DIARIO DE UN ESCRITOR

Miami, 18 de noviembre de 2011

Sin bicicleta china me encuentro raro, como si ya no pudiera caminar. La dejo a las diez de la mañana en la tienda. El encargado no está pero hay un italiano que, para abreviar mi espera, charla conmigo. Lleva quince años viviendo en la ciudad. Le gusta. Conoce España. Estuve en una ciudad muy bonita, cerca de Barcelona, en donde todos eran maricones, un peligro, oiga. Se refiere a Sitges con su comentario políticamente incorrecto. Le pregunto de dónde sale tanto dinero en Miami, que se palpa en las calles, en los coches, en los yates, en las mansiones, que no casas. Sí, mucho dinero, mucha droga. El otro día vino un chico de veintipocos años con un ferrari Testa Rosa. ¿De dónde lo sacó? Miami Vice, claro. Tony Montana hundiendo la nariz en una montaña de coca.
No llega el encargado del otro día sino un chico joven en su lugar. Hablamos mientras le hago entrega de la bici china. Me pregunta de dónde soy. Barcelona, aunque podría decir Salamanca, Valle de Arán. ¿De dónde demonios soy? Ahora de aquí, de Miami, hasta el domingo. ¿Y tú? De Granada. Feliz coincidencia que me lleva a mi séptima y brevísima vida, tan breve como intensa. Hablamos de Granada, de su madre que quizá venga a la presentación de mi libro, de la calle Gracia en donde estuve viviendo esos tres años y medio que ya no sé si forman parte de mi experiencia o fueron un sueño.
Augusta Cornejo, la amiga peruana, ya está en el hotel, esperándome para llevarme a los pantanos de Florida. Se ofreció amablemente a ello y yo acepté. Es una chica hermosa, simpática y radiante, de ojos verdes, muy animosa, y facciones ligeramente incas. Nos damos dos besos en el lobby y excuso mi retraso. Montamos en su auto y tomamos la 8 Street, calle que se convierte en carretera que no se acaba nunca. Por el camino, pasando por esa inmensa llanura de los pantanos cubiertos de engañosa vegetación, hablamos de literatura, política, amores, países, cocinas, de todo. Me explica las razones por las que abandonó Perú hace quince años la chica limeña. Tomo nota de su aventura para un relato o novela negra. Siempre ando trabajando y robando anécdotas a mi alrededor.
Montamos, bajo un sol espantoso y húmedo, a 40 grados, en una de esas embarcaciones que planean por encima de los pantanos a una velocidad de vértigo. La sensación de ir volando por encima de la hierba y el agua es curiosa. De cuando en cuando se detiene para mostrarnos los cocodrilos el conductor. Se los conoce a casi todos, los llama por su nombre cuando los saurios, con sus ojos saltones y la risa impostada de sus mandíbulas, se acercan a saludarnos. Son hembras y cuidan de sus huevos, nos dice el guía, un tipo enorme que podría alimentar a todo ese zoológico acuático. La vegetación es espesa, los arbustos hunden sus raíces en el agua que los refleja a la perfección y duplica. No puedo evitar imaginar a Alvar Núñez Cabeza de Vaca atravesando esos pantanos y sobreviviendo. Si me reencarno de nuevo en escritor escribiré su historia. Le comento a Augusta, por encima del ruido endemoniado de los motores exteriores de la planeadora, la determinación de vivir de alguna gente, de aquellos conquistadores enloquecidos llegados de Marte. Yo creo que me dejaría morir por comodidad. Cabeza de Vaca cruzó el país de extremo a extremo, andando, luchando contra indios hostiles y apareció en California. Una epopeya humana. Yo me derrito sentado en la planeadora.
De regreso comento que probé ceviche en un restaurante dominicano de Cabo Florida y me gustó, y la limeña lo coge al vuelo y me lleva a un restaurante de su país, en el Downtown. La comida es exquisita, le digo, mientras saboreo el ceviche de corvina, muy picante, regado con abundante lima, y picoteo de un inmenso plato de carne guisada, calabaza y un arroz verde. Hablamos, mientras comemos, del proceso literario, porque estamos trabajando ambos, aunque no lo parezca, ella anotando en su cabeza computadora lo que le digo para publicarlo en su revista, y yo tratando de ser lo más brillante posible, y no sé si lo consigo porque estoy muy relajado con la compañía.
Me deja en el hotel, a la hora de la siesta. Y prometemos reencontrarnos el sábado a las 12, cuando presente Llueve sobre La Habana. Sesteo una horita y luego me voy a dar un paseo por la playa hasta los bares de copas animados de Ocean Drive, pero me siento muy extraño sin mi bici china, raro, y me cansa andar. No llego hasta donde quería, hasta el paseo paralelo al puerto, sino que me doy media vuelta, tras hacer unas cuantas fotos hermosas, y regreso a mi hotel a dar cuenta del resto de la bolsa de patatas fritas y dos Fantas de naranja, mi dieta nocturna. Escribo un par de reseñas de cine, las envío y me meto en la cama que tiene manta. ¡Para qué carajo manta si estamos a 40 grados! Por el aire acondicionado, que mantiene la habitación a 15. Apago el aire, porque me molesta su zumbido, y me duermo sin taparme mientras pienso en lo que me pondré pasado mañana para ir a la cena que en honor de los escritores españoles presentes en la Miami Book Faire dará la cónsul embajadora de España en su residencia. ¿Bermudas, camiseta y sandalias de Coronel Tapioca? Porque no llevo más ropa. No sé si como artista me puedo tomar esa licencia. Bueno, sí, una corbata para liármela al cuello.

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