DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 24 de noviembre de 2011

Después de las nueve volví a ser el único habitante de mi casa, y regresé a la normalidad. Hacer una lavadora, por ejemplo. Ir a comprar el diario a mi amiga paraguaya que intenta vender, si encuentra lectores, ejemplares de mi novela Llueve sobre La Habana que sobraron en Miami.
Mi cervecería habitual sólo abre los fines de semana, y la otra está llena, así es que me voy a una terraza de la carretera, a leer Público, a que me dé el sol, sobre todo.
El día está alegre, pero yo no estoy a su altura. La luminosidad me sobrepasa. Regreso a casa con la intención de comer temprano e ir por la tarde a Vielha, pero eso no sucede.
Después de comer una crema de calabaza, un huevo con patatas y terminar los dátiles que quedaban en la nevera mientras veo el telediario, tengo una larga conversación telefónica y en ella oculto mi estado de ánimo, como siempre, y me muestro optimista y expansivo. ¿Por qué lo hago?
Los correos electrónicos que leo por la tarde, cuando subo a mi buhardilla, tampoco me alegran el ánimo, precisamente. Leo cuatro líneas de tristeza destilada que me hielan el corazón. Ni me anima la solitaria siesta que hago cuando, corrigiendo la novela que saldrá en marzo 2012, me sobreviene un ataque mortal de sueño. Tampoco me levanto más animado de la cama cuando ya es de noche, a las siete. Pero, sin embargo, simulo euforia y optimismo en mi segunda y larga conversación telefónica del día, poco antes de la cena. ¿Por qué no me muestro como estoy realmente? ¿A qué vienen todas estas simulaciones de mi estado de ánimo?
Ceno la sopa que, normalmente, me anima, no hoy, y algo de queso camembert que dejó mi amable huésped en la nevera. Luego me peleo con los troncos de la chimenea hasta que arden con unos cuantos diarios de por medio. Y me siento en el butacón de orejeras para ver Minoritary Report que no termino de ver con la atención que requiere porque mi cabeza está por otras vidas.
A veces pienso que ya nací deprimido.
Eso sí, el cerebro, ese imperfecto ordenador, después de muchas vueltas en su disco duro, escupió hoy el nombre de un pintor austriaco que, sin nombrarlo, porque no nos salía su nombre, figuró en la sobremesa de ayer: Egon Schiele. Bueno, algo positivo en el día. Un cuadro suyo, de una pelirroja prostibularia, fue la portada de Pubis de vello rojo. Entonces yo tenía pinta de ejecutivo, solía ir con corbata, usaba gafas y lucía pelo negro y espeso.
Ante de dormir escribo una misiva larga sin saber mucho el sentido que tiene escribirla y enviarla. Dudo antes de insertar el nombre del destinatario. Opto por enviarla. No sé si obtendrá contestación ni qué sentido tiene esperarla.

Comentarios

Martha Echevarría Zapata ha dicho que…
Ánimo, estás en el canal correcto. Alguna vez un poeta me dijo que no existen los escritores felices.
José Luis Muñoz ha dicho que…
La felicidad absoluta acaba siendo insoportable, Martha. Escribir y ser feliz no suelen ir juntos, cierto. Lo que no quiere que sea infeliz, ni muchísimo menos. Gracias por tu comentario y tus ánimos.
M. Deveriá ha dicho que…
Todo lo que escribes lo encuentro hermoso.
KENIT ha dicho que…
Me encanta tu agenda. Me gustó leerte.
Un saludo.
MarianGardi ha dicho que…
Los bajones son normales. Todos los días son distintos y los extremos nos hacen reaccionar a la vida.
Y escribir con mas diversidad.