DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 28 de noviembre de 2011

Hoy leí en el diario Público cosas que suscribo de forma absoluta. Y no atañen a la desgraciada situación sociopolítica que atravesamos. Ni a los vergonzosos tejemanejes económicos, por llamarlo de forma fina, en el que están envueltos destacados miembros de la Casa Real. No. Atañe a la literatura y a la Feria del Libro de Guadalajara, a una conversación entre dos Nobel: Mario Vargas Llosa y Hertha Müller. “La literatura tiene enormes beneficios y uno de los más importantes es que nos hace vivir una vida que es infinitamente más digna y más libre que la que tenemos en realidad” dice Vargas Llosa. Mi defecto, de terribles consecuencias, es mezclar realidad y ficción, pretender que la ficción, lo que uno tiene en el imaginario, se convierta en realidad, con la salvedad de que la vida, como una buena novela, es incontrolable, se rebela contra su autor y en mis novelas los finales felices no existen; Hertha Müller opina que “La literatura es como un psiquiatra de precio muy asequible”. Bien, así había sido para mí hasta entonces, pero ¿qué hacer cuando esa terapia literaria empieza a fallar?
Hoy el cielo tiene una telaraña de nubes blancas y la temperatura de la casa, sobre todo la del salón, ha bajado considerablemente: 12 grados. Sobre las ventanas se ha formado, fruto de la condensación nocturna, delgados bloques de escarcha que el sol irá derritiendo. Mientras desayuno un pastelillo moruno y un café con leche, miro y escucho a Ana Pastor, pero lo hago con cierto desinterés, lo que me preocupa.
El sol llega a mi mesa de la cervecería a las 12:45 y yo llego a la mesa puntualmente, a esa hora, y hoy la fría caña de cerveza lo hace un minuto más tarde de que haya tomado asiento. Antes he comprado buenas patatas, arroz y azúcar a La Tendera Silenciosa. Y La Amiga Paraguaya me ha insuflado algo de ánimo cuando he entrado en su papelería a comprar mi diario, el que trae esas intervenciones de los dos admirados premios Nobel.
Hoy no voy a pasear porque tengo mucho trabajo. Empecé de mañana, con las correcciones de la novela. He dejado de sentir piedad conmigo mismo y me estoy tornando despiadado: si hay que cortar, corto; si hay que rescribir un capítulo, lo hago.
Al mediodía tengo necesidad imperiosa de comer verdura. Hiervo la cuarta parte de una coliflor que compré en Supermercados Boya hace dos días. Y sigo con un huevo, puesto que me olvidé de ir a la carnicería, con arroz blanco. De postre mordisqueo la primera manzana de esos cinco kilos que compré y no sé si destinar a elaborar sidra: me aburre. No hacer sidra, que no hice nunca, sino comerme esa manzana, comerme cualquier manzana. Menos a Poma, que no me la he comido, de momento. La manzana es una fruta aburrida y, si es así y yo lo sé, me pregunto por qué compré cinco kilos. No tengo respuesta. Tampoco me preocupa no tenerla.
Voy abrigado por casa y también mientras trabajo en lo mío, esa novela que estoy podando concienzudamente a la vez que realizo algunos injertos necesarios. Mi aspecto de leñador canadiense lo es por el jersey de Mademoiselle Bonnaire y la gorra de cazador que llevo encasquetada en la cabeza y me abriga. De cuando en cuando me tomo un descanso para consultar la correspondencia o leer una buena entrevista, por ejemplo la de Ignacio Ramonet, que me apresuro a colgar en mi muro de Facebook y crea cierta polémica. Y cuando me vence el sueño, me retiro a la cama a dar una cabezada. Antes mis siestas se producían entre las 16 y 17 horas: ahora suelen sobrevenirme a las 18:30. Muy extraño. ¿El cambio de horario? Y además de golpe. Siento una sacudida en la cabeza y abandono la lectura del texto para bajar al dormitorio con urgencia y cuidando de no caerme por la escalera. Hoy media hora de duermevela es suficiente. Y regreso a la buhardilla.
Alguien se acuerda de mí y me llama por teléfono. Esas llamadas, he de confesarlo, tienen un gran valor terapéutico, sobre todo en invierno. Llevan cariño y humor en su esencia. La que llama, y el que coge el teléfono, consideramos que el humor es fundamental para sobrevivir. Si hay que morir, mejor hacerlo riendo. La interlocutora tiene una sentido del humor realmente envidiable, y otras cosas, igualmente envidiables. El mío, el sentido del humor que tengo, hay que rascar para dar con él porque no se encuentra en superficie.
Estoy enfrascado en uno de los capítulos y alguien llama a la puerta. Nadie suele venir a esta casa entre semana, así es que bajo galopando los tres tramos de la escalera y llego a la calle justo para recibir un paquete de manos de un clon de mi vecina paraguaya que, como yo no contestaba, ha estado a punto de dejárselo a ella, al original. Mientras firmo un recibo electrónico sobre una pantallita y apunto mi DNI conforme ha llegado el paquete a mis manos, estoy a punto de decirle a mi vecina paraguaya, porque es ella, diantre, qué hace repartiendo paquetes cuando su negocio es la papelería y los libros. Una pena que la repartidora no haya llamado a la puerta de al lado y los dos clones no se hayan visto las caras y creído, ambas, que se estaban mirando en un espejo.
Abro el paquete mientras subo las escaleras. Un hermoso libro de relatos, El hilo de Sofía, editado por Atlantis, en el que colaboro junto a Eugenia Rico, José Vaccaro Ruiz, Recaredo Veredas, Javier Puebla y J.D. Álvarez entre otros. Mi relato, Última cena en Sofía, es autobiográfico, negro y humorístico.
Esta noche planeo ir al cine. A las diez, en el único cine de Arán, que está en su capital Vielha, proyectan Detrás de la puerta, la última película de Jaume Balagueró con Luis Tosar, una historia sobre un portero psicópata cuyo guión deja mucho que desear y tiene enormes lagunas y situaciones no creíbles. Es el trabajo más flojo que he visto de Balagueró. Pero se está bien en el cine, tienen puesta la calefacción y los demás espectadores no son del tipo ruidoso. Además no hay palomitas ni venden bebidas.
Desde la tarde, o creo que desde el día anterior, planeé ver hoy las estrellas. La Luna está menguante y es una noche adecuada para ese tipo de espectáculos. De regreso a casa me desvío y me interno por una sinuosa pista forestal que, de noche, es todavía más sinuosa, y me detengo en un claro del espeso bosque de abetos que cruzo tras dejar atrás Vilamós y Arrés de Jus. La vista del cielo, una vez que apago las luces del coche, es majestuosa. Hay estrellas que brillan con una intensidad flamígera que deslumbra, pero la vista, a medida que se acostumbra, va descubriendo miles de estrellas que realmente son polvo blanco en el universo. Ajeno al frío, a oscuras, no alejándome del coche, por si luego no consigo regresar a él, permanezco en éxtasis cósmico diez minutos, en medio de un silencio absoluto que sólo rompe el lejano rumor de un curso de agua. Me siento pequeño, pigmeo, miserable mirando ese cielo infinito del que veo una infinitésima parte. Me deprime mi pequeñez. Siento la insignificancia de la nada que soy y sigo camino, por esa pista estrecha y solitaria, hasta casa, no muy animado.
Dejé un par de radiadores abiertos, porque hoy no me apetecía encender la chimenea, y se notaba un calor agradable al entrar en la casa. Subí directamente a la buhardilla y abrí mi correo. Leí una carta que alguien me envió y sentí el frío de su escritura. Supe que esa persona, definitivamente, había muerto y que debía acostumbrarme a ello y asimilarlo si quería seguir viviendo. Pero no estoy seguro de que ese psiquiatra de precio muy asequible, que dice Hertha Müller, me sirva de consuelo, ni que con la literatura pueda recrear algo semejante a lo que viví. Hay cosas inenarrables, aunque estén ya muertas y que, al no poder ser narradas, se olvidarán, y que, al ser olvidadas, quizá nunca se sepa si fueron así y si fueron. De todas formas morirán con nuestra memoria, y con nosotros.

Comentarios

Blas Malo Poyatos ha dicho que…
Una entrada que llega al tuétano. Hay recuerdos ocultos en nuestra memoria que deben morir con nosotros, sin ver palabra ni escritura jamás.

Un saludo
Poma ha dicho que…
...."ni que con la literatura pueda recrear algo semejante a lo que viví. Hay cosas inenarrables, aunque estén ya muertas y que, al no poder ser narradas, se olvidarán, y que, al ser olvidadas, quizá nunca se sepa si fueron así y si fueron. De todas formas morirán con nuestra memoria, y con nosotros"

¡¡Magnífico¡¡

Esas cosas perderían su esencia al ser relatadas. Incluso al revivirlas las adulteramos.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Esa situación me angustia. Imagino que es una rebelión ante la muerte, ante la nada. La solución sería podernos meter en una máquina de regresión para revivir, a nuestro antojo, esos momentos estelares de nuestra existencia. De vez en cuando tengo un chispazo de mi niñez provocado por alguna melodía que entonces escuché o un aroma que me la hace revivir.
M. Deveriá ha dicho que…
Piel de gallina me ha provocado su relato hoy, querido escritor.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Ayer era un fantasma de mi mismo, querida amiga Deveriá. Un fantasma empequeñecido por ese cosmos que tenemos sobre nuestras cabezas y no vemos. El espectáculo de las estrellas era grandioso, solemne. No hacía falta música de Wagner. Luego esas palabras escritas me hicieron reflexionar. Cada persona vive sus experiencias a su manera. Me gustaría vivirlas con un cierto distanciamiento emocional. Pero no puedo cambiar a estas alturas de la vida. Gracias a eso el éxtasis es inenarrable, como también el dolor. El Valle, estos cielos, estos árboles, el rumor de los ríos y el silencio de las cumbres siempre le esperan, amiga.
M. Deveriá ha dicho que…
Creo que la vida consiste, esencialmente en eso, en sentir. Sentir, aunque el dolor a veces nos atenaza.
Gracias por tu hospitalidad siempre, y hoy especialmente.
Un abrazo grande.
MarianGardi ha dicho que…
Con tus generosas entregas se te va cogiendo un cariño entrañable.
Eres como alguien al que ya conociéramos.
Sigo...