EL RINCÓN DEL POETA

MENÚ DEL CIELO
Francisco Javier Irazoki
Fotograma de EL SÉPTIMO SELLO (Ingmar Bergman)
«Vas a morir, vas a morir», me repitió el cura que imponía silencio cuando debíamos acostarnos. Él se paseaba en el dormitorio de techos altos y paredes grises y, aunque ninguna luz estuviese encendida, lo veíamos acecharnos entre las hileras de camas y armarios. Nos despertaba al amanecer, con las mentes sacudidas por el sonido de una esquila, depositaba el desayuno y desaparecía después de anotar en su cuaderno la evolución de nuestras enfermedades.
Los otros alumnos sanaron, y me quedé solo en la pieza. Mi fiebre no podía darle calor a un espacio tan grande, y me distraje recordando la llegada al seminario. Como cualquier viaje a los pueblos cercanos implicaba entonces una aventura de mapas extranjeros, el coche se perdió en la niebla. «El auto ha sentido la llamada de Dios», advertían mis familiares, y yo protesté sin ser oído por el conductor maldiciente, hasta que divisamos un enorme edificio de hormigón. Ya era viejo antes de estar acabado, con claraboyas nubladas y patios de gravilla suelta.
Me integré en una multitud de jóvenes uniformados. Decían la palabra espíritu con aspavientos de hombres ruidosos, sin renunciar a las envidias escolares o disputas deportivas, pero necesité su desorden en los campos de fútbol. También busqué esa compañía en el comedor donde vaciábamos las ollas repletas del rancho que una decena de novicios condimentaba únicamente con su soltería. Los curas se sentaban a una larga mesa con mantel, y cronometrábamos cada tiento que uno de ellos daba al vino, a la espera de otra marca atlética. La transubstanciación fue un buen invento para aquel vampiro tan aficionado a la sangre de Dios.
Los fines de semana varios profesores impartían clases de silbido contra un dictador e íbamos al centro del pueblo. Allí nos aguardaban las juventudes ateas, que con sus baldes de agua combatían nuestra mugre medieval y reducían ardores sexuales.
Un día de invierno, en el recreo, fui empujado, caí de espaldas y quedé tendido junto a la portería de fútbol. El médico vino a tocar el dolor de mi columna vertebral.
Eran los años en que algunos de aquellos curas bajaron a las fábricas con unas estampas de Karl Marx descubiertas en los evangelios. El que me vigilaba de noche escogió ese camino y esperé su cambio de actitud, pero aún dejaba sobre mi mesilla de enfermo la bandeja con el mismo desayuno: un vaso de leche, dos o tres tostadas y un poco de muerte para untarlas.

(Poema en prosa extraído del libro Los hombres intermitentes, Ediciones Hiperión)

Francisco Javier Irazoki nació en Lesaka (Navarra) en 1954, fue periodista musical y miembro de CLOC, grupo de escritores surrealistas. La Universidad del País Vasco le editó toda su poesía hasta 1990. El libro se titula Cielos segados. En 2006, la editorial Hiperión le publicó Los hombres intermitentes, primer volumen de sus poemas en prosa. Desde 1993 reside en París, donde ha cursado diversos estudios musicales (Composición, Historia de la Música, etc.).

Comentarios

verdemundo ha dicho que…
Gracias por presentar este poeta. Ojalá pueda encontrar su obra por aquí.
Anónimo ha dicho que…
De anónimo de México.
Es muy bueno... Tanto que se llega a identificar el espacio en el que se encuentra el personaje y se aprecia su miedo. En medio de una fiebre tremenda en su cuerpo castigado, la soledad es el mayor de los flajelos y la impostergable resignación a morir es el resultado de ese abandono.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Francisco Javier Irazoki es un gran poeta, en efecto, y es para mí un orgullo tener su texto en mi blog. Escribió una preciosa frase para un libro de fotografías sobre África que estoy editando.