DIARIO DE UN ESCRITOR

Miami, 18 de noviembre de 2011

Terminaron mis vacaciones, y empezó la lluvia y el viento, en sincronía. No, no es un huracán. El último lo tuvieron hace cinco años. El clima cambia. Pagué la cuenta de mi hotel de Miami Beach y me fui en taxi al Hilton de Miami Downtown conversando, por el camino, con el conductor guatemalteco, un buen hombre, muy simpático. Me dieron una hermosa habitación con vistas espectaculares y toda una pared de cristal que daba vértigo mirarla: caer desde el piso 16 no debe de ser sano. Aunque seguro que el cristal aguanta. ¿También un disparo de pistola? Me duché mientras seguía lloviendo, y me puse a trabajar, perfilando la presentación de mañana, y empezando a corregir las páginas de mi próxima novela Pat Pong Road que saldrá en marzo, quinientas páginas de literatura demoledora entre Henry Miller y Michael Houellebeqc (milagro si lo escribo bien). Cuando estableces distancia con el texto escrito y más o menos te gusta, es que funciona.
Llueve a cántaros, pero llevo los libros a la feria, me descargo de ellos, en un transporte que tiene la Miami Book Faire y con un chófer colombiano muy educado que me pregunta por la novela que presento. Apenas como: una magdalena triste, un café con leche. Y maldigo al hotel tan lujoso por haber de pagar la conexión a Internet. Hago una breve siesta. Me levanto a media tarde. Sigo pensando en la presentación y corrigiendo las páginas de Pat Pong Road. De cuando en cuando miro la ciudad, la panorámica que tengo de ella desde ese piso 16, barrida por la lluvia.
Quedo para cenar con una amiga argentina, profesora de tango. No tomaré clases, bailo mal. Me lleva en su coche a un restaurante cubano bueno, el Versailles. Ella pide pescado; yo, pollo en tiras con arroz, plátano frito y frijoles. Está bueno. Tenemos una conversación extraña, sobre OVNIS. Ella es devota de J.J. Benítez y me jura haber visto un platillo volante en una montaña de Córdoba. Yo, en esos temas, soy escéptico, como Santo Tomás: si no lo veo no lo creo. Pero ella jura y rejura que vio ese objeto volante no identificado, que le dio paz. Bueno, puede ser un personaje próximo, la argentina profesora de tango que vive en Aventure, una de las poblaciones por las que pasé en mi bici china días atrás, y a la que secuestran unos alienígenas para que les enseñe a bailar el tango. Afuera, en la calle, llueve a cántaros. Y yo me tomo un café cubano mientras escucho de sus labios que no le gusta leer novelas, que lee de todo menos novelas. ¡Vaya! Me lleva al hotel por la calle 8, la de Little Habana, la que hice días atrás en bici, incluso pasamos por delante de la librería Universal, la que ya tiene mis libros en la Miami Book Faire, y regreso a mi habitación para sentarme y ver ese espectáculo de luces desde el ventanal de mi habitación.
Empiezo a tener muchos personajes en la mente pero me falta la historia. Hoy, un tipo casi albino, con brazos imposibles, que desayunaba a mi lado. Llevaba todo la piel lechosa cubierta de tatuajes geométricos. Tenía un rostro brutal, de esos que no se inmutan mientras te estrangulan con el meñique. Luego tengo a la profesora de tangos con alienígenas. Al italiano de la tienda de bicis, ligeramente homófobo. A una limeña de ojos verdes que me contó una hisrtoria negra. Cocodrilos de los Everglades. Negros más grandes que Mike Tisson. Travestís que te pueden partir en dos de un golpe de karate. Latinas todo curvas y labios. Algún que otro rastafari que no se lava en meses. Tres policías corpulentos del barrio cubano. El tipo que está en la calle fumando habano tras habano. Las mansiones vacías con sus embarcaderos. Los locales de ocio de Ocean Drive con chicas que bailan. Tony Montana. Pero no tengo tiempo por esa maldita presentación y ese libro que tiene que salir. Pero ahí quedan, en mi cerebro, para una próxima historia.

Comentarios

MarianGardi ha dicho que…
Aquí me quedo, prometo volver!!