LA PELÍCULA

EYES WIDE SHUT
José Luis Muñoz

Cuando hace años transcendió que Stanley Kubrick estaba enfrascado en un nuevo proyecto, y que los protagonistas del nuevo film del meticuloso, hasta la obsesión, director de “Barry Lindon”, “Lolita” o “2001: una odisea en el espacio”, iban a ser la pareja de cine y pareja en la vida real Tom Cruise y Nicole Kidman, muchos creyeron ver en ello un mero ejercicio comercial para conseguir dinero suficiente con que sufragar un proyecto más ambicioso como AI (Inteligencia Artificial). Para esta historia centrada sobre la crisis matrimonial, el infierno de los celos, las obsesiones sexuales nunca consumadas y la infidelidad conyugal, que en el fondo es un ferviente alegato a favor del matrimonio y de la moral tradicional, Kubrick quería contar con un matrimonio auténtico, y Cruise-Kidman desbancaron al tandem Alec Baldwin y Kim Bassinger, la primera pareja prevista.
“Eyes wide shut” llega hasta nosotros precedida de una grandiosa campaña mediática, que se puso en marcha nada más empezar el rodaje, por el secretismo de éste y por la meticulosidad ya mítica del legendario director de “Espartaco”. Las deserciones de Harvey Keitel, y las habladurias sobre sus motivos, y de Jennifer Jason Leight, las muchas veces que Tom Cruise tenía que repetir una escena, la especial relación paterno filial que se estableció entre el director y la joven pareja protagonista, etc., etc., llenaron de expectación revistas y diarios de medio mundo mientras el rodaje de la película se eternizaba y sus protagonistas fijaban su residencia en Londres. Y la guinda la puso el propio Kubrick con su repentino fallecimiento, no sin antes haber ultimado el montaje del film y haber seleccionado el tan comentado tráiler de Nicole Kidman desnuda ante su esposo, Tom Cruise, que la besa y acaricia apasionadamente bajo la voz de Chris lsaak interpretando "Baby did a bad, bad thing".
Dadas las circunstancias, resulta casi imposible ver “Eyes wide shut”, el testamento cinematográfico de uno de los mayores genios del cine, fuera de todo el contexto que su gestación ha creado a su alrededor, y de ahí que esas expectativas hayan dañado la película. A Kubrick, que solía hacer obras maestras en todos los géneros que tocaba- el cine negro con “Atraco perfecto” , el cine histórico con “Espartaco”, la ciencia- ficción con “2001”, el futurismo con “La naranja mecánica”, el bélico con “La chaqueta metálica” , el terror con “El resplandor”, el cine de época con “Barry Lindon”-, le faltaba una aproximación al cine erótico, una película más explícita a nivel visual que la formidable “Lolita”, y la excusa ha sido la novela corta "Relato soñado” de Arthur Schnitzler, un contemporáneo de Sigmund Freud, que le sirve de instrumento para adentrarse en los infiernos de la obsesión sexual.
El doctor William Hardford (Tom Cruise) decide viajar por el perturbador mundo de la sexualidad prohibida a raíz de la confesión de una fantasía erótica por parte de su esposa Alice (Nicole Kidman) . Hadford, azuzado por celos incontrolables, callejea de noche por la ciudad en busca de sexo. Durante su itinerario, en el que se limita a ser espectador, es tentado por una bella prostituta y acompaña a Nick (Todd Field), un pianista y antiguo conocido, hasta una extraña mansión en donde tiene lugar un ritual orgiástico. Una muerte misteriosa y la desaparición de su amigo pianista agudizan su sentimiento de culpa.
Bajo su aparente osadía erótica, una anécdota que ha propiciado unos ridículos efectos digitales en el estreno americano de la película, y que realmente no es tal, ya que está tamizada por la frialdad que siempre ha caracterizado al realizador de “Senderos de gloria”, el film tiene una lectura moral bastante diáfana: los vínculos matrimoniales, la seguridad de la pareja y su hogar, subrayado incluso con colores cálidos, contra la amenaza externa de un sexo promiscuo y malsano que se da en la secuencia de la orgía, o marcado por el sida que padece la bella prostituta con la que Tom Cruise desea acostarse, y que conduce a la muerte - Cruise contemplando el cadáver de su salvadora en la orgía en la morgue-, subrayado por rojos agresivos.
Pese a las deficiencias de un guión que alcanza el clímax en su ecuador y se desinfla en su parte final, la torpeza de algunas secuencias - como la de Marion ( Marie Richardson) confesando su pasión al Dr. Hadfor ante el cadáver de su padre -, el excesivo alargamiento de otras - el baile inicial en la que una Nicole Kidman borracha coquetea con un aristócrata húngaro-, la escasa entidad de buena parte de sus diálogos y la pésima interpretación de Tom Cruise, que nunca llega a hacer creíble su papel de doctor, la película tiene, al menos, dos ramalazos de genialidad que por si solos la justifican: el impecable monólogo de Nicole Kidman, que hace ostentación de sus fantasías eróticas ante un aturdido Cruise, mientras fuma un cigarrillo de marihuana, y la aterradora secuencia de la orgía, de una plasticidad impecable, hilvanada a través de ágiles planos en los que la cámara subjetiva acompaña al doctor Harford por cada una de las habitaciones del palacio en donde tiene lugar el espectacular ritual sexual.
¿Intuía Kubrick que estaba haciendo su obra póstuma? Lo cierto es que la muerte planea sobre muchos planos de esta lúgubre película y al conecedor de su filmografía no le costará descubrir una serie de referencias a su cine en “Eyes wide shut”: el grupo de gamberros que golpea a Tom Cruise en la calle -”La naranja mecánica”-; el sastre que vende a su hija Domino (Vanessa Shaw) a los dos pervertidos orientales -“Lolita” -; la suntuosidad de las escenas de la orgía, planificadas como cuadros pictóricos - “Barry Lindon”- ; Tom Cruise bajando las escaleras de la cava de jazz bajo una luz intensamente roja para reunirse con el misterioso pianista -“El resplandor” - .
“Eyes wide shut” se revela como una película inquietante y malsana, que sabe mantener un tono de pesadilla y cala hondo en el espectador. Un broche insólito y arriesgado que cierra la más meticulosa carrera cinematográfica. El postrer sueño de uno de los grandes del cine.

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