EL LARGO ADIÓS

THIERRY JONQUET




Agosto, mes para los olvidos, trae una noticia triste, una más: la muerte de Thierry Jonquet a los 55 años. A Jonquet lo conocí en la primera Semana Negra gijonesa. Visualmente. Mi timidez, y la suya, mis escasos conocimientos del francés, me impidieron cruzar una palabra con él, pero sí le escuche con devoción y me pareció, de siempre, el escritor más interesante del polar. Por eso compré TARÁNTULA, o me la regaló su editor, Silverio Cañada, y la devoré fascinado por su arquitectura literaria, su devastadora crueldad y su imaginación. Por desgracia Jonquet no alcanzaría nunca la maestría conseguida en esa novela mítica ─ de la que Pedro Almodóvar compró sus derechos cinematográficos ─ en sucesivas creaciones ─ La Bella y la Bestia (1985) me pareció una buena novela, pero Ad vitam aeternam (2002) se me desinfló al final ─ y se le conoció mal en nuestro país en donde se tradujeron un número muy reducido de sus 30 novelas publicadas.
"Escribo novelas negras. Intrigas donde el odio y la desesperación se llevan la mejor parte y no paran de machacar a pobres personajes a los que no concedo ninguna oportunidad de salud", escribía Jonquet de sí mismo en Roja es la vida, 1998.
Releyendo su perfil biográfico me sorprenden algunas afinidades. Fumaba en pipa y llevaba barba. Yo había fumado y llevo barba. Milita en la extrema izquierda francesa, primero en Lucha Obrera y después en la Liga Comunista Revolucionaria. Yo lo hice en las filas del anarquismo radical. Durante su juventud, alternaba en sus lecturas a Dashiell Hammett con Trotsky. Se trata, en sus propias palabras, "de casar el rojo y el negro" para evitar "un lumbago mental, una luxación ideológica". Nunca leí a Trotsky, sí a Bakunin, y a Dashiell Hammett lo descubrí muy tarde, cuando me etiquetaron como escritor negro. Pero Negro y Rojo era el nombre del grupúsculo clandestino del que formé parte.
La literatura de Jonquet bebe de sus vivencias. De su experiencia como terapeuta en hospitales de heridos graves con trastornos de movilidad, en un geriátrico─ "Aparcábamos a los pequeños ancianos, esperando a que muriesen. Mi vida profesional se confundía con mis lecturas: negro, verdaderamente negro" ─ en un hospital para niños con amputaciones ─ "monstruos sin brazos ni piernas, un concentrado de horror"─ nacen sus personajes atormentados que viven en un entorno degradado en el que la criminalidad parece una salida lógica.
En La caraqueña del Maní (Algaida, 2007) le hice un pequeño homenaje. Macario, el ex etarra camuflado en una editorial venezolana, es un furibundo admirador de Jonquet y uno de sus sueños cumplidos es editarlo en el país caribeño. Así, Thierry Jonquet se convertía en personaje, aunque ausente, presente sólo por referencias, de mi novela, sobre el que me permito fabular una supuesta fobia a volar.
El despacho de Leonardo es amplio. El aire acondicionado congela el ambiente. Tomamos asiento en los dos sillones mientras los franceses se acomodan en el sofá y les paso el protocolo de contrato en una carpeta de tapas coloreadas.
- ¿Cómo funciona Thierry Jonquet en Francia?
Mi pregunta es capciosa. Sé que funciona bien. Sé todo de Thierry Jonquet. Me dejó atado con “Tarántula”. Un maestro del polar como no ha habido otro. Una mente perversa que se disfraza con la apariencia de Marco Ferreri, el director de cine italiano que murió y nos dejo algunas obras maestras. Quizá le robó su cara, su barba, su calva. Me fascinan los escritores, sobre todo los de novela negra. Nunca tienen la cara que esperas debe tener un escritor de ese género salvo James Ellroy, el de “L.A. Confidential”, que es como su perro de presa blanco y temes que vaya a morderte en cualquier momento, él o su dueño, tanto da. Suelen ser personas apacibles que sólo han visto pistolas en el cine y fiambres en los tanatorios cuando se les muere un familiar. Gente de lo más normal que sin embargo tienen una mente perversa, retorcida, y que uno piensa que de no escribir quizá descuartizaran al vecino o pondrían en ácido a su esposa.
- Jonquet es uno de los grandes maestros de nuestra literatura contemporánea, ha figurado, como ustedes imagino habrán verificado, entre los novelistas más vendidos de nuestro país.
- Okey, chévere.
- ¿Qué?
- Chévere. No se preocupe. Es una expresión caribeña que quiere decir, que muy bien, que perfecto. Es venezolana, pero los cubanos dicen que es de ellos. Pero nació aquí, carajo.
***
Leonardo y yo nos los llevamos a comer a un francés. No les gustó, evidentemente, aunque simularon lo contrario. Los vinos chilenos no eran los vinos del Loira, de Burdeos. La mostaza que acompañaba a la carne de vaca, algo correosa, no era la de Dijon. Y los cocineros venezolanos no tenía ni la más remota idea de hacer una tarta tatin.
- Nos gustaría contar con el autor cuando se presente la novela - Leonardo enfilaba el marrón con la boquilla de cigarrillo huérfana. Un día le pondría un cigarrillo prendido y le obligaría a fumar de nuevo.
- No creo que sea posible - Duval era el que hablaba español medianamente bien. Moderian callaba y miraba a la mesa de al lado en donde una venezolana rubia y de buen ver lucía un escote recién siliconado. - Monsieur Jonquet es alérgico a los aviones, les tiene fobia.
- Comprendo. Pues es una verdadera pena, porque aquí, en Caracas, las presentaciones de libros funcionan de forma excelente con el autor.
- ¿Unos marroncitos? - sugerí yo.
- ¿Unos qué? - preguntó el francés enarcando las cejas.
- Marroncitos llamamos a los cafés con un poquito de leche.
***
- Pero eres mi director de ficción. A lo mejor crees que es muy fácil encontrar a alguien competente de la noche a la mañana. Llevas seis años con nosotros, has levantado las colecciones, tratas con los franceses. ¿Y el libro de Therry Jonquet?
- Gracias por el piropo, aunque llegue tarde. “Tarántula” sale y se venderá solo, porque es un libro maravilloso que no necesita padrino. Un lector que lo lea y ya lo recomienda a otro, o lo compra para regalárselo al papá, a la mamá, a la novia. Carola te puede ayudar en todo, suplirme. Ella sabe hacer cualquier cosa. Tienes la suerte de contar con un segundo de abordo extraordinario.
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El silencio es espeso y no pasa precisamente un ángel. El silencio se corta en determinados momentos y es violento, preludia una agria discusión. Pero había que actuar con diplomacia. Yo me creía en dique seco cuando llegué a Caracas, yo nunca quise creer que estaba en la reserva hasta que vinieron estos dos con pinta de matones para convencerme y recordármelo. Había huido a Caracas para curarme, para borrar la herida que me sacudía por dentro, y no lo había conseguido, ni lo conseguiría nunca, sin duda. Pero me engañaba, me convencía de que era Macario, que dirigía el departamento literario de la editorial, era el tipo de los contactos, el que conseguía editar al gran Thierry Jonquet y lanzar una colección de novelas de acción con sabor caribeño. Nada era cierto, sin duda. Y yo estaba allí, en el Guipúzcoa, mi casa, con dos comensales con los que nunca hubiera querido compartir plato ni vino.
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El tema de todas las televisiones es Chávez, por supuesto. En la cadena estatal el indio con pelo de negro que rige los destinos del país con maneras castrenses atiende, bloc y lápiz en mano, las quejas de los habitantes de un pueblito del interior que le cuentan lo mal que les va con la escuela, lo que tienen que desplazarse para buscar un médico o los cortes de agua corriente, y el padre presidente anota todas las quejas, saluda al vecino, le dice que se pasará por su casa a tomarse un marroncito, se interesa por su matrimonio, por sus hijos, sus padres, sus perros. Es Fidel Castro sin barba y con un sucedáneo de democracia. En Televés, al mismo tiempo, ridiculizan al presidente, lo tachan de patrañero, de vende patrias, de jugar con una mano al populismo mientras con la otra regala el petróleo a los cubanos a cambio de un equipo de médicos que cubren las necesidades sanitarias de los cerros. Pero Globovisión es más contundente al juzgar a ese analfabeto funcional que amaña, según ellos, todas las elecciones, que maltrata a su esposa que pidió el divorcio de él y es un milico con botas pese a que va últimamente de paisano. Busco otras cadenas, hastiado de tanto chavismo y antichavismo. Una bruja negra y blanca humea el estudio de la televisión en donde está siendo entrevistada con la fumata de su habano y desgrana el futuro del periodista que le da cancha. Una chica de cabello rizado y pantalón bajo, de precioso ombligo y cadera perfecta, habla de literatura, de la próxima edición de las novelas de un extraño escritor francés llamado Thierry Jonquet que Leteradura planea publicar en su integridad.
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- ¿Salió “Tarántula”?
- Y se vende de miedo - se vuelve para dirigirme una sonrisa y mirarme con sus ojos de miope a través de sus gafas alargadas -. Tuviste vista al contratarlo. Ni te lo imaginas lo que se está vendiendo. Creo que vamos a dar el bombazo con Jonquet.
- Siempre dije que era bueno.
"La barbarie está ahí, entre nosotros, delante, detrás, estamos rodeados. La novela negra es su fiel compañera" dijo Thierry Jonquet, y lo suscribo al cien por cien.

Comentarios

M.Deveriá ha dicho que…
LLegó a conocer Thierry tu homenaje y tu libro?
José Luis Muñoz ha dicho que…
Lamentablemente no. Una crítica y escritora argentina, Lilian Neuman, me dijo que se lo mandara. Al final no conseguí su dirección y creí poderlo encontrar en alguna Semana Negra y entregárselo personalmente. Ya no podrá ser