EL VIAJE

LA ISLA
texto y fotos: José Luis Muñoz
¿El paraíso ha de estar siempre acompañado de palmeras, cocoteros u otros árboles exóticos que echen sus raíces en donde el mar besa la arena? No siempre. Este paraíso, el que les muestro, es árido, no tiene árboles, ni falta que le hace, sí aguas turquesas, claras, transparentes, frescas, playas blancas de arena finísima, una temperatura constante de veinte grados todo el año, sol y viento.
Un amigo mío, que siente hasta el tuétano la atracción por las islas, microcosmos hechos a escala humana y que sentimos nuestros mientras los recorremos con los pies, me ha dicho que no dé las coordenadas de ésta para que no se pervierta su entorno y no la invadan los turistas y destrocen su belleza virginal, y así lo voy a hacer. Hablar de ella, sin nombrarla, aunque seguro que los que ya la conozcan la van a identificar y van a estar de acuerdo con mis apreciaciones.
De sólo 27 kilómetros cuadrados, parque natural marítimo y terrestre sin carreteras ni apenas coches, con algunas cuantas pistas de montaña, se puede recorrer perfectamente andando o en bicicleta de montaña, que las alquilan nada más bajar de un pequeño ferry. Sólo hay una población, con 500 habitantes, tres supermercados, una pensión, algunos apartamentos, dos restaurantes y algunos bares. El pueblo, de casas encaladas bañadas por los rayos de sol, resplandecientes, se asoma al mar. En el mar, una pequeño puerto en donde se balancean los mástiles de los barcos deportivos. El agua, clara, transparente, hasta allí, en el mismísimo puerto. El paisaje, diáfano hasta el horizonte da idea de la pureza del aire. El aire puro, con olor a mar y a duna. Hay sol, casi siempre. Y viento, viento maravilloso, que viene, por supuesto, del mar omnipresente. ¿Perderse? Imposible. Se puede explorar la isla sin mapas porque está hecha a escala humana y para recorrerla sin más motor que las piernas. Hay cuatro volcanes que a uno le sirven de orientación, además del impresionante farallón negro de la isla vecina, una pared vertical siempre omnipresente, y de la que la separa un autentico río de agua tranquila: Las Agujas (266 m) Montaña del Mojón (188 m) Montaña Amarilla (172 m) Montaña Bermeja (157 m). El mar es salvaje, traicionero, en donde es más bello. Un lugareño, cuando desembarqué y le pregunté por la playa de Las Conchas, tras indicármela, me advirtió que no me bañara en ella o era hombre muerto. Y tuvo toda la razón del mundo. Las Conchas, perdida en un paisaje de extraordinaria belleza, frente a un islote, literalmente te devora aunque seas consumado nadador, te arrastra su frenético y violento oleaje, que sube por la empinada arena por dos flancos y se cierra contra el desprevenido bañista envolviéndolo en una montaña de espuma que lo derriba fácilmente, y una vez sobre la arena la siguiente ola te arrastra dentro y ya no te deja regresar a la costa. Bella y mortal como una mantis religiosa, ay del que imprudentemente se bañe en sus aguas. Así es que, hundí los pies en la arena, hasta los tobillos, y aguanté esos golpes traicioneros del mar intentando no perder el equilibrio mientras disparaba mi máquina de fotos.
Si uno se quiere bañar tranquilamente tiene que ir hacia el sur, en donde predominan amplias playas de arenas rubias de gran belleza, como las de la Cocina y la de los Franceses. Y desde ese entorno se puede contemplar el perfil superpuesto de una sucesión de islas sin fin que se recortan en negro sobre el mar espejeante.
En 1402 llegó a estas arenas vírgenes, que lo siguen siéndolo, que inundan el pueblo de calles sin asfaltar en donde reina el más absoluto de los silencios, un normando y la incorporó al reino por el que combatía como mercenario. No creo que encontrara mucha resistencia en la conquista, ni que tuviera que desenvainar la espada. Tampoco diré el nombre de este mercenario porque podrían asociarlo con el resto del archipiélago que conquistó el extranjero.
¿Cómo ir por la isla? Descalzo, desde luego, para sentir en la planta de los pies las diferentes texturas de su arena. Desnudo, también. Nada da mas placer que sentir los rayos de sol en la piel, en soledad, y humedecerte en el agua balsámica cada vez que sientas calor. Dunas sin fin, volcanes hermosos que circunvalan pistas de montaña, escasa pero bella vegetación, como esas uvas de mar que resisten al viento a ras de suelo, y pescado fresco que te servirán en las mesas de los modestos restaurantes a la plancha.
Lleve su libro, su ordenador y la caña de pescar. No más equipaje. Y goce del aislamiento más perfecto y de la calma más absoluta. ¿No es eso la felicidad? El dolce far niente. Adivinen dónde está. Ya no voy a darles más pistas.




Comentarios

Luis Vea García ha dicho que…
La isla de la Graciosa, en el Archipiélago Chinijo...
José Luis Muñoz ha dicho que…
¡Premio, Luis! Pero tu juegas con ventaja, como buen conocedor de esas islas maravillosas todas y tan diversas.