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LA NATURALEZA DE KEY BISCAINE
Fotos y texto: José Luis Muñoz
El Rickembaker Causeway, que apenas sobresale de la superficie del mar, cruza las aguas de la Biskayne Bay y conduce al cayo de su nombre. Kilómetros de carretera asfaltada, más otros puentes, que saltan de cayo en cayo hasta llegar al más residencial y bello de todos ellos, Key Biscaine o Cayo Vizcaíno.
Rodeado de manglares, esta laguna interna de agua marina, ofrece refugio a los barcos y en sus aguas no es extraño descubrir algún manatí que busca este remanso. Las plantas del manglar echan sus raíces directamente al agua salada. Le vegetación de estos ecosistemas es enmarañada. En tiempos del descubrimiento atravesar estos manglares infestados de cocodrilos con la armadura a cuestas debía ser una pesadilla. Un restaurante, el Boaters Grill, regentado por dominicanos, se eleva en una de las orillas de la laguna. Desde sus mesas el comensal, mientras degusta la exquisita cerveza Presidente, pide una ensalada de aguacate y un pescado fresco y goza de un café bueno y bien cargado, nada que ver con el agua negra que sirven habitualmente en los restaurantes norteamericanos, puede disfrutar de un paisaje relajante acodado a la barandilla de madera de la terraza volada. Los ibis son las aves más visibles de Key Biscaine, pero también hay garzas y divertidos lagartos que corren sobre sus patas traseras.
Pistas asfaltadas y solitarias conducen al visitante por los rincones más bellos y misteriosos del parque de Key Biscaine. La naturaleza es pródiga y variada.
El mar, poco profundo en ese lugar, se muestra extraordinariamente calmo, sin un solo rizo que altere su superficie. Es como agua en un vaso. Cuesta imaginar esa quietud alterada por la furia de los huracanes. En el horizonte, casetas de pesca sobre palafitos adonde acuden los pescadores en sus lanchas y con sus cañas.
En el extremo del cayo se alza, entre cocoteros, un espigado faro blanco. Las aguas en este rincón de Miami son poco profundas y la posibilidad de que encallen los barcos en sus aguas, muy altas.
Un velero con las velas desplegadas avanza silenciosamente. No hay brisa que lo empuje. No ronronea su motor. Elegante, se desliza por ese espejo de agua blanca, casi sólida, que toma el color lechoso del cielo. Todo parece impregnado por la blancura.
Hay un punto exacto en donde las quietas aguas de la Key Biscaine tropiezan con el ligero oleaje del mar abierto y da la sensación de que las dos aguas rechazan fundirse y ser absorbidas la una en la otra.
Los buitres marinos, muy comunes en la zona, tienen, con las alas desplegadas, una envergadura de metro y medio. Éste, sobre un poste eléctrico, precede a otro que me sale en vuelo rasante y se cruza en mi camino.
Key Biscaine es una isla en donde proliferan las urbanizaciones de lujo. Fuentes, parques, grandes supermercados, silencio y casas de dos plantas con jardín delantero o edificios de apartamentos de altura moderada. El sueño americano en pocos kilómetros de arena.
En Virginia Key, otro cayo en la misma ruta, abundan playas enormes y poco visitadas. Las palmeras crecen en la arena, para dar sombra a los bañistas, y las casetas de los salvavidas son de madera y pintadas en colores pastel. Una muchacha patina. Y otra posa.
Mientras el marido bracea a pocos metros de la playa, esta familia musulmana, lo contempla. Para cuando salga del mar podrá fumar en la pipa de agua que tiene dispuesta en la arena.
La puesta de sol hace revivir un juego de luces en la superficie del mar. Los rayos del sol, que se filtran entre las rendijas que dejan entre sí las nubes, trazan una senda de plata en el agua.
La visión de Miami desde el Rickembacker Causeway no puede ser más fascinante. El tono cromático de los edificios se confunde con el del cielo y el mar.

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