurante que está lleno de ruidosas y alegres familias dominicanas. Al servicial camarero, el mismo de la otra vez que no se acuerda de mí, normal, le pido una cerveza Presidente, helada. Y me la trae helada; esa cerveza dominicana es extraordinariamente buena, más si uno llega a ella acalorado y ligeramente deshidratado por una marcha sin pausas hasta allí. Así es que pido otra. Y otra más, está ya por vicio. Y entre cerveza y cerveza, que parece que he ido al restaurante para beber, un plato de ceviche, que es la primera vez que lo como y me gusta, y una paella que, para ser dominicanos, la hacen bien. Más plátano frito. Y delicioso café cubano, un pocillo dulce y agradable. 40 USD. No es barato, pero el lugar es agradable.
Pedaleo hasta el faro. Lo fotografío un montón de veces. Me tumbo en un delgado malecón, casi al nivel del mar calmo, a hacer una pequeña siesta, Y sigo luego hasta una playa en la que soy testigo de las argucias de un tejón por hacerse con una bolsa de desperdicios de un cubo de la basura. La consigue, al final, y los testigos de su hazaña estamos por aplaudirle.
Es difícil resistirse a tomar un baño. Así es que me meto en el agua, que está ligeramente fresca, y nado sin meterme mar adentro, contra mi inveterada costumbre de hacerlo: los bañistas forman parte de la dieta de los tiburones de Miami.
De regreso, el aire me seca. A las seis atardece. Aún puedo tomar unas cuantas instantáneas de los rascacielos del Dowton y de las iluminaciones del centro, de esa torre del ayuntamiento que las luces pintan de rojo y de los edificios Art Decó azules y rosas. La carretera que me lleva a Miami Beach la hago completamente a oscuras. Suerte de los coches que, con sus faros, me trazan el camino.
En un drugstore, que no cierra, compro, antes de llegar al hotel, un botellín de Orange Crush y chips de plátano. Y en el ascensor coincido con una negra espectacular, un compendio de curvas tan infinitas como irreales. Y sospechosas: es un hombre. Wesley Snippes con peluca, pechos y nalgas postizas. Me sonríe cuando se baja en su piso moviendo su increíble culo respingón sobre el que se puede poner una botella de whisky y un par de vasos.
Miami, 13 de noviembre de 2011

Volar sigue siendo un incordio. No sé qué tal se irá en barco, la verdad. Porque hay que estar cuatro horas en el aeropuerto para pasar todos los controles habidos por haber, dejarte manosear por un tipo que te pide permiso porque algo pitó en el arco (quizá los chicles del bolsillo) y luego darse unas caminatas interminables por esa mastodóntica T4 y coger el trenecito sin conductor que te lleva a la T4S, un satélite que está mucho más lejos, donde acaba la galaxia. En fin, llego desarbolado, a eso de las 11 y media, a las proximidades de mi meta, después de haber salido del hotel a las 9 y media: el viaje, sin empezar, ya dura dos horas. Desayuno. O no desayuno, porque tomarse a esas horas una cerveza y una chapata de ibérico decente y una ensaladilla rusa no creo que sea el desayuno, ni por la hora ni por los elementos. Y paso con El País y el ordenador a la puerta 683. la de mi embarque, según consta en el panel. En un momento que aparto la vista de mi ordenador veo a un amigo y colega: José Carlos Somoza. Le llamo. Nos fundimos en un abrazo. Hace siete meses que no lo veía, desde la presentación en el Hotel Kafka. El se va al Cervantes de Nueva York, a dar unas lecturas y unas charlas, y luego hace un periplo por Francia para promocionar su novela El Cebo que ha publicado en Actes Sud, mi editorial francesa. Hablamos de literatura, de crisis editorial, de Cuba (nació en La Habana, pero no ha vuelto), de sus dotes actorales, hasta que le llaman para embarcar. Le invito a pasar unos días en mi casa de la montaña. Me lo agradece y me ofrece su casa de Madrid. Pero está Hamlet. Eso lo pienso, pero no se lo digo, mientras le veo arrastrar su troley hasta su puerta de embarque. Hamlet, un enorme gran danés que inspira pavor hasta a sus amos, una bestia que te puede devorar en cuanto te huele y la tienen encerrada en una jaula, como una fiera del zoo.
Embarcamos media hora más tarde. No va lleno el avión y yo tengo la suerte de que nadie se sienta a mi lado. Tomo posesión de la ventanilla. Sigo leyendo La niña que hacía llorar a la gente. Nos retrasamos en el despegue. Hay overboking de vuelos en la T4 y tardan media hora más en darnos salida. Sigo en tierra y ya llevo cuatro horas de ese viaje que no ha empezado. Finalmente despegamos. Leo, duermo y escribo. Duermo cuando cierran las ventanillas y me privan de las vistas para proyectar El regreso al planeta de los simios que ya vi. Echo un sueño. Luego pasan la comida. Infame. Prefiero el bocadillo de la merienda. He desarrollado alguna facultad oculta y ya no me tiro la crema de leche en el pantalón cuando abro el potecito en la que la sirven con el café: suele salir a presión, disparada, y caer donde más daño hace. Pero esta vez lo abro muy suavemente y no se vierte ni sale disparada. Bien. Pero me mancho con el yogur de fresa que, ése sí, sale disparado y aterriza en el pantalón en cuanto abro el envase, en una zona, además, sensible, en la entrepierna, y yo lo empeoro más lavándola con el cubito de hielo de la Coca Cola. No me levanto del asiento hasta que se seca.
Escribo. Las dos horas de autonomía que tiene la batería del ordenador. Un relato que se llama Breve encuentro y nada tiene que ver con la película de David Lean. Es un relato largo, 16 páginas, que salen de golpe y quizá se conviertan en novela. No lo sé. No está cerrado. Puedo incorporar materiales diversos. Intuyo que se alargará. Lo iré trabajando por las noches, en el hotel de Miami.
Cuando anochece disparo un buen montón de fotos por la ventanilla del avión. Me encantan las nubes grises que se convierten en rosa según cae el día. Las fotografío con o sin el ala del avión. Y luego la inmensa ciudad de Miami que aparece cuando las nubes se abren, con su festival de luces.
Cuando el avión aterriza llevo trece horas de viaje, aunque efectivas han sido nueve. Pero me quedan tres más. Me explico. Primero el avión no tiene parking, perfecto, y tiene que esperar que uno emprenda viaje para hacerse con ese finger solitario. Y pasar el control de pasaportes para entrar en USA es un tormento chino. Hago cola bufando y maldiciendo por dentro y por fuera. Las colas son interminables. Calculo una demora de hora y media. Más. Los agentes de aduanas siguen tomando las huellas de todos los dedos de las dos manos más el iris, además de analizar el pasaporte y consultar por el ordenador que no seas comunista. Yo les aconsejaría, como medida para disuadir futuras entradas de visitantes, que les hagan un examen de inglés, un exploración rectal, al viejo estilo, con introducción de dedo, y una extracción de sangre, no sea que les lleves alguna enfermedad. De momento su obsesión son las plantas. Si te pescan con una zanahoria en el bolsillo estás apañado.
Cuando, después de hora y media, llego ante el seco funcionario latino, sonrío no sea que me ponga pegas. Pero no, las habituales: me fichan.
Encuentro de milagro la maleta con los treinta libros de Llueve sobre La Habana, que no me han decomisado (no las tenía todas conmigo, la verdad) y salgo a la búsqueda de un taxi.
El jamaicano que me conduce a Miami Beach en un yelow cab no pone el taxímetro, a pesar de que se lo pido. Fixe Prize, me dice. How much? 33USD. No discuto: los pagaré.
El Seagull Hotel es un establecimiento tan tronado como las casas de La Habana que se caen a trozos no muy lejos de la capital cubana. Pero la habitación es gigantesca y la cama XXXL, para hacer un trío, o más, si se diera el caso, que no se dará, ni dúo. El aire acondicionado a toda marcha mantiene la habitación en un clima polar. La apago, porque además hace un ruido de mil demonios. Y me pongo cómodo: los bermudas, una camiseta y las sandalias de Coronel Tapioca, y me voy a dar un paseo hasta la animadísima Ocean Drive.
Miami es la ciudad del neón nocturno. Los hay de todos los colores, pero abundan los rosáceos que iluminan edificios Art Decó. Paso de largo por todos los restaurantes, por una sala latina en la que tres chicas se contonean sobre un escenario y atraen a toda clase de curiosos, y acabo sentándome a una mesa de una terraza y cumpliendo con el ritual del mojito. Aguado. Y caro.
Miami es puro Caribe. Se nota en las mujeres, exuberantes, marcando cadera y nalga con vestido ajustados y cortos, melenas negras al viento, andares de bailarinas, prestas a menearse en medio de la acera cada vez que les llega un ritmo latino de los números locales. Hay una buena proporción de negras, algunas hermosísimas y otras elefantiásicas. Hay pandas de latinos con su indumentaria ancha y gorras de visera al revés, cargados de cadenas y con piernas y brazos tatuados. Y algunas rubias espectaculares, anglosajonas puras. Apuro el mojito, desencantado al darme cuenta que soy el más mayor del lugar, y de toda la calle, y regreso a mi hotel, acariciado por la brisa, dando ligeros tumbos por la acera, mucho más suaves que los de una chica que me precede y a la que su pareja ha de sujetar para que no se caiga al suelo.

Comentarios

M. Deveriá ha dicho que…
Me encanta tu aventura caribeña y, sobre todo, cómo lo narras.Y también me gustan tus sandalias del Coronel Tapioca, jeje.
Un abrazo grande y que tengas mucho éxito en esa tierra.
M. Deveriá ha dicho que…
Hacía mucho tiempo que no podía comentar en el blog. Y eso que estabas más cerca que ahora, jijiji.
Paco Gómez Escribano ha dicho que…
Suerte, José Luis. A mí también me desquician los viajes en avión, pero para cruzar el charco no hay más remedio. Un abrazo.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Las sandalias, Pilar, son determinantes. Hoy, después de un largo paseo en bici, bañito en el mar vigilando a los tiburones que, poca broma, de vez en cuando se meriendan a un bañista. Después de tanta montaña un poco de mar viene muy bien. Un abrazo y gracias
José Luis Muñoz ha dicho que…
Pues si, Paco, somos legión. Yo creo que podríamos escribir un libro colectivo con un título parecido a CONTRA EL AVIÓN.