EL RELATO

Este violento relato, que mezcla realismo sucio y fantasía, quedó finalista en el XV Concurso de Cuentos del Ayuntamiento de Llodio. Es un cuento moral: el maltratador recibe su justo castigo. Si le interesa comprar el libro, que reúne a los autores premiados en las modalidades de euskera y castellano, adulto e infantil, diríjase al Ayuntamiento de Llodio.
LA CABEZA DE LOLA
José Luis Muñoz
Lola empezó a chillar. Cuando lo hacía, Gómez llegaba a odiarla y se olvidaba de su bonito cuerpo, de su cabello rojizo y ondulado, a lo Maureen O’Hara, y de su boca carnosa que tanto le gustaba besar, porque así, en camisón, despeinada y oliendo a cama revuelta Lola distaba mucho de ser la amante solícita que le proporcionaba a Gómez los placeres que le negaba Lidia. Y además, últimamente, chillaba sin razón, cada vez con más frecuencia, para fastidiarle.
Gómez había llegado aquella tarde al apartamento, como todos los jueves, sobre las seis, aprovechando que tenía que visitar a un cliente por los alrededores. Había entrado girando sigilosamente la llave y se había deslizado furtivamente en la cama cálida del dormitorio sin desvestirse del todo, dada la urgencia, haciendo presa de los senos y de las caderas de la mujer que dormitaba en su interior, atrayendo hacia su sexo el cuerpo blando y dormido que despertó en cuanto él empezó a gemir. Y luego aquello, la escena, sus lloriqueos, la velada amenaza de llamar a la otra, a la mujer legal, algo que no tenía ningún sentido, que era completamente gratuito y resultaba forzado, que Lola montaba sencillamente para aguarle el buen rato pasado, una especie de peaje que debía pagar por transitar entre sus piernas.
- ¡Harta! ¿Oyes? ¡Estoy harta de que me tengas aquí como una perra, sólo para eso, como un simple objeto, sin que me saques a pasear! ¡Harta! ¿Oyes? Harta de tu barriga peluda, de tu aliento a ajo. Si me sacaras, si me llevaras al cine o al teatro, pero nada, nada, no me quieres, sencillamente, no eres delicado, sólo para eso me utilizas. ¡Harta, harta! ¡Qué te dé de comer la otra!
A ella, cuando gritaba, se le ponía la boca roja, grande, desagradable, mientras él luchaba por entrar su barriga en el pantalón, y entonces, porque le pareció que gritaba mucho y alguien podría oírla y quejarse, se acercó y le dio un tortazo seco en la cara, una bofetada sonora que dejó estampados sus cinco dedos en la piel sumamente pálida de Lola.
- Perdona, lo siento. No era mi intención hacerte daño. Me han sacado de mis casillas tus putos gritos - dijo, casi de inmediato.
Pero Lola saltó sobre él. Parecía como si un resorte, accionando sus ligeros muslos, la hubiera catapultado. Se la encontró enroscada a sus piernas, desgarrándole con sus largas uñas pintadas el cuello, y fue el sentir la sangre manchando su camisa lo que le hizo perder definitivamente los nervios a Gómez.
La golpeó a ciegas. Iba a costar limpiar esa camisa, dar un mar de explicaciones a Lidia por esa puta golfa. La golpeó con la misma saña como cuando era pequeño y un maldito niño gordo, sentado en la fila de detrás de la clase, le incordiaba y él, que no podía más y no podía reaccionar mientras estaba en el aula, lo machacaba cuando lo encontraba en el patio durante el recreo. Por todos tus putos gritos, para que no me levantes en tu vida la voz. Y la golpeó empleando el puño cerrado, los zapatos de duras punteras metálicas, haciendo caso omiso de sus alaridos de dolor, hasta que la vio quieta, tendida junto a la cama, sangrando por el oído y con los ojos abiertos, y se asustó al comprobar que el pie, ahora en frío, le dolía por las patadas propinadas.
- Luego vuelvo, Lola. Enseguida vuelvo - le dijo mientras se retiraba hacia la puerta nervioso, tragando saliva, sin dar nunca la espalda.
***
- ¿Qué te has hecho en el cuello?
Gómez se deshizo de sus brazos, entró resoplando en el cuarto de baño, se arrojó agua fría sobre la cara y el cuello, y se miró en el espejo, viendo reflejado tras su rostro el de ella, Lidia, envuelta en su batín azul turquesa, alisándose el cabello con los dedos, con estudiada coquetería femenina.
- ¿Con quién te has peleado?
Se secó apresuradamente con la toalla, se volvió hacia ella.
- Con nadie. He tropezado con un grupo de gamberros que quemaban unas papeleras en la calle, les he afeado su conducta y me han agredido. Ellos también se han llevado su merecido. Eran de esos que van con la cabeza rapada - dijo, mostrándole los nudillos amoratados de su mano derecha.
- ¿Has ido a la policía?
- Sería inútil. Es igual. La policía no hace nada. ¿Para qué el papeleo? Ponme la cena, que tengo mucha hambre.

***

Entró con sigilo en el apartamento. Atravesó las habitaciones arrastrando los zapatos por el suelo. Se imaginó que nada había ocurrido y que Lola, como cada jueves, le esperaba en la cama, revolviéndose entre las sábanas, al verle entrar, como una gata mimosa. Pero Lola seguía en el suelo, con la laguna de sangre junto al oído, que se había espesado hasta convertirse en un grumo de pintura.
Gómez la cogió por debajo de los brazos y la arrastró hacia el cuarto de baño. Comenzaba a oler. El agosto se presentaba extraordinariamente cálido y húmedo y la carne se corrompía con facilidad. La apoyó contra la bañera y resopló mientras se restañaba el sudor de la frente. El aspecto de Lola no era muy tranquilizador: tenía los ojos abiertos y una película acuosa enturbiaba su mirada. Gómez los cerró; luego, comenzó a despojarla del batín escarlata que cubría su cuerpo y deslizó por sus muslos de gacela helados, hasta los pies, las bragas de terciopelo negro de fantasía que había comprado en una tienda de lencería fina y había sido su regalo de aniversario.
Se detuvo. Paseó arriba y abajo del apartamento antes de decidirse. Finalmente, tragando saliva, comenzó su trabajo. Si quería deshacerse del cuerpo, ésa era su única alternativa, lo había visto en numerosas películas, lo había leído en muchas novelas de crímenes.
Con gran esfuerzo metió el cuerpo desnudo y frío de Lola en la bañera, sacó el serrucho de la bolsa que llevaba consigo y comenzó a seccionarlo. Primero los brazos, luego las piernas, a la altura de las ingles, donde la carne ofrecía menos resistencia, por último el cuello, esforzándose por separar las vértebras con la hoja dentada. Lo hizo sin mirar, cerrando los ojos con fuerza a la horrible realidad que sus manos manipulaban con la frialdad del carnicero, aguantando la respiración, porque no quería sentir aquel olor infame de carne muerta y sangre detenida que se escapaba a cada tajada, ahogando las nauseas que aquel trabajo le provocaba. Cuando terminó, la bañera era un gran lago de sangre espesa y el cuerpo de Lola un atroz puzzle de carnes ensangrentadas con hilachas de carne prendidas a sus terminaciones.
Gómez se arrodilló ante la taza del inodoro a vomitar, y estuvo un buen rato clavado de hinojos contra el suelo mientras su estómago sacaba las truchas que Lidia había cocinado tres horas antes. Se limpió la cara con el dorso de su mano, cuidando de esquivar la sangre que la envolvía, y volvió a la bañera. Cuando cogió por los pelos la cabeza de Lola, para guardarla en la bolsa de plástico que haría más fácil su transporte hasta el vertedero del Norte, no pudo reprimir un gesto de espanto. Lola había abierto los ojos y le clavaba una mirada de odio eterno. Bajó sus párpados con mano temblorosa y metió el macabro trofeo en el fondo de la bolsa de plástico ahogando un grito, y luego, como para asegurarse, le hizo un par de nudos.

***

Estaba agotado y se había sentado un momento a descansar. Tras el descuartizamiento había limpiado con cuidado la bañera, borrando de la loza cualquier vestigio de sangre, se había desnudado, duchado con agua caliente, ahuyentando de sí el insoportable olor a muerto que le impregnaba, lavando la sangre espesa que había anidado entre el abundante vello de sus manos y brazos, y había cogido su ropa sucia y la había guardado en otra bolsa, vistiéndose de nuevo, con un traje gris que le daba cierta distinción. Entonces se levantó, cogió su macabro equipaje y salió con él a la calle. Nadie le vio introducirlo en el maletero de su coche aparcado junto a la casa.

***

Conducía con cuidado por la carretera. En su situación era vital pasar desapercibido. El vertedero del Norte estaba pasado la Residencia, antes de llegar al desvío del aeropuerto, un pequeño camino de tierra sólo usado por los camiones de desperdicios, pero a esa hora, a las cinco de la mañana, todos los basureros de la ciudad debían estar entrando en sus camas en busca del calor de sus mujeres legales tras haber pasado por la ducha para sacarse el espeso olor a deshechos que les había acompañado durante toda la jornada. Se prometió hacer lo mismo en cuanto acabara ese engorroso asunto, rehacer su vida, vivir sólo para Lidia, no mirar a ninguna otra mujer que no fuera ella. Nada como un matrimonio convencional, se dijo, para tener una vida sin sobresaltos.
Faltaba muy poco para que llegara al desvío. Vio la pequeña señalización sobre fondo azul a unos trescientos metros. Encendió el intermitente. Comenzó a girar el volante, a reducir las marchas. La palanca iba un poco dura. De la directa a la tercera el motor respondió con un ronroneo áspero y la carrocería tembló. De la tercera a la segunda la palanca del cambio de marchas, sencillamente, no entró, y entonces, al intentar frenar, porque la curva del desvío estaba ya encima, comprobó que el pedal no hacía absolutamente nada y el vehículo derrapaba.
El coche de Gómez se estrelló contra uno de los pretiles de la autopista, fue catapultado contra el opuesto y comenzó a girar como una peonza antes de detenerse inmóvil en medio de la carretera. Gómez intentó salir, pero le flaquearon las fuerzas, no se sentía las piernas. Toda la parte inferior del cuerpo, de las caderas a los pies, las tenía acorchadas, insensibles. Quiso moverse, salir del coche, pero el volante, clavado contra su pecho, le inmovilizaba por completo.
Un coche se detuvo junto al vehículo accidentado y Gómez pudo distinguir, pese a la oscuridad, la expresión de angustia de su conductor, su gran palidez y el sudor que corría por sus mejillas y por su frente.
- Voy a llamar a la policía - dijo el alma caritativa -. No se preocupe, en dos minutos están aquí.
Gómez balbució una negativa que no tuvo ningún efecto en quien se esforzaba en socorrerle.
- No se preocupe. En un momento están aquí. La policía o la ambulancia.
Gómez comenzó a sudar sangre mientras aquel tipo se alejaba corriendo, tras dejar su vehículo con las luces intermitentes en medio de la carretera, en busca de un teléfono de socorro.
- ¿Se ha hecho daño, señor? - le preguntó el policía, tomándole de la mano.
Había cerrado los ojos y se negaba a contemplar la realidad. Intuía el coche patrulla con su faro parpadeante, al policía solícito, al automovilista cívico que había acudido en su auxilio.
- Sólo es un momento. Le sacaremos, no se preocupe.
- Quiero morir - balbució Gómez apretándose contra el volante con la poca fuerza que le quedaba, hasta que crujieron sus costillas y sintió en la boca el gusto acre de la sangre ascendente.
El maletero, por el impacto, se había abierto y Gómez se imaginaba a Lola que reía abriendo su boca roja y mostrando su lengua pálida dentro de la bolsa de los desperdicios. A su manera, seguía gritando.
- Señor. ¿Qué lleva en esas bolsas negras que apestan?

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