jueves, 22 de noviembre de 2007

NEWS

MISIÓN IMPOSIBLE: DE LOS CAYOS DE FLORIDA A BADAJOZ PASANDO POR LA T4, O LA VUELTA A MEDIO MUNDO EN DOCE HORAS Y UN MINUTO
La culpa de todo la tuvo el Ayuntamiento de Badajoz. ¿A quién se le ocurre entregar un premio con tanta celeridad? Con mi experiencia en estas lides sé lo que les cuesta a las entidades convocantes de premios soltar la pasta. Hay incluso algunas que se han demorado ¡¡¡¡ocho años!!!! y he tenido que llevar ante la lentísima justicia que llega, sí, pero tarda. Pues resulta que el Ayuntamiento de Badajoz paga pronto y, encima, invita al autor a pan y cuchillo. Ajeno a todo esto andaba yo por el sur de Estados Unidos, haciendo acopio de materiales para dos o tres novelas negras, y mi móvil, por eso de la distancia transoceánica, estaba inoperativo. Consuelo, Rodríguez Píriz, concejala de Cultura de tan seria administración municipal, llevaba semanas intentando localizar a ese autor desaparecido e ilocalizable. No me pregunten cómo, quizá eso nunca lo sabré, pero consiguieron otro teléfono, a través de ese teléfono hablaron con mi hijo y a través de él me enteré de la odisea y los nervios que estaban pasando en el Ayuntamiento para localizarme. Por fin nos ponemos en contacto. "El premio se entrega mañana, a las doce y media, en el Ayuntamiento de Badajoz" me dice una Consuelo al borde de un ataque de nervios que no acaba de creerse que esté hablando con el ilocalizable autor - bueno, con el premio Café Gijón tuvieron que enviar a la policia nacional para localizarme, pero eso es otra historia y otro premio -y yo le arrojo un jarro de agua fría explicándole mi localización: "Sí, pero estoy en Kay West, en la punta de la Florida". A ver. Era una misión imposible. Al otro lado la concejala estaba a punto de llorar. Yo no sabía si irme al cercano Cabo Cañaveral y pedir plaza para un cohete intercontinental cuando me di cuenta de que regresaba a España al día siguiente, que cogía el avión de vuelta a las cinco de la tarde y teniendo en cuenta la rotación de la tierra en sentido inverso a la dirección de mi vuelo ganaba horas. Bueno, miren, para algo sirve haberse leído LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DÍAS de Julio Verne en la juventud. "¿A que horas aterriza el avión en Madrid?" "A las ocho menos diez". "Pues en la T4 tendrás un coche del ayuntamiento esperándote. Sobre todo no pierdas ese avión". La carretera de los Cayos hasta Miami se me hizo interminable, suerte que es maravillosa. El avión salió con puntualidad británica de Miami. Concilié el sueño después de leerme de un tirón UNA NOVELA DE BARRIO de mi amigo Francisco González Ledesma. Cuando llegué a Madrid bajé clandestinamente del avión - aún deben estar llamando por la megafonía de la T4 a un tan José Luis Muñoz que pierde su enlace a Barcelona - y un chófer me reconoció pese a que llevaba un look marine USA. Eran las 9 de la mañana y veía que la operación de logística se iba al garete porque nadie que sea humano hace en 3 horas y media los 402 kilómetros que separan Madrid de Badajoz. Llegaremos cuando todo haya terminado, me dije. ¡Mala suerte! Y cerré los ojos. No me pregunten qué hizo ese maravilloso chofer, quizá metió el automóvil en un agujero negro. A las doce y media y un minuto - "Hemos llegado con un minuto de retraso", me dijo, abriéndome la puerta - me desembarcó en la puerta del Ayuntamiento de Badajoz. Llegar y besar el santo. Y luego hacer muy buenos amigos: la perseverante concejala de cultura Consuelo Rodríguez Piriz, el amigable alcalde Miguel Ángel Celdrán Matute y toda la corporación en pleno que se desvivieron por mí. Y encima comí retinto. ¿Que qué es? La mejor carne de vacuno que uno haya soñado. Eso sí, saqué al pacense que hay en mí, ese cincuenta por ciento de sangre extremeña que corre por mis venas gracias a que mi madre nació en Guareña, ése que era capaz de hacer a la inversa el camino de la conquista desde los pantanos de la Florida a la villa de Badajoz, cuna de ilustres aventureros, en doce vertiginosas horas.

El Ayuntamiento de Badajoz hace entrega oficial de los galardones “Ciudad de Badajoz” 2007
El alcalde, Miguel Celdrán, ha señalado que el objetivo del los Premios “Ciudad de Badajoz” es "abrir las puertas a todos los artistas para que den a conocer sus creaciones, y servir de vehículo difusor de la cultura y el patrimonio de Badajoz".

El salón de plenos del consistorio pacense ha sido el escenario de la entrega de premios "Ciudad de Badajoz 2007", a los ganadores de la IV Edición del Premio de Periodismo "Francisco Rodríguez Arias", el XI Premio de Novela y el XXVI Premio de poesía, dotados con 18.000, 6.000 y 9.000 euros respectivamente.
En este acto de entrega oficial de los premios, fallados en pasado 19 de octubre, estuvieron presentes los tres galardonados, junto al acalde de la ciudad, Miguel Celdrán, la concejala de Cultura, Consuelo Rodríguez, y representantes del resto de grupos municipales.
El autor catalán José Luis Muñoz ganador del XI Premio de Novela "Ciudad de Badajoz", con la novela de corte negro "El mal absoluto", que presentó al certamen bajo el título de "El abismo del mal", ha recordado que su obra es una reflexión sobre el holocausto judío, a través de la relación entre un guardián de un campo de exterminio y una de sus víctimas.
Muñoz ha señalado que la importancia de este tipo de premios reside en que "da a conocer al gran públicos" las obras nuevas que salen a la calle, que de otra forma "se acumularían en las estanterías sin que nadie supiera de ellas".
La IV Edición del Premio de Periodismo "Francisco Rodríguez Arias", ha recaido en el reportaje "Monfragüe en la mirada", publicado en el diario Hoy el pasado 17 de marzo, y fue concedido tanto a su redactor, el placentino Antonio José Armero, como en el fotógrafo del mismo, Ismael Rozalen, y su diseñador, Jon Cuesta.
El redactor del trabajo ha explicado a los medios de comunicación que el valor del reportaje reside en la calidad de la fotografías en la muestra de un Monfragüe distinto al que se ve normalmente "dejando a un lado su maravilloso paisaje, centrado más en las personas que a diario viven en él y lo cuidan".
Por último, el joven cordobés de 25 años Jacob Lorenzo, recibió el premio correspondiente a la XXVI Edición del Premio de Poesía Ciudad de Badajoz, por su obra "La espalda de Hank", en la que recoge poemas de estilo japonés en los que analiza la "despedida que no acaban de concretarse, con cuatro partes la oriental, la mitológica, una dedicada a la despedida y una última de filosofía".
Cabe recordar que este año se celebro también la Primera Edición del Premio de Escultura "Ciudad de Badajoz", con una dotación de 6.000 euros y al que se presentaron un total de 45 obras, resultando ganadora la sevillana Inmaculada Quesada, por su obra en bronce realista de figura humana "Génesis", y que recibió su premio a finales del pasado mes en el transcurso de una muestra en la que se exponían todas las obras presentadas a concurso.
En su intervención, el alcalde de la capital pacense, Miguel Celdrán, ha señalado que el objetivo del los Premios "Ciudad de Badajoz" es "abrir las puertas a todos los artistas para que den a conocer sus creaciones, y servir de vehículo difusor de la cultura y el patrimonio de Badajoz".

LOS LIBROS DE MIS AMIGOS

UNA NOVELA DE BARRIO de Francisco González Ledesma. RBA.
Conocí a Francisco González Ledesma, el jefe de la banda como familiar y cariñosamente se le conoce, hace la friolera de veinte años y he tenido el honor de compartir con él dos antologías de relatos policíacos - NEGRO COMO LA NOCHE (Júcar), CRÍMENES CONTADOS (Menoscuarto) - y una novela escrita a 24 manos, NEGRA Y CRIMINAL. Siempre me pareció un escritor fantástico, un fuera de serie, un stajanovista de la escritura desde sus inicios como Silver Kane, pero aún mejor persona. Aquello de que si te gusta una novela no quieras conocer a su autor lo desmonta Paco con una sonrisa risueña y ese carácter afable que da la edad, los avatares de una dura vida de posguerra y haber paseado por las calles de una ciudad que ama y se convierte en protagonista de todas sus novelas: Barcelona.
Cuando le conocí había en él un cierto desencanto perfectamente comprensible. Había ganado el premio Planeta, ese premio que uno cree que es el trampolín para el estrellato, pero en el que no pocos se estrellan, y no terminaba de ser reconocido en los círculos literarios que entonces hacían ascos a la novela negra con su habitual ceguera y papanatismo. Cuando me acercaba a él, para felicitarlo por su nuevo libro, siempre me cogía del hombro y me decía : "Sí, sí. Pero no vendo nada, oye".
El éxito absoluto le llega a esta admirado y querido autor cuando cumple ochenta años. Nunca es tarde, aunque él no opine lo mismo. "Ya me podía haber caído todo esto hace veinte años. Ahora ya no sé ni cómo ni cuándo gastarme el dinero, caramba". A los muchos premios recibidos, entre ellos el Pepe Carvalho, al reconocimiento por parte de Francia a toda su labor literaria, se añade ese éxito absoluto de ventas que es LA CIUDAD SIN TIEMPO, publicado con el seudónimo de Enrique Moriel, y ahora UNA NOVELA DE BARRIO, premio RBA de Novela Policíaca y que creo que es una de sus más conseguidas recreaciones de Méndez - nunca me creí que José Luis López Vázquez pudiera ser Méndez, por cierto - y su entorno.
Contra lo que se pudiera pensar, Francisco González Ledesma, en esta segundo juventud que le está tocando vivir, se nos muestra como un autor pletórico, en plena forma y con muchas ganas de contarnos cosas. Hay en UNA NOVELA DE BARRIO todos los ingredientes del trhiller policíaco y hay mucho más, buena literatura, alma de autor en cada una de sus páginas. Es un libro que, como toda novela de acción que se precie, tiene un ritmo vertiginoso, se coge y no se deja, es poliédrica en descripción de ambientes, está maravillosamente dialogada y es extraordinariamente dura. Larga y fructífera vida, querido Paco.

EL LARGO ADIÓS

SE NOS MURIÓ FERNANDO FERNÁN GÓMEZ
Se nos murió el polifacético, prolífico, genial y cascarrabias Fernando Fernán Gómez. Toda una vida dedicada a la farándula, en su más amplio sentido, desde su nacimiento durante una gira de su madre por Latinoamérica, al cine, al teatro y a la literatura. Hizo de todo en la vida y nadie como él interpretó la bohemia que persigue al actor hasta la tumba. Tuvo muchas, bellas e inteligentes mujeres a su lado hasta que sentó su cabeza con la musa de la Escuela de Barcelona Emma Cohen que ha permanecido a su lado hasta el final. ¿Interpretaciones memorables? Casi todas. Le recuerdo soberbio en LAS BICICLETAS SON PARA EL VERANO de Jaime Chavarri. O en EL ESPÍRITU DE LA COLMENA de Victor Érice, su más bella película. No se prodigó como director, pero con EL EXTRAÑO VIAJE sentó cátedra. Luego llegó, en su vejez, al gran público con esas interpretaciones airadas, coléricos berrinches, que le daban cuando le atosigaban, aunque fuera un admirador para pedirle un autógrafo. Su último gran papel fue encarnando EL ABUELO de José Luis Garci sobre novela de Pérez Galdós en donde estaba, como siempre, soberbio. No creo que descanse en paz. Es capaz de aporrear con su acostumbrada vehemencia la tapa de su ataúd, en un último acto de rebeldía, este ácrata por antonomasia.

EL RELATO

Este violento relato, que mezcla realismo sucio y fantasía, quedó finalista en el XV Concurso de Cuentos del Ayuntamiento de Llodio. Es un cuento moral: el maltratador recibe su justo castigo. Si le interesa comprar el libro, que reúne a los autores premiados en las modalidades de euskera y castellano, adulto e infantil, diríjase al Ayuntamiento de Llodio.
LA CABEZA DE LOLA
José Luis Muñoz
Lola empezó a chillar. Cuando lo hacía, Gómez llegaba a odiarla y se olvidaba de su bonito cuerpo, de su cabello rojizo y ondulado, a lo Maureen O’Hara, y de su boca carnosa que tanto le gustaba besar, porque así, en camisón, despeinada y oliendo a cama revuelta Lola distaba mucho de ser la amante solícita que le proporcionaba a Gómez los placeres que le negaba Lidia. Y además, últimamente, chillaba sin razón, cada vez con más frecuencia, para fastidiarle.
Gómez había llegado aquella tarde al apartamento, como todos los jueves, sobre las seis, aprovechando que tenía que visitar a un cliente por los alrededores. Había entrado girando sigilosamente la llave y se había deslizado furtivamente en la cama cálida del dormitorio sin desvestirse del todo, dada la urgencia, haciendo presa de los senos y de las caderas de la mujer que dormitaba en su interior, atrayendo hacia su sexo el cuerpo blando y dormido que despertó en cuanto él empezó a gemir. Y luego aquello, la escena, sus lloriqueos, la velada amenaza de llamar a la otra, a la mujer legal, algo que no tenía ningún sentido, que era completamente gratuito y resultaba forzado, que Lola montaba sencillamente para aguarle el buen rato pasado, una especie de peaje que debía pagar por transitar entre sus piernas.
- ¡Harta! ¿Oyes? ¡Estoy harta de que me tengas aquí como una perra, sólo para eso, como un simple objeto, sin que me saques a pasear! ¡Harta! ¿Oyes? Harta de tu barriga peluda, de tu aliento a ajo. Si me sacaras, si me llevaras al cine o al teatro, pero nada, nada, no me quieres, sencillamente, no eres delicado, sólo para eso me utilizas. ¡Harta, harta! ¡Qué te dé de comer la otra!
A ella, cuando gritaba, se le ponía la boca roja, grande, desagradable, mientras él luchaba por entrar su barriga en el pantalón, y entonces, porque le pareció que gritaba mucho y alguien podría oírla y quejarse, se acercó y le dio un tortazo seco en la cara, una bofetada sonora que dejó estampados sus cinco dedos en la piel sumamente pálida de Lola.
- Perdona, lo siento. No era mi intención hacerte daño. Me han sacado de mis casillas tus putos gritos - dijo, casi de inmediato.
Pero Lola saltó sobre él. Parecía como si un resorte, accionando sus ligeros muslos, la hubiera catapultado. Se la encontró enroscada a sus piernas, desgarrándole con sus largas uñas pintadas el cuello, y fue el sentir la sangre manchando su camisa lo que le hizo perder definitivamente los nervios a Gómez.
La golpeó a ciegas. Iba a costar limpiar esa camisa, dar un mar de explicaciones a Lidia por esa puta golfa. La golpeó con la misma saña como cuando era pequeño y un maldito niño gordo, sentado en la fila de detrás de la clase, le incordiaba y él, que no podía más y no podía reaccionar mientras estaba en el aula, lo machacaba cuando lo encontraba en el patio durante el recreo. Por todos tus putos gritos, para que no me levantes en tu vida la voz. Y la golpeó empleando el puño cerrado, los zapatos de duras punteras metálicas, haciendo caso omiso de sus alaridos de dolor, hasta que la vio quieta, tendida junto a la cama, sangrando por el oído y con los ojos abiertos, y se asustó al comprobar que el pie, ahora en frío, le dolía por las patadas propinadas.
- Luego vuelvo, Lola. Enseguida vuelvo - le dijo mientras se retiraba hacia la puerta nervioso, tragando saliva, sin dar nunca la espalda.
***
- ¿Qué te has hecho en el cuello?
Gómez se deshizo de sus brazos, entró resoplando en el cuarto de baño, se arrojó agua fría sobre la cara y el cuello, y se miró en el espejo, viendo reflejado tras su rostro el de ella, Lidia, envuelta en su batín azul turquesa, alisándose el cabello con los dedos, con estudiada coquetería femenina.
- ¿Con quién te has peleado?
Se secó apresuradamente con la toalla, se volvió hacia ella.
- Con nadie. He tropezado con un grupo de gamberros que quemaban unas papeleras en la calle, les he afeado su conducta y me han agredido. Ellos también se han llevado su merecido. Eran de esos que van con la cabeza rapada - dijo, mostrándole los nudillos amoratados de su mano derecha.
- ¿Has ido a la policía?
- Sería inútil. Es igual. La policía no hace nada. ¿Para qué el papeleo? Ponme la cena, que tengo mucha hambre.

***

Entró con sigilo en el apartamento. Atravesó las habitaciones arrastrando los zapatos por el suelo. Se imaginó que nada había ocurrido y que Lola, como cada jueves, le esperaba en la cama, revolviéndose entre las sábanas, al verle entrar, como una gata mimosa. Pero Lola seguía en el suelo, con la laguna de sangre junto al oído, que se había espesado hasta convertirse en un grumo de pintura.
Gómez la cogió por debajo de los brazos y la arrastró hacia el cuarto de baño. Comenzaba a oler. El agosto se presentaba extraordinariamente cálido y húmedo y la carne se corrompía con facilidad. La apoyó contra la bañera y resopló mientras se restañaba el sudor de la frente. El aspecto de Lola no era muy tranquilizador: tenía los ojos abiertos y una película acuosa enturbiaba su mirada. Gómez los cerró; luego, comenzó a despojarla del batín escarlata que cubría su cuerpo y deslizó por sus muslos de gacela helados, hasta los pies, las bragas de terciopelo negro de fantasía que había comprado en una tienda de lencería fina y había sido su regalo de aniversario.
Se detuvo. Paseó arriba y abajo del apartamento antes de decidirse. Finalmente, tragando saliva, comenzó su trabajo. Si quería deshacerse del cuerpo, ésa era su única alternativa, lo había visto en numerosas películas, lo había leído en muchas novelas de crímenes.
Con gran esfuerzo metió el cuerpo desnudo y frío de Lola en la bañera, sacó el serrucho de la bolsa que llevaba consigo y comenzó a seccionarlo. Primero los brazos, luego las piernas, a la altura de las ingles, donde la carne ofrecía menos resistencia, por último el cuello, esforzándose por separar las vértebras con la hoja dentada. Lo hizo sin mirar, cerrando los ojos con fuerza a la horrible realidad que sus manos manipulaban con la frialdad del carnicero, aguantando la respiración, porque no quería sentir aquel olor infame de carne muerta y sangre detenida que se escapaba a cada tajada, ahogando las nauseas que aquel trabajo le provocaba. Cuando terminó, la bañera era un gran lago de sangre espesa y el cuerpo de Lola un atroz puzzle de carnes ensangrentadas con hilachas de carne prendidas a sus terminaciones.
Gómez se arrodilló ante la taza del inodoro a vomitar, y estuvo un buen rato clavado de hinojos contra el suelo mientras su estómago sacaba las truchas que Lidia había cocinado tres horas antes. Se limpió la cara con el dorso de su mano, cuidando de esquivar la sangre que la envolvía, y volvió a la bañera. Cuando cogió por los pelos la cabeza de Lola, para guardarla en la bolsa de plástico que haría más fácil su transporte hasta el vertedero del Norte, no pudo reprimir un gesto de espanto. Lola había abierto los ojos y le clavaba una mirada de odio eterno. Bajó sus párpados con mano temblorosa y metió el macabro trofeo en el fondo de la bolsa de plástico ahogando un grito, y luego, como para asegurarse, le hizo un par de nudos.

***

Estaba agotado y se había sentado un momento a descansar. Tras el descuartizamiento había limpiado con cuidado la bañera, borrando de la loza cualquier vestigio de sangre, se había desnudado, duchado con agua caliente, ahuyentando de sí el insoportable olor a muerto que le impregnaba, lavando la sangre espesa que había anidado entre el abundante vello de sus manos y brazos, y había cogido su ropa sucia y la había guardado en otra bolsa, vistiéndose de nuevo, con un traje gris que le daba cierta distinción. Entonces se levantó, cogió su macabro equipaje y salió con él a la calle. Nadie le vio introducirlo en el maletero de su coche aparcado junto a la casa.

***

Conducía con cuidado por la carretera. En su situación era vital pasar desapercibido. El vertedero del Norte estaba pasado la Residencia, antes de llegar al desvío del aeropuerto, un pequeño camino de tierra sólo usado por los camiones de desperdicios, pero a esa hora, a las cinco de la mañana, todos los basureros de la ciudad debían estar entrando en sus camas en busca del calor de sus mujeres legales tras haber pasado por la ducha para sacarse el espeso olor a deshechos que les había acompañado durante toda la jornada. Se prometió hacer lo mismo en cuanto acabara ese engorroso asunto, rehacer su vida, vivir sólo para Lidia, no mirar a ninguna otra mujer que no fuera ella. Nada como un matrimonio convencional, se dijo, para tener una vida sin sobresaltos.
Faltaba muy poco para que llegara al desvío. Vio la pequeña señalización sobre fondo azul a unos trescientos metros. Encendió el intermitente. Comenzó a girar el volante, a reducir las marchas. La palanca iba un poco dura. De la directa a la tercera el motor respondió con un ronroneo áspero y la carrocería tembló. De la tercera a la segunda la palanca del cambio de marchas, sencillamente, no entró, y entonces, al intentar frenar, porque la curva del desvío estaba ya encima, comprobó que el pedal no hacía absolutamente nada y el vehículo derrapaba.
El coche de Gómez se estrelló contra uno de los pretiles de la autopista, fue catapultado contra el opuesto y comenzó a girar como una peonza antes de detenerse inmóvil en medio de la carretera. Gómez intentó salir, pero le flaquearon las fuerzas, no se sentía las piernas. Toda la parte inferior del cuerpo, de las caderas a los pies, las tenía acorchadas, insensibles. Quiso moverse, salir del coche, pero el volante, clavado contra su pecho, le inmovilizaba por completo.
Un coche se detuvo junto al vehículo accidentado y Gómez pudo distinguir, pese a la oscuridad, la expresión de angustia de su conductor, su gran palidez y el sudor que corría por sus mejillas y por su frente.
- Voy a llamar a la policía - dijo el alma caritativa -. No se preocupe, en dos minutos están aquí.
Gómez balbució una negativa que no tuvo ningún efecto en quien se esforzaba en socorrerle.
- No se preocupe. En un momento están aquí. La policía o la ambulancia.
Gómez comenzó a sudar sangre mientras aquel tipo se alejaba corriendo, tras dejar su vehículo con las luces intermitentes en medio de la carretera, en busca de un teléfono de socorro.
- ¿Se ha hecho daño, señor? - le preguntó el policía, tomándole de la mano.
Había cerrado los ojos y se negaba a contemplar la realidad. Intuía el coche patrulla con su faro parpadeante, al policía solícito, al automovilista cívico que había acudido en su auxilio.
- Sólo es un momento. Le sacaremos, no se preocupe.
- Quiero morir - balbució Gómez apretándose contra el volante con la poca fuerza que le quedaba, hasta que crujieron sus costillas y sintió en la boca el gusto acre de la sangre ascendente.
El maletero, por el impacto, se había abierto y Gómez se imaginaba a Lola que reía abriendo su boca roja y mostrando su lengua pálida dentro de la bolsa de los desperdicios. A su manera, seguía gritando.
- Señor. ¿Qué lleva en esas bolsas negras que apestan?

MI MARILYN

¿Sigue siendo Norma Jean o ya es Marilyn Monroe? Hay dudas. Quizá ya interpretó esa película con los Marx en donde era una segundona de lujo. Quizá simplemente era una chica que amaba la montaña. Una bella muchacha de mirada luminosa y sonrisa abierta. La montaña, con sus abismos, con su belleza, con sus pendientes, barrancos, hondonadas. La montaña como simil del cuerpo humano. El más bello jardín que no necesita que riegue jardinero. La muchacha está en forzado equilibrio sobre una ladera pedregosa, una tartera, por donde se desploman las piedras. ¿Ha llegado por su propio pie hasta allí? ¿Son de reglamento sus botas? No hay manchas de tierra en su pantalón. Y mantiene la muchacha esos rizos endemoniados y naturales que luego desaparecieron de su look, como la nariz. Una bella montañera, sin lugar a dudas, aunque haya sido dejada en ese lugar por un helicóptero para la foto. Una Araceli Segarra que prefirió los focos a las cumbres sin saber que estos le llevarían directa al precipicio. Norma Jean no era consciente de su abismo porque lo llevaba dentro, en el interior de su bella cabeza, en ese cerebro del que no se enamoró Arthur Miller.



LA PELÍCULA

EL SUEÑO DE CASSANDRA
José Luis Muñoz

Woody Allen se ha convertido, con el paso de los años, en el camaleón que parodiara en ese excelente falso documental que rodara llamado Zelig. Cansado de hacer reír, o agotadas las fórmulas de la comicidad por reiteración, se decanta ahora por el melodrama y resulta sorprendente la habilidad que demuestra el realizador neoyorquino para cambiar de género de forma tan radical de una película a otra. El sueño de Cassandra viene a continuación de la evanescente Scoop y precede a la película que acaba de rodar en Barcelona.
Persiste el realizador judío neoyorquino, después del éxito comercial y artístico que le supuso Match Point – que también es una de sus películas preferidas -, en el cine negro siguiendo la estela de Delitos y faltas, la película motriz de esta vertiente cinematográfica de un autor más conocido y aclamado por sus comedias que por sus dramas. Sitúa la acción de su trhiller en un frío, feo y mal fotografiado Londres – la capital del Reino Unido se está convirtiendo para Allen en su plató habitual -, que poco tiene que ver con el glamoroso de la anterior película interpretada por su musa Scarlett Johanson, y arma con un rigor, a veces demasiado esquemático y maniqueísta, este cuento moral, este crimen y castigo de dos hermanos bien diferentes - uno rubio y el otro moreno; uno sofisticado y el otro tosco - impulsados hacia el crimen en una historia que parece escrita por Patricia Higshmith en su devenir y sobre todo en su final. Difiere, sin embargo, de Match Point en su aspecto formal porque no es un retrato de alta burguesía sino de proletariado con ínfulas de dejar de serlo; apuesta El sueño de Cassandra por un cierto feísmo que quizá sea hijo de la precipitación con que ha sido rodada – no olvidemos que Woody Allen es uno de los más prolíficos realizadores del momento y que rueda un film al año, por lo menos – y como película hay una clara descompensación entre un inicio alargado sin motivo, en el que Allen sitúa el entorno sociológico, laboral y familiar de esos dos hermanos antitéticos, y un desenlace que se precipita de una forma demasiado abrupta. Pero es un Woody Allen genuino, con sus pinceladas de humor – los hermanos se horrorizan ante la perspectiva de matar a su víctima antes de que vea a su madre, por ejemplo -, y las películas de este director, hasta las más flojas, no decepcionan, porque el hipocondríaco neoyorquino siempre tiene algo interesante que decir.
Ian (Ewan McGregor), cuya cabeza está llena de negocios imposibles que no lleva a buen fin, y su hermano menor Terry (Colin Farrell), mecánico de coches, adquieren un velero de segunda mano llamado “Cassandra's Dream” a pesar de sus apuros económicos, con la idea de navegar en él los fines de semana. La situación de ambos se complica cuando Ian conoce a la atractiva Ángela (Hayley Atwell), una joven actriz recién llegada a Londres en busca de un futuro de éxito en el mundo de la interpretación, e inmediatamente se siente fascinado por ella pese a que pertenecen a estamentos sociales muy diferentes, y su hermano Terry contrae deudas millonarias a causa de su adicción por el juego. Su tío Howard (Tom Wilkinson), recién llegado de Estados Unidos y con un pasado aparentemente repleto de éxitos económicos por sus negocios dentro de la cirugía estética, les propondrá un peligroso camino para que el uno salde sus deudas de juego y el otro continúe aparentando un estatus social del que no goza para seducir a la chica de la que se ha enamorado: asesinar al testigo engorroso de sus fraudulentas operaciones financieras.
El sueño de Cassandra confirma la buena racha creativa en la que está inmerso el director de Annie Hall. Este cuento moral sobre la familia, el amor, la moral y el crimen es un film que mueve a la reflexión aunque su factura, algo televisiva, sea más torpe que Match Point, su indudable referente, y un exceso de diálogo, la descompensación del guión y un cierto esquematismo la lastren.
Mencionar especialmente la secuencia en la que el tío Howard, el triunfador de la familia – personaje que parece abonar la frase de Balzac: detrás de cada fortuna hay siempre un delito -, propondrá a sus desesperados sobrinos cometer el crimen que solucionará sus problemas económicos y arruinará sus vidas. Rodada en un parque, envueltos los personajes por una lluvia que adquiere una relevancia dramática, bajo la sombra y amparo de un árbol que los acoge y oculta, ese plano circular, que tiene un sentido moral, se erige como el mejor de toda la película, como su eje vertebrador y motor.

viernes, 2 de noviembre de 2007

GEOGRAFÍA HUMANA

Rostros
La cara es el espejo del alma. No siempre. Había un torturador argentino, al que llamaban Cara de Ángel, que desbarataba el dicho. Y hay muchos otros asesinos en serio de apacible mirada y seductora sonrisa. La belleza del rostro atañe por igual a hembras y varones. La belleza no es patrimonio de la juventud, aunque este hermoso muchacho moreno, de rasgos perfectos, la atesore en exceso. Rasgos, mirada, cabello, todo es muy bello antes de que los años, ese cruel cincel, se ceben en él.
El culto a la belleza se remonta al alba de la humanidad, pero ahora se ha convertido en una especie de obsesión. En las páginas de las revistas, modelos de rostros imposibles, anuncian perfumes. Esta modelo, bellísima, mantiene sus ojos cerrados, los labios entreabiertos, por donde asoman dientes perfectos, como sus cejas, su barbilla.
La adolescencia es una edad complicada. Los adolescentes no están nunca satisfechos ni con su cuerpo ni con su rostro. Ni los que son muy bellos, como esta muchacha de mirada lánguida, expresión dulce y largos cabellos. Hay una cierta tristeza en su actitud. La depresión es cosa de jóvenes. A partir de una determinada edad ése es un lujo que no nos podemos permitir. La adolescente sueña con una vida futura que no prevé. Y ni siquiera es consciente de su belleza extraordinaria.
¿Se puede ubicar un rostro en un país determinado? ¿Existen rostros que sólo se pueden dar en una determinada geografía? Pues sí. Hay unas ciertas características físicas que aprecian los que nos extasiamos con la belleza, o la expresividad de una cara que sólo puede darse en un lugar. La de esta muchacha, sin duda, es de una belleza delicada y...francesa. Podríamos poner la mano sobre el fuego a que no nos equivocamos. Esa dulzura, ese glamour, sólo pueden ser parisinos.
Al hombre se le exige menos. Con el hombre somos más condescendientes. Un varón puede ir despeinado, mal afeitado, puede lucir un aspecto desaliñado como Daniel Craig y, sin embargo, ser atractivo. Se busca en su rostro cierta dureza varonil, expresión de fuerza y determinación. Pueden ser sus rasgos abruptos. En realidad no existen cánones rigurosos de belleza, todo es muy aleatorio y subjetivo. Lo importante de un rostro es que transmita, en su expresión, lo que hay en el interior.
El tiempo, no siempre es enemigo de los rostros. El tiempo imprime, mediante la arruga, historia a la piel que cubre frente, pómulos y mandíbula. Como el del escritor Amos Oz. Nadie puede decir que sea un rostro bello, pero es interesante. Hay vivencias. Eso es lo bueno que tiene el paso de los años, implacable con la piel, que escribe relatos en ella, que, a través de un rostro, se puede leer la vida de esa persona. Y los cirujanos plásticos, el botox, luchan contra eso. Lo importante, a fin de cuentas, es estar en paz con nuestra cara. Y reconocernos en el espejo, cada mañana, al levantarnos.
Hay rostros que destilan locura, odio y violencia. Como este rostro tan tristemente conocido. No hay que ser muy docto para pensar que un tipo así va a llevar a la Humanidad hacia el desastre. Y, sin embargo, al tipo irascible lo votaron los suyos. ¿Qué debieron ver en él? ¿Cómo se identificaron en esa monstruosa expresión de violencia? ¿O es que era el rostro de todo un pueblo en un momento determinado de locura colectiva? Maldigo ese rostro y todo lo que supone.
Ese rostro, el de arriba, es precisamente el causante de que este otro rostro, el de abajo, no consiga reprimir las lágrimas. Un parisino viendo como las huestes imperiales del vecino invasor, la Alemania de Adolf Hitler, pisotean con sus botas las calles de la ciudad más hermosa del mundo. ¿Por qué está allí? ¿Por qué no se quedó en su casa para ahorrarse ese lacerante estallido de pena? Quizá no se lo podía creer. El llanto es conmovedor, no soluciona nada, pero es una válvula de escape del dolor que estalla dentro. El alma llora por los ojos de este hombre.
Cara y cruz. La cara son esas viejas damas ¿dignas? Permítanme la duda. Esos collares de perlas que dan varias vueltas a sus cuellos, el vestido, el sombrero, dan pistas de quiénes son, de qué hablan, de dónde están. Son señoras que tienen mucho dinero, de eso no hay ninguna duda, y el dinero, es curioso, ha cincelado también sus rostros. No hay belleza, ni elegancia, ni en sus caras, ni en sus expresiones. Pero son las caras de los poderosos, de las mujeres de los financieros, de los que mueven el mundo y hacen, quizá, a los de la otra fotografía sus víctimas.
Sí, éstos son los desheredados de la tierra, los que perdieron sus tierras por culpa de los especuladores sin entrañas, el eslabón más débil de la gran depresión americana. No, ellos no se tiran por el balcón de su vivienda, ellos dejan su modesta casa atrás, junto a sus sueños, sus ilusiones, se enfrentan a un futuro duro e incierto, pero lo hacen con la dignidad de su clase. Tienen la misma edad que las damas de arriba y en sus rostros llevan escrito su drama.
¿Tiene color la belleza? No, no la tiene. Hasta una nacionalsocialista convencida, enamorada de África, Leni Riefensthal, se dio cuenta de ello. África, ese continente olvidado y desconocido de donde viene la humanidad. África, corazón de las tinieblas conradiano pero que, sin embargo, atesora bellezas paisajísticas, melodías de sensibilidad estremecedora y rostros, como el de esta muchacha, de enorme fuerza y convicción. Esta muchacha de la selva tiene rasgos perfectos, va peinada de forma elegante y lleva un clip, que algún viajero blanco le dio, como pendiente que cuelga de una oreja preciosa.
Hombres y mujeres, en África, se rigen por otros preceptos estéticos. No son ajenos los varones a la coquetería en sus tocados. Este hombre de maravilloso perfil - ¿por qué, cuando hablamos de africanos, tenemos ese chip racista que nos impele a hablar de nativos en vez de denominarlos como lo que son, hombres? - lleva cuidadosamente peinada su encrespada cabellera, luce un enorme aro que cuelga de su lóbulo desgarrado y tiene mirada altiva. Tan dignos o más que nosotros que sólo tenemos que abrir el grifo para tener agua.
Si la belleza de un rostro es armonía, hay mujeres que pueden estar satisfechas porque lo han conseguido. Los años las mejoran. Kim Bassinger, un icono erótico, era una guapa joven insustancial que, con el paso de los años, ha devenido belleza absoluta. Que una mujer, o un hombre, sean bellos cuando son jóvenes apenas tiene mérito. Que lo sigan siendo, y aumente esa belleza, según vayan dejando atrás la juventud, es un valor añadido. El rostro de esta actriz es cada vez más bello. La madurez se ha asentado en él y la belleza no marchará ni cuando las arrugas lo conviertan en delicado pergamino.
Permitanme cerrar estas divagaciones nada científicas y menos rigurosas con uno de mis rostros preferidos. No por nada se apellida Bellucci y de nombre Monica. Parece un mal chiste. La Bellucci rompe moldes. Es la belleza mediterránea, sensual, pasional. Es la perfección hecha rostro. Es el rostro más bello del celuloide. Es de una belleza que incomoda, que hipnotiza. Y es una de las actrices, habría que averiguar por qué, que mas brutalmente han sido agredidas - "Irreversible", "Malena" - en el cine por el hecho de ser bella. Con ella la Naturaleza hizo su obra maestra.

EL LIBRO

RELATO SOÑADO
Compré el libro de Arthur Schnitzler años después de ver la película de Kubrick que se inspiró en él. Descansó años, olvidado en los anaqueles de mi librería, a la espera de su momento y, mientras, vi EYES WIDE SHUT muchas veces en su edición en DVD después de haberla visto en cine, porque el cine de Kubrick tiene esa rara cualidad de que crece a medida que se revisa. Finalmente lo leí y me sorprendió lo extraordinariamente fiel con el texto que había sido el director de LOLITA, hasta el punto de que la fascinante novela del autor austriaco parece su guión cinematográfico.

Schnitzler - habría qué analizar el porqué los escritores austriacos resultan tan atípicos, originales y polémicos en su forma y en su fondo, y me remito a Elfriede Jelinek y Thomas Bernahard -, en muy breves páginas, compone un relato inquietante del mundo de los sueños y los deseos sexuales que asaltan a un joven médico felizmente casado. Freud en estado puro. Como en la película de Kubrick, RELATO SOÑADO inquieta, produce desasosiego y interrelaciona Eros y Tanatos. Pero Schnitzler va todavía más lejos que Kubrick: el monólogo interior de su protagonista ante el cadáver desnudo de la muchacha que conoció en la orgía, edulcorado y acortado en la versión cinematográfica, es de una enorme crudeza y golpea al lector en las entrañas.

LA PELÍCULA

EYES WIDE SHUT
José Luis Muñoz

Cuando hace años transcendió que Stanley Kubrick estaba enfrascado en un nuevo proyecto, y que los protagonistas del nuevo film del meticuloso, hasta la obsesión, director de “Barry Lindon”, “Lolita” o “2001: una odisea en el espacio”, iban a ser la pareja de cine y pareja en la vida real Tom Cruise y Nicole Kidman, muchos creyeron ver en ello un mero ejercicio comercial para conseguir dinero suficiente con que sufragar un proyecto más ambicioso como AI (Inteligencia Artificial). Para esta historia centrada sobre la crisis matrimonial, el infierno de los celos, las obsesiones sexuales nunca consumadas y la infidelidad conyugal, que en el fondo es un ferviente alegato a favor del matrimonio y de la moral tradicional, Kubrick quería contar con un matrimonio auténtico, y Cruise-Kidman desbancaron al tandem Alec Baldwin y Kim Bassinger, la primera pareja prevista.
“Eyes wide shut” llega hasta nosotros precedida de una grandiosa campaña mediática, que se puso en marcha nada más empezar el rodaje, por el secretismo de éste y por la meticulosidad ya mítica del legendario director de “Espartaco”. Las deserciones de Harvey Keitel, y las habladurias sobre sus motivos, y de Jennifer Jason Leight, las muchas veces que Tom Cruise tenía que repetir una escena, la especial relación paterno filial que se estableció entre el director y la joven pareja protagonista, etc., etc., llenaron de expectación revistas y diarios de medio mundo mientras el rodaje de la película se eternizaba y sus protagonistas fijaban su residencia en Londres. Y la guinda la puso el propio Kubrick con su repentino fallecimiento, no sin antes haber ultimado el montaje del film y haber seleccionado el tan comentado tráiler de Nicole Kidman desnuda ante su esposo, Tom Cruise, que la besa y acaricia apasionadamente bajo la voz de Chris lsaak interpretando "Baby did a bad, bad thing".
Dadas las circunstancias, resulta casi imposible ver “Eyes wide shut”, el testamento cinematográfico de uno de los mayores genios del cine, fuera de todo el contexto que su gestación ha creado a su alrededor, y de ahí que esas expectativas hayan dañado la película. A Kubrick, que solía hacer obras maestras en todos los géneros que tocaba- el cine negro con “Atraco perfecto” , el cine histórico con “Espartaco”, la ciencia- ficción con “2001”, el futurismo con “La naranja mecánica”, el bélico con “La chaqueta metálica” , el terror con “El resplandor”, el cine de época con “Barry Lindon”-, le faltaba una aproximación al cine erótico, una película más explícita a nivel visual que la formidable “Lolita”, y la excusa ha sido la novela corta "Relato soñado” de Arthur Schnitzler, un contemporáneo de Sigmund Freud, que le sirve de instrumento para adentrarse en los infiernos de la obsesión sexual.
El doctor William Hardford (Tom Cruise) decide viajar por el perturbador mundo de la sexualidad prohibida a raíz de la confesión de una fantasía erótica por parte de su esposa Alice (Nicole Kidman) . Hadford, azuzado por celos incontrolables, callejea de noche por la ciudad en busca de sexo. Durante su itinerario, en el que se limita a ser espectador, es tentado por una bella prostituta y acompaña a Nick (Todd Field), un pianista y antiguo conocido, hasta una extraña mansión en donde tiene lugar un ritual orgiástico. Una muerte misteriosa y la desaparición de su amigo pianista agudizan su sentimiento de culpa.
Bajo su aparente osadía erótica, una anécdota que ha propiciado unos ridículos efectos digitales en el estreno americano de la película, y que realmente no es tal, ya que está tamizada por la frialdad que siempre ha caracterizado al realizador de “Senderos de gloria”, el film tiene una lectura moral bastante diáfana: los vínculos matrimoniales, la seguridad de la pareja y su hogar, subrayado incluso con colores cálidos, contra la amenaza externa de un sexo promiscuo y malsano que se da en la secuencia de la orgía, o marcado por el sida que padece la bella prostituta con la que Tom Cruise desea acostarse, y que conduce a la muerte - Cruise contemplando el cadáver de su salvadora en la orgía en la morgue-, subrayado por rojos agresivos.
Pese a las deficiencias de un guión que alcanza el clímax en su ecuador y se desinfla en su parte final, la torpeza de algunas secuencias - como la de Marion ( Marie Richardson) confesando su pasión al Dr. Hadfor ante el cadáver de su padre -, el excesivo alargamiento de otras - el baile inicial en la que una Nicole Kidman borracha coquetea con un aristócrata húngaro-, la escasa entidad de buena parte de sus diálogos y la pésima interpretación de Tom Cruise, que nunca llega a hacer creíble su papel de doctor, la película tiene, al menos, dos ramalazos de genialidad que por si solos la justifican: el impecable monólogo de Nicole Kidman, que hace ostentación de sus fantasías eróticas ante un aturdido Cruise, mientras fuma un cigarrillo de marihuana, y la aterradora secuencia de la orgía, de una plasticidad impecable, hilvanada a través de ágiles planos en los que la cámara subjetiva acompaña al doctor Harford por cada una de las habitaciones del palacio en donde tiene lugar el espectacular ritual sexual.
¿Intuía Kubrick que estaba haciendo su obra póstuma? Lo cierto es que la muerte planea sobre muchos planos de esta lúgubre película y al conecedor de su filmografía no le costará descubrir una serie de referencias a su cine en “Eyes wide shut”: el grupo de gamberros que golpea a Tom Cruise en la calle -”La naranja mecánica”-; el sastre que vende a su hija Domino (Vanessa Shaw) a los dos pervertidos orientales -“Lolita” -; la suntuosidad de las escenas de la orgía, planificadas como cuadros pictóricos - “Barry Lindon”- ; Tom Cruise bajando las escaleras de la cava de jazz bajo una luz intensamente roja para reunirse con el misterioso pianista -“El resplandor” - .
“Eyes wide shut” se revela como una película inquietante y malsana, que sabe mantener un tono de pesadilla y cala hondo en el espectador. Un broche insólito y arriesgado que cierra la más meticulosa carrera cinematográfica. El postrer sueño de uno de los grandes del cine.