LA FIRMA INVITADA


Vieja y querida Antiquardam
© Ricardo Bada


A Anacristina Rossi.

Ilustran el relato cuadros del pintor Veermer y Jorge Pizzanelli


Ayer, durante todo el día, volví a sentir la nostalgia de Antiquardam...

...acá, en la esquina de Corrientes y Florida eran tan sólo las 2 p. m.: allá serían las 6 p.m., noche cerrada ya. Y las luces tendrían esa apariencia de halo, tan propia del país de las nubes. Y es bastante seguro que llovería. Una lluvia menuda y fina, que no sería tibia como la garúa de primavera en el valle del Rhin (Rilke dixit!), sino fría. También es cierto que acá estamos en pleno verano y allá es invierno crudo. Habrá nieve en las calles y en los campos. La gente, grandes y chicos, patinará sobre la superficie detenida de canales y lagos.

¡Tuve tanta nostalgia de Antiquardam!

...porque yo siento la nostalgia de Antiquardam cada vez que me veo metido de lleno en un hervor ciudadano como el de ayer, a las 2 p.m., en la esquina de Corrientes y Florida. Y luego me paso toda la noche a vueltas con la nostalgia y la pipa mil veces prendida y otras apagada, mientras mis pensamientos recorren las calles de Antiquardam, todas las calles de Antiquardam, una por una, de a poquito, demorándome acá y allá, y yendo a terminar la ronda, indefectiblemente, en ésa que yo llamo "la calle de la casa de los dos viejitos".

Y a mi mujer no la dejo dormir, charla que te charla toda la noche, a vueltas con la nostalgia y con la pipa mil veces prendida y otras tantas apagada.

—Vos sabés, lo sabés mejor que yo, vos sos neerlandesa, que el terreno edificable era y es y será muy caro en los Países Bajos. Por eso, como ustedes son tan buenos comerciantes, cuando se querían hacer edificar su casita, compraban unos poquitos, muy poquitos metros cuadrados, cuantos menos mejor, y edificaban en altura. Y es por eso que la vieja arquitectura holandesa se compone de casas tan estrechas y tan altas, y tan pegaditas las unas a las otras que se creería que arrancando una limpiamente de sus cimientos, toda la manzana se tendría que venir al suelo. Y es también por eso que, por ser tu compatriota Piet Stuyvesant quien fundó Niew Antiquardam a las orillas del Hudson, Nueva York es como es. Pero a lo que estábamos.


Una vez, en una ciudad que no tenía más remedio que ser Antiquardam (lo digo porque me crucé con un conocido mío, el príncipe del clavel en la solapa, y no era en La Haya..., y por cierto: ¿por qué La Haya y no El Seto?, el nombre neerlandés es Den Haag y significa El Seto; y además ¿por qué La Haya y no El Haya?, no se debe ni se debe decir la hacha sino el hacha; y, sobre todo, ¿por qué alargué mi relato con esta divagación que no soluciona nada?), en fin, una vez, en una ciudad que no tenía más remedio que ser Antiquardam, pasé por una callejuela angosta cuyas casas eran todas estrechas y altas. En una ventana antigua estaban los dos viejitos, recortados contra la oscuridad nocturna por el resplandor de una lámpara prendida dentro de la habitación. La ventana era una de esas partidas en dos por una columna delgada, o mejor dicho, por un haz de columnas delgadísimas. La viejita se acodaba en la mitad derecha del alféizar, y el viejito en la mitad izquierda. Daban una impresión de serenidad tan grande, parecían estar tan de vuelta de todo, que me detuve. Fue como si alguien, tal vez incluso Alguien, con mayúscula, me hubiese echado un lazo a los pies. ¿Sabías vos que a Saulo lo desmontó de su caballo la boleada de un ángel gaucho? Pero a lo que estábamos. Volví a pasar muchas veces por aquella misma callejuela a la misma hora incierta del crepúsculo, cuando no es oro todo lo que reluce. Siempre estaban allí los mismos dos viejitos, ella a la derecha, a la izquierda él. Y al final terminamos por reconocernos y saludarnos con sonrisas mudas, y cuando yo, después de contemplar la ventana, echaba el paso para irme, solía murmurar la palabra neerlandesa equivalente a nuestro ¡buenas noches!: Welterusten!... A lo mejor eran ilusiones mías (perdón: a lo peor eran ilusiones mías), pero más de una vez me pareció que los labios de los viejitos se movían, murmurando también ellos la fórmula cortés. Sin embargo, ¡qué cierto es el dicho inglés de que por mirar la luna en el cielo se dejan de ver los seis peniques en el suelo! Un día, aun cuando los dos viejitos estaban asomados a la ventana, sólo uno de ellos se recortaba contra la oscuridad nocturna gracias al resplandor de una lámpara prendida dentro de ¿ la habitación? Miré con atención, un poco al sesgo, y casi burlonamente, antes de someter mis elucubraciones a ningún género de chantaje metafísico. Miré, pues, como mira en su autorretrato del Jardín de las delicias aquél gran chantajista, metafísico y neerlandés, que se llamaba Jeroen Bosch y le llamaban El Bosco. Temiendo, como él teme en su mirada, que sea verdadero el mundo alucinante al que se asoma. Pero a lo que estábamos. Y entonces, al mirar así, descubrí que la pretendida columna delgada, o mejor dicho, el pretendido haz de columnas delgadísimas, que debería partir la ventana en dos, no existía. No. No existía. Ni siquiera existía la ventana. Lo que sí había eran dos ventanitas de la misma altura, y una al lado de la otra. Y lo que yo tomé por una columna, o mejor dicho, por un haz de columnitas, no era sino la moldura labrada de uno de los edificios. Y eso no era todo. Quedaba lo más grave. Porque lo que yo tomé por la serenidad de una vida en común, llegada la hora de la vejez, no era más que una fantasía de mi mente calenturienta. Pues la pareja de viejitos no eran una pareja de viejitos, sino, seguramente, las mitades supérstites de dos parejas de viejitos. Y si me pongo a profundizarlo, yo, que tanto los conozco a todos ustedes, europeos del septentrión y del frío, casi pondría la mano en el fuego por asegurar que aquellos dos viejitos se habían estado asomando a las mismas dos ventanas, a la misma hora, todos los días, durante una década, y ni siquiera se habrían deseado todavía, ni una sola vez, ese ¡buenas noches! que yo, un extranjero y un extraño, les dedicaba todas las veces.


Mi mujer sigue sin dormir por culpa de mi charla.

—Pero a lo que estábamos. Después de todo, ¿alteraba aquello de algún modo el hecho de que los viejitos, en cierto sentido remoto, fuesen la paz?, ¿el hecho de que la imagen que proporcionaban, bien que ficticia, fuese la imagen de la serenidad en persona? No. Desde luego que no. Y yo casi estoy por decirte que desde aquél día de mi descubrimiento, al volver a mirarlos y a sonreírles, me salió más sincero y más hondo mi ya entonces habitual Welterusten! Y es bien raro, se trata de algo que recuerdo siempre cuando, como hoy, a las 2 p.m., en la esquina de Corrientes y Florida, me veo metido de lleno en un bullebulle ciudadano fatigoso y cargante. Y entonces me entra a caminar por el pecho una grandísima, una intolerable nostalgia de Antiquardam.

Mi mujer estalla:

—Verdorie, Nederland heeft geen stad die Antiquardam heet!...

—Y, ya lo sé, petiza, pero ¿querés decirme qué importa que en todos los Países Bajos no haya ninguna ciudad que se llame Antiquardam para que yo sienta nostalgia de ella?

Buenos Aires, febrero 1967.

RICARDO BADA nació en Huelva en 1939. Escritor y periodista, reside en Alemania desde 1963. Tiene en su haber dos antologías de literatura española contemporánea, realizadas en colaboración con Felipe Boso y ambas publicadas en Alemania, y ha traducido por placer gratuito a grandes poetas de esa lengua: Goethe, Theodor Fontane, Else Lasker-Schüler, Gottfried Benn, Bertolt Brecht, Erich Fried, Hans Magnus Enzensberger, etc.
Ha cuidado en Alemania la selección y edición de la obra periodística de Gabriel García Márquez y los libros de viaje de Camilo José Cela; en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú, y en Bolivia de la única antología integral en castellano de Heinrich Böll ("Don Enrique" , La Paz, 1995).
Obra publicada: "La generación del 39", (cuentos). Nueva York, 1972 "Lorelei-Express", (radioteatro). Hilversum, 1978 "GBZ contra E", (radioteatro). Colonia, 1979 "Jakob y el otro", (radioteatro sobre un cuento de Juan Carlos Onetti). Colonia, 1981 "Kabarett para tiempos de krisis", (espectáculo teatral). Madrid, 1984 "Basura cuidadosamente seleccionada" (poesía). Huelva, 1994 "Amos y perros" (cuento). Huelva, 1997 "Me queda la palabra" (conferencias). Huelva, 1998 "Los mejores fandangos de la lengua castellana" (parodias). Madrid, 2000. "La serenata de Altisidora", (libreto de ópera, música de David Graham). Camagüey, 2000. "Cuaderno de Bitácora", (diario de un viaje). Madrid, 2003.

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