LA FIRMA INVITADA

POMERANIA
© José Luis Hernández Garvi

El uno de septiembre de 1.939, el ejército alemán atravesó la frontera polaca en lo que supuso el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Al inicio de la campaña y según cuenta la historia (hoy convertida en leyenda), los regimientos de lanceros polacos del ejército “Pomerania” al mando del general Bonrtnoski, cargaron a caballo, lanza en ristre, contra los tanques del general Guderian que avanzaban imparables en dirección al Vístula. Los relatos de los soldados alemanes que vivieron esa experiencia alabaron el valor suicida de aquellos jinetes que llegaron a romper sus lanzas contra el blindaje de los tanques. El texto que aquí vamos a reproducir constituye un pequeño fragmento del diario anónimo de uno de aquellos lanceros polacos caído en esos días. El hallazgo del mismo, después de más de cuatro décadas de olvido, resultó especialmente conmovedor.
El señor Fiedrich Wolfskehl sirvió como teniente en el decimonoveno Cuerpo Panzer al comienzo de la invasión alemana de Polonia. A la muerte del señor Wolfskehl, acaecida hace un par de años, su viuda encontró el diario en el fondo de un viejo baúl lleno de recuerdos militares de aquella época, escondido bajo el apolillado uniforme de oficial de su marido. Como ella misma nos contó, se sorprendió ante el inesperado hallazgo. Durante todos esos años, su marido nunca le había revelado la existencia de aquel diario. Movida por la curiosidad, la señora Wolfskehl encargó inmediatamente una traducción del mismo al alemán y nos confesó la profunda emoción que sintió cuando lo leyó.
El fragmento que reproducimos a continuación fue elegido personalmente por la señora Wolfskehl y corresponde a las últimas páginas escritas en el diario.

“5 de septiembre de 1.939

Esta noche apenas hemos dormido. Durante un par de horas me acosté sobre la hierba húmeda de un prado intentando conciliar el sueño. Fue inútil. No hice más que dar vueltas y más vueltas. Cuando el sargento Zapolska dio la orden de ponernos en camino, me levanté tiritando, con el cuerpo entumecido por el frío y la humedad.
Nadie habla. Entre nosotros se extiende un silencio poco tranquilizador. Nuestros rostros serios y cansados delatan el miedo que sentimos y el agotamiento que padecemos. Hasta los caballos parecen presentir el peligro cuando relinchan. Antes de montar escribo estas líneas en mi diario. Me siento más tranquilo y aliviado mientras lo hago.
Desayuno un mendrugo de pan duro mordisqueándolo sin apetito. Era el último que quedaba en mi macuto. Comparto unos pedazos con mi caballo que parece agradecerme la golosina con sus ojos oscuros.
Recibimos la orden de montar. La bruma de la mañana da un aspecto irreal al paisaje. Parecemos jinetes fantasmas en medio de la nada…

…Después de cabalgar un par de horas la columna se ha detenido para dar un descanso a nuestras cabalgaduras y esperar nuevas órdenes. Aprovecho para sacar el diario del bolsillo de mi gabán y escribir.
El sargento Zapolska pasa entre nosotros montado en su caballo mientras grita órdenes que obedecemos con la resignación del condenado. Él es el único que parece estar al margen de todo. La Patria se desmorona, el pueblo sufre, no sabemos la suerte que habrán corrido nuestras familias y a él sólo le preocupa que formemos bien en las filas y mantengamos una postura erguida sobre nuestras monturas. Su rostro grotesco, de necio absoluto, simboliza la brutalidad de la guerra
Hemos avanzado por una carretera con el pesado andar de la desmoralización. Los oficiales no dejan de arengarnos, hablando de la victoria que se avecina y en la que ni ellos mismos creen por más que la proclamen con palabras encendidas de patriotismo ridículo.
Después de varios días de campaña estoy sucio, cubierto de mugre. No me he cambiado de ropa desde que nos movilizaron y hace casi una semana que me afeite por última vez. Los piojos han aparecido uniéndose a las pulgas y chinches de nuestras mantas y ropas para hacernos la vida imposible. También me noto cambiado, como si hubiera envejecido varios años en pocos días. Mi mano palpa mi rostro descubriendo arrugas donde antes no las había. La suciedad impregnada, la barba incipiente y las ojeras han debido transformar mi aspecto. Si me mirara en un espejo estoy seguro que no me reconocería.
Sin darme cuenta, Andrzej Waliszewski se ha ido acercando poco a poco hasta mi. Le he descubierto mirándome por encima del hombro intentando ver lo que escribía. Al final, su curiosidad le ha animado a vencer su timidez y se ha atrevido a preguntarme que a quién escribía. Yo le he contestado que a nadie en particular, que quizá para mi mismo. De un bolsillo de su guerrera ha sacado una vieja y desgastada cartera de campesino. La ha abierto con mucho cuidado y me ha enseñado una foto de feria en la que él aparece abrazando a una muchacha morena de piernas flacuchas. Me ha dicho con ojos tristes que era su novia. Las fotos de sus padres y hermanos, de rostros toscos y recios, y una estampa arrugada de la Virgen de Czestochowa que ha besado fervorosamente, completan su equipaje sentimental.
Yo me he visto en la obligación de enseñarle una fotografía que guardo de Lucyna. Nunca antes se la había enseñado a nadie, ni siquiera a Jan, mi mejor amigo. No entiendo muy bien que es lo que me ha movido a mostrársela a él. Me ha dicho que era muy guapa y me ha preguntado de quién era el perrito al que ella abraza en la fotografía.
Hemos estado charlando durante un buen rato, hablando de nuestras familias, de nuestras casas y hogares, compartiendo nostalgias y lágrimas, como viejos camaradas. Hasta hoy, apenas habíamos cruzado unas palabras en un par de ocasiones, en el cuartel o durante las maniobras.
De pronto, los dos nos hemos callado. El silencio entre nosotros ha vuelto a levantar el muro infranqueable del recelo. He vuelto a escribir en mi diario y Andrzej se ha alejado sin despedirse. He levantado la vista y le he visto perderse entre la masa de hombres y caballos que forman una mancha oscura que destaca sobre el paisaje.
Mi mente ha comenzado a vagar entre ensoñaciones. Observo como la hierba de los campos se ondula suavemente mecida por el viento creando mágicos contrastes de sombras. La vista de estos campos me trae el recuerdo de Lucyna. Pienso en ella y por unos instantes olvido dónde estoy. La besé por primera vez tumbados en un prado como éste. Su vestido estampado de verano se confundía con las flores que nos rodeaban. Casi puedo oler en la brisa el aroma de su pelo. Cierro los ojos y siento sus labios rozando los míos, su cuerpo tibio estremeciéndose. Añoro acariciar el vello rubio de sus brazos desnudos, coger sus delgadas manos que olían a jabón entre las mías…
Los gritos del sargento dando órdenes me devuelven bruscamente a la realidad. Me siento como si me hubieran despertado de un sueño. El recuerdo de aquella felicidad me parece ahora muy lejano, casi irreal, como si todo hubiera sido realmente un sueño. Saco la cartera para contemplar de nuevo la fotografía de Lucyna, quizá para convencerme de su existencia. La he guardado entre las páginas de este diario.”

(A partir de este punto, la escritura se vuelve apenas inteligible)

“Hemos avanzado por una carretera siempre hacia delante. A lo lejos, tras el horizonte formado por unas colinas, hemos divisado varias columnas de humo negro elevándose al cielo. Nos hemos mirado unos a otros y los rumores se han extendido entre las filas. Pronto se confirmaron nuestros peores presagios. En la carretera, ante nuestros ojos muy abiertos, han aparecido los restos humeantes de una columna de artillería atacada por la aviación alemana. A un lado y a otro, en las cunetas y cruzados en medio del camino, yacían los cuerpos de nuestros camaradas muertos, muchos de ellos con la expresión del horror en sus rostros desencajados. Nos hemos abierto paso entre aquella desolación de cadáveres y pertrechos militares abandonados. Al pasar junto a un caballo reventado por la metralla, mi montura ha relinchado nerviosa al oler a su compañero abatido.
He intentado mantener la mirada al frente pero no he podido. Algo me obligaba a contemplar toda esa destrucción. En las filas, algunos de los nuestros rezaban en voz alta. Por sus mejillas resbalaban gruesas lágrimas sin llanto, lágrimas de hombre. Con mi mano he secado las mías.
Los oficiales han intentado mantener la disciplina gritando y amenazando a los más afectados con sus sables desenvainados. El sargento Zapolska abofeteó sin compasión a un joven recluta histérico.
Aquel escenario de destrucción y muerte se extendía durante varios kilómetros de carretera interminable…

…Hemos cabalgado varias horas campo traviesa cambiando continuamente nuestra posición, obedeciendo las órdenes contradictorias que nos transmitían desde el Estado Mayor. Ahora estamos desplegados sobre una suave y pequeña loma que domina una extensa llanura. Parece que se acerca el momento. Desde mi posición puedo observar a todo el Regimiento con los pendones rojos y blancos de las lanzas ondeando al viento. Los caballos relinchan y patean el suelo, impacientes y nerviosos.
Nos miramos unos a otros, sin hablar, en silencio. Siento un nudo en la garganta y descomposición. Debe ser el miedo. Tengo que hacer un esfuerzo para mantener mi pulso firme mientras escribo esas palabras. Nuestro destino se aproxima. Debemos cumplir con nuestro deber, salvar a la Patria, pero todos sabemos que nuestro sacrificio será inútil. Somos el último y débil obstáculo que separa a los alemanes de la victoria. Hemos perdido la esperanza. Estamos resignados. Rezo.
El joven teniente Malczewski cabalga frente a nosotros recorriendo de un lado a otro la compañía desplegada sobre la loma. Su cara refleja el miedo que siente igual que nosotros y que intenta disimular adoptando un aire marcial. Su sable desenvainado y apoyado sobre su hombro derecho, brilla reluciente con los rayos del sol. Él sabe que será de los primeros en caer.
Primero fue un apagado rumor que poco a poco aumentó en intensidad hasta convertirse en un rugido de motores y cadenas chirriantes. Sobre el horizonte asomaron innumerables puntos oscuros que se han transformado en siluetas amenazadoras erizadas de cañones. Avanzan imparables ocupando toda la llanura, dejando surcos en el barro. Ya están aquí.
Los enlaces del Estado Mayor galopan de una compañía a otra para transmitir las órdenes a los oficiales. El teniente Malczewski recibe las suyas y se sitúa en vanguardia, frente al enemigo. Se vuelve hacia su derecha y mira a nuestro corneta, advirtiéndole con su gesto para que este atento y preparado.
Los tanques están cada vez más cerca y el ruido es ahora ensordecedor. Algunas explosiones levantan columnas de barro y cascotes. Un caballo desbocado y sin jinete pasa por delante de nosotros. No sé a que esperan para darnos la orden de cargar.
El sargento Zapolska me grita ordenándome que deje de escribir y saque la lanza del soporte del estribo. Debo obedecer. Éstas serán quizá las últimas palabras de mi diario. Me acuerdo de mi familia, de mis padres y hermanos, que será de ellos. Adiós, Lucyna…Me he santiguado y encomendado mi alma a Dios…”

La narración se interrumpe en este punto. Desconocemos como el joven teniente Wolfskehl encontró el diario. Tampoco sabemos si los motivos por los que mantuvo oculta su existencia tenían relación o no con las circunstancias de su hallazgo. Tal vez lo conservó por su valor sentimental o, simplemente, como reliquia de una guerra, igual que su apolillado uniforme. Son detalles por los que ya no merece la pena preguntarse.
La señora Wolfskehl revolvió en el baúl de su marido buscando sin éxito la fotografía de Lucyna, la novia de este anónimo soldado. Posiblemente, se perdió para siempre en el campo de batalla.


José Luis Hernández Garvi nace en Madrid en 1.966, ciudad en la que actualmente reside y trabaja. En los últimos años ha participado en varios certámenes literarios, resultando finalista en la XII Edición del Premio de Narrativa Miguel Cabrera con el relato “Esto no es Graceland”, en el VI Premio Hontanar de Narrativa Breve con la novela corta “El caso del desván prohibido” y, de nuevo, en la XV Edición del Premio Miguel Cabrera con “El efecto mariposa”. Varios de sus cuentos breves han aparecido en la revista literaria “Escribir y Publicar” y actualmente es colaborador en la revista “Historia de Iberia Vieja”, publicación mensual de difusión nacional para la que escribe artículos sobre Historia de España.

Comentarios

Jara Silberia ha dicho que…
Gracias. De corazón.