ZONA ERÓGENA

Interviú número 805 / 03-10-1991 Literaturas Galantes

LA AMANTE DEL CORONEL
Cuando ella se desprendió de las braguitas de encaje blanco, el sargento Bayardo no pudo re­primir el suspiro de deseo y ad­miración que le subía desde el estómago y le estallaba abrupta­mente en la boca. La muchacha tenía unas espléndidas caderas y un culo redondo, prieto y respin­gón en medio del cual se intuía, como un presagio carnívoro, su absorbente vulva.
- ¿Cómo te llamas, pibita? -preguntó casi sin resuello, palpándole los senos con ambas manos y aproximándola a su sexo que pugnaba por trepanar su pantalón.
- Marina, mi nombre es Marina, mi sargento. Para servirle.
El sargento Bayardo la tomó de pie, con el pantalón castrense replegado sobre las lustrosas botas de tres hebillas y el calzoncillo caqui abierto para dejar paso a su vi­rilidad, aupándola por las nalgas hasta la altura precisa, conduciéndola, tras los pri­meros vaivenes, hasta la pared de la estan­cia, contra la que la apretujó.
- No tengas prisa en dejarte ir, pibito, tómatelo con calma - le susurró ella al oí­do, entre suspiros.
Bayardo se había amorrado a las cade­ras de la muchacha que torneaba con las manos ahítas ya de sobar sus senos, y pe­llizcaba sus nalgas satinadas de sudor, bo­queando excitado en su boca que se abría espacio dejando pasar su lengua ardiente de deseo. Se detuvo un instante, para res­pirar hondo y tomar fuerzas, pero la piba comenzó a mover sus nalgas entonces, pe­se a las protestas del macho, tomándole las manos y restregándose con ellas los pezo­nes erizados y morenos de sus pechos, con­duciendo entonces a Bayardo hacia un éx­tasis no deseado por tan repentino.
- ¡Maldita pibita! - gimió Bayardo, tras vaciarse en suspiros, extrayendo el se­xo y guardándolo en el calzoncillo - ¿Dón­de coño has aprendido a follar así, mala puta?
- La culpa es vuestra, de los soldados - dijo Marina secándose con un pañuelo, son­riendo y mostrando unos dientes nacarados y perfectos que aún parecían más blancos en contraste con su piel oscura -. Me gus­ta ese rifle que tenéis entre las piernas, siem­pre cargado y a punto.
La mujer se había vestido mientras que su amante humeaba la estancia con un ci­garro apestoso de hebra. Llevaba encima una blusa de lunares y una falda hasta la rodilla plisada de color blanco, la misma con la que había electrizado al sargento Bayardo durante el baile en la aldea, y to­da ella, con excepción de su cara, que era de una dulzura suave, rezumaba violenta voluptuosidad.
- Me gustas - le dijo el hombre, con voz súbitamente ronca, deslizando los dos grandes billetes rojos en el interior de su escote, mordisqueando sus labios gruesos y sobándole de nuevo los senos encendidos a través de los que sentía trotar a galope su corazón -. Me gustas porque tienes cara de virgencita y cuerpo de puta.
El capitán Robles, de Seguridad Militar, se balanceaba en su mecedora, a la entrada de su tienda de campaña, mientras sus ma­nos estrujaban nerviosas un vaso alargado lleno de ron de caña y hielo, y el sudor, satu­rando su frente, saltaba por encima de sus ce­jas hirsutas y se precipitaba rostro abajo por su piel comida de viruela. Afuera la selva cre­pitaba de vida bajo el tupido manto verde de las plataneras y los helechos, y el calor levan­taba una calima espesa de la tierra húmeda y fangosa, por donde pastaban, a miríadas, los insectos con ensordecedor fragor.
- Mi capitán. Una mujer pide por usted.
Robles se atusó el bigote, dio buena cuenta del ron que quedaba en su vaso, masticó el hielo para refrescarse el paladar e indicó al soldado que la hiciera pasar.
- Con que tú eres Marina - dijo el capi­tán levantándose de la mecedora al verla en­trar en la tienda, cruzando los brazos sobre el torso y dando un par de vueltas alrededor de la recién llegada.
La muchacha sostuvo la mirada del capi­tán sin pestañear mientras trataba de cubrir con los brazos desnudos la curva exuberante del pecho que se marcaba bajo la blusa de lu­nares.

- Marina, carita de virgencita, cuerpecito de puta. He oído hablar, y muy bien, de ti.
Robles rió de su gracia mientras le palpaba las nalgas, la abrazaba rodeándola por los hombros y hundía la lengua entre sus labios carnosos.
- Sabes a jazmines, jodida - exclamó se­parándose de ella, y luego, tomándola del brazo y llevándola hacia la zona más oscura de la tienda -. Me han dicho los que te han cogido que follas muy bien, como un verdadero diablo, que guardas un volcán entre tus piernas.
- Estoy dispuesta a darle gusto, mi capi­tán – le respondió con voz melosa.
- Desnúdate todita, todita. De arriba a abajo. Tengo ganas locas de verte el culito, las tetitas y ese tesoro precioso que albergas entre tus muslos.
Marina obedeció. Fue dejando su ropa primorosamente doblada sobre el respaldo de una silla de tijera hasta quedar sólo con el su­jetador y la braguita de encaje de color blan­co.
- ¡Fuera esos sostenes! ¡A la voz de ya! ¡Arr!
Los senos desnudos, barnizados de sudor, sensuales protuberancias de carne turgente que emergían parejas de su pecho, espolearon la lujuria del militar.
- Y ahora quiero dejar de ver esas lindas braguitas en tu cintura, corriendo piernas abajo.
Y Marina contentó al capitán Robles. Y levantó primero una pierna, y luego otra, mientras la braguita, dejando libres sus nal­gas y su sexo, se deslizaba hasta los tobillos delgados, y su pubis oscuro e insondable que­daba a la vista del hombre sin el más leve atis­bo de pudor.
- Túmbate - le indicó Robles señalándole el incómodo catre de campaña sobre el que solía dormir cada noche ahuyentando a manotazos las bandadas de mosquitos que se le echaban encima para chuparle la sangre.
Marina se tendió de espaldas, a lo largo del lecho de sábanas fruncidas y ásperas, abrien­do los muslos, apoyando los pies en el suelo de tierra, y en esa posición agitó sus nalgas llamando al macho.
Robles se tendió encima de ella sin desvestir­se, la besó en el cuello, mordió luego los lóbu­los de sus orejas mientras le hundía la mano derecha en el sexo y con la izquierda se abría la bragueta, excitado. Durante unos segundos la áspera ropa castrense del militar, impreg­nada del polvo rojizo de la selva, se restregó vigorosamente contra la piel olivácea y suave de la espalda de la muchacha, hasta que Ma­rina tomando el miembro endurecido del capitán, lo condujo hacia su templo de placer.
- Sin prisa, mi capitán. Déme gustito y yo se lo multiplicaré por mil.
El capitán Robles entró quince veces en la vulva de la muchacha, que se cerraba como una ventosa alrededor de su miembro, y a la undécima embestida no pudo aguantar por más tiempo y se derramó.
- ¡Mala puta! - gimió mientras se ponía en pie, con un temblor de piernas, guardaba su miembro en la bragueta y buscaba su bote­lla de ron en el armario de campaña -. Ape­nas me has dado tiempo de saborearte, carita de virgen.
El coronel Osvaldo ordenó detener el jeep a cien metros de la entrada principal del hotel Álamo Grande, y, antes de descender de él, le dijo al soldado García que manejaba el ve­hículo:
- Me pasas a recoger dentro de una horita no más.
- A la orden, mi coronel. Descuide.
El coronel Osvaldo cruzó la calle polvo­rienta, se palpó la culata de la pistola que pendía del cinto y se ajustó la gorra verde oli­va de los rángers a su cabeza. Tras empujar la puerta chirriante del hotel, cruzó el vestíbulo y subió de tres en tres los escalones hasta lle­gar a la segunda planta. Se detuvo un instan­te ante la habitación 201, escuchó tras la puerta, llamó dos veces con los nudillos y en­tró sin más preámbulos.
La muchacha estaba desnuda sobre la ca­ma y la morena rotundidad de sus formas re­saltaba sobre la blancura de las sábanas que la acariciaban.

- ¡Dios del cielo! - exclamó Osvaldo de­jando la gorra colgada en la percha que había tras la puerta -. Por esta vez el capitán Ro­bles no ha fanfarroneado cuando me ha ha­blado de ti. Hoy me siento más patriota que nunca sabiendo que mi país produce bellezas como tú, carita de virgen, cuerpecito de puta. India sois, y de estas selvas amazónicas que Dios nos ha dado.
Marina se humedeció los labios y se revol­vió en la cama provocando el fruncimiento de las sábanas.
El coronel se acercó a ella, la besó en la frente, en los párpados, hundió voraz la len­gua entre sus labios carnosos y silueteó luego los pezones oscuros en que culminaban los redondeados senos de la muchacha.
- ¡Maldita hembra! - gruñó levantándose y palpándose su entrepierna hinchada -. Me muero de ganas por tenerte.
- Tómeme con calma, mi coronel, y no se arrepentirá, se lo aseguro - dijo Marina con la dulzura habitual -. Los que me han cogido, señor, desean repetir siempre.
Osvaldo, en medio de la habitación, co­menzó a desabotonarse la bragueta del pan­talón, pero un gesto de la muchacha le detu­vo.
- Si se desnuda del todo y se echa sobre mí disfrutará mucho más, mi coronel. Me senti­rá toda encima de su piel mientras me ama muy despacito.
Osvaldo dudó unos instantes antes de to­mar una determinación irrevocable. El paraí­so que ofrecía aquella cama y la mujer que sobre ella esperaba con los muslos abiertos y el sexo insondable, prometiendo placeres, era demasiado tentador como para andarse con remilgos. Se sacó apresuradamente las botas, se bajó al mismo tiempo pantalones, calzon­cillos y calcetines, se desabotonó la guerrera, dejó sobre la mesa el correaje, la funda de la pistola, el arma, y observó orgulloso en el es­pejo su virilidad dura de deseo, terrible entre sus piernas atléticas.
- Te voy a mojar, mi niña.
- Venga aquí, mi coronel, y sacie su goloso apetito entre mis muslos.
Osvaldo rió con nerviosismo mientras se aproximaba a la muchacha y la devoraba con pus ojos antes de tenderse encima de ella, to­marla por los senos, separarle las piernas con sus rodillas y encajarle el pene en su vulva.
- ¿Le gusta, mi coronel? – le preguntó en susurros la muchacha al oído mientras se movía toda ella a su ritmo.
- Me gustas, putilla, me gustas - gimió Osvaldo saliendo y entrando en ella.
Marina anudó las piernas a los riñones del hombre y éste se abocó sobre su sexo como un poseso, taladrándolo con su pene con ritmo marcial mientras le apretaba las nalgas con ambas manos.
- Vamos, llegue ahorita, mi coronel, que lo siento a punto, que se me está muriendo de ganas - le animó ella, moviéndose con vigor cuando él, intuyendo su próximo éxtasis, se había inmovilizado sobre ella.
- ¡Mala puta! ¡Pendona! - gimió el coronel corrién­dose imparable en sus entrañas, entrando y saliendo una vez más dentro de ella hasta va­ciarse por completo.
El coronel Osvaldo se tumbó al lado de la muchacha, con el sexo vencido y húmedo y fue, poco a poco, recuperando la respiración.
- ¿Sabes qué te digo, carita de virgen?
- No, mi coronel. ¿Qué me va a decir?
- Que follas demasiado bien para que an­des por ahí repartiendo semejante placer con toda la chusma. Que tienes demasiada clase y belleza, india, para que cualquier chulillo te meta un polvo. Te quiero para mí. Serás mi amante, mi mantenida.
- Pero vos sos casado.
- ¿Y qué? Una cosa es la esposa, y otra sos vos, putilla. La mujer para la casa, la hembra para la cama.
Marina se incorporó de la cama, cruzó la habitación y se asomó al espejo que había so­bre la cómoda. Osvaldo admiro sus nalgas prietas, sus muslos rollizos y los estrechos to­billos que iban a morir en unos pies diminu­tos.
- Tenés un culo magnífico. Todo levantadito y bien puesto, ideal para cabalgarlo - suspiró Osvaldo rascándose el pecho vellu­do -. ¿Qué hacés?
- ¿Le apetece un cigarrillo, mi coronel?
- Di que sí. Una caladita después de un buen polvo. Y hasta me veo capaz de empe­zar otra vez.
Marina descorrió el cerrojo de la habita­ción y se echó a un lado con rapidez. Osvaldo se incorporó de la cama intuyendo de pronto algo indefinible que se cernía sobre él. La puerta se abrió con violencia y dos individuos armados con fusiles de repetición irrumpie­ron en el dormitorio. El tableteo de los dispa­ros ahogó los gritos de agonía del coronel. Luego silencio. El cuerpo del militar quedó inmóvil, desangrándose sobre el lecho del placer por las heridas que le habían abierto las balas estriadas de las armas mortíferas en la frente, en el pecho, en el sexo, desgarrándo­selo, mientras Marina se vestía a toda prisa y los verdugos escribían con aerosoles de pintu­ra en las paredes de la habitación 201 del ho­tel Álamo Grande la inscripción: "Patria o muerte. Venceremos".
- Ha habido un momento en que hasta he llegado a quererle -suspiró Marina, indecisa, ante la puerta abierta, mirando el cuerpo desnudo y ensangrentado de quien había sido su amante hacía sólo unos instantes.
- Vámonos, carita de virgen. La revolu­ción no está para sentimentalismos.

JOSÉ LUIS MUÑOZ, XII Premio de Literatura Erótica La Sonrisa Vertical

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