PAISANAJE

NEOYORQUINOS 5
texto y fotos: José Luis Muñoz




















Mi cámara se fija en esta chica rubia, bella y delicada mirando un mensaje de su móvil. Hay que felicitar a mi máquina de fotos por tan buen gusto. La muchacha tiene un rostro realmente maravilloso y luce tipo delicado. Sería una excelente protagonista en un film de Woody Allen, director que tiene muy buen ojo para hacer castings. La muchacha se acerca, ajena al fotógrafo, y no sale de foco, lo que es un milagro. La cámara se porta bien ante tanta belleza, se rinde. Lleva una máquina de fotos digital que le cuelga y se mueve, según anda, y hay un tipo detrás que hace extrañas maniobras. Me intriga lo que pueda estar leyendo la muchacha rubia en su móvil. Al final empezó a salir de foco, que primó al tipo que iba detrás, y además se cruzó por medio otro rostro neoyorquino tan bello como el de la rubia. Belleza llama a belleza.

Chinatown. Llueve, porque hay dos paraguas abiertos que lo atestiguan. Es un barrio que crece de una forma imparable y ya ha fagocitado a parte importante del vecino Little Italy. Aunque nada que ver con el de Los Ángeles. Quizá porque Román Polanski filmó allí CHINATOWN, sin duda una de sus obras maestras. La mujer oriental va sin paraguas y parece que ella misma se haya cortado el pelo con tijeras.

El joven vagabundo dormía plácidamente atravesado en la acera a tres manzanas de Central Park. Me pregunté porqué no se acercó al pulmón verde neoyorquino, buscando el mullido colchón de césped, y prefirió quedarse en ese inhóspito dormitorio al sol. Quizá no pudo llegar y se derrumbó. Los viandantes lo sorteaban para no pisarlo. Fui a alquilar una bicicleta para recorrer el parque en un garaje cercano. Estuve dos horas y media, parque arriba, parque abajo. Cuando regresé a devolver la bici, el vagabundo seguía en su sitio. Quizá todavía esté.
Mujer negra caminando con bolsa de boutique. Se la ve intelectual si la miran a la cara, con esa expresión de estar pensando mucho, y por el grueso libro que lleva que debe de estar terminando a juzgar por la posición del punto de lectura, aunque puede ser al revés, que lo esté empezando. Por ese detalle, el del libro en la mano, me cae bien. Yo siempre salgo a la calle con un libro, una revista, un diario en la mano. Llevo haciéndolo desde que tengo dieciocho años.
El rostro de esta chica oriental me resulta extraño. Tiene ojos afilados, nariz afilada, labios afilados. Se toca la visera de una gorra demasiado grande para su cabeza. Lleva un barato reloj de plástico en la muñeca. Y exhibe brazos rollizos amén de una estatura diminuta. Y además parece que haya salido a la calle en combinación.
No llueve ni hace sol, por lo que ese chubasquero de plástico amarillo que lleva este muchacho negro, de ademán algo chulesco y que bebe Pepsi, parece una indumentaria que le identifica como miembro de algún grupo. Es alto, delgado y fibroso y se oculta bajo unas gafas de sol.
Esta atleta es semiprofesional. Se le nota por su forma de correr y por el tensiómetro que lleva en el brazo. Su torso está muy musculado, en exceso, y ha perdido el pecho. En cambio, sus piernas, a pesar que ha dado dos vueltas completas a Central Park, son algo fofas.
Antes de entrar en la iglesia baptista de Harlem los pastores negros intercambian impresiones en la calle. Van de uniforme blanco con corbata roja. La feligresa que se une al grupo los acompaña con esa enorme flor roja en la solapa para no desentonar. Voy a acercarme y a oler para ver si es de verdad.
Expresión de preocupación en el rostro de esta chica negra de pelo alisado. Me llama la atención la posición de su mano aguantando contra la oreja ese teléfono móvil por donde le entra la noticia.
Viendo a esta chica oriental tengo la sensación de que la vida imita a los tebeos manga. Está escuchando a un grupo rockero de andar por casa en una plaza de Chinatown antes de que llueva. Sus ojos son tan rasgados y pequeños que no creo que pueda ver correctamente. Se ha teñido el pelo de castaño.
Mujer recién llegada de África. De Mali, quizá, por el tipo de turbante. O de Burkina Fasso. Observen la ristra de anillos que lleva en un dedo y la gruesa pulsera en la muñeca de la otra mano. Llama a un número de su agenda. Está perdida en la gran ciudad y quiere contactar con alguien que hable su idioma y con el que comparta cultura.
Podría ser el Parque del Retiro madrileño pero es uno de los lagos pequeños y navegables de Central Park. Un turista solitario que boga en silencio. O quizá su pareja tenga fobia al agua y le espere en la orilla.
Las caras se repiten y ésta, la del pastor con la cabeza afeitada, me recuerda a la de cierto político catalán, quizá más por la expresión que por sus rasgos en sí, que tiene competencias en orden público. Los que vivan en Catalunya sabrán a quién me refiero.
No hay edad para hacer deporte, aunque esta mujer blanca no corra, ni haga marcha atlética, sino que anda un poco más rápido de lo normal y lo hace por Central Park. Ni siquiera se ha puesto un atuendo deportivo. Y lleva un ipod con larguísimo cable que le cruza por la cortina que lleva como blusa.

Esta mujer negra y entrada en carnes llama y la del fondo, negra y con las carnes precisas, parece buscar en el interior de su bolso su móvil para contestar. Seguramente es así, sólo que la primera no llama a la segunda y lo que se ha producido es una coincidencia. Alguien pasa con un recogedor de plástico azul de toda la vida

En la marquesina de esta plaza de Chinatown hay quien practica artes marciales, tai chi, juega a las damas, canta o baila. Esto último parece querer hacer esta muchacha oriental sin demasiado arte. El muchacho blanco que está junto a ella no quita el ojo de las botellas de agua que hay en el suelo. Un chino cuadrado y algo tripón, con aspecto de marino de un barco con bandera de conveniencia, espera que la bailarina se esfuerce un poco más. No hay manera.

Los rostros de los orientales son casi siempre hieráticos, como el de este sujeto tocado con gorra al que nadie puede adivinar si la desafinada opera china con que perforan sus tímpanos unos colegas jubilados le gusta o disgusta. Pero se mantiene allí, quizá por aburrimiento, bajo la sombra de su enorme gorra de visera.


En el otro extremo de la expresividad facial están los negros. Éste con gorra y bigote recortado parece feliz. Seguro que tiene unos hijos preciosos que le están esperando en casa y una esposa cariñosa que le hará arrumacos no bien traspase la puerta de su hogar.


Rostro anguloso de mujer negra en Harlem, hacia el mediodía. En mi obsesión por ver parecidos en el mundo del cine me recuerda a Roy Scheider, el protagonista de TIBURÓN de Spielberg y de AL THAT JAZZ, la obra póstuma del gran Bob Fosse. Me gusta de la modelo, que no sabe que lo es, su cuello fuerte, sus atléticos hombros y esa mirada ceñuda.


La mujer negra con sombrero entra con esa expresión de felicidad en la iglesia baptista. En ella bailará, cantará y rezará a Dios. Luego charlará un buen rato con sus amigas acerca de sus hijos y nietos. De sus raíces africanas conserva esa chaquetilla con estampado de leopardo.


Dos policías negros y rotundos examinando un plano y un bloc de notas, respectivamente. He de reconocer que me gustan los policías de Nueva York porque son tipos a los que les encanta posar. Estos no, fueron sorprendidos en una esquina, cerca de Times Square.
Anciano chino mucho más viejo de lo que parece con gorra ligeramente alzada y mirada acuosa. Lleva tres goterones enormes de lluvia que le han caído instantes antes de entrar en esa pérgola en donde todo el mundo hace de todo un poco y, hay que decirlo, bastante mal. Su expresión denota una enorme tristeza por la mujer que perdió. Volverá a su casa y hablará con el canario que tiene en la jaula como animal de compañía.


Aunque desenfocado ─ la cámara me hizo una jugarreta y desobedeció mi orden para fijarse en el rótulo de piedra del fondo del que sólo se entiende el año ─ este pastor baptista tiene un rostro tan interesante para el cine como el de Samuel J Jackson.
Adolescente negra haciendo publicidad de Adidas y profundamente enamorada. Está leyendo, con expresión de arrobo, un sms que le acaba de entrar en el móvil. Es bella y dulce.
La obesidad mórbida ha desaparecido casi por completo de las calles de Nueva York para trasladarse a las nuestras, pero aun queda algún vestigio de lo que puede provocar tanta hamburguesa con queso y esta mujer parece un anuncio andante para disuadir a la gente de la comida basura. Ese parachoques rosado con el símbolo de la paz parece un airbag activado después de un choque. El aspecto ceñudo de la mujer parece estar en contradicción con el símbolo pacifista que luce.
Las apariencias engañan al tomar esas fotos de neoyorquinos de raza blanca. Es lo que ocurre con las fotos, que se pueden manipular hasta extremos indecentes. Alguien podría pensar que ese grupo de tres es una familia feliz. Pues no. Aparecen los tres juntos, pos casualidad, y no se conocen de nada. Ella no está casada con él. El niño no es el hijo de la mujer. El hombre no es padre de nadie. La realidad es que están esperando que un vendedor ambulante les dé un cucurucho de helados para paliar el calor de una cola ante una iglesia baptista de Harlem y entonces cada uno de ellos volverá con los suyos que les esperan buscando la sombra hasta que la iglesia abra sus puertas. Domingo y a las doce del mediodía.
Un enorme corazón dorado pende del lóbulo de esta mujer negra de cabello lacio que forma un flequillo que tapa su frente. El sol ilumina su nariz y su mejilla derecha. Parece que lleve la mitad de una chaqueta blanca.
Una anciana vagabunda dormitando en Nueva York. Hace calor, porque estamos en el mes de julio, pero la mujer parece tener frío. ¿Con qué soñará? ¿Con su marido enterrado o que la abandonó? ¿Con los hijos en la otra punta del país que nada quieren saber de ella? ¿Con la casa de la que fue desahuciada? ¿Con el cartón de vino que hará más dulce su agonía?


No es Mao Tse Tung, aunque tiene puntos para serlo. Es uno de esos aburridos espectadores que hay en esa pérgola en donde me he hartado de hacer fotos. Permanece quieto minutos. Estoy a punto de propinarle un empujón para saber si es estatua u hombre. Cenará fideos chinos, esa delicia de pasta de arroz que nos trajo Marco Polo de su país, y lo hará con palillos, haciendo mucho ruido, como es su costumbre.

Este corredor debería tener cuidado. Por su expresión crispada parece al borde de un infarto. Quizá se esté auscultando, durante un breve segundo, el corazón con esa mano que se lleva al pecho. Detrás corre una chica a su aire. Y de espaldas, una que ya se ha cansando de correr. Y por el fondo, asoma un ciclista que maldice a la viandante que le impide circular por su carril.


Secuencia. Dios los crea, y ellos se encuentran. Una pareja bien avenida, hasta en lo físico. Observen las rastas del tipo corpulento tocado con sombrero de paja y la cara de ella que me recuerda a la de James Earl Jones, un actor memorable que encarnó a un boxeador en LA GRAN ESPERANZA BLANCA de Martin Ritt. El también tiene pinta de boxeador retirado o luchador de pressing catch. Habrá que verlos por un agujerito en plena acción, en su hogar.


Denzel Washington salió de estas calles. Este hombre negro es, al menos, tan guapo como él y no sé si llegaría a ser mejor actor si se lo propusiera. Con sus ojos mira más allá. ¿Ve a alguien o está soñando despierto? De lo que no cabe duda es que su pensamiento, o sueño, es agradable.


La muchacha se muerde sus gruesos labios, o quizá se los humedece porque están secos. Cabeza ladeada y pelo alisado. Cejas dibujadas. Al fondo, un hombre trajeado busca algo en el suelo.

Otro chino jubilado, este con palillo entre los dientes y varilla de gafas forzada sobre su oreja. Luce un exangüe bigote y, como todos, no sabe qué está haciendo escuchando esa espantosa canción china. Abundan en este lugar la gente de la tercera edad y yo me siento rejuvenecido entre ellos. En Chintatown el tiempo avanza de otra forma, más lento. Es otra ciudad incrustada en la ciudad.


Jubilado con atuendo deportivo leyendo la prensa que no trae nada bueno desde hace mucho tiempo, desde que se inventó, creo. Lleva gorra y, por si fuera poco, capucha. Se le empieza a descolgar la cara.

Mujer anuncio de trenzas africanas. ¡Vaya locura de peinado! Increíble chaqueta fucsia, un color cuyo nombre me recuerda a otra cosa. El pelo le ha crecido, desde el último trenzado, y se le desborda al final en no se sabe bien qué. Aunque la foto no es frontal intuyo que hay al menos cuatro trenzas que le caen sobre el rostro como esas viejas cortinas nudosas de las casas, que hacían ruído o te despeinaban al pasar.

Una ciclista blanca y fuerte subiendo una de las pocas cuestas que hay en Central Park. Mallas, camiseta deportiva y casco ventilado. Disfruta con esa ligera subida que le parece muy poco, como a mí, que me he bajado de mi bici renqueante para hacerle la foto. Todavía tengo que darle un par de vueltas más al pulmón verde de la Gran Manzana y ver si el vagabundo se movió de su sitio.


Éste es un policía de casting en el plató que es la ciudad. Podría ser el fotograma de una película pero es el fotograma de la vida real. Su aspecto es imponente y va solo, porque con ese par de brazos que son mazos no necesita colega al lado, ni porra ni pistola. A pesar de una cierta brutalidad en su mirada se intuye un tierno corazón bajo ese pecho blindado en el que deben rebotar las balas sin necesidad de chaleco. Me recuerda al protagonista negro de LA MILLA VERDE.

Sin palabras, aunque diré unas cuantas porque no me resisto a quedarme mudo. Belleza oriental exquisita y elegantemente vestida, escucha, sin abrir boca, las excusas de alguien: su pareja. En Nueva York cada uno va como le da la gana, pero los bien vestidos/as abundan mucho más que en nuestras ciudades. La oriental, cuyos bisabuelos ya nacieron en la Gran Manzana y es más neoyorquina que nadie, y se le nota, va conjuntada de pies a cabeza y sus rasgos son perfectos y armónicos. Luce una hermosa y tupida melena de cabello sedoso. Un broche chic y glamuroso para esta entrega.

Comentarios

desfacedora de entuertos ha dicho que…
Hola viajero, me ha recordado a mi madre cuando se sentaba en algún sitio con muchos viandantes, p.ej. Las ramblas de BCN, y se lo pasaba de lo lindo contando lo mismo que has hecho tú. Yo le decía que no es bueno hacer eso y me contestaba 'si no me meto con nadie, solo miro y opino' pero hay una delgada línea entre esto del voyeurismo comentado y el cotilleo, pq no conocemos a nadie, ya que son de 'allá' pero esto, en un sitio pequeño, y nos montamos la peli de 'Calle mayor' o la 'Tía Tula'.
Pero me ha gustado y he hecho un revival materno filial, muchas gracias
José Luis Muñoz ha dicho que…
Bueno, esa era una de mis actividades favoritas en la calle de las calles que es las Ramblas de Barcelona. Sentado en sus sillas de tijera y ver pasar a toda la fauna humana. Gracias por recordármelo. Y gracias por tus amables palabras
umbral de las voces ha dicho que…
Hermosas fotos y mejores comentarios
José Luis Muñoz ha dicho que…
Gracias, Antonio. Nueva York no sólo son sus espectaculares edificaciones sino la gente que se mueve por sus arterias.
Anónimo ha dicho que…
Me encanta esta serie: me recuerda mi estancia en NYC, melting pot, crisol donde se funden todos
los colores, razas, etnias, tamaños..., toda
la variedad humana del planeta.
Y sí, reconocemos a Joan Saura, aún no viviendo en Cataluña, pero no veo a Roy Scheider ni a los demás.
Preciosa serie, comentarios ajustados.
Thanks, man!
Iñaskis K
José Luis Muñoz ha dicho que…
Pues muchas gracias por tus elogiosos comentarios a mi serie fotográfica literaria de neoyorquinos con la que disfruto y procuro disfruten.
Un abrazo, Iñaskis