DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 27 de noviembre de 2011

A las 12:45 el sol de otoño llega a la segunda mesa de la primera fila de la terraza del bar en el que me sirven las cervezas a euro veinte. Dura hasta las 13:30 y luego todas las mesas, seis, quedan en sombras. Es un sol esquinado cuando en verano era frontal y duraba hasta las cinco. Yo lo sé y procuro estar a esa hora puntualmente después de haber desayunado café con leche y un pastelito árabe del Albaicín, de los que me trajo mi amigo de Granada, y haberme duchado, y me siento con El País a esperar mi cerveza. Hoy la caña llega con cinco minutos de retraso. Hay mucha clientela y un solo camarero, que no es el que lee a Thomas Mann. Curiosamente hoy no hay franceses sino españoles. Y hablan a gritos, como si todos estuvieran sordos. Y los que fuman se colocan a mis espaldas para consumir sus cigarrillos en la puerta del bar y me rozan en sus idas y venidas. Leo el diario, con prisas, pago mi cerveza y me levanto.
Cojo el coche y me voy a Canejan, a por leña y a dar un paseo. El día es espléndido, como ayer, como anteayer, sin una sola nube en el cielo y es una blasfemia encerrarse en casa con ese sol. Pero el campanario de la iglesia del pueblo me recuerda que son las 3 y cuarto y decido regresar a casa con mi cargamento de leña, para comer.
Cambié la disposición de los muebles del salón comedor: situé el sillón orejero junto a la estufa de leña y la mesa y las sillas al otro extremo de la habitación, lejos de la cocina y cerca del ventanal. Hoy guisé alubias blancas con chorizo: se hicieron rápidas y quedaron buenas. Y huevo frito con patatas, porque me dio pereza ir a mi carnicera. Abro un Coto, me lleno dos veces la copa y bebo, como postre, un zumo de naranja. Luego subo a la buhardilla, con el jersey que me regaló Mademoiselle Bonnaire, que me esquiva últimamente, y una gorra de leñador canadiense que Esther Williams tuvo la amabilidad de enviarme por correo.
Trabajo en la corrección de Pat Pong Road hasta que me vence el sueño. Estoy cambiando bastantes párrafos de la novela, utilizando la podadora, y eso lleva bastante tiempo. Es la tercera vez que releo mi novela y encuentro cosas que no me gustan o no cuadran. Estoy encallado en una de las partes del libro que se titula Bajo el monzón. Decido echar una siesta en medio de la corrección para ver si luego retomo el trabajo más inspirado. Últimamente duermo mucho, más de la cuenta, y las siestas duran casi siempre dos horas. Quizá es que esté deprimido y quiera cerrar los ojos al mundo. Me despierto ya de noche, a las seis y media de la tarde. Y sigo con la novela hasta que se hace la hora de la cena. Entonces bajo, caliento la sopa y enciendo la chimenea. Los troncos estás secos y prenden en cinco minutos con papeles de diario. La sala se caldea. La sopa entra maravillosamente bien en el cuerpo. Luego me exprimo un par de naranjas y veo Australia por TVE1 mientras doy cuenta de una bolsa de patatas fritas adictivas. Esther Williams tiene razón: A Nicole Kidman se le fue la mano con el bótox y en esta película se le nota especialmente. Ya la había visto en el cine, pero es de esas que es agradable de ver, por su fotografía y la espectacularidad de alguna de sus escenas, ideal para compaginarla con el espectáculo siempre hipnótico de las llamas próximas a las piernas. Cuando la película acaba, la chimenea está apagada. El último tronco que metí, uno bastante grueso, ha ardido a medias y me servirá para mañana.
Subo de nuevo a la buhardilla y lo hago con el jersey de lana y cremallera de Mademoiselle Bonnaire y la gorra de cazador de Esther Williams. Y me enfrento de nuevo a mi novela.
Y me veo reflejado en la venta de la buhardilla con mi gorra, mi jersey, mi pelo largo y mi barba,tecleando el ordenador. Un fantasma en el que no acabo de reconocerme.

Comentarios

MarianGardi ha dicho que…
Suele pasar cuando uno decide vivir solo.
Un abrazo de animo!!!
Me encanta seguirte!!